- Entonces la hostería era un buen lugar.
- ¡Pardiez! La hostería, cuánto tiempo sin ir por allí.
- Todavía tiene las bisagras rotas de la última vez que fueron a darle una patada buscando un duelo a muerte el tal...
- ¿Bisagras? ¿Qué son bisagras? ¿No será eso que hacen las brujas para que se suba el ánimo?Mas todo lo que sube baja y todo lo que está en el fondo no puede sino subir, y de aquel modo alentado por la devaluación de aquella zona llegó aquella mañana un especulador muy peculiar. El escocés Mcdowell. Venía acompañado de su administrador en España, un tal Alonso Sosa. Mcdowell venía de Jerez en donde había adquirido una hacienda con su bodega en donde se apilaban centenares de toneles de fino que exportaba como oro líquido a la Gran Bretaña. El negocio estaba asegurado, mas aquel inversor buscaba nuevos retos en especial quería llevar a cabo su innovadoras ideas.Don Alonso Sosa empujó la puerta y se quedó medio descolgada como si fuese un borracho que no termina de caerse. Un olor a agrio salio del local y de dentro se dejó sentir una especie de gruñido. Mcdowell que era hombre valiente entró primero, esperó a que su vista se acostumbrase a la penumbra y llamó al dueño.
- ¡Posadero!
- ¡Sus muertos!
- Aquí, aquí mi zeñó, no haga cazo ar vieecito que ta mal de la cabeza y ez lo unico que pue deci ya, comprende usted.
- Mi amo quiere comida y bebida – dijo Alonso con cierto enfado - . Mi señor es un grande en su país y también en este.
- Po no ze yo, porque aquí lo que ze ve e que trae una farda, no zerá tan grande.
- ¡Maldito! ¡No queda sino batirse! - gritó Alonso llevándose la mano a la espada, pero en ese instante Mcdowell evitó que desenvainara.
- Que tengo dinero, lo único que quuiero es saber cómo se cosina aquí – dijo el escocés.
- ¡Perdone uzte! Que no lo dicho pa ofendé que uno no tiene´tudio ni zabe lee, zolo contá y na má. ¡Niña! Traele a ezto hombre pringá der puchero que ze van a chupá lo deo – fue un decirlo y del delantal sacó un vaso en la mesa ligero fue a por otro y una jarra con la que llenó ambos recipientes de vino un tanto agriado.
- ¿A este vinagre llama usted vino? Mi señor este marrano quiere envenenarnos.
- ¡Sus muertos!
- Tranquuilo Alonso, tranquuilo, veo que el lugar eschtá a la altura de su fama.Cristófano maldecía al administrador en sus adentros. Sabía que aquel señor iracundo le traería problemas. La esposa del posadero le dio un cuenco con pringada y un trozo de pan a que arrancó un trozo por el que crecía a sus anchas el moho.
- Niño, voy a por pan de hoy – le dijo la esposa.
- Mañana va a i, er maricón y er malaleche van a comer ezte. Y que ze vayan duna ve con to zu...
- ¡Sus muertos! - volvió a gritar el abuelo.Cuando depositó el cuenco en la mesa la carne y el tocino no tenían mala pinta, pero al tomar un pellizco del pan ¡ay! Se desmigajó como si una docena de gallinas lo hubiesen picoteado. El tocino tembló y recibió al pan de mala manera tanto que tuvo a bien echarse a un lado.
- ¿Pero qué diantres es esto? Un tocino que parece una medusa y que está duro como un yunque ¿y la carne de qué es? ¿De buitre? Mi señor vayámonos de aquí antes de que nos envenenen esto no puede digerir.
- ¡Traquuilo, Alonso, tranquuilo! Cuanto más malo es el locall más barato resultará.
- ¿Y qué piensa mi señor hacer con este antro? Si no vale ni para quemarlo.
- No es el antro, es el sitio. Al lado del rio, cerca de la plasa de toros. Si caemos un par de paredes y limpiamos el lugar podremos hacer un restaurante.
- ¿Eh, qué es eso, mi señor?
- Una espesie de posada en donde la gente venga coma y se vayya. Comida rápida, lo ves.
- ¿Comida rápida? Como ese tocino que se mueve cuando le hincas el pan.
- No, así no, buena comida. Hecha con diligencia, vendida desde la misma barra, que los clientes vayyan a comprarla, la compren y se la coman, paguen y se marchen. ¿O quuizá sería mejor que la pagasen antes de comérsela?
