viernes, 13 de noviembre de 2009

CAPITULO XIII "El arrepentipiento del torero..."

Mientras la Duquesa, comía a dos carrillos y era colmada por las atenciones de doña Rosario y el propio Buttarelli, la Carmela, continuaba mofándose de los picores del torero para seguir así fastidiando a la "Pitones", que pasó de falsa de reír las gracias generalizadas de los asistentes, a salir corriendo hacia el patio de la hostería con lágrimas en sus ojos.
El Niño del Corral, algo más calmado tras el baño en el tonel, volvió a entrar de nuevo intentando disimular y sin mirar a la Duquesa, para no llamar la atención de los servidores que vigilaban de cerca a la aristócrata y que andanban bastante confundidos al no saber a que se debía aquella escena cargada de risotadas por parte de los allí presentes.
- Rafalito, y la "Pitone" .-preguntó el torero.-
- Y atí que má te dá donde ande esa pelandrusca.-indicó, la Carmela.-
- Cheeeé, te cuiaito Carmela, que no te consiento que jable así de ella.-reprochó, el trianero.- ¿No má joio, Rafalito?
- Sí, maestro, la "Pitone", salió corriendo pá er patio.-contestó el subalterno.-
- Pó si no quiere terminá acompañando en ló cartele ar "Candalejito"-dijo en referencia a su gran adversario en los ruedos.-jandaté con tiento y no tá arrime tanto a esta mujé, que tiene má quina que er lagarto de la catedrá.-añadió.-
A continuación, como si estuviera oyendo los sones de un pasodoble, cogió camino del patio de la hostería mirando de reojo a la duquesa, que ni se inmutó al pasar junto a ella al estar ensimismada en desmenuzar la paloma al ajillo que la Rosario le acababa de poner por delante.
Y allí, sentada bajo un limonero se encontraba la "Pitones", que con el filo de sus enaguas se secaba las lágrimas.
- "Pitone", mujé, ¿que te pasa? ¿qué jace aquí tan sola y tan triste? -preguntó, el torero, comenzando de nuevo a rascarse la entrepierna.-
- ¡Dejamé, desarmao! ¡Vete con esa mujé de pitiminí!- le reprochó, la gitana, rompiendo de nuevo a llorar.-
- Pero, Siquiya, no te me ponga jasí...
- ¿Que no te me ponga jasí? ¿pero será sinverguensa?
- Gitana de mí jamore, si pá mi no jai má mujé que tú...
- Mira, torero, que no respondo. No te mé jacerque, que te doy un puntapié.
- Anda, so tonta, si con esa mujé na má que jai interese comersiale por mi parte.-añadió con zalamería el Niño.-
-¿Jinterese comersiale dise?, pó no entiendo que le tenga que cojé las breva delante de tó er mundo y musho meno que te la suba a su alcoba pá cosa de negosio. -explicó, la gitana.- y deja de rascarte que parese que tiene piojo.
- E que no sé lo que me pasa, endeje que me juntao con esa mujé no dejo de rascarme.-contestó el torero, sufriendo un nuevo ataque.-
-Pó sabe lo que pué sé, pué lo que pué sé es que te haya pegao cuarquié enfermeá la señoritonga eza. Así que a mí no te me aserque, que pué sé que tenga lailla.
- Anda yá mujé, ¿pero si lo que jemo firmao é un contrato pá toreá en Barselona?
- Pó lo jabrá firmao con el estoque, gitano, que yá me conosco yo la cara de satisfasion que esa lagartona tenía ar bajá la jescalera.
- Sí jasio por nuestro bien, gitanilla guapa. Co jese dinero no vamo ja dá un viaje que vamo ja llegá hasta Cuenca por lo meno.-dijo el torero cogiéndole la mano.-
- ¿De verdá que ja sio por eso?
- Palabrita der niño jezú, gitana, que me cuerguen de ló pitone sino er proximo burlaco que se me jeche ensima.
- Y esa tonta de la Carmela, creyendo que tu no me quería, ahora que se vá a enterá.
- Deja ya la fiesta en pá , que yo he ordenao al Rafaelillo que la ponga en su sitio...
- ¿Y ahora que va a pasá cuando vea otra vé a la duquesita?
- Siquiya, pó tendré que continuá jasiendo er papé pa no estropeá los contrato-contestó el torero, comenzando a rascarse con ambas manos.- pero tu piensa que cuando máserco a ella na má que te veo a tí.
- Y seguro que pué que te la suba de nuevo ar tema de ló contrato pá arriba...
- ¿Y qué? no piense má en eso que lo jago por nojotros mujé.
- Está bien, torero, janda vente conmigo que voy a poné remedio a eso picore, que te va jasé hasta sangre de tanto rascarte..."

lunes, 9 de noviembre de 2009

CAPÍTULO XII: “Olé por los picores del Niño…”

LG

Isabel se había quedado desparramada en el lecho de sábanas arrugadas por el fragor de las luchas que en él hubieron acontecido, sin ánimo pa ná, salvo para rascarse a dos manos la cabeza, pues habiendo soltado sus cabellos del monumental peinado, aquellos pequeños inquilinos que moraban en sus alturas, saltaban gozosos hacia la libertad, tal es así que muchos de ellos habían optado por seguir al Niño.

El torero descendía los peldaños tratando de mantener el buen garbo y honor, pero los piojos que la Duquesa le había contagiado le hacían contorsionarse como un espástico. Las gitanas que estaban en la sala y los parroquianos del lugar, suponiendo que estaban asistiendo a la vista de un nuevo paso de lidia, soltaron un -¡¡OLEEEEEEEEEEEE!!- , al unísono mientras batían palmas a rabiar.

Rafaelillo, que estaba encimado a la Carmela, se sorprendió tanto como el resto de los concurrentes, pues su patrón se llevaba alternativamente las manos a la entrepierna como a la cabeza, dando frenéticos saltitos de incomodidad por los picores.

¡Joé, Niño! ¡Qué garbo, mi arma! –Dijo la Pitones, haciendo restallar sus dedos como castañuelas- . Pá cuando quiera tá ejta gitanilla dijpuesta. ¡Olé y olé mil vece por del Corral! –El torero ya no sabía cómo disimular los picores, de tal suerte, que enfilando hacia la puerta, sin dejar de rascarse con altura y buen talante, salió de la hostería y fue a dar de un salto magistral dentro de un tonel de agua donde la mujer de Buttarelli lavaba los utensilios grasientos de la cocina.

