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domingo, 17 de julio de 2011

CAPÍTULO X: CON EL TROVADOR Y SALMORELLI, EL MANOLO SE QUEDA DE BUTTARELLI

LG

Y estando Salmorelli sosteniendo a Gardenia con una mano, y con la otra, a punto de darle una estocada final en medio de la trompa desinflada de la bruja (¿os he dicho que en aquellos años, se aplicaban rellenos de bosta en lugar de botox? Que letra de más o de menos no le hace, salvo el olor que despedía…) cuando su vista se quedó prendada de la belleza de María de los Milagros, quien asustada, se mantenía detrás de su nodriza.

Mientras tanto, Gardenia se mostraba tal cual era, con su asquerosa estampa de michelines hediondos, pues el golpe que había recibido del Inquisidor había menguado la bosta de sus rellenos que ahora se desparramaba sobre el piso de la taberna de Buttarelli como si fueran las caballerizas del Manolo.
Y hablando del Manolo (que justo es decirlo, era tan buen torero como el Niño del Corral Candelas) en ese preciso momento entraba con gracia y garbo apartando a la guardia de la Inquisición, pero dándose de bruces con semejante escena, se paró en seco, y sacando un pañuelillo de seda, se tapó la nariz ante el nauseabundo olor que desprendía la bruja.
Acto seguido, Salmorelli, dio la orden de que encerraran a la impía en el gallinero de Buttarelli, eso sí, antes les dio la libertad a los plumíferos, pues no es de cristianos torturar a los pobres animalillos.

-¡Que Dios me ampare! Semejante bruja no cuenta ni en los lupanares –recitó Maese Carrasco en un rapto de lírica triunfal.

-Pues que nos ampare a todos, esta taberna quedó hecha un estercolero –sentenció el Manolo, que traía la capa roja sobre su hombro y el sombrero en la mano-. En buena hora he caído por estos lares…

-Lares, lares… ¿verdad que son muy particulares? –Largó el trovador, mientras todos lo miraban con ganas de zamparle un par de hostias.

Fray Junípero, en tanto, se ofreció para hacer guardia en el gallinero hasta el amanecer, pensando que tal vez la bruja tuviera ciertas urgencias, a pesar de que el fraile tenía muy poco de farola. Es que no se le quitaba de la cabeza, de ninguna… manera.

Pero volvamos a la escena principal. Acomodándose la ropa, el Inquisidor recobró su apostura, y dirigiéndose a María de los Milagros, que aún seguía con sus piernas de paréntesis, esperando que alguien tuviera el placer de ponerle una “coma”, hizo una reverencia caballerosa y le dijo:
-Bella señora… Salmorelli, para servirla –y depositó un beso en la lánguida mano de la niña.

Pero no os contaré de los acontecimientos posteriores, que esos serán la continuación de esta historia. Y agarraos que vienen curvas, porque las gitanas no desistirán tan rápido de perder a Salmorelli (aunque os digo algo, la Carmela le ha echao el ojo al Manolo… ¡Ay, el Manolo!

P.D.: Olvidé deciros que la imagen pertenece al gallinero de Buttarelli, allí donde Salmorelli mandó guardar a la bruja y donde no han quedado ni los gorriones.

lunes, 11 de abril de 2011

CAPÍTULO IX: LA HOSTERÍA DE SORPRESA EN SORPRESA

LG

Estaban en ese silencio expectante cuando la puerta de la taberna se abrió de par en par para dar entrada a una mujer de edad indefinida, con aires de gran señorona, embadurnado su rostro con varias capas de pintura, presumiblemente compradas en Egipto (de esas que se usan para adornar a las momias). La barbilla en alto y la nariz apuntando hacia arriba daban cuenta de que la fulana derrochaba soberbia por los cuatro costados. Y esos costados eran bien amplios y carnosos, según el fraile podía comprobar con los ojos que se le metían en los michelines de la visitante.

-Buenas noches, caballeros –dijo la recién llegada, sin fijarse siquiera en las mujeres que había en la posada y con un rictus de maldad en la comisura de la boca-. Quiero una habitación en esta pocil… ejem… posada, pues debo hacer noche hasta primeras horas de la mañana. –Y mientras hablaba, clavó sus ojos de hiena en la figura angelical de María de los Milagros, quien estaba un poco incómoda, pues los herrajes de su cinturón de castidad le rozaban sus partes y ya no sabía cómo tenerse en pie, pues parecía que recién había bajado del caballo y el calambre le tenía las piernas separadas como paréntesis en un texto.

Todos miraron a la mujer, que iba vestida como para la boda real. Doña Merceditas, recelosa, tomó a su protegida de la mano y la llevó, escaleras arriba hacia sus aposentos.

-Qué pedazo de mujer, tanta carne es de no creer –recitó el poeta en el colmo del desborde lírico, mientras Fray Junípero se santiguaba para apartar los pensamientos libidinosos que se le agolpaban en su calva cabeza y más abajo también, pues la sotana ya había comenzado a levantarse como carpa de circo.

En esto estaban cuando un ruido ensordecedor de caballería, atronó desde las afueras de la taberna. No dio tiempo a que nadie saliera a ver qué pasaba, pues enseguida se escuchó que los caballos se habían detenido y sus jinetes se apeaban.
Una vez más, se abrió la puerta, esta vez con un estruendo feroz, pues quien la había abierto lo había hecho con tanto ímpetu que la madera rebotó dos veces contra las paredes. En el vano de la puerta apareció un hombretón descomunal: alto, fornido, tan buen mozo que no se podía creer, era uno de esos hombres que te hacen caer los calcetines y hasta las bragas -¡Mare mía!-. Estaba ataviado con ropas de inquisidor y en su pecho se distinguía la insignia de la Santa Casa. Cuatro guardias lo flanqueaban.

-¡¡Salmorelli!! -Exclamó Fray Junípero, sin dar crédito a sus ojos-. Pero Salmorelli, apenas le miró. Sus ojos eran ascuas encendidas cuando se posaron en la mujer que momentos antes se había presentado en la hostería.

-¡¡Bruja impía!! –Gritó el inquisidor-. Y tomándola por los cabellos le hizo besar el suelo con su morro, y ¡oh, sorpresa! Al voltearse, todos vieron horrorizados cómo la otrora tersa y gorda cara de la mujer se había transformado en pura arruga y sus labios se habían desinflado como por arte de magia.

-¡Gardenia! –Dijo, Fray Junípero persignándose, mientras todos los que estaban en la hostería lo imitaban. Las putas estaban entre aterrorizadas por la escena y babeándose por la poderosa y viril estampa de Salmorelli.
Ante semejante jaleo, María de los Milagros bajó corriendo las escaleras hacia la sala y se dio de bruces con los ojos del inquisidor, que al verla, cambiaron la ira que los embargaba por una mirada de intenso arrobo.

Mientras tanto, Gardenia se debatía entre las garras de Salmorelli echando espuma por la boca, y desagradables ruidos por otro orificio más pequeño pero más hediondo.
Todo se paralizó en la hostería. Lo mejor vendría después…

lunes, 14 de marzo de 2011

CAPÍTULO VIII: FRAY JUNÍPERO Y UN ESBOZO DE GARDENIA (OJO, SÓLO UN ESBOZO)

LG

Miráronse todos sin saber qué contestar, pues temían la reacción del fraile, no fuera cosa que se pusiera a perseguir las cabras que en el corral tenía Buttarelli y las pasara a degüello a todas en su afán por acogotar a la bruja Gardenia.

-Ehhhhh, verá Padre, si supiéramos como dice vuestra merced que es la tal bruja, quizás le pudiéramos ayudar. Además, en esta honorable casa –dijo el tabernero santiguándose, y las putas lo imitaron-, no se permite la entrada de esas renegadas de Dios, pues el diablo llevan en el cuerpo y mediante la falsedad engañan.

