domingo, 4 de abril de 2010
Protesta de Santorcaz
- Mi amooool, venga, deja de hablal tanto que t´espero desnudita pa que me comas enteritaaaa.
domingo, 21 de marzo de 2010
La primavera la sangre altera
Detengamos el tiempo para jugar con él. Situemos a los personajes como piezas de un tablero de ajedrez, tenemos a Santorcaz sorprendido y dando la voz de alarma, a Casimiro que va en su busca después de agobiar al Niño del Corral, a la Pitones que mira a su Niño con una mezcla de cariño y reproche, por último tenemos a don Silbando quien devora un trozo de queso aparentemente ajeno a la escena.
No, no me olvido de Juana la Sanguinaria. La pobre mujer se ha visto sorprendida y sin pretenderlo se sitúa en el epicentro de la atención. Casimiro llega y observa a la dama con sorpresa, lo primero que siente es un gran alivio, ahora lo explica todo. En estas últimas horas su virilidad se había visto turbada y en las próximas, su mundo iba a quedar trastocado para siempre.
- ¿Pero qué dice usted? – preguntó a Santorcaz.
- Cómo que qué digo, Juan el Sanguinario es una dama, acabo de verle el trasero.
- ¿Queeeeé? Que le ha visto usted el mondongo.
- Enterito y en pompeta, así para zambullirla, puedo certificar que es una mujer, además tiene unos pechos como...
- Calle, calle. Lo sabía, lo sabía – afirmó el cabrero molesto – por eso estaba yo tan barruntón, la reconocí por sus apestañas. Las mujeres las tienen más largas.
La dama se acercó ruborizada, no sabía qué decir por lo que bajó la miraba avergonzada. Santorcaz arrobado por su belleza se echó a sus pies, le besó la ensortijada mano y le dedicó unas palabras.
- Oh, señora, tenga a bien perdonar a este triste pecador. Cuán turbado me he visto al ver pasar ante mí la belleza y no saberla reconocer…
La mujer se encontraba atónita, por primera vez en muchos años estaba siendo adulada y no sabía qué se suponía debía de hacer. Casimiro sintió un ataque de celos terrible, las flechas de amor le habían atravesado el pecho y sentía que de un modo tan repentino que por un momento creyó perder el juicio. Fue como un desfallecimiento, un ligero mareo y todo cambió, Santorcaz acariciaba la mano de su amada, se le había adelantado. A sus espaldas la gente se amontonaba atónita observando la prodigiosa metamorfosis del muchacho en diosa. Tenía que reaccionar, adelantarse al barbero e incluso al torero que lentamente se acercaba para desesperación de la Pitones. ¿Pero qué podía hacer, qué podía él decir consciente de sus carencias verbales? Estaba acongojado observando como el barbero le robaba la atención de su dama. De todos modos, nunca tuvo posibilidades, qué podía hacer un pobre cabrero para conseguir los favores de una señora así, ahora parecía un hidalgo, pero por dentro seguía siendo un bruto. En ese instante, entró en escena el torero quien también la agasajaba, para tormento de las gitanas. Poco a poco, Casimiro abandonaba, dio media vuelta y se dispuso a pagar lo que debía en la hostería y regresar al monte, con los animales. Ese era todo su universo, cerros y barrancos, arroyos y mesetas, ganado y soledad. Sin embargo, Juana le miraba de reojo, apenas le perdió un instante la vista y Casimiro había desaparecido.
Casimiro pagó a Buttarelli, dejó hasta la última moneda para Santorcaz y se dispuso a largarse, apenas sin ánimo para despedirse. Pero alguien más le observaba, don Silbando quien cruzándose en su camino le dijo:
- Casimiro, no puedes irte así, tienes que decirle adiós a ella.
- Pe… pero…
- No hay peros, adelante. Confía en mí – le dijo en un guiño.
Casimiro titubeante se volvió y desafiando a la multitud avanzó, en esos instantes Juana se veía rodeada de pretendientes quienes como moscones no la dejaban ni respirar. Al ver al cabrero avanzar a la muchacha se le iluminó el rostro. Ambos se colocaron uno en frente del otro, ahora ya parecían estar solos, como si el resto del mundo se hubiese venido abajo, como si nada existiera porque ya nada importaba.