- Pos mire mi señor que yo no paso de los duelos y quebrantos y eso de que no venga Dios a servirte a la mesa, como que no lo veo. Y ¿cual serían los platos? Gazpacho, chorizito a la brasa, lomito a la plancha...
- No, demasiado caro, habría que coger pollos y machacharlos hasta hacer una pasta, de ahí sacariamos varias raciones, oh my God, ¡acabo de inventar el Dowpollo!
- No sé yo mi señor, que esto no es Escocia, que esto es España y a lo peor esto es Andalucía, que aquí la gente lo que quiere es llenarse la casa de grasa chupando huesos, eso de darlos machacados como si fuese para un viejo sin dientes...
- Pienso atraer la clientela a este local, desinfectiarlo, quuitarle hasta la última pulga y hacer de esta zona un lugar de ocio y esparcimiento.
- ¡Esa sí que es buena, mi señor! Aquí nadie sabe lo que es eso, ponga usted unas mujeres de vida alegre y unos gitanos con guitarra y tendrá gente.
- ¡Ni hablar! Quiero que vengan las gentes con sus familias, lo último que quiero es un tugurio de peleas y ...
- ¡Sus muertos!
- Pues mire usted, que yo no quiero faltar al respeto pero que como que no lo veo yo eso mucho.
- No se preocupe mi buen Alonso, que todo si andará. ¡Mesonero! ¡Venga usted que vamos a habllar de negocios!
sábado, 18 de octubre de 2014
De cómo irrumpió en la hostería un tal Mcdowell y las tonterías que allí propuso.
domingo, 5 de octubre de 2014
LA HOSTERÍA ABRE NUEVAMENTE SUS PUERTAS
PRÓLOGO:
miércoles, 9 de mayo de 2012
De donde por fin la joven pierde el virgo y los demás la poca cordura que les pudiese quedar
domingo, 6 de mayo de 2012
Próximamente
domingo, 1 de enero de 2012
¡¡FELIZ 2012!!
En este singular revuelo estaba la hostería que parecía un gallinero más que una digna posada en el camino.
Y hablando de gallinero, Fray Junípero seguía haciendo guardia a la bruja, esperando el milagro de un suspiro que esta estrafalaria mujer le pudiera arrancar a su santa humanidad; Salmorelli acaparaba la vista del resto de las mujeres que allí se encontraban, las santas y las de las otras, imaginaos, que a las gitanas se les caían los calcetines de sólo mirarlo; Pierrge Pandantieu, el pirgata… er… digo el pirata francés, que se babeaba de tanto mirar a la niña María de las Mercedes y esta que oxidaba con sus calores la cerradura de su cinturón de castidad… Si le agregamos a Manolo, el Malbaído, queriendo escabullirse de lidiar los seis toros de la ganadería de Pinchafierros, y a todo el cotorrerío que por allí se llevaba a cabo, no se escuchaban ni los pensamientos. Hasta que de repente el vozarrón de la mujer de Buttarelli hizo callar a todos:
-A ver si os llamáis a sosiego y me decís qué día os parece que es hoy… -Todos se miraron entre sí sin saber qué contestar, por lo que la matrona, erguida en una sola pieza y sacando tetas (que eran como las ubres de dos vacas juntas) se plantó en medio del corrillo y anunció:
-¡¡Hoy es el primer día del Año Nuevo!! ¿No os parece que deberíamos recibirlo con una fiesta? –Miráronse todos y cada uno de aquellos parroquianos y visitantes y al unísono gritaron un “¡SÍÍÍÍÍÍÍÍ!” encantados de la vida.
Buttarelli mandó asar un cerdo, dos pavos y un cordero. Personalmente coló el vino de la casa de uno de sus toneles, pues flotaban en él algunas cosillas que se movían y que daban qué pensar, luego llenó todas las jarras que había en su casa y ordenó escanciar a todos por su cuenta (pues le pareció un buen modo de quitárselo de encima sin echarlo al río).
Todo era algarabía y buen humor, a nadie le importaba si las gitanas bailaban flamenco sobre las mesas y con las faldas levantadas hasta el ombligo, o que Salmorelli y Manolo cantaran abrazados, fruto de los vapores del vino de Buttarelli, o que la niña olvidara el candado que guardaba su ama y se fuera acompañada por el pirata francés atrás del gallinero, el mismo donde el Fray exorcizaba a la bruja para sacarle el demonio del cuerpo, cosa que hacía con magistrales movimientos de cadera. ¡Y vaya que dio resultado! La bruja, encantada perdió hasta el nombre y quedó tan mansa como el cordero asado.