-Veo que vosotros sois todos hijos del Señor, y así lo dejaré sentado para que la Santa Inquisición, sepa lo santa que es vuestra casa, pues si Salmorelli, "El Gran Inquisidor", llegara a saber que aquí está Gardenia, pues metería fuego hasta al mismísimo infierno con tal de acabar con ella..., Pero… ¡Huelo a bruja! ¡Huelo a bruja! –Gritaba el fraile como poseído.

-Dígame vuestra merced ¿y cómo huelen las brujas? Así le ayudaremos a buscarlas –aventuró Buttarelli con tal de que el cura cerrara el pico.

-“Las brujas”, nada, mi señor, he dicho “la bruja”, que en su maldad vale por mil y en su hedor apesta a bosta rancia. Ahora que os dije como huele, os diré cómo es, o por lo menos cómo la he visto yo, porque con las brujas nunca se sabe, cambian su aspecto según les convenga engañar a uno o a otro. Prosigo pues. Gardenia es del tamaño de un tonel de vino, por lo alto, por lo ancho y por los aros que la contienen. Su pelo, casi blanco, a fuerza de ser desteñido por su magia negra, enmarca una cara redonda como la luna de Valencia, pero a despecho de esta, Gardenia se ha inflado los labios y alisado sus arrugas ¿no pensaréis
que era una jovenzuela, verdad? Aunque ella se lo cree a pies juntillas. Dejadme continuar, no os arrepentiréis, pues en esto os va la vida. –Fray Junípero hizo un alto en tan fantástica descripción para tomar vino y aliento, luego prosiguió-. Tiene por piernas dos farolas, tal de robustas, y su cu…, ejem… sus posaderas, aplastarían a un elefante, sé lo que os digo porque lo he visto con mis propios ojos y palpado con mis propias manos…

El tabernero, su mujer, las putas, doña Merceditas y la niña virgen, abrían los ojos como platos ante tamaña descripción. Maese Carrasco apuntó:

-Jamás he de ser cómplice de semejante esperpento, yo os lo juro Padre, antes me jalo por dentro… -ante semejante torrente poético, los parroquianos que estaban en la taberna, no sabían quién estaba más desquiciado, si el trovador o el fraile, pero por las dudas callaron la boca y se dispusieron a seguir escuchando… no fuera cosa de que Gardenia apareciera nuevamente…

sábado, 6 de noviembre de 2010

CAPÍTULO VI: EL PLAN SE PONE EN MARCHA

LG

Ni bien Esteban Dolores y su igual, Feliperro, entraron en la taberna, todas las cabezas se voltearon para mirarlos, pues hacía tiempo que no venían forasteros a recalar en este sitio. Al contrario que su ex sirviente, mal entrazado, con cara de bobo y para colmo con un hilillo de baba que le caía por la comisura del labio, Esteban era bien parecido y lucía gallarda figura.
Era un hombretón de espaldas anchas, moreno, de barbilla cuadrada y hoyuelos en las mejillas, que le daba un aire entre de niño y de diablillo. Llevaba el pelo largo y atado en una coleta, mediante un lazo negro de terciopelo. Su aspecto era… por lo menos elegante.

Las gitanas le dieron descanso a sus uñas, que ya tenían gastadas de tanto rasque, y con los ojos clavados en el mozo, ensayaron su mejor sonrisa. No era habitual que un espécimen de tamaña naturaleza pasara por este antro.

Mira Carmela –dijo la Pitones-, si hasta lleva todos los dientes puestos, mi alma, igualito a mi Niño del Corral Candelas. Pocos son los que se ríen y lucen tamaña dentadura, a la mayoría se le escapan los garbanzos del guiso entre los espacios donde debieran tener los dientes. Anda pues, que este hombretón es mío, ni se te ocurra acercarte, prima… -La Carmela frunció el ceño a sabiendas de que si no le hacía caso, la que quedaría sin dientes sería ella, de los golpes que daría la otra, de modo que no le hizo asco de acercarse prestamente a Feliperro, que no importaba la pinta sino llenar el corpiño de monedas.

Ante tanta algarabía, también se volteó la niña María de los Milagros, y en ese instante sus cándidos ojos toparon con los no tan cándidos de Esteban, ya que a este le saltaban chispas de sólo imaginarse a la doncella entre sus brazos.
María de los Milagros quedó tan absorta ante Esteban, que hasta se olvidó de los piojos que no le daban tregua, y dedicándole una caída de ojos de esas que derriten hasta al hielo, bajó la cabeza con el pudor de una dama.
Para qué contar su efecto en Esteban, los calores se le agolparon en la cara y en otras partes, de tal manera que hubo de contenerse para que Merceditas, el ama, que estaba allí cerca no lo sacara a patadas en el trasero. Por eso mismo se apuró a acercarse a la vieja, y ensayando su mejor y más simpática sonrisa le dijo:

Vuestra Merced ha enviado por este servidor, soy Esteban Dolores, el boticario de la comarca, a sus pies señora. El padre de la doncella me ha destinado a quitar los… los… ejem… los visitantes de su hija, con premura. He de comunicarle que mi asistente traerá las lociones para tal menester en el día de mañana, pues hubimos de encargarlas a Oriente, que aquellas pócimas son más potentes que las nuestras. Espero que Vuestra Merced, llegado el caso, contribuya franqueándome el paso a las habitaciones de la niña… no olvidéis que su padre es vuestro amo. –Y dicho esto, hizo una reverencia a Merceditas, para luego tomar la mano de la doncella y estamparle un beso húmedo y provocativo, hecho lo cual se sentó a una mesa junto a Feliperro y clamó a viva voz:

¡¡Tabernero!! Traed el mejor vino de la casa para estos sedientos hombres… y que no falte un plato de guiso, que el camino ha sido largo. –Luego, dirigiéndose a Feliperro en voz baja le dijo-: Mi querido amigo, debéis de conseguir algo lo más parecido a un ungüento o loción que podáis, no importa que no lo sea, mas sí que lo parezca. Para mañana tengo planes…

Mientras esto ocurría, la Pitones ya enfilaba, moviendo las caderas hacia la mesa que ocupaba el visitante y frotándose las manos mientras pensaba en el festín que se daría en un rato. Se movía con un ritmo extraño, parecía un baile africano, pero no... era el picor no la dejaba en paz.


Sí, señor, los planes saltaban a la vista, lo que no se sabía era la marimorena que se armaría a causa de ellos. La hostería volvía a estallar…

lunes, 11 de octubre de 2010

CAPÍTULO V: LA OPORTUNIDAD

LG

Pasó entonces que de tanto tiempo que la hostería había estado cerrada, los piojos que tenían las gitanas se habían trenzado en sus cabelleras, reproduciéndose de tal forma que buscaron otros escondrijos con tanta pelambre como tenía la cabeza. El caso es que en la hostería había más piojos y liendres que parroquianos bebiendo vino.

Era de ver a todos rascándose a cuatro manos, que parecían que bailaban flamenco y que tocaban las castañuelas.