Los parroquianos que habían seguido al Niño del Corral Candelas, interpretaron que era una extraordinaria función preliminar de lo que sería la corrida que se estaba armando para dentro de unos días. De modo que se repitieron los -¡OLEEEEEE!- y los aplausos sin cesar.

Mientras esto pasaba, la Duquesa ya se había enjaretado los vestidos con sus puntillas y su escote, y lucía totalmente relajada a pesar de los picores que la perseguían, como a su amante. Se sentó en una de las mesas, dispuesta a engullir cuanto le trajeran, pues la faena le había abierto el apetito, y sin hacer caso del revuelo que acontecía puertas afuera, comenzó a tragar como un cerdo y a rascarse como un mandril.

La Rosario, luego de servir a Isabel, se plegó a la gente que seguía el “baile del Corral”, que así quedó en llamarse aquel ritmo frenético que los piojos le habían conferido y que lejos del alivio momentáneo de la zambullida, amenazaban con seguir jugando en la anatomía del Niño del Corral Candelas...

martes, 3 de noviembre de 2009

CAPITULO XI "Y el Torero se convirtió en toro y entró al capote..."



"S"

Y de la guisa que muestra la imagen se expuso la "Pitones" al ver al torero entre tanto melonar. Desde lejos le siseó y todos los campesinos y demás señores que comenzaban a acomodarse para el almuerzo en la hostería clavaron los ojos en ella. El Niño, armao hasta los dientes por sujetar entre sus manos las gracias de la duquesa y escuchar sus proposiciones, giró su cabeza y al verla reaccionó de manera compulsiva, pero sin perder la compostura y su clase torera.
- Disculpe la duquesa, pero tengo que poné orden en er sitio. Jaga er favó de guarse sus divinidade y aguarde un momento que vuervo enseguía.-dijo puesto en pie a la vez que planchaba las solapas de su traje de corto con ambas manos y se retocaba la coleta.-
Al tiempo que se dirigía hacia ella, doña Rosario, le ganó la vez llegando antes hasta la mesa de las gitanas.
- No mé sea chavacana "Pitone" y jaga er favó de taparse, que esto no é una pescadería en la que se enseña la chirla pá que la compre er cliente.-le ordenó, la jefa a la vez que pegaba un tiron de su bata de cola para cubruirle las carnes.-
- Y ese desgrasiao que sá creío refregandose por las tetas de esa bruja.-dijo refiriéndose a la duquesa, mientras la Carmela no deja de reirse al tiempo que Rafaelito metía su mano por debajo de su refajo.-
- Esa é una dama de arta arcurnia, "Pitone", y grasia a ella vamo a gana uno güenos parneles. Así que callaita y a buscarte otro jurón pá tu comadreja.-Le explicó con impaciencia doña Rosario.-
-Eza lo que é, é una puta. Con dinero, pero má puta que lá gallina de su corrá.-respondió, la "Pitones", mientras el Niño con disimulo se daba la media vuelta al ver que doña Rosario había controlado la situación.-
- ¡Rosarioooo! ¡Rosariooo! , ¡Venga a la cosina mujé! , que la clientela no espera.-gritaba Buttarelli, desde la barra al tiempo que los comensales hacían cola para para conocer de primera mano los honorarios de la gitana.-
- Ya estoy aquí, Duquesa de mí amore.-dijo el torero al sentarse de nuevo junto a la dama y comenzaba a rascarse su cabeza al haber dado ya cobijo a uno de los seres que habitaban en la cabellera de la Duquesa.- A lo de ahí enfrente no le jeche usté ni cuenta porque aquí er maestro no tiene culpita arguna de qué las niñas se le tiren al tendio.-añadió agarrando su mano.- Así que si vuestra mersé lo permite vorvamos a nuestra faena. Sartemonó las suertes der picaó y lá banderilla y jentremono en la suerte suprema de una corría.-dijo apurando una jarrilla de vino.- Vamo párriba que pá endeluego é tarde, que aquí el artista le va a dá cuatro pase y una estocá que no le va jasé farta ni la puntilla. Se lo juro, Duquesa de mi jentretela.
Y dicho y hecho, mientras la "Pitones" arrojaba una jarra de vino a la cara de la Carmela y salía corriendo para la puerta dando empujones a los salidos que salían a su paso, El Niño del Corral Candelas, a pasito lento y elegante, guiaba a la Duquesa escaleras arriba sin dejar de rascarse la cabeza. Al llegar a la habitación de la dama, la hizo sentarse en el catre y de esta manera le habló.
- Vá por usté, distiguía dama-y en menos que canta un gallo se quedó en calzones y con los botos puestos. Con la chaquetilla dió unos pases de los más toreros hasta que la Duquesa, tiró de él para que cayera de una vez por todas encima suya.- ¡Espere señora, espere! -dijo frenando en seco a la Duquesa que ya estaba con sus enaguas en los tobillos y la cabellera totalmente desgreñá.- Esperesé, que má entraó un picó en la cabesa que me trae loco perdio.-
La Duquesa, sin atender a su reclamo por la calentura que padecía, le echó mano al estoque y aquí se terminaron de momento los picores de cabeza del torero, que de manera triunfal cortó dos orejas y rabo.
-¿A que lá gustao a mi Duquesa la manera de toreá der maes...? -Y sin dejarlo terminar se abalanzó de nuevo sobre él hasta montarse en su grupera.-
Exhausto y carcomido por los picores, que le recorrían ya todo el cuerpo, el torero se levantó de la cama dejando a la Duquesa con los ojos vueltos como el forro de un abrigo, despidiendose de ella con el mismo arte y salero de siempre, pero esta vez como si padeciera el mal de sambito.
- Abajo le espero señora, que no quiero que piensen que jabío ná entre nosotro. Que ya mán soplao que la ezcoltan dos burlacos de seissiento kilo. Ja sío un plasé-dijo rascando su cabeza y su entrepierna con desatino.- (pero que coño me pasa con tanto picore. Ahora como ja cumplio er maestro. Quien quiea que me supere, si é que soi un artista no se van a pelea por mí. Ay, ay, como me pica tó) -pensaba mientras bajaba las escaleras.-

viernes, 30 de octubre de 2009

CAPÍTULO X: Encendiendo la chispa...