- Señorita yo no sé hablar… - don Silbando hizo uno de sus sortilegios y las palabras que soltaba el cabrero se transformaban y llegaban a Juana de un modo distinto – a mi usted me gusta mucho es muy guapa y apesta muy bien (Amada mía, propietaria de mi tristeza y mi felicidad, quisiera ser aire para que me concedieras un suspiro) y cuando usted enseña los dientes son muy blancos y uno al lado del otro ( ser alegría para provocar una de tus sonrisas), tienes más tetas que la clarita a la que le saco tres litros de leche ( encadenaré mi corazón a tu pecho) pero tetas, tetas ( tu inmenso pecho). Por usted mando las cabras a tomar por culo, vamos que estoy por renunciar, ahora mismo voy y le digo a mi papa que se las meta por los huev… (Mi mundo ya no es mundo, mi vida ya no será la misma desde hoy, pedídmelo y lo dejo todo) yo quisiera comprometerme con usted y proponerle compromiso (pertenezco a usted como a la noche sus estrellas, como al río su orilla, como al infinito la eternidad) para acostarnos juntos todas las noches ( quisiera vivir en tus sueños para yacer junto a vos en su alcoba) y no separarme nunca de usted, porque ya no me queda nada más en el mundo que no sea o venga de usted.
Juana no oyó más, se abalanzó al cabrero y con un beso sellaron su amor. Santorcaz dio varios pasos hacia atrás y desapareció. El torero hizo un gesto de desdén y se encontró con las gitanas que lloraban de emoción.
Don Silbando pagó con una única moneda al barbero y le dijo:
- Tú sabes porqué.
Santorcaz iba a decir algo y se lo tragó, don Silbando le había visto. Era el momento justo de largarse, tomó la puerta y se encontró con que era de día y hacía calor, ya no quedaba nada de aquella fría y nevada noche de navidad. Se quedó extrañado mirando a todos lados, se llevó un dedo al bolsillo y extrajo una sortija de oro que había robado a Juana cuando le besó la mano. Rió con codicia, por fin, por fin, se dijo, por una vez parecía salirse con la suya. Qué más daba que don Silbando le hubiese dado una única moneda que no era ni del prometido oro, aquel anillo valía una fortuna. Pero alguien más le observaba, su talón de Aquiles.
- Hola mi amol, te llevo mucho tiempo´sperandote, desde navidas. Ahora es primavera y están hablando de amol. Tú y yo vamo a hasel el amol hasta sudá. Asín, asín como bestias en selo.
- Usted y yo no vamos a hacer nada, está loca, falta mucho para la primavera.
- No, no, cariñito hoy entla la primavera, o hasemo el amol o me chivo a los aguasile, que la hostería está llena.
- Estás loca, vengo de la hostería y no hay ni uno – y dicho esto retrocedió hasta la hostería en donde al abrir la puerta se topó con media docena de aguaciles bebían, reían y jugaban a los dados.
A Santorcaz se le emblanqueció el rostro, ¿qué demonios había ocurrido? ¿Qué clase de magia era aquella? Lo peor es que Casiana estaba a su espalda, reclamando un peaje para poder llevarse el anillo. El barbero se dio la vuelta y Casiana le agarró por sus partes.
- Que ricoooo, que glande, mi tesoooro. Vamos amol que el chocho me aplaude.
Pobre Santorcaz, nunca nadie pagó tanto por una sortija de latón.
domingo, 14 de marzo de 2010
CAPITULO XIII "NO ESO NO..."
"S"- ¿Macho? si será, ¿porque o anda bien formao o se la io la borsa der parné por un hueco der borsillo?
-No le consiento que sospeche de mi viriliá, venga a mi mesa y sanjemo er asunto.
Me voy a tomá esa jarra de vino con vuestra mersé porque juno é educao, pero le vuervo a desí que su tropesón é má sospechoso que una cabra en la casa de un cabrero.
- Venga torero no se mé enfade que su való é de envidia, y no está bien que se fie de un burlaco y no de un hombre cavá como lo es un servidó. -contestó, Casimiro, sabiendose ganador de la maniobra de atraerlo hasta su mesa, ya que para el que todo sería cuestión de emborracharlo y servirle en la bebida los mejunges comprados a Santorcaz ,. De esta manera el torero caería rendido a su grupa. Las gitanas, mientras tanto continuaban riendo a dos carrillos al saber de sobras la tendencia sibilina de la que hacía gala Casimiro en asunto de alcobas..."
domingo, 7 de marzo de 2010
CAPÍTULO XII: La sorpresa…
LGLuego de la corrida en la que le había propinado sendos leñazos al pobre Diego Cerrojo, que encima de haber quedado calvo de abajo, luego quedó tiznado y aporreado de arriba, Casimiro volvió a sentarse en su lugar.