-¡Ay, mi Dió! Prestamé tu uña pue, que no me aguanto el picor –le dijo la Pitones a la Carmela-, aunque preferiría a mi Niño del Corral…

En estas circunstancias Buttarelli recordó al pillo de Santorcaz, el barbero, quien le había quitado los molestos bichos (entre otras cosas) a la duquesa de Piedrabuena, y a pesar de que por allí no era bien recibido, pensaba el tabernero mandarlo a buscar para ver si con sus ungüentos podían hacer desaparecer aquella nube de piojos, que de tan necesitados que estaban, ya se cruzaban con las pulgas de la bodega.
María de los Milagros, no escapaba a la plaga, por lo que su ama, doña Merceditas (a quien ni los piojos se le acercaban de tan fea que era), decidió enviar un recado por el chaval de los mandados, hasta la casa donde residían los padres de la niña, informándole de los acontecimientos. Tuvo tan mala suerte el niño, que habiéndose empacado su burro, a poco de comenzar la marcha, al bajarse para tratar de hacerlo caminar, perdió el recado entre la hierba. A poco, el Uvamiel, que así se llamaba el asno, retomó su marcha y con él, el chaval, sin saber que el recado quedaba en el camino.

Y como las cosas siempre suceden por algo, atinaron a pasar por el lugar, Esteban Dolores y su igual Feliperro, quienes ya habían avistado, a lo lejos, la hostería de Buttarelli. Habiendo visto el papel entre la hierba, agachóse el ex sirviente a recogerlo, y entregándoselo a su ex amo, éste leyó:

“Mi Señor:
Vuestra hija está a buen recaudo en un sitio, que si bien no es merecedor de su hidalguía, bien resguarda el tesoro que aún se encuentra bajo sus vestidos. El caso es que este lugar, llamado “La hostería de Cristófano Buttarelli”, luego de permanecer cerrado un prolongado tiempo, se ha plagado de piojos, liendres y garrapatas, amén de otros insectos que si no chupan la sangre, muerden. Pues os pido que nos enviéis lo antes posible, algún boticario con lociones y ungüentos para deshacernos de los molestos visitantes, pues no podré ofrecer a vuestra hija en matrimonio con sus partes saturadas de bichos.
No perdáis más tiempo, el cinturón de castidad que lleva María, ya está tan oxidado por la espera que casi no entra la llave en su candado…

A Vuestro servicio, mi Señor.
El ama Merceditas”.


A Esteban Dolores se le agrandaron lo ojos como platos ante tamaña oportunidad: pues vio que podía matar dos pájaros de un tiro, por un lado enamorar a la joven María de los Milagros, haciéndose pasar por un enviado del padre de ella y hacerse con el botín que aún guardaba celosamente bajo su falda; y por el otro, lograr el propósito que lo había llevado hasta allí. Se frotó las manos ante esta situación que los hados le presentaban, y pidiéndole discreción a Filiperro, entraron a la hostería…

martes, 15 de junio de 2010

CAPÍTULO III: ¡VAYA EMBRUJO!

LG

Verdad era que luego de que Maese Carrasco hubo probado el menjunje de Buttarelli, el tiempo se detuvo de improviso en toda la hostería, de modo tal que como en el cuento de “La bella durmiente”, comenzaron a crecer las zarzas dentro del establecimiento de marras, quedando todo en el mismo lugar y momento en que estaba sucediendo.


Es así que por arte de birlibirloque, el tabernero quedó rascándose el trasero (puff, las rimas de Maese Carrasco, parecen contagiosas), durante tantísimos años, que donde debía tener el pellejo quedóle un gran agujero rebosante de unos gusanillos que criábanse gordos y saludables.

A don Fabrique ya le había crecido el ojo que le faltaba; las gitanas hedían bajo las faldas como el mismísimo buque pesquero que atracaba en puerto una vez cada seis meses, por lo que las plantas que a su alrededor crecían, se quemaban sin remedio por los gases letales que de allí se desprendían. Eso sin contar que cada tanto, algún gato vagabundo, cruzaba a campo traviesa atraído por el tufillo y al llegar al lugar, quedaban patitiesos sin remedio.

La mujer de Buttarelli había quedado cocinando uno de sus guisados “especiales”, de modo que la marmita que usaba, con el paso del tiempo, quedó más negra que una tribu africana toda junta en el mismo lugar. La niña María de los Milagros habíase conservado virgen, pero no por su voluntad sino porque “nadie se movía”. La única alma que se desplazaba entre tanta inmovilidad era doña Merceditas, que frotándose las manos, como cualquier bruja que se precie, había logrado que la niña no se pudiera casar con el gentilhombre que su familia le había asignado por esposo. Éste, cansado de esperar por la niña, desposóse con una duquesa, que a la sazón se decía, guardaba entre sus cabellos una nutrida nube de piojos. Pero esto nunca llegó a comprobarse, claro.

El hecho es que, doña Tortuguita, la bruja, deshizo el hechizo ni bien el noble pretendiente se hubo casado con la otra, de modo que María de los Milagros, seguía siendo tan pura como había nacido. Es que doña Merceditas le tenía reservado un candidato especial…

Roto el embrujo, comenzaron todos a desperezarse de su largo letargo. La mujer de Buttarelli debió untar el trasero de su marido con aceite de bacalao de tan paspao que estaba, luego de quitarle los gusanillos; Maese Carrasco chorreando menjunje recitó:

-Benditos lo ojos que te ven, niña del harén. –Aunque nadie parecía comprender la brillantez de semejante verso.

Así, poco a poco, la hostería volvió a cobrar vida, y con ella todos sus personajes. Y hablando de personajes, también se le taparía la boca a cierta doña Mary que andaba vociferando:

-¡Dónde estáis todos! -Que la tal ya se ponía loquilla. Ni hablar de la parroquiana apm que venía día a día para ver qué se cocía en la hostería de Buttarelli, y se iba, inevitablemente desilusionada.


Y ahora, no os vayáis, que las puertas están abiertas nuevamene y se puede esperar cualquier cosa… ¡Pardiez!

domingo, 7 de marzo de 2010

CAPÍTULO XII: La sorpresa…

LG

Luego de la corrida en la que le había propinado sendos leñazos al pobre Diego Cerrojo, que encima de haber quedado calvo de abajo, luego quedó tiznado y aporreado de arriba, Casimiro volvió a sentarse en su lugar.
Como decíamos, Juan de Santorcaz comenzaba a hacer carpa de sólo mirar a su tocayo, Juan el Sanguinario, el pirata que mejor culo tenía en toda la Malasia, el Caribe y los mares del Nuevo Mundo, según su apreciación. Y he de asegurar que su apreciación ya era harto notoria.

Pero lo que aún más lo excitaba, era el hecho de que el joven, habíase agachado para atarse el cordón de su bota, que justamente se le había soltado. En eso estaba cuando se escuchó un “Riiiiiiiiiip” y el pantalón del sanguinario se abrió al medio por la fuerza que hacían sus cachetes allí apretados. Cuál no fue la sorpresa de todos cuando debajo de aquel varonil atuendo, afloraron unas primorosas bragas color de rosa.
Santorcaz babeaba encima del cabrero que, como estaba de espaldas no había visto el espectáculo, que de verlo, también hubiera corrido al barbero a fuerza de leñazos para quedarse con el mozo, moza o mariconcete…

El Sanguinario, se levantó de golpe y corrió como una exhalación, escaleras arriba, hacia sus aposentos, mientras su cara se ponía colorada como un tomate. Salió Santorcaz, con el carajo al tope, corriendo tras él, y cuando llegaron ambos, al mismo tiempo, a la puerta de la habitación, el barbero, queriendo asir al otro Juan por un brazo, erró el zarpazo y le arrancó de cuajo sombrero, bandana y… peluca. Todo resultó en apenas unos instantes, de forma tal que unos cabellos morenos, largos y rizados, afloraron como una cascada sobre los hombros de él o ella, o vaya uno a saber qué.

Pe… pe… pero ¿Qué diantres está pasando aquí –vociferó sin creer lo que veía, cuando en el forcejeo, que no cesaba, la camisa del Sanguinario se abrió de golpe y un par de bellísimos pechos le saltaron a la cara-. ¡Mare mía! ¡Qué melones! Entrad a vuestros aposentos que yo os haré guardia de honor, sin espada pero con todas las armas… -Le dijo al ex – Sanguinario, mientras las babas le mojaban su propia camisa de tanta excitación-. ¡Yo sabía que algo raro pasaba aquí! ¡Una mujer! –Gritó-. ¡El pirata es una mujer!