LG

Ni bien el Niño se sentó en la mesa, Isabel le dedicó su mejor sonrisa y una caída de ojos que hubiera ruborizado hasta al mismísimo demonio. Pero el maestro de los maestros, acostumbrado al asedio de las mujeres, lejos de sentirse acobardado por semejante mirada, acercó un poco más su silla a la silla de la condesa y le devolvió el desafío con los ojos.
La duquesa echó el pecho hacia adelante sirviéndole en bandeja de puntillas, aquel desayuno de lujo, y el torero no tuvo más remedio que perderse entre los melones maduros y dulzones que se le ofrecía sin remilgos.
Entre suspiros de medianoche (aunque era bien temprano en la mañana), Isabel, con su mejor vocecita de gata en celo, le dijo al torero.

Pues sí, “mi” Niño, os he enviado a buscar para concluir aquellos “negocillos” que tuvimos hace un tiempo en este mismo lugar –y le guiñó un ojo cómplice y picaresco-. No me vais a decir que ya no os acordáis de ellos… en cambio yo recuerdo hasta el último detalle de vuestra maestría bajo mis sábanas.

Dicho esto trató de sacar más pecho aún del que había sacado, de suerte tal que se le salió uno de madre y fue a parar prácticamente en las manos del torero, quien no dudó un instante en dejarlo descansar en ellas y apretándolo con un mal disimulado entusiasmo, comenzaron a subirle los colores a la cara y otras cosas en los pantalones. La duquesa disfrutaba de aquel momento como si fuera el último, y como la primera vez, ésta tampoco tuvo empacho en mostrarse ante los parroquianos que miraban gustosos, y aprovechando que los guardias que había dejado su prometido habían quedado en la puerta para evitar que otros extraños molestaran a la dama, sin saber que la dama estaba en calentorra escena con el torero, que de saberlo el duque, no digo que hubiera ardido Troya, pero sí hubiera ardido la hostería con todos adentro…

La Pitones mientras tanto hervía, pero no de lujuria como la duquesa, sino de rabia, pues ella había sido una de las amantes predilectas del Niño y ahora, una remilgada duquesa de pacotilla la humillaba delante de su clientela. La Carmela disfrutaba a más no poder con la rabia de su ahora enemiga, y lanzaba sonoras carcajadas mientras ofrecía su propia mercancía a un parroquiano joven y vigoroso, que de tan vigoroso ya le había saltado el bulto al ver la lujuriosa escena que tenía frente a sus ojos.

Cuando Vuestra Merced quiera, -dijo Isabel-, y donde quiera, que esta hembra será vuestra aunque arda en la hoguera de la Inquisición, pero no os voy a negar que prefiero arder en las vuestras…

Madre mía, apenas había amanecido y la hostería rezumaba calores sin necesidad de encender los leños, pues se había encendido la chispa que haría explotar todo por los aires, no olvidéis queridos lectores que la duquesa de Piedrabuena era una verdadera fiera de alcobas…

viernes, 23 de octubre de 2009

CAPITULO IX "Y se hizo el paseillo..."

"S"

Rafaelillo, a modo de avanzadilla, hizo su entrada en la Hostería para sorpresa de doña Rosario que últimaba de colocar los manteles para el almuerzo y plegaba servilletas de papel de estraza a la espera de que comenzaran a llegar los comensales del mediodía.
- A ló gúeno día, doña Rosario, ¿está de cuerpo presente por ahí la Carmelilla?-preguntó el subarterno.-
- Uff! , que se trae usté con la Carmela, no me la jaga perdé er tiempo si no trae la "pastora" en er borsillo.-contestó la mujer de Buttarelli.-
- Que no jeñora Rosario, que la quieo pá urtimá un negosillo que traemos entre mano.
- ¡Carmela! , ¡Carmela! , ven a reunirte con este patán que viene a buscarte.-gritó, llamándo la atención de Isabel que con disimulo ojeaba un viejo libro, mientras rascaba su cabeza con un tenedor.- Y sepa usted que de cuerpo presente ná má están los muerto, y que esta puta esta muy, pero que muy vivita.
- Ya estoy aquí, señora, vaya tranquila que me la japaño con er muchacho.-contestó la gitana, despachándo con disimulo a su jefa,ante la atenta mirada de la "Pitones" que terminaba de bajar las escaleras en ese preciso momento.- Dime Rafalito, adonde está er torero.
- Tranquila siquilla que ya tá ar llegá.
- ¿te costó musho trabajo convenserlo?
- Que vá, ya sabe que yo poseo poder de persuasion para su persona, mire ahí llega. -contestó señalando a la puerta.- Que legansia, que pasito má bien dao, que garbo, que peinao má perfilao...
- Calle de una vé, Rafalito, que parese usté que borda pá la calle. ¿Chiquillo? , ¿que parese que anda enamorao der diestro?
- No diga má tontería que ya sabe como un servió se la gasta con las hembra, que no jay cosa en er mundo que me guste má que lá armeja con casón.-contestó el hombre de confianza del diestro para acallar las insinuaciones de la gitana.- Pero otra cosa é que valore el arte y la clase de los güeno torero.
Acto seguido, con paso pausado, como si estuviese haciendo el paseillo, se acercó el Niño del Corral a la mesa en la que aguardaban ambos, mientras a la duquesa se le caía de golpe el tenedor al suelo y sentía como un cosquilleo subía rapidamente por sus muslos hasta ponerla estartada de los nervios. La "Pitones", ajena a la jugada que le estaba jugando su hasta hace poco tiempo amiga, corrió a saludarlo.
- ¡Ayyyyyyy, mi niño! ¡Que de tiempo sin verte corason de mi jentraña!
- Para, "Pitone", que vengo a una reunión de negosio y no pueo atenderte ajora mismo.-contestó el torero.-
- ¡Ay! ¿a juna reunión de negosio dise? , pero si aquí no hay caballero alguno aguardandote?-preguntó, la gitana, echándose a su cuello para besarlo.-
- Quita mujé -contestó apartándole las manos de su cuello y retocándose el recogido de su moño.- ¿no vé que vengo a atendé er reclamo de una noble que quiere conoserme, porque é afisioná a mi toreo?
- Tú, "Pitone", no entretenga ar torero que lo espera la duquesita Isabé.-intervino, la Carmela, sacándo de quicio a su compañera.-
- Pero tú que tá creio so puta. ¿ahora que ere la celestina der barrio?-contestó, la "Pitones", dispuesta a irse para ella.-
- Seeeeeeeeee, un poquitito de carma, que lo negosio der maestro lo manejo yo-dijo Rafaelito, interponiendose entre las dos.- Y usté maestro aserquesé a la señora que la aguarda allí enfrente.-añadió señalándo con el dedo, mientras la duquesa tapaba su falso rubor con un abanico abierto sobre su rostro.-
- Pó esperarse aquí ajora vuervo, y tu no te ensele "Pitone", que como tú no jai otra pa mi -contestó el torero iniciando de nuevo el paseillo hasta la dama.-
- Y una mierda pá ti, torero, pero como me montes la cornamenta, esta que está aquí, te corta el estoque de un bocao.-dijo refunfunñando la gitana, mientras lo veía marchar.-
- Tranquilisate "Pitone", que er maestro la quié de verdá y esto es solo cuestión de parné.-dijo Rafaelito.-
- Si, eso será, pero esta guarra que se quite de mi vista porque soy capá de cometé un delito.-dijo mirando con asco a la "Carmela".-
- ¿Yo?
- Callate, Carmela, que la vamo a liá. Anda y vete de aquí.
El Niño del Corral, se puso frente a la Duquesa, y con aire torero dió un pase por chicuelina para retirar la silla que estaba junto a ella.
- Con su permiso, mi quería dama.-dijo tomándo asiento.- Si aquí me quería vé a qui me tiene pá lo que usté mande y ordene. Que vaya como me viene de güapa y de prepará a lá temprana jora que son todavía..."