Como decíamos, Juan de Santorcaz comenzaba a hacer carpa de sólo mirar a su tocayo, Juan el Sanguinario, el pirata que mejor culo tenía en toda la Malasia, el Caribe y los mares del Nuevo Mundo, según su apreciación. Y he de asegurar que su apreciación ya era harto notoria.
Pero lo que aún más lo excitaba, era el hecho de que el joven, habíase agachado para atarse el cordón de su bota, que justamente se le había soltado. En eso estaba cuando se escuchó un “Riiiiiiiiiip” y el pantalón del sanguinario se abrió al medio por la fuerza que hacían sus cachetes allí apretados. Cuál no fue la sorpresa de todos cuando debajo de aquel varonil atuendo, afloraron unas primorosas bragas color de rosa.
Santorcaz babeaba encima del cabrero que, como estaba de espaldas no había visto el espectáculo, que de verlo, también hubiera corrido al barbero a fuerza de leñazos para quedarse con el mozo, moza o mariconcete…
El Sanguinario, se levantó de golpe y corrió como una exhalación, escaleras arriba, hacia sus aposentos, mientras su cara se ponía colorada como un tomate. Salió Santorcaz, con el carajo al tope, corriendo tras él, y cuando llegaron ambos, al mismo tiempo, a la puerta de la habitación, el barbero, queriendo asir al otro Juan por un brazo, erró el zarpazo y le arrancó de cuajo sombrero, bandana y… peluca. Todo resultó en apenas unos instantes, de forma tal que unos cabellos morenos, largos y rizados, afloraron como una cascada sobre los hombros de él o ella, o vaya uno a saber qué.
Pe… pe… pero ¿Qué diantres está pasando aquí –vociferó sin creer lo que veía, cuando en el forcejeo, que no cesaba, la camisa del Sanguinario se abrió de golpe y un par de bellísimos pechos le saltaron a la cara-. ¡Mare mía! ¡Qué melones! Entrad a vuestros aposentos que yo os haré guardia de honor, sin espada pero con todas las armas… -Le dijo al ex – Sanguinario, mientras las babas le mojaban su propia camisa de tanta excitación-. ¡Yo sabía que algo raro pasaba aquí! ¡Una mujer! –Gritó-. ¡El pirata es una mujer!
Gran error por parte del barbero el haber dado la alarma. Porque al escuchar "¡Una mujer!", Casimiro, el archiduque de las Cabrias, se venía corriendo como un toro para embestir lo primero redondo y acolchado que encontrara en el camino, aún no se sabía si eran las posaderas del ex – Juan o del "todavía" Juan de Santorcaz.
domingo, 28 de febrero de 2010
Capítulo XI El Archiduque
Casimiro que había llegado a Sevilla con el ánimo de encontrar novia, había perdido el norte y no sabía si lo que quería era novia o un agujero con piernas, ya que jamás en su vida había visto tanto estímulo junto, ni siquiera en la romería de su pueblo. En esos momentos en los que Casimiro ya iba directo a clavar el estoque al torero así como si tal cosa y todos estaban sobresaltados, justo cuando la alborada comenzaba a lanzar sus primeros estertores sobre las nubladas ventanas de la hostería y nadie esperaba ningún sorpresa del exterior, se abrió la chirriante puerta y una figura no muy grande se recortó. De este modo, todos, como buenos actores que eran, recuperaron la compostura y siguieron con su tarea no fuera a ser que quien se presentaba fuese un inquisidor o la autoridad. Pero no, para sorpresa de todos y justo cuando entró un paso las luces mostraron su rostro, era Diego Cerrojo, el comerciante.
Para hacer memoria recordaré quien era este singular personaje, e incluso haré más, daré unas breves notas biográficas de este hombre de negocios.
Diego Cerrojo era un hidalgo, gracias a un favor paterno pudo heredar una basta finca que mal vendió al otro día para embarcarse a las Indias. Convencido de que iba ha amasar una gran fortuna tuvo a bien comprar un poco de todo lo exótico que conoció. Trayendo con él al antiguo continente, entre otras cosas, papas podridas, monos, esmeraldas, tomates amarillos y pavos. Como sabemos, y si no lo sabemos lo recuerdo, Santorcaz engañó a Diego quedándose con sus pavos. Por lo que el comerciante venía empapado en rencor y dispuesto a vengarse.
El barbero al verle agachó su cabeza y continuó en su labor de acicalar al cabrero quien, como todos observaba con curiosidad al recién llegado.