¡Bendito Año Nuevo!
Ya os diremos cómo acabó la cosa, por ahora os dejamos en pleno festejo y nos vamos a festejar también nosotros. Queremos desearos:
¡FELIZ AÑO NUEVO! DE TODO CORAZÓN
QUE SEÁIS FELICES.
viernes, 29 de julio de 2011
Del pirata francés y el torero antitaurino
M.G.
De repente, de una patada la puerta de la hostería fue abierta y la luz se coló groseramente hiriendo los crápulas ojos de los parroquianos, algunos incluso dejaron escapar un ligero lamento. Una figura con capa y sombrero con pluma avanzaba firmemente, sin miedo, desafiante, calzaba unas botas de cuero que llegaban hasta la rodilla que eran la envidia de las gitanas las cuales se imaginaban a sí mismas solamente vestidas con ese calzado. Su sola presencia eclipsó a todos y las mujeres comenzaron a suspirar creyendo haber visto al hombre más apuesto del mundo. Aquel caballero posó una mano sobre su sable y con la otra acarició su grotesco bigote.
- Oh, la, la, mi nombrge es Pierrge Pandantieu, el pirgata, mi sola prgesenssia suscita agmirgassión, es norgmal, he viajadó porg los sinco margess y soy Frganssés ya lo habrgan adivinadó, he luchadó con los más ferrgoses enemigós y a todos he vensido. A las más hergmosas damas rgobé la honrga, duquesas, margquesas, ¡prginsesas! Tal es la vida de nosotros los pirgatass – súbitamente le arrancó un vaso de vino a un cliente y le dio un trago - Estáis de suergte, estoy buscando tripulación… - de pronto el trago cayó en el estómago como si fuese plomo líquido – y… maldito vino, qu´est que ce? Une merde du vin. Como venía contandó, busco a valientes, porgque con las últimas batallas hemos quedado mergmados. Para unirgse a mis hombrges tan sólo pido un módico prgesio, unas monedillas en conssepto de fianssa… pog las argmas y arggunos despergfectos que ha sufrgido mi bargco el glorgioso “L´Epitaph”. Pergo se puede considergar una pequeña invergssión, ya que tengo un tesorgo escondidó que rgobé a unos comergsiantes genoveses y pienso irg a buscarlo y compargtirglo con mis hombrges...
En ese instante echó un ojo a María de los Milagros y se quedó prendado, también vio al inquisidor y ambos se intercambiaron miradas de desprecio, observó al poeta que a su vez lo miraba con cara de curiosidad y por último a Manolo que le miraba intrigado. El resto de los feligreses esperaban que abriese la boca de nuevo ya que les parecía un tipo muy curioso, alguno incluso había contado su dinero y ya se preguntaba sí le aceptaría en su tripulación.
- ¿Usted y yo no nos conocemos? – preguntó Manolo.
- Imposible caballergo, jamás se me hubiese olvidadó su enorgme cabessa. ¡En cambio! A usted bella joven sí la conozco, la he visto muchas noches en mis sueños, sí señora mía, yo condusco L´Epitaph, usted guía mi corgasón.
La joven era una manzana roja, no sabía dónde mirar. Ahora estaba segura de que esta noche de un modo u otro perdería el virgo, sí se lo regalaría al más ardiente.
- Oiga, me presento caballero, soy Esteban Dolores y este es mi… amigo Felipe Romero. Queremos formar parte de su tripulación, nos gustará luchar contra los poderosos para dárselo a los pobres, seremos bandoleros del mar.
- Pero señor, que yo no sé nadar – dijo Filiperro mirando el escote de María de los Milagros.
- ¡Mon Dieu! Aquí dos hombrges inteligentes, sí señorg.
- Y yo no soy muy bueno peleando, más bien jamás pasé de una simple discusión…
- ¡Calla, Felipe! No ves que la aventura ha acudido a por nosotros, esto es lo que estaba buscando.
- Bueno, espergen un momento que estoy hablandó con una señorgita y ahorga mismo les atiendo.
- ¡Señor este hombre es un pervertido! Nos quiere tender…
- Calla animal, no ves que lo único que quiere es hablar…
- Sí, eso dicen todos, luego cuando te lo hacen se van tan contentos.