lunes, 19 de octubre de 2009

CAPÍTULO VIII: La duquesa prepara el terreno…

LG

Luego del apañito de la Carmela, Rafaelillo salió de la hostería con las piernas temblando como le había prometido la gitana.
A la mañana siguiente, cuando la duquesa de Piedrabuena bajó a desayunar, ataviada esta vez con un vestido azul eléctrico, de ajustada cintura y el escote de costumbre (ya sabéis que los escotes de la duquesa eran sus armas más temibles), como decía, Isabel encontró a la comitiva ya dispuesta a partir para dar curso a los negocios de la herencia de don Alfonso. Éste, se inclinó ante la dama y luego de besar el dorso de su mano le dijo:

Mi amada Isabel, mis asuntos me llaman, estaré poco menos de un mes para resolverlos. Os dejo, como os había prometido, dos centinelas para que os resguarden de los mal habidos que pudieran merodear en esta pocilga de morondanga. Si así y todo, tenéis algún problema y necesitáis de mi presencia, mandad a uno de ellos en mi busca que acudiré presto, no permitiré bajo ningún motivo que mi futura esposa pase un mal momento en mi ausencia.

Acto seguido se acercó a la mejilla de la duquesa para darle un último beso de despedida, justo en el momento que un pequeño bichillo intruso saltaba desde su recogido peinado e iba a quedar pegado a los labios del caballero sin que éste se diera cuenta de momento (no os diré cuando más tarde comenzó a picarle la boca haciéndole enloquecer en su trayecto…).

Id con Dios don Alfonso y no os preocupéis por mí, estas buenas gentes apenas pueden razonar pero tienen un gran corazón, a no dudar. Nada me faltará y mucho menos nada me pasará, quedaré aquí recogida como monja de convento aguardando vuestra vuelta. -Dijo con zalamería.

Don Víctor se inclinó ante la dama y la saludó con honores. Luego la comitiva se puso en marcha mientras la complacida Isabel, agitaba un pañuelito de seda blanco desde la puerta de la hostería. Un rato después y ya convencida de que su caballero estaba rumbo a caminos inciertos y bien lejos, entró al salón (salón, jajajaja) y se sentó muy ufana en una mesa donde la grasa hacía de mantel, porque a estas horas tempranas, la mujer del tabernero todavía no había colocado los manteles con puntillas de boda.

Buttarelli se acercó solícito, pues los centinelas no le sacaban la vista de encima, y escanció en un tazón la leche de cabra que según él estaba recién ordeñada, nada más lejano de la realidad, puesto que estaba más cuajada que un queso y olía peor que los pies del tabernero. Isabel sin embargo hizo caso omiso a esta inmundicia que le era ofrecida, pues de sólo pensar en el Niño del Corral, la ponía en las nubes. No podía olvidar su última vez en esa misma hostería y en brazos del torero ¡válgame Dios! Los cimientos de la vieja hostería se movían del apasionado encontronazo entre dos amantes de lidia….

La duquesa estaba entre la leche cortada y el torero cuando las gitanas bajaron de sus aposentos. Evidentemente aún estaban de malas entre ellas, pues no se miraban más que a hurtadillas y nuevamente se ubicaron una bien lejos de la otra.
La Carmela exultante por el recado que le había pedido Isabel y por las noticias que le llevaba, se acercó a la dama para interiorizarla sobre su “charla” con Rafael y le dijo que estaba esperando respuesta de un momento a otro, que no se preocupara, que el Niño ya sabía de su venida a la hostería.

El pecho de Isabel subía y bajaba de la excitación que le producía saber que el torero estaba al tanto de su visita. Su respiración se volvió más acelerada y se le encendieron las mejillas de puro placer, mientras que por costumbre, llevó sus manos al monumental peinado, y enterrando sus uñas hasta el cuero cabelludo, se rascó la cabeza sin pudor alguno. Ya se vería cuando debiera soltar su cabellera bajo la tormenta que desataría el Niño del Corral Candelas…

miércoles, 14 de octubre de 2009

CAPITULO VII "La Carmela le mete las cabras en el corral al torero..."


