miércoles, 22 de abril de 2009

Plegaria de don Alfonso a los cielos

¡Oh, qué dulce saben vuestros besos húmedos! ¡La levedad de vuestro cuerpo se hace miel en mi boca!

Vuestra piel es terciopelo acariciando mis manos y mis manos son mariposas aleteando entre la calidez de un campo poblado con las flores de mi pasión que ya se hace hoguera...

¡Oh, bienaventurados sean los cielos que me han colmado con la dádiva de teneros entre mis brazos! Perpetuad este momento de gloria que atesoraré hasta el día de mi eterno descanso.

Haced que el jadear de mi señora junto a este pecho palpitante se inmortalice para siempre en el reino sublime de nuestro amor y de él nazcan los frutos almibarados que nos alimenten en el desierto de las intrigas que se urden a nuestras espaldas.

¡Cielos, atended mi súplica!

¡Cielos, no abandonéis a este servidor! Os prometo que haré honor a este momento y defenderé a Isolda con la fuerza de cien leones, que no habrá Infante don Juan Miguel ni esbirros que le sigan y que se interpongan entre ambos, que no pagaren con su sangre la afrenta de traicionarnos.

Desde hoy esta torre donde yace Isolda junto a mí, entre finos mantos de lino, será el altar que veneraré en silencio…

¡Cielos! ¡Mi espada pongo por testigo y mi alma por honor!

Capítulo IV. Los hombres del cardenal.



¡Vive Dios que algo barruntaba yo! Más caro pago yo el dolor de mi entrepierna que paga el cardenal por sus servicios. Ahora verán.

Don Mendo de las Cuevas, pistola en mano, oye galope de caballos por la plaza. Oculto en la oscuridad, ve a los jinetes. El último, trabajosamente, carga con el niño en la grupa. Acecha. Al pasar junto a él no lo piensa y dispara contra el caballo, a bocajarro. Bestia, jinete y niño caen al suelo, y antes de que los primeros caballos vuelvan grupas, don Mendo saca una navaja y degüella al hombre caído, toma al niño en brazos y corre hacia la hostería. Oye a los jinetes galopar tras él. Sólo contempla una alternativa: la confusión. De una patada abre la puerta de la taberna. El escándalo es grande, pero don Mendo grita más fuerte.

¡Agua! ¡Agua! Vive Dios, las justicias, los alguaciles del rey ¡Agua! Huid, maestro, que vienen por vos.

Y corre hacia el interior. El Niño del Corral Candelas, que en ese momento, estoque en mano, amenaza con ensartar al tal Carrincho, al que tiene acogotado contra unos barriles, se gira justo cuando los hombres del cardenal irrumpen en la hostería atropelladamente. Sabedor de que su historial es completo, al ver a los embozados suelta a Carrincho y arremete contra ellos esgrimiendo el estoque. ¡A mí la cuadrillaaa! ¡Pardiez! ¡Rafaelillooo! ¡Bigoteees! ¡Tronchadienteees! ¡A por ellos! ¡Vive Dios! ¡A mí la tunaaaaaa!

Al grito de “a mí la tuna”, la turba de juerguistas y pendencieros cae como hormigas carnívoras sobre los hombres del cardenal. Los del Niño del Corral, banderillas en mano, hacen sangre en el tumulto; los tunos, con lo que pillan a mano: jarras de vino, taburetes, lebrillos, guitarras… El del Corral, más alto que los suyos, estoquea por encima de sus cabezas a diestro y siniestro. Y en ese momento, la ronda nocturna, que ya venía por el callejón del Agua, entra en la taberna en grupo, espadas en mano. Don Mendo, desde las escaleras, con el niño en brazos, azuza la pelea.

¡Agua! ¡Agua! ¡Más alguaciles! ¡A ellos, que aquí morimos!

Los de la ronda no tienen tiempo de reaccionar. Empujados por la horda que se les viene encima con toda suerte de objetos dañinos, retroceden hasta la puerta y de la puerta a la plaza, donde la luz de las candilejas proyecta sobre las piedras la sombra de los naranjos. La turba, desordenada, incontrolable ya, siguiendo el impulso de los empellones, los sigue hasta la calle, incluidos los del cardenal, que aguantan en medio del avispero recibiendo estocadas, banderillazos, puñadas… Don Mendo, desde las escaleras, aprovecha para subir a sus aposentos y encerrar al niño bajo llave. Luego baja apresuradamente y corre hasta la calle. En el mostrador se encuentra a don Antonio, con la daga en la mano, sin saber qué hacer.

Pardiez, don Antonio ¿no veis lo que pasa? Seguidme a la puerta, y por el amor de Dios, pinchad, pinchad sin contemplaciones.

En la plazuela la reyerta es generalizada. Los del cardenal, ahora con más espacio, se defienden en un círculo estrecho de la cuadrilla del Niño del Corral; los alguaciles resisten las embestidas de la tuna, cada vez más feroces. Pero a don Mendo le interesan los del cardenal y se suma a la cuadrilla del Niño. Navaja en mano, por la espalda, la clava por debajo de la quinta costilla. Es su especialidad.


-¡Hijo de mi alma! Que susto me han dado esos perros, gracias don Mendo, nunca podré pagarle lo que usted ha hecho por nosotros.

Ven Alberto que doña Tesa ha hecho sopa de ajo con huevo y algo caliente cerca del fuego te ayudará a reponerte del susto.

¡Bandidos! ¿qué buscaban? (seguramente saben quien soy y algún desalmado ha querido raptar a mi hijo para pedir rescate al Conde de Ureña mi esposo).

Don Mendo que valiente es usted, no esperaba menos de un caballero de su arrogancia.


