LGY estando Salmorelli sosteniendo a Gardenia con una mano, y con la otra, a punto de darle una estocada final en medio de la trompa desinflada de la bruja (¿os he dicho que en aquellos años, se aplicaban rellenos de bosta en lugar de botox? Que letra de más o de menos no le hace, salvo el olor que despedía…) cuando su vista se quedó prendada de la belleza de María de los Milagros, quien asustada, se mantenía detrás de su nodriza.
Mientras tanto, Gardenia se mostraba tal cual era, con su asquerosa estampa de michelines hediondos, pues el golpe que había recibido del Inquisidor había menguado la bosta de sus rellenos que ahora se desparramaba sobre el piso de la taberna de Buttarelli como si fueran las caballerizas del Manolo.
Y hablando del Manolo (que justo es decirlo, era tan buen torero como el Niño del Corral Candelas) en ese preciso momento entraba con gracia y garbo apartando a la guardia de la Inquisición, pero dándose de bruces con semejante escena, se paró en seco, y sacando un pañuelillo de seda, se tapó la nariz ante el nauseabundo olor que desprendía la bruja.
Acto seguido, Salmorelli, dio la orden de que encerraran a la impía en el gallinero de Buttarelli, eso sí, antes les dio la libertad a los plumíferos, pues no es de cristianos torturar a los pobres animalillos.
-¡Que Dios me ampare! Semejante bruja no cuenta ni en los lupanares –recitó Maese Carrasco en un rapto de lírica triunfal.
-Pues que nos ampare a todos, esta taberna quedó hecha un estercolero –sentenció el Manolo, que traía la capa roja sobre su hombro y el sombrero en la mano-. En buena hora he caído por estos lares…
-Lares, lares… ¿verdad que son muy particulares? –Largó el trovador, mientras todos lo miraban con ganas de zamparle un par de hostias.
Fray Junípero, en tanto, se ofreció para hacer guardia en el gallinero hasta el amanecer, pensando que tal vez la bruja tuviera ciertas urgencias, a pesar de que el fraile tenía muy poco de farola. Es que no se le quitaba de la cabeza, de ninguna… manera.
Pero volvamos a la escena principal. Acomodándose la ropa, el Inquisidor recobró su apostura, y dirigiéndose a María de los Milagros, que aún seguía con sus piernas de paréntesis, esperando que alguien tuviera el placer de ponerle una “coma”, hizo una reverencia caballerosa y le dijo:
-Bella señora… Salmorelli, para servirla –y depositó un beso en la lánguida mano de la niña.
Pero no os contaré de los acontecimientos posteriores, que esos serán la continuación de esta historia. Y agarraos que vienen curvas, porque las gitanas no desistirán tan rápido de perder a Salmorelli (aunque os digo algo, la Carmela le ha echao el ojo al Manolo… ¡Ay, el Manolo!
P.D.: Olvidé deciros que la imagen pertenece al gallinero de Buttarelli, allí donde Salmorelli mandó guardar a la bruja y donde no han quedado ni los gorriones.