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Andabanse ya todos encamados, cuándo por encargo de la Carmela hacía su aparición en la Hostería, Rafaelillo, el banderillero, que a través del joven Francisco había sido avisado de que debía asistir a entrevistarse con la gitana.
- ¿Que le suseé reina mora?-preguntó, Rafaelillo, al encontrase con ella, mientras doña Rosario, tosía para advertir de que era la hora de cierre.-
- No me ce azuste usté, Rafaé, que lo uniquito que quiero es consertá una sita con er torero.-contestó con los brazos en jarra.-
- Pero que me dise gitana, ¿sabe la ilusion que ma dao er aviso del mocoso ese? ¡pero si me ha aseao y cambiao la muda y tó pa verla! , ¿qué me tá disiendo, Carmela de mi jentraña?.-preguntaba embargado por la decepción el hombre de confianza del Niño del Corral.-
-Pó lo siento mucho, Rafaé. No jera esa mi intesión, lo que sucee es que si mandaba llamar ar torero, ya sabe que no vendría. Ese no olvía y desdee que moja con la "Pinote", ni me miora a la cara.-argumentó.-
-¿Entoje?
- Entoje, que va a sé, Rafaé. Entoje lo que quiero é que lo convesa pá que venga mañana por la noche.
- Pero, ¿paqué?
- Dígale que lo espera una dama de arta arcunia que quiere conoserlo mejó, verá como er golfo se presenta sin rechistá.-contestó, la gitana, acariciando la cara del banderillero.-
- ¿y ya está?-preguntó con carita de cordero "degollao", mientras doña Rosario, volvía a toser.-
- Ande, briboncete, venca a cá pa cá ahí atrá que le voy a jasé un apañito que le van a tembrar lá pierna más que la cuerda un tambó.-contestó la gitana para contentar al subalterno y para acallar los avisos de la patrona que le tenia prohibido a esa hora subir a nadie a las alcobas.-

sábado, 10 de octubre de 2009

CAPÍTULO VI: Isabel prepara el terreno…

LG

La duquesa de Piedrabuena, flanqueada por don Víctor y el noble caballero, el duque don Alfonso Antúnez y Antúnez, de Valladolid, había cambiado su cara por completo luego del trato hecho con la Carmela, pues ahora lucía una sonrisa de oreja a oreja y los caballeros que la acompañaban no alcanzaban a saber el motivo, ni lo alcanzarían a saber por el momento…

Decidme don Víctor ¿Cuándo debéis marcharos por vuestros negocios? Bueno sería que yo lo supiera, de forma que avisada, pudiera echar mano de algún entretenimiento… campesino durante vuestra ausencia, tal vez podría hacer labores de bordado... –dijo la duquesa en tono risueño pero convincente-. Y vos mi señor –dirigiéndose al duque Alfonso con mal disimulada zalamería-, no olvidéis que es necesario que arregléis el asunto de vuestra herencia para que nos podamos desposar lo antes posible. Creo que es tanta mi ansiedad para que llegue ese día que os pido humildemente que sea mañana mismo que partáis a por los títulos de propiedad que os pertenecen…

Don Víctor y el duque intercambiaron una mirada de fastidio. Era cierto que la duquesa de Piedrabuena se desposaría con él, pero era un mero contrato matrimonial que beneficiaría a ambos: a don Alfonso, porque a través de este matrimonio accedería a la fortuna familiar que su tío le legara, previa cláusula de que debía casarse para hacerse cargo de ella; a la duquesa, porque con singular “carrera” en cuanto a hombres se refería, añoraba poseer la fortuna del duque y vivir en palacio, aunque tenía bien en claro que su futuro esposo, como no podía ser de otra manera, llevaría la cornamenta de cien venados, aunque esto a ella no le quitaba el sueño en absoluto.

Mi señora –dijo Antúnez y Antúnez-, hemos decidido con don Víctor, salir al amanecer, es lo más rápido que podremos hacer. Pero no os preocupéis, os dejaré escolta de dos hombres para que no seáis molestada en nuestra ausencia.

No creo que sea necesario, don Alfonso –le replicó acercándose a su oído y acariciándole castamente el brazo-, estas gentes son de buen corazón y no hay de qué preocuparse, id pues con Dios y dejadme en mis labores de invierno que podré superar vuestra ausencia dedicándome a ellas…

¡No se hable más del asunto! –Dijo imperativamente el duque, que no confiaba en absoluto en Isabel, tal el nombre de la duquesa-. Os dejaré una escolta como es menester a la futura esposa de un noble.

Isabel sintió que le hervía la sangre en las venas pero hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa de complacencia. Ya habría tiempo de desquitarse del cerdo de don Alfonso ¡Habráse visto tamaña ofensa! ¡A ella, a la deseada por los hombres de toda la corte! Se juró que apagaría sus fuegos ni bien la comitiva subiera a sus caballos… pues al día siguiente vendría el famoso Niño del Corral Candelas, su amante más apasionado. Además, pensó que burlar a la guardia que le dejaba su prometido, sería más excitante y lujurioso aún…

miércoles, 7 de octubre de 2009

CAPITULO V "Buscadme al torero por tierras y cielos..."



"S"