- ¡Canalla! Te encontré, eres un miserable, me dijiste que con el ungüento mi picha crecería, que era una receta de los Incas para hincarse. ¡Ah, sinvergüenza! Y mi picha no creció no, sino que gracias a sus pócimas hoy no tengo un solo pelo en mis partes nobles.
- ¿A mí me lo dice? – preguntó Casimiro.
- No, a usted no, buen caballero, sino al canalla que anda piojeando por su cabeza.
- No le haga usted caso, es un loco que… nos ha confundido.¡Oiga usted – gritó Santorcaz señalando a Diego – un poco de respeto pues este señor a quien acicalo es nada más y nada menos que el… Archiduque de Calabria!
- Eso, eso yo soy el Casiduque de las Cabrias!
- ¡Canalla! A mí no me engañas otra vez, ¡el alguacil!, que se haga justicia con el ladrón.
Al decir ladrón media hostería se encogió, ¡un alguacil!, era como mencionar la soga en la casa del ahorcado. Buttarelli palideció, muchos de los allí presentes querían marcharse.
- Lo dicho, es un loco, ni caso, déjelo usted hablar y no le haga caso.
- Mire usted que no quiero pendencias, que no me conoce usted a mí – dijo Casimiro quien a su modo de ver las cosas se veía interpelado.
- No, no me refiero a usted, sino al piojoso que le anda hurgando, ganándose su confianza para robarle. No, no me refiero a usted, ya que usted se ve que es de alta cama hijo de gran alcurnia de rancio abolengo…
No dijo más, el cabrero de un salto cogió un leño de la chimenea a modo de cayado y comenzó a atacar a Diego Cerrojo que gritaba y maldecía. De ese modo el comerciante salió disparado por la puerta con Casimiro atizándole en la espalda. A los allí presentes sólo les faltó aplaudir.
Apenas pasaron unos dos minutos cuando Casimiro reapareció triunfante enseñando su dentadura en una cómica sonrisa.
- El “hioputa” sin yo meterme con él va y me dice que mi madre es una alcurnia y mi padre un rancio no se qué. Ea, pos se acabó el cuento, por ahí anda que ha cruzado el Guadalquivir a nado. Y eso que no tengo mi honda, que si no llega hasta Grazalema corriendo.
Santorcaz oyendo esto pudo al fin volver a coger una de las viandas y masticar tranquilo. Sin darse cuenta volvió el rostro y miró a Juan el Sanguinario… pero qué demonios… su entrepierna se le revelaba y el abultamiento le cogía pellizcos. Ese tal Juan el Sanguinario era precioso…
- ¡Butarelli! Traiga un poco de vino a riesgo de cagarme vivo… que el entendimiento se me está nublando o levantando.
El barbero necesitaba un poco de caldo para rebajar su… “entendimiento”.
lunes, 22 de febrero de 2010
NANA PARA ÁLVARO - ¡BIENVENIDO!

que te alumbra la blanca luna,
Sevilla se vistió de fiesta
y en su regazo te acuna.
Álvaro, repetirán los ecos,
tus padres destellarán amores,
también te cubrirán de besos.
De noche despertarás estrellas
con el brillo de tu mirada,
benditas sean las dos centellas
que cruzan tus alboradas…
Benditos sean los cielos,
esos cielos de cristal,
Álvaro, niñito, pisarás el suelo
con la fuerza de un vendaval.
Despierta, niño, despierta
que te alumbra la blanca luna,
Sevilla se vistió de fiesta
y en su regazo te acuna.
Con todo el cariño de tía Lili
viernes, 19 de febrero de 2010
"CAPITULO X De la gracia a la desgracia..."
"S"sábado, 6 de febrero de 2010
CAPÍTULO IX: De las urgencias del Casimiro y otras cuestiones raras…
LGAsí es, y no les han mentido señores, Santorcaz había dejado al Casimiro, casi hecho un duque, pues no le quedaba ni pizca del aspecto bruto que había traído consigo, salvo su sesera que se asemejaba a la de un mosquito de tan minúscula que era.
Efectivamente, cada vez que abría la boca, hasta los bichos salían espantados, es que el pobre se había criado entre cabras y no sabía desenvolverse entre la gente. Y hablando de cabras y a fuerza de decir verdad, hacía ya semanas que el Casimiro no veía ni una cabra sabrosona, de esas que vivía enamorado, de modo que ya las estaba echando de menos y sentía la necesidad entre las piernas. Cómo habrá sido que hasta se había entusiasmado con Juan, el Sanguinario, pues cada vez que lo veía, montaba una carpa de padre y señor nuestro.