Gran error por parte del barbero el haber dado la alarma. Porque al escuchar "¡Una mujer!", Casimiro, el archiduque de las Cabrias, se venía corriendo como un toro para embestir lo primero redondo y acolchado que encontrara en el camino, aún no se sabía si eran las posaderas del ex – Juan o del "todavía" Juan de Santorcaz.

sábado, 6 de febrero de 2010

CAPÍTULO IX: De las urgencias del Casimiro y otras cuestiones raras…

LG

Así es, y no les han mentido señores, Santorcaz había dejado al Casimiro, casi hecho un duque, pues no le quedaba ni pizca del aspecto bruto que había traído consigo, salvo su sesera que se asemejaba a la de un mosquito de tan minúscula que era.

Efectivamente, cada vez que abría la boca, hasta los bichos salían espantados, es que el pobre se había criado entre cabras y no sabía desenvolverse entre la gente. Y hablando de cabras y a fuerza de decir verdad, hacía ya semanas que el Casimiro no veía ni una cabra sabrosona, de esas que vivía enamorado, de modo que ya las estaba echando de menos y sentía la necesidad entre las piernas. Cómo habrá sido que hasta se había entusiasmado con Juan, el Sanguinario, pues cada vez que lo veía, montaba una carpa de padre y señor nuestro.


Y en esos pensamientos libidinosos y mariconcetes estaba, cuando la Pitones bajó corriendo, como alma que lleva el diablo, las escaleras que daban a los aposentos de altos donde había espiado por la cerradura, al pirata Juan.
La Carmela la vio venir derechito hacia ella, y de la intriga fue a su encuentro, reuniéndose en el centro del salón.

Pero qué ej lo que te ha pasao mi niña, parece que has visto un fastasma de cómo traej la cara. –La Pitones la tomó de un brazo y arrastrándola hacia un rincón, le hizo señas de que bajara la voz.

Calla mujé, que nadies debe enterarse de esto, joé… Lo he visto al mozalbete, en cueritos… ¡Aaaaaaay, virgencita santa! Que nunca he visto nada igual, y mira, Carmela, que he visto culoj de todos los tamaños y todos los colores… pero a fe mía que nunca he visto uno tan perfectamente redondo como el que vi, además, además… -Y acercándose al oído de la Carmela le cuchicheó algo que hizo que la gitana ahogara un grito de estupor.

Que no puede sé, niña, no es posible… -Pero de golpe debió cerrar el pico, porque el Sanguinario, bien acicalado y con sus ropas impecables, bajaba a tomar su cena, ajeno a los chismorreos de las gitanas.

Ni bien pasó delante del Casimiro, lo miró de hito en hito sin reconocer al bruto que había visto unas horas antes. Y el Casimiro… al Casimiro se le cayeron las babas sobre el plato de Santorcaz que aún seguía comiendo chorizos con pelo y ahora también estaban adornados con barba inerte, pues la mirada de Juan se le antojaba más excitante que las de las cabras que conocía, con lo cual, su pantalón creció varios talles sin que pudiera, ni quisiera, evitarlo, sí señor. Luego se dirigió al barbero, con quien había cogido confianza merced a sus artes y le dijo:

Mire usté don Santatorcaza, este niñato me hace saltar el ganso más aún que la Eleonora, la cabra más guapa con la que me ido pal monte. ¿Qué le digo pa clavarle la lanza? Digamé usté que es tan sabioso, que no me aguanto más, hombre…

El barbero abrió los ojos de manera descomunal, tal la sorpresa que se llevó, pues sabía que el Casimiro era bruto como un arado, pero nunca pensó que fuera mariconazo confeso…

lunes, 25 de enero de 2010

CAPÍTULO VIII: Del trato entre don Servando y Santorcaz… y del "ojo en la cerradura"...

LG

Consciente de que su actitud pasaba, cuanto menos de sospechosa, Juan el Sanguinario bajó la cabeza y subió prestamente a sus aposentos sin decir más palabra. Mientras tanto, don Servando, que observaba todo desde su mesa con gran divertimento, llamó a Santorcaz con la mano en alto, y al acercarse, con tono confidencial le dijo:

Barbero, venid un momento. Veo que miráis con ganas la bolsa del cabrero, os puedo asegurar que si hacéis de él un don Juan como aseguráis, sacaré de vuestras orejas más oro del que él lleva en su morral. –Diciendo esto, hizo un pase mágico y sacando una moneda de la oreja de Santorcaz, se la entregó en mano sin que el truhán pudiera decir ni pío del asombro que lo acosaba.- El pacto es el siguiente: si lográis el cometido, seréis rico, si no lo lográis… ¡Ah, si no lo lográis! Tal vez os convierta en sapo. –Y soltó una sonora carcajada que retumbó en todo el salón.

A Santorcaz se le iluminaron los ojos de codicia y sin pensarlo dos veces, replicó:

No dude excelentísimo señor que así lo haré, aunque deba trincarme a la Casiana de por vida, y válgame Dios que es castigo como para purgar en el infierno, pues no hay navaja que rasure sus bigotes sin desafilarse, y ni hablar de los gatos que tiene en los sobacos… huelen peor que una paella de mariscos en mal estado. –Bajando aún más la voz, le dijo en tono de confidencia-. Del “otro gato”, no quiera que le hable, don Servando, que su señoría es demasiado señorioso pa decirle lo que tiene entre las piernas… ¡Pardiez! –Y sellando el pacto con un apretón de manos, se dirigió muy ufano hacia su tocayo bien dispuesto a comenzar la tarea.

Entretanto, las gitanas se habían quedado picadas por la curiosidad con la imagen del Sanguinario y sus dichos. La Pitones, haciendo de tripas corazón, y por no tener con quien hablar, se acercó a la Carmela bien mansita:

¿Haj visto tú al mozalbete? ¡Qué diantres le ha picao! Aquí hay gato encerrao, y te lo digo yo, por mi Niño del Corral que destaparé esta olla. –Y poniendo los dedos en cruz, se los besó en juramento-. Luego se dirigió hasta la puerta de la alcoba de Juan el Sanguinario, y poniéndose culo pa´rriba se dispuso a fisgonear por el agujero de la cerradura. Juan se estaba quitando la ropa y lo que vio la gitana la dejó sin habla…- Lo sabía, lo sabía, -dijo para sus adentros-, no hay diosito que a mí me engañe… -Y se dispuso a no perderse detalle de los atributos que veía...


MG

Tal vez no se le diese tan mal la noche a Santorcaz. Animado por la moneda a punto estuvo de pedir vino a Buttarelli, pero recordó el capítulo del empuje de los higos chumbos y se abstuvo. Lo que sí requirió fue unas viandas con las que entró en calor y recuperó su buen humor. Espoleado por el ánimo metió mano a Casimiro quien ya no sabía muy bien a qué había venido a Sevilla. Comenzó a abrir y cerrar sus tijeras y pasearlas por el pelo del cabrero como un hada de metal que batiese sus alas sobre una flor. Comenzó a mover tijeras y cabeza, a buscar ángulos, perspectivas. Mientras los demás fingían no mirar.

- ¿Sabe usted caballero?

- Yo no tengo caballo, mire usted.