La Duquesa, mirando las desorbitadas cuencas de los ojos del resto de comensales, dió un tiron con ambas manos de los encajes blancos que adornaban su escote y les indicó que podía comenzar a comer.
La sopa de liebre y los torreznos sumergidos en ella, hacían sospechar a don Victor sobre la procedencia de aquella dura carne, mientras otro de los caballeros se mofaba de él sugiriendole que más bien parecía gato aquello que estaban comiendo, mientras que el caballero que encabezaba la expedición rechazaba el plato y solicitaba simplemente a Buttarelli, un par de huevos fritos para contentar su hambriento estómago.
La Duquesa de Piedrabuena, inquieta, no dejaba de mirar hacia la puerta esperando la entrada del torero a la vez que mordisqueaba compulsivamente unos rabanitos que doña Rosario había aliñado con pimientos y pepinillos. Cansada de finjir sentirse bien acompañada por aquellos nobles y caballeros, se lanzó en busca de la Carmela, que con mirada de despecho aguardaba en una de las mesas del rincón puesta en pié y apoyando su pie sobre una silla, dejando ver el muslo izquierdo al tener remangada la falda para conquistar clientela.
Al verse arrollada por la dama en cuestión, la Carmela, contestó con prontitud al dicirle que se equivocaba si buscaba favores hacia ella, ya que era muy hembra. La Duquesa, no tuvo por menos que reirse a carcajadas en sus narices replicándole que antes se moriría en un convento que compartir catre con otra mujer.
- Pó no sé de que se rie vuestra mersé, ¿entonse que é lo quiere conmigo? - preguntó, mientras la "Pitones" se ponía de puntillas intentando descubrir desde la otra esquina que se traían entre manos aquella mujeres.-
La Duquesa, buscó en su refajo y sacó un par de monedas de oro que rapidamente la gitana arrancó de sus manos.
- Ahora si que sé lo que busca la dama, si va llevá rasón la "Pitone". ¿a que lo que quiere é una sita con er torero de Triana?-volvió a preguntarle la Carmela, acercándose a su oido.-
La Duquesa, asintió, pidiendo discreción a la fulana argumentando que sentía admiración por el diestro, y que el caballero que la acompañaba era muy celoso y no podía entender que sintiera solo admiración por otro hombre.
- Yá, no se ofenda la señora pero también yo é sentío asmirasión por mushos hombre en mi vía.-explicó.- y conmigo vuestra mersé no tiene que tené cuidao, ¿si jubiese hablao con el pendón que hay allí enfrente? otro gallo cantaría, pero aquí la Carmela -añadió señalandose con ambas manos.- é de lo má discreta que hay en la tierra. Así que ande tranquila que yo localiso ar moso lo ante posible.
A continuación, y tras haber negociado de nuevo a cambio de otras dos monedas una cita con el Niño del Corral cuando los caballeros abandonasen la hostería, la Duquesa volvió a la mesa en la que ya estaban sirviendo los postres. Unas exquisitas gachas en las que el pan frito flotaba en los platos...

martes, 6 de octubre de 2009

CAPITULO IV "Del escalofrío que la duquesa siente por el torero..."

"S"

Nadie podía presagiar en su entorno que el retorno de la Duquesa de Piedrabuena a aquella Hostería, llegando incluso a convencer a su caballero, se escondía tras la calenturienta sensación que la dama sentía al acercarse al torero que en ella conoció. Escudada en los negocios y asuntos de herencias que guiaba a aquella comitiva hasta Sevilla, la Duquesa, quería aprovechar la ocasión para asistir en persona, en tan sólo unos días, a la vuelta a los carteles del "Niño del Corral Candelas". Amén a este sentimiento libidinoso que la encandiló en su última visita se encargó de convencer al caballero de que no podrían encontrar alojamiento en otro mejor lugar que aquél que cojía cerca del coso taurino.
El caballero y don Victor, ajenos a la afición taurina de la dama y que ellos no secundaban en absoluto, accedieron a conceder dicho capricho ya que iban a estar en la ciudad aproximadamente unos treinta días y tenían que contentar sus deseos para librarla de tan tediosos asuntos.
Mientras tanto, y recelosas, las gitanas intentaban hilvanar aquella extraña visita de la dama que tanto rascaba su cabeza en su anterior visita.
- ¡Ay, Carmela de mi vía! que esta mujé viene a lo que viene.-comentó la "Pitones", junto a la barra de la taberna.-
- Venga mujé, ¿Qué está pensando ahora? -contestó la Carmela.-
- ¿Qué e musha la casualidá de que aparesca a tré día de la vuerta a lo ruedo de mi niño?
- Pó no ere tú larga ni ná, pó no tendrá cosa mejó la dama que hase que acuí a ver torea ar gitano ese.
- Que no Carmela, y no hablé con tanto despresio de el, que yo sé que tú no me perdona tó avía el jaberte quitao ar novio, pero que mi niño tira musho.-contestó, la "Pitones".-
- Oyé tú que tu a tu niño lo dejé tirao yo, ¿A onde va tú con tanta prepotensia?-añadió la Carmela, colocando sus manos en el cuadril.-
- ¡Oyé, que me tá disiendo! , mira que yo no recojo sobra de naide ¡eh! , que er niño se fijó en mí por argo ¿o que té cre tú, espabilá? Pó no vale na mi cuerpo y hasere en el catre.
- Mira no te pe ponga farruca que la uniquita que le sacó la corría entera ar trianero fué una serviora, que lo dejé sequito. ¡Seí! niña ¡Seí! pa que te entere de una vé. -contestó, la Carmela, dando un paso adelante y echándo su aliento sobre ella.-
- ¡Sheeeeeeeeeeeee! , ni mijita que tá remoño aquí mismo-dijo la "Pitones", dándole un empujón.-
- ¡Oye! ¿pero qué e lo que pasa? ¿que modale son esos? , ¿no veí que taís llamando la atensión de ló invitao?-preguntó, doña Rosario, reprimiendo a las dos.-
- Está que e una espabilaisima...-contestó, la Carmela.-
- Que yo soy una espabilaisima, yo me cago en la mare que te parió a tí mil pare de vese...- dijo la "Pitones", echándose sobre ella.- ¡Y tu una verdulera!
- ¡Cómo sigai jasí o jecho de aquí y no vorveí a trabajá! ¡Sabei enteraó!-gritó la dueña, mientras Buttarelli, canturreaba y colocaba su orondo cuerpo delante de aquella escena para no llamar la atención.-
Ambas, se dieron la espalda, cruzando sus dedos en forma de cruz sobre sus labios, y se fueron a colocar por separado en las esquinas más distantes de la Hostería, para tener ni que dirigirse la mirada...

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LG


Estando las gitanas sacándose los ojos por sus hazañas con el Niño del Corral Candelas, los caballeros se habían sentado todos a una gran mesa armada por Buttarelli que había juntado cuatro pequeñas mesas mugrientas a las que cubrió con un fino mantel de puntillas, confeccionado por la Rosario con su propio vestido de bodas, ya que no le entraba ni por la cabeza ni por los pies de tanto que había engordado, decidió en un rapto de lucidez, deshacerlo para darle forma de mantel, según ella creía, elegante. El resultado no podía ser más gracioso, pues parte de la falda seguía fruncida como si nada por más que se afanó la mujer en querer estirarlo, de modo que la mesa estaba “vestida” de boda y sólo le faltaba el miriñaque, que bueno es decirlo, hacía más de quince años que yacía en la parte de atrás de la hostería y era usado como corral para los pavos, a pesar de que el óxido lo había carcomido casi por completo.