Y en esos pensamientos libidinosos y mariconcetes estaba, cuando la Pitones bajó corriendo, como alma que lleva el diablo, las escaleras que daban a los aposentos de altos donde había espiado por la cerradura, al pirata Juan.
La Carmela la vio venir derechito hacia ella, y de la intriga fue a su encuentro, reuniéndose en el centro del salón.
Pero qué ej lo que te ha pasao mi niña, parece que has visto un fastasma de cómo traej la cara. –La Pitones la tomó de un brazo y arrastrándola hacia un rincón, le hizo señas de que bajara la voz.
Calla mujé, que nadies debe enterarse de esto, joé… Lo he visto al mozalbete, en cueritos… ¡Aaaaaaay, virgencita santa! Que nunca he visto nada igual, y mira, Carmela, que he visto culoj de todos los tamaños y todos los colores… pero a fe mía que nunca he visto uno tan perfectamente redondo como el que vi, además, además… -Y acercándose al oído de la Carmela le cuchicheó algo que hizo que la gitana ahogara un grito de estupor.
Que no puede sé, niña, no es posible… -Pero de golpe debió cerrar el pico, porque el Sanguinario, bien acicalado y con sus ropas impecables, bajaba a tomar su cena, ajeno a los chismorreos de las gitanas.
Ni bien pasó delante del Casimiro, lo miró de hito en hito sin reconocer al bruto que había visto unas horas antes. Y el Casimiro… al Casimiro se le cayeron las babas sobre el plato de Santorcaz que aún seguía comiendo chorizos con pelo y ahora también estaban adornados con barba inerte, pues la mirada de Juan se le antojaba más excitante que las de las cabras que conocía, con lo cual, su pantalón creció varios talles sin que pudiera, ni quisiera, evitarlo, sí señor. Luego se dirigió al barbero, con quien había cogido confianza merced a sus artes y le dijo:
Mire usté don Santatorcaza, este niñato me hace saltar el ganso más aún que la Eleonora, la cabra más guapa con la que me ido pal monte. ¿Qué le digo pa clavarle la lanza? Digamé usté que es tan sabioso, que no me aguanto más, hombre…
El barbero abrió los ojos de manera descomunal, tal la sorpresa que se llevó, pues sabía que el Casimiro era bruto como un arado, pero nunca pensó que fuera mariconazo confeso…
lunes, 25 de enero de 2010
CAPÍTULO VIII: Del trato entre don Servando y Santorcaz… y del "ojo en la cerradura"...
LGConsciente de que su actitud pasaba, cuanto menos de sospechosa, Juan el Sanguinario bajó la cabeza y subió prestamente a sus aposentos sin decir más palabra. Mientras tanto, don Servando, que observaba todo desde su mesa con gran divertimento, llamó a Santorcaz con la mano en alto, y al acercarse, con tono confidencial le dijo:
Barbero, venid un momento. Veo que miráis con ganas la bolsa del cabrero, os puedo asegurar que si hacéis de él un don Juan como aseguráis, sacaré de vuestras orejas más oro del que él lleva en su morral. –Diciendo esto, hizo un pase mágico y sacando una moneda de la oreja de Santorcaz, se la entregó en mano sin que el truhán pudiera decir ni pío del asombro que lo acosaba.- El pacto es el siguiente: si lográis el cometido, seréis rico, si no lo lográis… ¡Ah, si no lo lográis! Tal vez os convierta en sapo. –Y soltó una sonora carcajada que retumbó en todo el salón.
A Santorcaz se le iluminaron los ojos de codicia y sin pensarlo dos veces, replicó:
No dude excelentísimo señor que así lo haré, aunque deba trincarme a la Casiana de por vida, y válgame Dios que es castigo como para purgar en el infierno, pues no hay navaja que rasure sus bigotes sin desafilarse, y ni hablar de los gatos que tiene en los sobacos… huelen peor que una paella de mariscos en mal estado. –Bajando aún más la voz, le dijo en tono de confidencia-. Del “otro gato”, no quiera que le hable, don Servando, que su señoría es demasiado señorioso pa decirle lo que tiene entre las piernas… ¡Pardiez! –Y sellando el pacto con un apretón de manos, se dirigió muy ufano hacia su tocayo bien dispuesto a comenzar la tarea.