- Es un hablar… a mí el joven ese… el Sanguinario o como se llame no me da ningún miedo. Sepa usted que yo estuve en la batalla de Lepanto contra los inglaterreses de Inglaterra, y en la de Salamina contra los turqueses de Turquía, e incluso con los franquistas de Francia en la batalla naval de… en la batalla del Sahara. Y siempre salí victorioso… mas uno es hombre de paz. De haber sido un maleducado de buena fe hubiese atravesado a ese polluelo. Otra cosa he de advertirle… no se fíe del personal, todos ambicionan lo que usted tiene. Además, en un sitio como este sólo hay envidiosos y todos, todos, le envidian a usted por su porte y su elegancia.

- ¿Yooo?

- A usted, como le digo. Una vez que termine nos iremos de aquí para no volver más.

De este modo Santorcaz iba ganándose la confianza del pobre Casimiro, quien movía la cabeza a un lado u otro según los dictados del barbero que hablaba hasta por la tijera. De vez en cuando cogía algún trozo de chorizo y se lo llevaba al buche, naturalmente contaminado de pelos. En un determinado momento sacó sus perfumes traídos de “las selvas de Arabia” y empapó al cabrero hasta impregnar con su perfume toda la hostería. Juan se detuvo, le examinó, le quedaba el trabajo más importante: la barba. Sacó su navaja, afilada como la lengua de una suegra. Pero Santorcaz no consideraba a su navaja como un instrumento de corte, sino como un buril con el que dar forma a un nuevo rostro. Recortar los pelos que durante tanto tiempo se habían enredado como una hiedra salvaje, para dejarlos como un seto ornamental, la perilla de bachiller, el bigote de un hidalgo, la barba de un escribano. Nada en él podía hacer sospechar su noble oficio de ganadero, tenía que parecer un grande, un noble, el indiano que llegó de las américas, el extranjero que zarpará mañana al nuevo mundo. Santorcaz era un dios y Casimiro su Adán particular.

Mientras tanto otras tantas cosas poblaban la imaginación del cabrero, al principio comenzó a imaginar batallas y creyó que las guerras eran como cuando se peleó con el Eustaquio que comenzaron a tirarse boñigas de borrico y terminaron con pelotes de granito. Continuó pensando en toda la gente de la hostería, y creyendo que querían robarle el queso de su morral. Para terminar oliendo ese líquido con el que el barbero le bautizaba una y otra vez. Pensó si no sería cosa de amanerados y creyó que sí, que se estaba volviendo algo mariconcete porque le atraía el tal Juan el Sanguinario. Notaba como una bobería que le ponía eso que ya sabemos, alegre. Tanto o más que la butifarra que devoraba Santorcaz. Lo cierto, es que había venido hasta Sevilla para encontrar moza, si se presentaba en la sierra con un chavalote su padre lo correría a patadas con toda la razón del mundo. Aunque lo peor era que no sabía qué decirle a una dama, la tal Pitones se le antojaba jugosa, ¿pero qué podía decirle? Miró al barbero, quizá sus consejos serían acertados.

- Mire usted, yo no sé que decirle a las mozas… - dijo al fin.

Santorcaz, se detuvo, le faltaba muy poco para acabar su obra y cobrar el dinero de don Silbando, pero ahora tenía la oportunidad de ganarse aún más la confianza del cabrero.

- Se empieza diciendo algo bonito, como…

- ¿Eso es lo que usted le dijo a la Casiana?

- No, noble caballero. A la Casiana le vale con un rebuzno o en su defecto con varios eructos. Como le decía, usted debe decirle algo que suene bello, pruebe con esto: “¿No es verdad ángel de amor que en esta apartada orilla más clara la luna brilla y hasta el aire se respira mejor?”

- ¿Cómo, cómo? ¿Ángel mamón aparta las rodillas que esta está que me brilla y vas a respirar mejor?

En ese instante Santorcaz terminó con la navaja, le había quedado un trabajo impecable había hecho su obra maestra, su David, su Capilla Sixtina, su Pirámide Maya, su Alhambra… Casimiro era un ser hermoso, elegante, olía como la cama de un príncipe… sólo tenía un defectillo: sabía hablar.

sábado, 9 de enero de 2010

CAPÍTULO VII: De la transformación del cabrero y otras cuestiones...

LG

Quédose el cabrero sorprendido de sí mismo como lo estaba la concurrencia con su cambio. No era mal parecido que digamos y si las artes de Santorcaz culminaban la tarea tusando el abundante pelo y la hirsuta barba, quizás hasta se podría decir que hasta fuerza buen mozo. Pero parecía que el barbero lo único que quería era largarse con los dinerillos de Casimiro, cosa que no hacía por no encontrarse con el demonio de la Casiana que lo esperaba con los brazos abiertos y sus atributos en pie de guerra, pues las faldas en alto sólo significan una cosa en cualquier idioma.

Percatándose de las intenciones de Santorcaz, Juan de Ratatuille, el Sanguinario, que se había despojado de su capa para dársela al cabrero, se dirigió sin preámbulos al barbero tratando de que éste depusiera su actitud:

Escuchad barbero –le dijo-, olvidaos ese saco que escondéis sin éxito entre vuestras ropas y tal vez podáis salvar el pellejo, caso contrario os serán amputados los dedos de la mano que lleva el talego. Que aquí somos todos malandrines por lo visto, pero tenemos códigos de honor. -Y dirigiéndose a Casimiro, continuó.- Y vos Casi Has Mirado, atended vuestras cosas, pues no respondo por lo que os puede suceder de puro confiado que sois. ¡Abrid los ojos, vive Dios!

Juan el Sanguinario había comenzado a ponerse rojo de la ira, su esmirriado cuerpo temblaba y no se decidía a desenvainar la espada para amenazar a Santorcaz, que dándose por aludido, entregó el saco con el dinero a Casimiro en mano propia, prometiendo que ahora que la fauna autóctona que llevaba encima, había perecido ahogada por el baño, escanciaría sobre él sus perfumados tónicos, los mismos que había conseguido de mercaderes árabes y tan dudosos como él.

Satisfecho con el resultado, Juan, recompuso su aniñado rostro y sacando pecho, gritó:

Mientras el Sanguinario esté dentro de esta pocilga maloliente, no habrá robos entre los parroquianos, ni desprecio a estas damas sin que deban vérselas con mi espada.

Oleeeeee, mi arma, así debe hablá un hijo de la mar. Cuando quieraj aprendé laj arte del amó, no tiene má que decirle a ejta servidoa.-Dijo la Carmela meneando el trasero y acercándose al mozo con intenciones de tantear terreno.

La Pitones se puso a la defensiva, y quedó atenta. ¿Por qué ella tendría que conformar al cabrero y a la gorda de la Carmela le tocaba el niño aquél, bien tiernito y seguramente muy apasionado, como todo hombre de su edad. Sí, la Pitones andaba necesitando un “machazo” con todas la de la ley… pero pensándolo bien, ahora que el cabrero había cambiado la estampa…

Juan el Sanguinario volvió a ponerse granate de la vergüenza… ¿Pero que diantres le pasaba a ese mozalbete?

lunes, 28 de diciembre de 2009

CAPITULO IV: Del donaire del chaval y otras cosas que acontecieron…

LG

A tiempo había entrado Casimiro Cuevas, pues Juan el Sanguinario había transformado su rosada cara de niño en una cereza madura, de tan rojo que se había puesto por las palabras de Santorcaz… ¡Qué osadía! Decirle justamente a él que olía de los sobacos, a él, el pirata entre los piratas, el que por menos de eso había matado…


Sólo un instante se distrajo Juan de su ofensor, fue cuando Casimiro entró a pura ventosidad, luego, recomponiéndose, se dirigió al barbero con estas palabras:

Espero que Vuestra Merced, se retracte de palabras tan necias y burdas, que un caballero de los mares como soy, lejos está de oler de los sobacos, pues he traído de las Indias los perfumes más exquisitos a punta de espada y de sangre sólo por haceros agradable vuestra estancia a mi lado, caballero… Y no oséis tocar mi recogido cabello so pena de quedaros con un muñón donde tuvisteis las manos…

En otras circunstancias Santorcaz hubiera armado la de Dios es Cristo, pero con tanto nuevo forastero tenía para elegir, por lo que no le prestó la más mínima atención al niñato y se abocó a seguir la bolsa de oro que traía Casimiro, como al descuido.
Despechado aún más por haber sido ignorado, Juan el Sanguinario se apuró por interponerse entre Santorcaz y Cuevas, pero al momento, la ventosidad condensada que emanaba le hizo fruncir la nariz y echarse para atrás.