Los caballeros no habían perdido detalle de la pelea de las gitanas por más que el tabernero se afanó en taparlo, y veían en la situación una mezcla de divertimento y preocupación, pues sabían que a pesar de resultar entretenido ver a las putas discutir entre ellas, también se podría convertir en un verdadero dolor de cabeza. El caballero que venía con la duquesa de Piedrabuena, fue el primero en hablar…

-Don Víctor, siempre he confiado en vuestro buen criterio, pero creo que esta vez habéis errado el camino de lado a lado. No veo modo de dejar a la duquesa sola en esta miserable pocilga mientras nosotros negociamos la herencia de Valladolid. No creo que ella se digne a quedarse aquí entre estas… ¿cómo os diría? Buenas gentes, para no entrar en detalles… ¿Os encargaréis vos mismo de hablar con la duquesa? Pues para mí es un fastidio, ya sabéis lo molesta que se pone cuando algo no sale como ella quiere y ya me estoy palpitando que querrá irse ya mismo de aquí.

No había terminado de decir las últimas palabras, cuando la duquesa venía bajando de las alcobas con una sonrisa tan radiante que se mordía las orejas. Se había cambiado el polvoriento vestido de viaje por otro de color verde rabioso con puntillas blancas, lo único que siempre conservaba a pesar de cambiar de ropa, eran esos escotes inmensos que casi le llegaban al ombligo y a través de los cuales, asomaban como melones maduros unos pechos descomunales. Llevaba el peinado tan recogido y alto como en la primera oportunidad que estuvo en la hostería, cosa que hacía intuir que el tónico que alguna vez le había untado Santorcaz, el barbero, en su cabeza, no había dado resultado.

Mi señora… -Balbuceó don Víctor, esperando de la Duquesa un ataque de ira-. No he podido dar con un hospedaje más acorde a vuestra dignidad y como bien sabéis, deberéis esperar a que terminemos las negociaciones antes de marcharos, si vuestra merced así lo quiere podr… -pero no pudo terminar de justificarse pues la duquesa lo calló con un gesto displicente de su mano-.

No os preocupéis don Víctor, no podríais haber encontrado aposentos más adecuados. –Dijo mientras los caballeros reunidos en la mesa no podían dar crédito a sus palabras-. Este lugar es francamente adorable, con ese aire tan campesino, esa comida tan exquisita, estos parroquianos tan gentiles y la cantidad de visitantes tan… tan… -y al no encontrar las palabras que definieran a quien ella estaba esperando, es decir al Niño del Corral Candelas, a falta de palabras, decía, un rojo rabioso le cubrió las empolvadas mejillas y agitó los melones dentro del escote…

Todos los presentes quedaron mirándola boquiabiertos sin dar crédito a lo que escuchaban, la duquesa de Piedrabuena no sólo estaba contenta, hasta parecía que estaba excitada…

lunes, 5 de octubre de 2009

CAPÍTULO III: Los nuevos visitantes y una sorpresa...

LG

En los días siguientes, el trajín se apoderó de la hostería. La Rosario daba órdenes como un general en la guerra, las mozas no daban abasto en colocar las mejores mantas en las camas, los mejores cortinados y los mejores adornos para embellecer las alcobas, claro que lo que para la mujer del tabernero era “lo mejor”, ya veremos que para los futuros hospedados no resultaban más que trapos gastados… ¡Y ni qué hablar de las viandas que se afanaba por preparar ella misma! El guisado horrible de siempre, Rosario pensaba que lo había mejorado a fuerza de agregarle un poco más de especias, entre los que la pimienta señoreaba a más no poder, con lo cual, picaba de tal modo que no se le sentía gusto porque adormecía la lengua. Verdad es que el caldo, ahora era de gallina aunque para decir las cosas como realmente fueron, los pobres bichos eran tan viejos que ni las plumas se les podía arrancar de tan duras que estaban… en fin, que lo único que salvaba la situación eran unos cerdos asados que se habían comenzado a dorar sobre las brasas desde la mañana temprano.


Había llegado el gran día. Don Víctor, finalmente había optado por quedarse a supervisar todos los preparativos, con lo cual había enviado al joven Francisco a llevar las nuevas a la comitiva que estaba al caer, dejaba entrever un nerviosismo patente, pues sabía que su señor no estaría a gusto en aquella pocilga adornada como la adornaran.

La Rosario había hecho vestir a las putas de gran gala, con vestidos nuevos y abalorios de vidrio barato, y se las veía pavoneándose de aquí para allá como parte de una corte fantasma. Finalmente, se escucharon ruidos de cascos de caballos y de un carro, que atronaban esos caminos solitarios y aburridos de la comarca. Los parroquianos quedaron atentos sin salir a husmear como otras veces, pues el hombre de negro imponía su figura y su autoridad sin que nadie se lo impidiera. Buttarelli y la Rosario, se engalanaron con sus ropas de fiesta, que no eran otra cosa que las mismas de siempre pero con un poco menos de grasa y apenitas un poco menos de olor, y se asomaron a la puerta para recibir a los visitantes.

Diez caballeros de capa y espada, impecables y dignos se apearon de sus corceles finamente ataviados. Bien en la puerta de la hostería paró el carro cubierto, que engalanado como una verdadera carroza, llevaba finos cortinados de seda en sus ventanillas. Don Víctor se apresuró a abrir la postezuela y un gentilhombre con escudo de armas en la empuñadura de su espada descendió seriamente mirando a su alrededor y frunciendo las narices al ver la calidad miserable del lugar.

Don Víctor, pensé que habíais encontrado una posada acorde a mi dignidad, pero veo con desagrado que me hacéis venir a la pocilga de las pocilgas. –Dijo sin importarle el color rojo morado de la cara de Buttarelli, ni los ojos de la Rosario que despedían llamaradas de odio contenido y que no decía nada sólo porque aún recordaba la comisión que le había prometido la Pitones.