Entretanto, las gitanas se habían quedado picadas por la curiosidad con la imagen del Sanguinario y sus dichos. La Pitones, haciendo de tripas corazón, y por no tener con quien hablar, se acercó a la Carmela bien mansita:
¿Haj visto tú al mozalbete? ¡Qué diantres le ha picao! Aquí hay gato encerrao, y te lo digo yo, por mi Niño del Corral que destaparé esta olla. –Y poniendo los dedos en cruz, se los besó en juramento-. Luego se dirigió hasta la puerta de la alcoba de Juan el Sanguinario, y poniéndose culo pa´rriba se dispuso a fisgonear por el agujero de la cerradura. Juan se estaba quitando la ropa y lo que vio la gitana la dejó sin habla…- Lo sabía, lo sabía, -dijo para sus adentros-, no hay diosito que a mí me engañe… -Y se dispuso a no perderse detalle de los atributos que veía...
Tal vez no se le diese tan mal la noche a Santorcaz. Animado por la moneda a punto estuvo de pedir vino a Buttarelli, pero recordó el capítulo del empuje de los higos chumbos y se abstuvo. Lo que sí requirió fue unas viandas con las que entró en calor y recuperó su buen humor. Espoleado por el ánimo metió mano a Casimiro quien ya no sabía muy bien a qué había venido a Sevilla. Comenzó a abrir y cerrar sus tijeras y pasearlas por el pelo del cabrero como un hada de metal que batiese sus alas sobre una flor. Comenzó a mover tijeras y cabeza, a buscar ángulos, perspectivas. Mientras los demás fingían no mirar.
- ¿Sabe usted caballero?
- Yo no tengo caballo, mire usted.
- Es un hablar… a mí el joven ese… el Sanguinario o como se llame no me da ningún miedo. Sepa usted que yo estuve en la batalla de Lepanto contra los inglaterreses de Inglaterra, y en la de Salamina contra los turqueses de Turquía, e incluso con los franquistas de Francia en la batalla naval de… en la batalla del Sahara. Y siempre salí victorioso… mas uno es hombre de paz. De haber sido un maleducado de buena fe hubiese atravesado a ese polluelo. Otra cosa he de advertirle… no se fíe del personal, todos ambicionan lo que usted tiene. Además, en un sitio como este sólo hay envidiosos y todos, todos, le envidian a usted por su porte y su elegancia.
- ¿Yooo?
- A usted, como le digo. Una vez que termine nos iremos de aquí para no volver más.
De este modo Santorcaz iba ganándose la confianza del pobre Casimiro, quien movía la cabeza a un lado u otro según los dictados del barbero que hablaba hasta por la tijera. De vez en cuando cogía algún trozo de chorizo y se lo llevaba al buche, naturalmente contaminado de pelos. En un determinado momento sacó sus perfumes traídos de “las selvas de Arabia” y empapó al cabrero hasta impregnar con su perfume toda la hostería. Juan se detuvo, le examinó, le quedaba el trabajo más importante: la barba. Sacó su navaja, afilada como la lengua de una suegra. Pero Santorcaz no consideraba a su navaja como un instrumento de corte, sino como un buril con el que dar forma a un nuevo rostro. Recortar los pelos que durante tanto tiempo se habían enredado como una hiedra salvaje, para dejarlos como un seto ornamental, la perilla de bachiller, el bigote de un hidalgo, la barba de un escribano. Nada en él podía hacer sospechar su noble oficio de ganadero, tenía que parecer un grande, un noble, el indiano que llegó de las américas, el extranjero que zarpará mañana al nuevo mundo. Santorcaz era un dios y Casimiro su Adán particular.
Mientras tanto otras tantas cosas poblaban la imaginación del cabrero, al principio comenzó a imaginar batallas y creyó que las guerras eran como cuando se peleó con el Eustaquio que comenzaron a tirarse boñigas de borrico y terminaron con pelotes de granito. Continuó pensando en toda la gente de la hostería, y creyendo que querían robarle el queso de su morral. Para terminar oliendo ese líquido con el que el barbero le bautizaba una y otra vez. Pensó si no sería cosa de amanerados y creyó que sí, que se estaba volviendo algo mariconcete porque le atraía el tal Juan el Sanguinario. Notaba como una bobería que le ponía eso que ya sabemos, alegre. Tanto o más que la butifarra que devoraba Santorcaz. Lo cierto, es que había venido hasta Sevilla para encontrar moza, si se presentaba en la sierra con un chavalote su padre lo correría a patadas con toda la razón del mundo. Aunque lo peor era que no sabía qué decirle a una dama, la tal Pitones se le antojaba jugosa, ¿pero qué podía decirle? Miró al barbero, quizá sus consejos serían acertados.
- Mire usted, yo no sé que decirle a las mozas… - dijo al fin.