¡Por mil demonios! ¡Barbero! ¡Ofrecedle a este cerdo vuestras pócimas para el hedor! Que si va por otro ventisquero nos ahoga a todos juntos… -Si bien la voz no lo acompañaba, pues para hablar con franqueza sonaba bastante afeminada, el tono en que Juan se había expresado arrancó las carcajadas de toda la concurrencia además de su simpatía. Las gitanas rieron a la par de los borrachos y don Servando de Pilpozo hizo menear su abultada panza de tan tentado que estaba.

Envalentonado con el apoyo recibido, Juan el Sanguinario se plantó nuevamente frente a Casimiro, intentando nuevos aplausos:

Vuestra Merced dice llamarse Casimiro Cuevas, pero yo “casi miro” en toda la taberna y no veo “cuevas” en ninguna parte… -Lo que había comenzado como unas risas de momento se convirtieron en una gozada para la concurrencia. Lejos de enfadarse, el bueno de Cuevas rió junto a los demás. También a él le caía simpático aquel mozalbete…

MG

Santorcaz se asustó tanto que el pelo se le puso de pie como si fuese una cacatúa. Aquel joven, por momentos y dado su actual estado nervioso, se le antojaba muchacha. Sea como fuere de ningún modo le podría robar alguno de sus anillos de oro. Lo cual le apesadumbró, aunque aún tenía dos posibilidades los dos barbudos. Observó un poco y detenidamente, don Silbando parecía hombre cabal y en cuanto a Casimiro más bien parecía tonto tirando a bobo, o tal vez bobo tirando a tonto. Tenía que volver a replantearse su estrategia, agasajar al recién llegado en vez de descubrirle sus faltas, no fuera a ser que se contagiase y así quedara sin pan en una noche tan fría.

- Caballero, caballero, observo que usted es un recién llegado a esta ciudad. Gaste usted cuidado pues su aspecto, noble caballero engaña a las almas de noble corazón. Mas no se aflija pues ha venido usted a caer en buenas manos, mi nombre es Juan de Santorcaz cirujano barbero. ¿Dígame qué le trae por estas orillas?

Casimiro aún no sabía si estaba hablando con él con el tal Caballero, pero dado que no era bizco sin duda le estaba mirando, miró a su alrededor y no vio a nadie, se quedó con la boca abierta esperando que siguiese hablando, total no tenía otra cosa que hacer.

- Sin duda no me ha entendido, puede que venga de lejanas tierras, no me extrañaría pues su barba parece la de los pueblos del norte no me extrañaría que fuese usted vikingo, o quizá asirio…

- No mire usted, yo soy cabrero para servirle a usted y a Dios. Mire usted.

- Oh, noble caballero…

- Mire usted, ¿eso de caballero no será para ofender? Por que si es así le doy con la chivata en la cabeza y le asoman los sesos por la nariz.

- Oh, no, caballero significa noble hombre – dijo Santorcaz a punto de perder la paciencia.

- Aaaaah, ya.

- Bueno y ¿qué le trae por Sevilla?

- Pos buscar una moza que mira cómo la tengo para la edad que tengo... ahora que me ha dicho mi papa que estoy en edad de empujar... ya sabe usted, mire usted.

- Tal parece que Dios le ha depositado en mis manos, pues lo primero es hacerle atractivo, afeitarle un poco, un corte de pelo y un buen aseo. Estoy seguro que cambiaremos la piltrafa que está usted hecho en la envidia de la nobleza, las damas se lo disputarán como…

- ¿Un queso curado?

- Como un queso curado.

- ¿Con pan?

- Un queso curado con pan.

- ¿Con pan y vino?

- Un queso curado con pan y vino.

- ¿Y si a la señorita no le gusta el vino?

Santorcaz llegó a pensar que el tipo no es que fuera tonto sino que además le estaba contagiando. Entonces vio a Casiana y se le ocurrió algo, Casiana que no perdía ojo estaba rozando el éxtasis y se imaginaba en dónde podía ponerse la barba.

- Mire don Casimiro, ve aquella moza, yo creo que usted le gusta.

- ¡Ah! No está mal la moza, pero tiene mas pelo en la barba que yo. El ganado es más atractivo que ella, como me presente en la sierra con eso mi papa me apedrea, mire usted. Vamos, sin ofender, que sólo un desesperado pacería con una cosa así y eso que no está mal la moza. Pero mire usted, yo me voy a sincerar, que yo no quiero a una cualquiera, allá veo mozas muy saladicas y seguro son la mar de decentes, esas son las que quiero. Así que arrégleme para que yo me arrime.

Al fin se abrió la faltriquera, Santorcaz creyó que no lo conseguiría. Lo que sí se le antojó complicado era hacer de aquella piltrafa un hombre. En todo caso, haría buena pareja con la Pitones...

domingo, 13 de diciembre de 2009

CAPÍTULO II: De la cuarta aparición en aquella noche de perros…

LG

Y cuando parecía que ya nada ni nadie más, podía sorprender a los presentes, por cuarta vez en aquella noche helada se abrió la puerta de la hostería. Los pocos parroquianos que a esa hora quedaban y los forasteros que habían llegado momentos antes, dirigieron su mirada hacia la puerta de roble, inmensa, maciza y bastante maltrecha merced a haber sufrido sin querer, los palos de los innumerables altercados que allí se armaban.

Lo dicho, en el vano apareció una figura menuda enteramente embozada. Vestía el chaval, pues eso parecía, una capa marrón deslucida y hasta los pies, con una capucha que le cubría la cabeza casi por completo, dejando apenas espacio para que los ojos no quedaran tapados. Llevaba al hombro un saco viejo de color indefinido y de abultada apariencia. Los copos de nieve le resbalaban de encima y derritiéndose en el camino, se hacían charco a sus pies.

La concurrencia quedó expectante, Santorcaz esperaba que el extraño tuviera larga cabellera que tusar o dientes tan podridos que necesitara de su servicio. Casiana la cordobesa, miraba con interés libidinoso, sin importarle la presencia del barbero, en cambio Servando del Pilpozo, mantenía una sonrisa afable y bonachona y en sus ojos se notaba una cierta satisfacción.

La Carmela acudió solícita para ayudar al extraño a quitarse la capa, mientras dejaba en el suelo, el saco viejo. Si todos estaban atentos al fulano, la sorpresa se adueñó del lugar cuando se descubrió bajo la capa a un fiel exponente de… ¡un pirata! O para mejor decir, de un pichón de pirata…

No tendría más de veinte años el chaval en cuestión. Llevaba un pañuelo atado a la cabeza y anudado en la nuca. La camisa que asomaba por debajo de su chaleco ostentaba una serie de volados blancos y puntillas de seda pura, las botas hasta la rodilla, negras y en punta, estaban rematadas por grandes hebillas doradas que hacían juego con las cadenas de oro que llevaba al cuello y los innumerables anillos que adornaban sus dedos, a razón de dos por cada uno de ellos.