Acto seguido don Víctor se acercó al carromato y tendiendo su mano derecha ayudó a bajar a la “dama” que allí se encontraba presta a poner pie en tierra…
Con un vestido de terciopelo rojo y un generoso escote, un peinado impresionante y un abanico de seda que le tapaba el rostro púdicamente, aceptó la mado de don Víctor descendiendo del carromato y se encaminó hacia el interior de la posada seguida del caballero. Al pasar delante de Buttarelli y su mujer, cerró el abanico y dedicándoles la mejor sonrisa, les saludó con un gesto de la cabeza. Cuál no fue la sorpresa del matrimonio de posaderos, cuando vieron aquellos ojos, aquella boca y principalmente aquellos pelos. Pues la sangre se les agolpó en las mejillas de sólo pensar lo que pasaría en los días subsiguientes, es que la “dama” tenía un nombre que ambos conocían muy bien y era nada más ni nada menos… que la duquesa de Piedrabuena…

Los Buttarelli se santiguaron a su paso… habían vuelto los piojos de alcurnia…

viernes, 2 de octubre de 2009

CAPÍTULO II: Del incidente con el forastero y otras cuestiones...

LG

Luego de las aclaraciones del caso, tanto el mensajero como Buttarelli parecían satisfechos con el resultado, uno porque obtendría una buena ganancia y el otro porque no se había movido un ápice en sus peticiones por más que Buttarelli creyera que se había salido con la suya.
El caso es que el hombre de negro se quedó esa noche a pernoctar en la posada, pues la nieve y la hora no permitían su regreso hasta el día siguiente. Antes de ser conducido a una de las alcobas de la planta alta, se dispuso a cenar el aguachento guiso que se servía día por medio y que miraba con suma desconfianza pensando que aún podía contener el dedo de Buttarelli, y de no ser el dedo, sólo Dios sabía qué cosas eran las que flotaban en la superficie.

¡Posadero! –Gritó con desagrado al ver el repelente cuenco chorreado de grasa vieja y pegada por todos sus costados-. ¿No pensaréis que voy a comer esta inmundicia propia de cerdos? Traedme un pavo asado y el mejor vino que tengáis en vuestra bodega, que ya habéis sido pagado de antemano.

Buttarelli se apresuró a disculparse diciéndole que el mejor y más grande pavo que tenía había muerto de muerte sospechosa en un enfrentamiento con la Santa Inquisión y que los otros eran tan pequeños que no merecían acabar en el cuenco antes de su adultez, por lo que rogó a su “reverencia”, que aceptase la bazofia al menos por esa noche, que al día siguiente ya dispondrían las cosas como él las había pedido.

Podéis llamarme don Víctor, pues para que lo sepáis y no volváis a preguntar de aquí en más, estáis hablando con don Víctor Augusto Torrente y Yáñez, de Aranjuez, servidor de la casa real y mensajero del rey…

Buttarelli quedó sin palabra, sobrecogido por tanta dignidad que traía encima el hombre vestido de negro, tal es así, que en ese preciso momento en que le estaba escanciando el vino, en su apabullamiento derramó el contenido de la jarra sobre las partes de don Víctor, de tal suerte que la Pitones y la Carmela que siempre estaban atentas a las partes de los forasteros, corrieron prestas para “escurrir” los pantalones del visitante antes de que el tabernero reaccionara.

Menudo revuelo se armó. Don Víctor chorreando el agrio vino por sus asentaderas y demás partes de las que se encuentran de la cintura hacia abajo y en medio de las piernas, atinó sólo a abrirlas para que el líquido pasara de largo, pero para ese entonces lo único que pasó de largo por debajo de su cintura, fueron las manos de la Pitones, que no sabían de dignidad ni de nobleza.

Buttarelli seguía en estado de parálisis mental, de tal modo que seguía con los ojos desorbitados y la boca abierta sin poder reaccionar. El resto de los parroquianos habían hecho silencio pensando lo peor, salvo la Carmela que reía a carcajadas festejando la gracia de su compañera y regocijándose en los días que vendrían en compañía de estas gentes nuevas, suponiendo erróneamente que todos los que allí llegaran serían hombres...

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"S"

-¡Cristófano! , ¡Cristófano! , ¡ven acá pa cá! -gritó su mujer sacando la cabeza casi a apresión por la ventanilla que comunicaba la cocina con la barra de la hostería.-

- Díme, Rosario, -dijo el gordinflon de Buttarelli, corriendo a su llamada.-

- ¿Qué susee por ahí afuera con tanto revuelo?

- Ná, Rosario, estas gitanas que nos van a buscá cuarquié dia una ruina.

- ¡Pitoné! , ¡Carmela! ¡vení pacá!

Las gitanas siempre prestas a la llamada de su casera, a la que temían más que a un recaudador, corrieron que se las pelaban ante los gritos que les estaba pegando.

- ¿Qué le pasa a la reina de la hostería con tanto griterío? -preguntó la "Pitones", con la zalamería.-

- No me venga con con pelaillas ni manotazos por er lomo, y muy atenta a lo que les digo.-contestó, Rosario, dando una patada a la puerta y plantandose con las manos en los cuadriles ante ellas.-

- No ze ponga jasí, mujé, que no ha pasao ná. -intervino la Carmela.-

- Ni no me ponga jasí, ni ná de ná. Como me eztropeen ustede el negosio der tio de negro, vais a tener que vendé la raja de despeñaperro pá riba. ¿o jabeis enterao?

- Que no paza ná chiquilla, que ar del luto lo tengo osnibulao... -contestó la "Pitones", cruzando su mantocillo por sus brazos en jarra y contoneando su cintura.- Ademá, que no vea la propina que se va a llevá usté, señora Rosario de mi corasón, con lo que le vamo a sacá a la comitiva que viene en camino.-añadió.-

- Bueno, pero tené cuidao, tené cuidao-dijo algo más comprensiva ante la comisión que estaba en juego.- ¡y tú, Cristófano que mirá! ¡Atiende a lo señoré de una vé!

- Pero, mujé, si er guiso que le ja puesto no se lo comen ni los perro...

- ¿Qué mi guiso no se lo comé ni lo perro? ¡Ayyyyyyyyyyy, que me cago en la mare que te parió a tí, ar tio de negro y a ló muertooo deeee!

- Tranquila, Rosario, que no é pá tanto, mujé. Que será que er tio no tiene paladá o vete a sabé, porque é lo que yo digo ¿si tu guisa mejó que lo angele der sielo?

- Güeno, pó le corto uno peaso de queso y a mea y adormí que ya no son jora de vení con remirgo...