Santorcaz, se detuvo, le faltaba muy poco para acabar su obra y cobrar el dinero de don Silbando, pero ahora tenía la oportunidad de ganarse aún más la confianza del cabrero.
- Se empieza diciendo algo bonito, como…
- ¿Eso es lo que usted le dijo a
- No, noble caballero. A
- ¿Cómo, cómo? ¿Ángel mamón aparta las rodillas que esta está que me brilla y vas a respirar mejor?
En ese instante Santorcaz terminó con la navaja, le había quedado un trabajo impecable había hecho su obra maestra, su David, su Capilla Sixtina, su Pirámide Maya, su Alhambra… Casimiro era un ser hermoso, elegante, olía como la cama de un príncipe… sólo tenía un defectillo: sabía hablar.
sábado, 9 de enero de 2010
CAPÍTULO VII: De la transformación del cabrero y otras cuestiones...
LGQuédose el cabrero sorprendido de sí mismo como lo estaba la concurrencia con su cambio. No era mal parecido que digamos y si las artes de Santorcaz culminaban la tarea tusando el abundante pelo y la hirsuta barba, quizás hasta se podría decir que hasta fuerza buen mozo. Pero parecía que el barbero lo único que quería era largarse con los dinerillos de Casimiro, cosa que no hacía por no encontrarse con el demonio de la Casiana que lo esperaba con los brazos abiertos y sus atributos en pie de guerra, pues las faldas en alto sólo significan una cosa en cualquier idioma.
Percatándose de las intenciones de Santorcaz, Juan de Ratatuille, el Sanguinario, que se había despojado de su capa para dársela al cabrero, se dirigió sin preámbulos al barbero tratando de que éste depusiera su actitud:
Escuchad barbero –le dijo-, olvidaos ese saco que escondéis sin éxito entre vuestras ropas y tal vez podáis salvar el pellejo, caso contrario os serán amputados los dedos de la mano que lleva el talego. Que aquí somos todos malandrines por lo visto, pero tenemos códigos de honor. -Y dirigiéndose a Casimiro, continuó.- Y vos Casi Has Mirado, atended vuestras cosas, pues no respondo por lo que os puede suceder de puro confiado que sois. ¡Abrid los ojos, vive Dios!
Juan el Sanguinario había comenzado a ponerse rojo de la ira, su esmirriado cuerpo temblaba y no se decidía a desenvainar la espada para amenazar a Santorcaz, que dándose por aludido, entregó el saco con el dinero a Casimiro en mano propia, prometiendo que ahora que la fauna autóctona que llevaba encima, había perecido ahogada por el baño, escanciaría sobre él sus perfumados tónicos, los mismos que había conseguido de mercaderes árabes y tan dudosos como él.
Satisfecho con el resultado, Juan, recompuso su aniñado rostro y sacando pecho, gritó:
Mientras el Sanguinario esté dentro de esta pocilga maloliente, no habrá robos entre los parroquianos, ni desprecio a estas damas sin que deban vérselas con mi espada.
Oleeeeee, mi arma, así debe hablá un hijo de la mar. Cuando quieraj aprendé laj arte del amó, no tiene má que decirle a ejta servidoa.-Dijo la Carmela meneando el trasero y acercándose al mozo con intenciones de tantear terreno.
La Pitones se puso a la defensiva, y quedó atenta. ¿Por qué ella tendría que conformar al cabrero y a la gorda de la Carmela le tocaba el niño aquél, bien tiernito y seguramente muy apasionado, como todo hombre de su edad. Sí, la Pitones andaba necesitando un “machazo” con todas la de la ley… pero pensándolo bien, ahora que el cabrero había cambiado la estampa…
Juan el Sanguinario volvió a ponerse granate de la vergüenza… ¿Pero que diantres le pasaba a ese mozalbete?
miércoles, 6 de enero de 2010
CAPÍTULO VI: El peso de la conciencia
Como nadie en toda la hostería se presentaba para hacer de biombo, tuvo el pobre Casimiro a bien taparse sus vergüenzas. A Casiana tuvieron que echarla, porque ya no se controlaba. Tan humillado se encontraba que se dejaba hacer como cachorro en manos del amo. En un momento dado y viendo que las ropas se movían Santorcaz le encomendó a doña Rosario que tuviese a bien lavárselas, pero la mujer al ver removerse tanta fauna lo único que le vino a la mente fue echarlas al fuego, no fuera ser que contaminara la hostería, que por cierto bien contaminada estaba ya. En aquel momento se quedó el pobre cabrero con una mano adelante y otra atrás, además su taleguita con el dinero no aparecía por ningún sitio. El barbero sospechosamente y con la excusa de traer algún perfume se marchó quedando el pobre Casimiro como vino al mundo y de no ser por la chimenea, incluso congelado.