Su cara aniñada e imberbe se esforzaba por demostrar un gesto de suficiencia que no tenía. El silencio sepulcral que se había posado en la hostería se rompió cuando el chaval, quiso dar unos pasos hacia el mesón donde estaba Buttarelli mirándolo, y al no reparar en su propio saco que estaba en el suelo, se lo llevó por delante cayendo ostentosamente con las raíces para arriba (nótese vuestras mercedes, que mi recato me impide decir que quedó culo pa´arriba).

Las gitanas y todos los demás, se deshicieron en sonoras carcajadas, menos el anciano que se limitó a bajar la cabeza y a esbozar una sonrisa divertida. La Carmela, ni lerda ni perezosa corrió hacia el niño que yacía en una posición nada elegante y con las mejillas arreboladas por la vergüenza.

Levantesé mi arma, que aquí no ha pasao ná, –le dijo tratando de no reírsele en la cara- dejemé que lo ayude a ponerse en pie, no sea que las cucarachas del lugar se lo lleven a usé pa´l nido. –Todos volvieron a reír. Cortado por la situación pero con cara de rabia, el chaval dijo con una voz poco varonil (para qué negarlo):

No os riáis tan livianamente, señores, tenéis el honor de estar hablando con Juan de Ratatuille, el Sanguinario, pirata de los mares del Caribe, y como veréis, mi nombre os dice la fama que he cogido en esos mares de Dios …

Uno de los borrachos, levantó la cabeza que descansaba sobre la mesa y dijo a voz en cuello: -Perdone usté vuestra noble alteza, pero por lo visto usté es sanguinario solamente en alta mar, porque lo que es en tierra más parece un niñato que fiero pirata.

Una nueva andanada de carcajadas retumbó en la hostería. Juan el Sanguinario, había caído, sin darse cuenta, en un lugar más asqueroso que la bodega de su propio barco…

M.G.

Ajeno a todo lo que comenzaba a cocinarse en el figón de Butarelli, apareció un ser con el calzón medio caído y una barba de años llega a la puerta de la hostería, mira el cartel de la puerta y deduce que allí puede comer algo caliente. Hace frío, no se sabe por qué extraño conjuro ha nevado en Sevilla. El individuo se rasca el trasero, la cabeza y el culo de nuevo. Duda si entrar o no. Intenta recordar lo que le dijo su padre, algo sobre que intentase parecer que no fuese él mismo, lo cual es algo sumamente difícil. Se palpa la faltriquera, sí, sigue teniendo dinero. Toca un pequeño morral que lleva a la espalda del que sale un olor a queso inconfundible. En ese momento varios viandantes, pasan a su lado y salen despedidos como si una fuerza superior los alejase. De su cuerpo, sale invisible un tufillo que emborracharía a una rata. El tipo se rasca la barriga, aún se haya indeciso, lanza al aire una especie de gruñido no se sabe muy bien por qué. Seguía recordando lo que le dijo su padre, las instrucciones para moverse por la ciudad, ¡bah!, las había olvidado, además qué podía saber su padre de ciudades. ¿Cómo fue, cómo fue qué le dijo?

- Hijo mío, se me antoja que pacéis mucho con las cabras y antes de que te me hagas un cabrón te has de enmendar. Te marcharás a la ciudad en busca de mujer y cuídate mucho de traerte una pelandrusca. Que para eso ya tenemos a la Manola.

- Pero papa, yo no sé qué decirle a una mujer.

- Y yo que lo sé, pero no puedes estar toda la vida dándole alegrías a las cabras, ya es hora de que me hagas abuelo. Y no creas que las mujeres son como las bestias, hay que hablarles… eso va a ser un problema. Hijo, tan sólo tienes que parecer que tienes dineros y no debes ser como eres, vamos que nadie vea que eres un burro. Mejor no hables.

- ¡A ver papa en qué quedamos!

- Que hables poco, ¡copón!, Vamos a ver, vamos a ver, déjame pensar. Escucha bien lo que te dice tu padre y seguro que triunfas…

Pero Casimiro Cuevas en ese instante se puso a pensar en las nalgas de la Juliana, anchas y llenas de vellos como el tocino de ibérico, ¡ay qué rica!, la vio una vez en el campo dando rienda suelta a su vejiga, y desde entonces esta erótica visión le traía nublado el ánimo. A todo esto su padre cha, cha, cha, y no se enteró de nada.

- Anda corre y ve a Sevilla a ver lo que te traes, que allí hay mozas que por comer a diario se zampan a un mozo aunque sea como tú. A ver si me haces abuelo de verdad, porque si no cualquier día una cabra parirá un fauno.

- ¿Eso qué es papa?

Ahora mismo llevaba tres días en Sevilla paseando y alimentándose únicamente de queso. Mirando arriba y abajo, observando a los barcos flotar, ¡qué misterio!, los carruajes llenos de ruedas que dan vueltas y de pájaros que se cagan encima suya. Además por si fuera poco nevaba, pero era navidad y era tiempo de milagros, hasta ahora las mujeres que se le habían acercado nada más verlo y olerlo se retiraban. No sabía muy bien por qué, pensaba rascándose el trasero.

Allí se encontraba pensativo ante un tablero colgado por dos trozos de cadena oxidada y llena de una extraña nieve, lleno de garabatos en donde cualquier persona que supiese leer sabría que había llegado nada más y nada menos que a la Hostería de Cristófano Butarelli. Tenía que entrar porque la vieja ciudad de Sevilla esta noche tenía canas.

lunes, 23 de noviembre de 2009

CAPÍTULO XIV: "Oleeeeeeeeee... por el arrepentido".

LG

Mientras el Niño se dejaba curar por la Pitones, de los picores que se le habían subido hasta las narices, la Duquesa terminaba su paloma al ajillo, quedando satisfecha por todos los lados que puede uno hacerlo, de manera tal que ya le estaba agarrando la modorra de la siesta cuando cayó en la cuenta de que sus propios picores la acuciaban más que de costumbre, quizás porque ellos también habían lidiado en la alcoba junto al torero. Así que no alcanzándole las manos para rascarse la cabeza, pidió a la Rosario que le preparara en su alcoba un tonel de agua tibia para tratar de ahogar los piojos y para sacarse el hedor que le había quedado encima luego de la revolcada.


Solícita, la Rosario, llamó a los gritos a dos de sus ayudantes de cocina para que subieran el tonel a los aposentos de Isabel:


¡A ver Manolín, Juan Luis! ¡Venid enseguida! Vaciad el tonel donde se ha remojao el Niño, que entre la grasa de la cocina y los olores que traía el torero, el agua ha quedado pa´matar cucarachas. Llevadlo luego a las habitaciones de la Señora y llenadlo con agua limpia… eso sí, añadidle unas ramas de romero y tomillo pa´que el oló no se sienta, no sea cosa que la señorona, además de piojosa nos endilgue la culpa de sus desventuras cuando llegue el duque.

Así lo hicieron los ayudantes, tal cual la Rosario se los había pedido. De modo que comenzaron a subir cubos de agua para llenarlo hasta más arriba de la mitad, añadiéndole luego las especias que su patrona había indicado. Una vez terminada la tarea, la Rosario avisó a la dama que su baño estaba listo.

La Duquesa subió las escaleras casi repitiendo los pasos del torero, pero no por el garbo de la arena, sino por los picores que la acuciaban. Su altísimo peinado estaba a medio desarmar y parecía una puta barata de los andurriales, tal era la imagen que daba. Al llegar a la alcoba, tardó unos cuantos minutos para sacarse la ropa sucia, sudada y piojosa que llevaba puesta y pegada a la piel. Terminó de soltar su cabellera larga y poblada de inquilinos, los mismos que quedaron flotando en la superficie del agua, cuando Isabel, en su total desnudez, se sumergió en ella.