Mientras tanto Manolo no dejaba de pensar, miraba su atuendo y trataba de lograr una explicación a tan pintoresco ataviar. Poco a poco, recordó que estaba en la panadería y que estaba haciendo molletes, de pronto se vio en la hostería… ¡La Hostería! ¡No podía ser! De qué modo, cuantas veces había escrito y leído las aventuras de aquel lugar y ahora allí se veía, miraba al francés y entonces, sólo entonces supo quien era…
- ¡Ahí está ese es! – gritaron unos recién llegados – prendedle.
Manolo se vio sujeto por dos tipos calvos y fornidos, y sin saber qué demonios querían de él.
- ¡Pardiez! Tal parece que quería vuestra merced escurrir el bulto – dijo un tipo barbudo salido del tumulto.
- ¡Yoooo! ¡Soltadme! ¡No sé de qué me habláis!
- ¿No? Acaso no sois vos Manuel García más conocido en el mundo taurino como Malbaío.
- Eso, eso jefe – decía un tipo bajito con cara de ratón – ¿acaso no lo es?
- Sí que soy Manuel García, pero yo nunca he toreado ni a una gallina, es más soy antiturino, an-ti-tau-ri-no.
- Pues entonces estaré equivocado… oh, qué mala suerte, resulta que tengo un contrato firmado por usted en el que se compromete a lidiar seis toros seis de la ganadería de Pinchafierros, toros muy bravos conocidos por los enviudadores, ¡contrato que por otra parte esta pagado en su mitad y la otra mitad al final de la faena!
- ¡Eso, eso jefe! ¡Al final de la faena!
- Miren ustedes, buenos señores, que se confuuuunden que yo no soy ese tal que a mí me dan miedo las cabras… además yo estaba tan tranquilo haciendo molletes…
- ¡Yo sí que le voy a abrir como a un mollete!
- ¡Eso, eso jefe como a un mollete!
- ¡Quieres callarte ya Padilla!
- ¡Eso, eso jefe callarte ya, callarte ya! ¿Qué pasa ese también se llama Padilla, jefe?
- ¡Vamos, llevémosle a la plaza o torea vivo o torea muerto!
Dicho esto Manolo enmudeció, casi a rastras se lo llevaron de la hostería.
Entre tanto, aprovechando cada segundo el Francés había sacado unas monedas a Esteban Dolores a cambio de admitirle y también había estrechado lazos con María de las Mercedes la cual a estas alturas tenía el cinturón de castidad un poco humedecido. Pierre comenzó a declamar en francés y ella suspiraba:
- Frère Jacques, Frère Jacques, Dormez-vous? Dormez-vous? Sonnez les matines. Sonnez les matines. Ding, ding, dong. Ding, ding, dong.
- ¡Oh ! Señor Panduro, es usted tan romántico.
- Me arrgastra hasta sus pies mademoiselle, es usted hergmossa como la luna llena de Escossia, ni tierrga natal.
- ¡Ohh! Es usted un caballero muy apuesto señor Panduro, pero yo soy una muchacha muy decente…
- No lo dudo, mademoiselle pergo no quiero sino amargla, he visto muchas mujerges y ninguna como vos, vuestrgas pestañas son sepillos y vuestrgos ojos… eh.. pomos…
- ¿Pomos?
- No, no, perglas, perlas asules y blancas… Oh, mademoiselle, si usted se viniese conmigo os hargía la rgeina del osseano, vuestrgo nombrge se conosergía porg todo el mundo, la rgeina pirgata, oh lo estoy viendo.
En ese instante a María de las Mercedes se le encendió un candil en la frente se giró y miró a los ojos a Pierre.
- ¿De verdad?
- Que me muerga si miento, que se abra la tierra y me trgague, que vengan la justissia a prgendergme.
- Pues, ¡ea! A la mierda el virgo, qué ya está bien.
Sin embargo, justo cuando la cosa se ponía enorme, se oyó un escándalo proveniente de la calle, el ruido invadió la Hostería y de entre la gente apareció la guardesa de la virginidad de María de las Mercedes acompañada de dos alguaciles.
- Ese, ese es el pirata que ronda a mi ama.
- ¡Tente preso canalla! – gritó uno de ellos.
Pierre, quien llevaba pálido unos instantes debido a que la sangre se le había bajado a cierta parte, tragó saliva. Ahora no sabía qué decir, no se dio cuenta de que su mano había ido al sable dando a entender que iba a presentar batalla, no obstante, no llegó a moverse ya que Esteban Dolores se interpuso entre él y la justicia, sacando una navaja.
- Quien pretenda llevarse a mi capitán probará el acero toledano.
- Y quien ataque a mi amo se llevará un garrotazo en todos los morros, de madera de los acebuches de los cerros de Ventura.

