
La puerta de la taberna se abre casi imperceptiblemente y una figura entra al recinto arrastrando tras de sí las miradas expectantes de los concurrentes.
Es una dama, qué digo, a duras penas una mujer que sólo tiene de ello unas formas cubiertas por humildísimos vestidos, casi harapienta. La cabeza gacha parece querer ocultar la infinita melancolía que arrastra tras de sí.
El rostro, enmarcado por un cabello ondulado y rojo, cae ondeando hasta la cintura ciertamente despeinado. Trae en sus manos un hato pequeño con sus escasas pertenencias.
Los ojos negro azabache como noche sin luna, tienen apagado también su brillo natural. Las miradas se posan en ella con un halo de incontenible piedad en algunos y de manifiesta molestia en otros.
Se acerca tímidamente a Buttarelli, que la mira con desconfianza, y le habla con voz temerosa.
Señor, voy transitando caminos y donde se cuadre que haya trabajo allí me detengo. Me preguntaba si vos podríais dame la oportunidad de ganar unas monedas que me ayuden a pagarme un caldo y una noche bajo techo.
Podría hacer lo que quisierais que haga, pero me es menester deciros que al igual que los juglares, en cada alto de mi camino, entretengo a las gentes del lugar recitando historias con poemas que me han saltado del corazón.
¡Os suplico que no os riáis! Mi historia es demasiado triste para que me despreciéis sin conocerme. Os puedo asegurar que hasta fui llevada a palacio por la Guardia Real para deleitar con mis poemas al mismo rey. Más luego fui devuelta a los caminos, tan pobre y más aún que antes de pasar por la casa real, pues en ella quedó hasta el dolor que yo traía.
Sé que tenéis buen corazón tabernero, ayudadme por favor. En cada pueblo que paso me llaman La Poetisa, porque mi nombre verdadero no he de decir hasta que cumpla mi promesa, y si no la pudiera cumplir, como Poetisa moriré…
A Elena no le atraían los toros, pero por acompañar a don Mendo iba de cabeza al infierno.
-Don Mendo, si Dios y la Virgen de Triana lo permiten, me visto de flamenca y seguro que no ha visto usté gitana más salerosa que una serviora. Por Dios lleveme a la feria cogía de su braso ¡ojú! que yo me he de tragar toa la corria del niño ese y si veo las tripas del toro como si veo las del caballo que no he de ver yo otra cosa que sus ojos.
Uste sabe que el Conde de Ureña anda buscando a su esposa, desde que se ha enterao de la muerte del Cardenal, han llegado noticias a la hostería de que está como un perro sarnoso, ni vive, ni deja vivir a tó el que se acerca a su lao.
¿Don Mendo, se da uste cuenta como se me ha pegao el asento de Buttarrelli?
Si mi madre que en paz descanse levantara la cabesa diría: ¿hija mía pa ésto te pagué yo los mejores profesores de la comarca y te puse profesor de fransé?
Espero dejá este asento pronto don Mendo, porque si vuervo a la corte, me voy a avergonsá.
Y si vuervo a la corte ya no le veré más don Mendo y sólo me quedará la dicha y la desgrasia de soñar con el pajar y con las gallinas.

Qué vais a volver vos a la Corte, estando yo presente y habiendo incontables pajares de aquí a Toledo. Otra cosa es el de Ureña, que ése las ofensas las cobra con sangre, y la que yo le hice es gorda. Pero no os preocupéis por él, ya dará la cara. De momento, vamos a disfrutar de la corrida de toros que se avecina. Y no sólo de la corrida, sino también viendo cómo estafan al granuja de Buttarelli, que don Remondo, por lo que yo lo conozco, no es trigo limpio. Está en un tris de que lo engañen.
A esto, un ciego que había sentado en una de las mesas del fondo, maloliente, andrajoso, guitarra en mano, se acerca al mostrador ayudado de un zagal que le hace de lazarillo. Han llamado la atención del ciego las palabras de la joven que ha entrado en la hostería afirmando ser trovadora y mendiga.
¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor! ¡Bendita sea la providencia! ¡Qué pena más amarga no poder contemplar vuestra belleza! Aunque si es como vuestra voz, ciego quedaría de nuevo al abrir los ojos, deslumbrado por vuestros encantos. ¿Y decís que componéis poemas? ¿Y que los cantáis por los caminos? ¡Ay, triste desdicha la mía! Que llevo yo toda la vida cantando por esos caminos de Dios sin haber podido ver la luz. Niño, Martín, Niño, ¿dónde estás, pardiez? Dile al tabernero que sirva a la dama buen yantar y buen beber, que corre de nuestra bolsa. Y asegúrate antes de pagarle, que me da en la nariz que el tabernero es un sinvergüenza, a ver si te engaña, que ése cuenta mejor que tú.
Ojo al dato, doña Elena, ¿veis al ciego andrajoso que se ha acercado a la reunión? Tengo un olfato especial para los granujas y mucho me temo que ése es de los peores.
Ole,ole y ole,que ganas tenia,que resurgiera mi Niño del corral cándelas jajjjjj...
ResponderEliminar¡¡Salmorelli!! ¡¡Vamos punteando hombre!! ¡Así me gusta...! Más ole, ole, que promete.
ResponderEliminar¡Ay, me he desorientado don César! ¿Sigue aún la historia anterior? Decidme pues...
ResponderEliminarA decir verdad, no lo sé, Liliana, que he salido del pajar trastornado, viendo doble sin haber bebido, temblándome las piernas, con el seso obnubilado (digo seso, no otra cosa, escribo las letras correctamente, o eso creo), y ahora mismo desconozco dónde está mi persona ni mi razón ni mi cuerpo, pues sólo veo lujuria delante de mis ojos. Madre mía, y cuánta lujuria. Viva el pecado.
ResponderEliminarPero vive Dios que si no don Mendo es otro, pero no me pierdo la faena del Niño por na der mundo.
Don Mendo,que ese mal estar tiene remedio,metase en el pajar y remate su faena,que la del niño puede esperar jajajjj.
ResponderEliminar¿Al pajar otra vez? ¿Al pajar queréis devolverme? ¿Acaso creéis que soy de hierro, doña Mari? Mañana, mañana, que vos no sabéis qué carnes ni qué pasiones, ni lo débil que es un hombre. Cuando doña Elena se despojó del corpiño creí desfallecer, y aún corro el riesgo sólo de pensarlo.
ResponderEliminarSi ahora mismo volviera al pajar, allí moriría, a buen seguro. Muerte dulce, sí, pero muerto al fin.
Por mucho Don que tengais delante del nombre,mucho hombre de boquita y a la hora de la verdad ¿os tiemblan las piernas?jajjaj...
ResponderEliminarVive Dios que sí, y no sabéis cómo.
ResponderEliminarSi es que no ha sido una verdad, doña Mari, han sido cinco verdades, que yo recuerde.
ResponderEliminarDe buen rollito Don Mendo,en todas las epocas hay fantasmones jajajjjj.
ResponderEliminar¡Pero mirad qué me vengo a perder! ¡Vive Dios! Que la historia continúa por aquí en las sombras...
ResponderEliminarDoña mari, seguid apretando al caballero que si no lo hacéis vos, tomaré carta en el asunto. No sea que don Mendo se nos escape de las manos, o de otras partes, y quedemos sin conocer cómo se las arregla el hombre con tanto desgaste a cuestas...
Estoy totalmente enganchada a la hosteria, menos mal que no pido vino, lo que si me gustaria es imprimirlo y asi leerselo a unos amigos en unas pequeñas reuniones que dedicamos a la lectura,¿me dais vuestro permiso?.
ResponderEliminarEspero vuestra respuesta
Un saludo
Claro que sí, faltaría más. Y si quieres, puedes participar con nosotros con el personaje que te apetezca. Aquí se improvisa todo, desde la trama hasta los personajes, los nudos, los desenlaces... Todo se improvisa, de modo que ninguno de nosotros sabe cómo va a terminar esto ni cuándo, ni si va a entrar esta tarde o mañana algún personaje nuevo que dé un giro a los acontecimientos.
ResponderEliminarAnímate y participa. Te invito por correo.
Gracias y un saludo.