En la calle Santorcaz reía alegre, la bolsa del cabrero era muy suculenta y para él solito. Sin embargo, en la esquina una sombra grotesca le esperaba. Casiana le hacía gestos con el dedo, ven, ven, le decía. No, esta vez no sucedería como cuando los pavos. No se dejaría humillar. Pero para que eso no sucediera tenía que dar marcha atrás y volver a la hostería, no había otra salida. El barbero miró al cielo y vio una cosa curiosa… Los comentarios… no podía ser, qué dirían de él las voces. APM, Nirvana, Charly T, Draco, Angus, Marcos, Ro, Dora, CLsT, Linus… qué más le daba, llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad como esta. No, las voces no le iban a hacer temblar. Quien le hacía temblar era Casiana que se estaba, por Dios que espanto, ¡levantando la falda!
- Está bien voces del otro mundo… pero que conste que yo me las busco engañando. De algo tengo que comer ¿no? Nada hoy toca ser bueno…
De ese modo Santorcaz entró de nuevo en la hostería con una recién fabricada sonrisa, como si en realidad hubiese ido por el perfume.
- Caballero… ahora voy a hacer de usted un Donjuán.
En el intervalo de tiempo que estuvo fuera, entre don Silvando y Juan el terrible, haciendo de su capa un sayo, le habían prestado algo de ropa a Casimiro. Y los demás clientes animados por tanta generosidad les imitaron, de ese modo quedó el cabrero enfundado en unos ropajes con los que parecía un hidalgo.
Santorcaz al verle tan bien puesto, estaba apunto de marcharse, total… ya apenas le necesitaba. Aún estaba a tiempo de largarse con el dinero…
jueves, 31 de diciembre de 2009
CAPITULO V "Hay que convencer a la Gitana..."

"S"
Casimiro no olía a hombre, olía a rebaño, a piara, a manada, a cualquier cosa menos a persona. Ya no se trataba de un simple olorcillo corporal, no, tenía una membrana por encima de la piel, una costra de sudor y mugre ante la que cualquier mujer se hubiese echado las manos en la cabeza, cuando digo mujer no me quiero referir a Casiana, por supuesto. El barbero dando cuenta de esto, le hizo una señal a
- Pues a juzgar por lo que oigo en mi cabeza no debe hacer mucho tiempo por que las voces se andan felicitando por el… es imposible antes de ese año nuestro señor hará armado algún que otro día del juicio final – se dijo Santorcaz.
Pidió a doña Rosario que le prestase una manta y la sostuviese a modo de biombo. Se negó, pero al menos le prestó la manta y de biombo se colocó Casiana con el animo de mirar. Como hacía frío se colocaron cerca de la chimenea y allí comenzó Santorcaz a restregar, al principio notó que las chinches huían en desbandada y que el churrete caía arroyado. Y todo esto regado con las mejores exclamaciones de Casiana.
- ¡Uhhh! ¡Qué sabrosón! ¡Este me lostreno yo!
- ¡Por nada del mundo visión! – gritó Casimiro – Escúcheme usted don barbero que si todo esto es para que el bicho este se me eche encima usted me deja que yo me voy para la sierra, mire usted.
- ¡Tenga vuestra merced paciencia! ¡Que aquí el único que está haciendo un esfuerzo es un servidor… Buttarelli, traiga vinagre, que esto apes… husmea!
- Aquí lo único que güele es la pasión, amol, tú y yo untito los do. Que locura… o los tre, me da iguas. Er churra grande y er pestoso, ay que riiiico.
Aunque el climax lo alcanzó cuando le bajó el pantalón y casó eso que todos sabemos. Ciertamente no era gran cosa, ni tampoco muy insignificante, algo situado en un término medio, pero la terminación era grande, por darle una semejanza le daré el de una seta, por lo menos. Entonces el biombo cayó, y los asistentes tuvieron que sujetar a Casiana que ya no era Casiana, era una fábrica de lujuria. Y el cabrero corría con el pantalón bajado como animal trabado, dando voces y maldiciendo. Mostrando a todos sus peludas y olientes vergüenzas. Allá por donde pasaba el vino se volvía agrio y la leche se cortaba. Casiana negaba una y otra vez, Santorcaz se santiguo y solamente al cabo de un rato y después de muchos apuros pudo continuar su trabajo. Aunque necesitaba un nuevo biombo ¿quién se ofrecería?