En eso estaba la señora, bien relajada y casi adormilada, cuando la puerta de la alcoba se abrió silenciosamente y en el vano de la puerta apareció nuevamente el Niño, dispuesto a cerrar los “negocios” que ya había comenzado. Muy suelto de cuerpo y sin abandonar su estampa, a pesar de los picores y de los aceites que le había untado la Pitones, se desnudó rápidamente y se metió, no sin esfuerzo (pues el tonel era demasiado chico), junto a la complacida Duquesa. Los “negocios” se desarrollaron con el mismo fragor de unas horas antes, tanto es así que el agua del tonel ya era ahora un caldo, que aunque con bastantes especias, no dejaba lugar a dudas de su hedionda procedencia.

Las aguas se meneaban al compás de la pareja, de suerte tal que saltaban por los aires y se derramaban por el suelo, y filtrándose por debajo de la puerta, bajaban en torrente por las escaleras hasta el salón de la misma hostería.
Las gentes del lugar en principio se alarmaron, pero tranquilizados por la Rosario que se presentía la escena, cada cual prosiguió con su faena. Menos la Carmela, que en su desaire, corrió a buscar a la Pitones para acicatearla:

Ají tiene tú con tu torero, que se la ejtá pasando de fiejta con la señorona. Andalé con tuj´amorej… Jajajajaja


Salió la Pitones, como alma que se lleva el diablo, y colorada de rabia como el diablo mismo en un par de zancadas subió las escaleras hacia las habitaciones. Cuando llegó a la puerta de la alcoba donde se estaba cocinando el caldo, de un empujón abrió la puerta cuyo golpe restalló en toda la hostería… Allí estaba su gitano, en un cuenco y cocinándose a fuego vivo junto a la intrusa.

La gitana terminó de perder los estribos, lo que no perdió fue el habla, que... ¡Por Dios! Se escuchó hasta en el infierno de los toreros…
Los parroquianos se estaban haciendo un festín sin par, aquello era para alquilar balcones…

lunes, 9 de noviembre de 2009

CAPÍTULO XII: “Olé por los picores del Niño…”

LG

Isabel se había quedado desparramada en el lecho de sábanas arrugadas por el fragor de las luchas que en él hubieron acontecido, sin ánimo pa ná, salvo para rascarse a dos manos la cabeza, pues habiendo soltado sus cabellos del monumental peinado, aquellos pequeños inquilinos que moraban en sus alturas, saltaban gozosos hacia la libertad, tal es así que muchos de ellos habían optado por seguir al Niño.

El torero descendía los peldaños tratando de mantener el buen garbo y honor, pero los piojos que la Duquesa le había contagiado le hacían contorsionarse como un espástico. Las gitanas que estaban en la sala y los parroquianos del lugar, suponiendo que estaban asistiendo a la vista de un nuevo paso de lidia, soltaron un -¡¡OLEEEEEEEEEEEE!!- , al unísono mientras batían palmas a rabiar.

Rafaelillo, que estaba encimado a la Carmela, se sorprendió tanto como el resto de los concurrentes, pues su patrón se llevaba alternativamente las manos a la entrepierna como a la cabeza, dando frenéticos saltitos de incomodidad por los picores.

¡Joé, Niño! ¡Qué garbo, mi arma! –Dijo la Pitones, haciendo restallar sus dedos como castañuelas- . Pá cuando quiera tá ejta gitanilla dijpuesta. ¡Olé y olé mil vece por del Corral! –El torero ya no sabía cómo disimular los picores, de tal suerte, que enfilando hacia la puerta, sin dejar de rascarse con altura y buen talante, salió de la hostería y fue a dar de un salto magistral dentro de un tonel de agua donde la mujer de Buttarelli lavaba los utensilios grasientos de la cocina.

Los parroquianos que habían seguido al Niño del Corral Candelas, interpretaron que era una extraordinaria función preliminar de lo que sería la corrida que se estaba armando para dentro de unos días. De modo que se repitieron los -¡OLEEEEEE!- y los aplausos sin cesar.

Mientras esto pasaba, la Duquesa ya se había enjaretado los vestidos con sus puntillas y su escote, y lucía totalmente relajada a pesar de los picores que la perseguían, como a su amante. Se sentó en una de las mesas, dispuesta a engullir cuanto le trajeran, pues la faena le había abierto el apetito, y sin hacer caso del revuelo que acontecía puertas afuera, comenzó a tragar como un cerdo y a rascarse como un mandril.

La Rosario, luego de servir a Isabel, se plegó a la gente que seguía el “baile del Corral”, que así quedó en llamarse aquel ritmo frenético que los piojos le habían conferido y que lejos del alivio momentáneo de la zambullida, amenazaban con seguir jugando en la anatomía del Niño del Corral Candelas...

viernes, 30 de octubre de 2009

CAPÍTULO X: Encendiendo la chispa...

LG

Ni bien el Niño se sentó en la mesa, Isabel le dedicó su mejor sonrisa y una caída de ojos que hubiera ruborizado hasta al mismísimo demonio. Pero el maestro de los maestros, acostumbrado al asedio de las mujeres, lejos de sentirse acobardado por semejante mirada, acercó un poco más su silla a la silla de la condesa y le devolvió el desafío con los ojos.
La duquesa echó el pecho hacia adelante sirviéndole en bandeja de puntillas, aquel desayuno de lujo, y el torero no tuvo más remedio que perderse entre los melones maduros y dulzones que se le ofrecía sin remilgos.
Entre suspiros de medianoche (aunque era bien temprano en la mañana), Isabel, con su mejor vocecita de gata en celo, le dijo al torero.

Pues sí, “mi” Niño, os he enviado a buscar para concluir aquellos “negocillos” que tuvimos hace un tiempo en este mismo lugar –y le guiñó un ojo cómplice y picaresco-. No me vais a decir que ya no os acordáis de ellos… en cambio yo recuerdo hasta el último detalle de vuestra maestría bajo mis sábanas.

Dicho esto trató de sacar más pecho aún del que había sacado, de suerte tal que se le salió uno de madre y fue a parar prácticamente en las manos del torero, quien no dudó un instante en dejarlo descansar en ellas y apretándolo con un mal disimulado entusiasmo, comenzaron a subirle los colores a la cara y otras cosas en los pantalones. La duquesa disfrutaba de aquel momento como si fuera el último, y como la primera vez, ésta tampoco tuvo empacho en mostrarse ante los parroquianos que miraban gustosos, y aprovechando que los guardias que había dejado su prometido habían quedado en la puerta para evitar que otros extraños molestaran a la dama, sin saber que la dama estaba en calentorra escena con el torero, que de saberlo el duque, no digo que hubiera ardido Troya, pero sí hubiera ardido la hostería con todos adentro…

La Pitones mientras tanto hervía, pero no de lujuria como la duquesa, sino de rabia, pues ella había sido una de las amantes predilectas del Niño y ahora, una remilgada duquesa de pacotilla la humillaba delante de su clientela. La Carmela disfrutaba a más no poder con la rabia de su ahora enemiga, y lanzaba sonoras carcajadas mientras ofrecía su propia mercancía a un parroquiano joven y vigoroso, que de tan vigoroso ya le había saltado el bulto al ver la lujuriosa escena que tenía frente a sus ojos.

Cuando Vuestra Merced quiera, -dijo Isabel-, y donde quiera, que esta hembra será vuestra aunque arda en la hoguera de la Inquisición, pero no os voy a negar que prefiero arder en las vuestras…

Madre mía, apenas había amanecido y la hostería rezumaba calores sin necesidad de encender los leños, pues se había encendido la chispa que haría explotar todo por los aires, no olvidéis queridos lectores que la duquesa de Piedrabuena era una verdadera fiera de alcobas…