Elena, miraba los ojos negros de don Mendo y se transportaba al pajar, aunque en la taberna había otras mujeres que acaparaban la atención del hombre que la había besado como nadie lo hubiera hecho antes, aquellos si eran labios y no la boca escurrida del Cardenal Cisneros.
Las mujeres de la hostería coqueteaban con don Mendo descaradamente mientras él se dejaba querer y atendía a todas, abrazando a unas y otras iba dando palmadas en sus traseros.
De vez en cuando, Elena notaba como le clavaba la mirada desde lejos y la penetraba como una daga.
Buttarelli, subido en un taburete entre la humareda, hacia ademanes para que la gente prestase atención a la noticia que estaba presto en anunciar.
-Señorias, damas y caballeros, la hostería se enorgullece de hacerles saber que acaba de llegar un emisario con la noticia de que mañana va a pernoctar en nuestra humilde casa el Cardenal Cisneros y su séquito.
Espero, sea un honor para todos ustedes cruzarse en el camino con su señoria, ya podrán contar a sus nietos dicha coincidencia. Esto sólo pasa una vez en la vida
.
El escandalo de aplausos y risas era de órdago ¡el Cardenal Cisneros en persona!
La cara de Elena por un momento se llenó de tristeza, ella, sólo tenia ojos para don Mendo.
Don Antonio no se encuentra en la Hostería. Parece que momentáneamente ha abandonado y a don Mendo este hecho le preocupa, por encima de mozas y Elena. Al rato aparece con la vestimenta mojada y los cabellos empapados en sudor. Advierte entonces don Mendo que en sus zapatos lleva una gota de sangre.
Válgame Dios don Mendo, ¿qué cree usted que me ha pasado? Dos tipejos me han perseguido, ni siquiera me dio tiempo a saltar de mesa en mesa. Apenas es turba se echó sobre nosotros se fijaron en mí, no sé porqué. Me acorralaron allí en aquel rincón y como no vi otra, me puede abrir paso arrojando lo mejor que supe una silla a sus pies corrí hasta la puerta de la calle y allí me eché a correr como liebre perseguida por galgos. Más vueltas que una polilla a un candil he dado yo a la plaza. Y cuando de correr los cansé volví buscando la querencia, como animalillo inocente. Al cabo, que me he dado cuenta de que he perdido la daga, ¿cómo ha sido esto posible? Quizá me pesara.
Ozú, Rafaelillo, valiente tarascada me propinaron esos alguaciles, deja que el aliento se recupere en mi alma, porque no corro tanto de aquél día de gloria en Valencia...
¿Día de gloria, dice usted maestro? si ese día casi tiene que ajusticiar al toro el alguacil con su pistolon, anda corra, corra, que como nos alcancen esos miserables no vamos a tener días para pagar en galeras la cuenta y el destrozo ocasionado en la taberna
¿Y los demás? ¿donde están?
Los demás deben estar aguardando ya en Triana a que lleguemos, pero no se entretenga, corra, corra...
¡Ay, Rafaelillo! , que una figura del toreo tenga que huir como vulgar delincuente...
Ya vendrán tiempos mejores, Maestro, que no esta hecha la miel para la boca del asno. Pero, por el alma de su madre, corra, corra, que oigo carreras tras nosotros...
¡Detenerse, malas víboras!
Se lo dije, maestro, hay viene Carrincho, y como no se me apure usted ajusta cuentas con nosotros antes de que cante el gallo.
Esta bien, mi fiel banderillero, corramos, corramos....
¡No se librareis de Carrincho! ¡No corráis, bellacos!
Mientras tanto en la Hostería todo parecía volver a su cauce tras el acontecimiento anunciado por Cristofano Buttarelli, las rameras revoloteaban en torno a los señores que quedaban recibiendo a su vez las disculpas del tabernero, y los camareros recomponían el atrezo de la hostería.
A ver don Mendo, deje de flirtear con esta lagartona recién desembarcada y ajuste sus cuentas con una hembra como yo. Ni el torero, ni su cuadrilla han hirvanado cuentas con nosotras y yo no me alcobo sin restregón de macho y bolsa con reales en mi corpiño. Así que haga el favor vuestra merce de acompañarme a la alcoba y saciar mis necesidades, ¿o es que no le gustan estas gracias que pongo en su plato...

martes, 21 de abril de 2009

Capítulo III. ¡Alegría, alegría! Que paga don Mendo.









A fe mía, mi buen Don Mendo, que lo único que debería pagar usted a estos bárbaros es el viaje del barquero Caronte. Mírelos como comen y beben con la boca abierta. Mozas piden, cuando ni burra merecen. También le ruego que no hable así de Elena, que si usted tiene bajos instintos, a mí con el celibato, se me vuelven subterráneos. Mire, mire como beben, mire aquel banderillero como le chorrea el vino por el cogote. O aquel otro, más entrado en pringues que en carnes, mire como salpica al hablar.Y ese Niño del Corral con esa nariz no le queda sino resfriarse. Señor Don Mendo, estamos asistiendo a un milagro invertido, pues ante nuestros ojos vemos como una limpia hostería se torna una sucia pocilga. Mire, mire…


Cuán ciertas son vuestras palabras, don Antonio, va a salirle caro al conde el empeño de salvar al chico, que no piense usted que esta juerga la pagará mi bolsa. Cómo comen y beben, pardiez, si parecen lobos de los bosques atacando en manada las viandas de las bandejas. Mirad al torero cómo muerde las longanizas, ni las mastica… y qué dientes. ¿Las narices, dice vuestra merced? ¿Habéis visto los dientes? Ahora tengo por cierto que éstos no son hombres del cardenal, que aquéllos no arrastran hambre, tan sólo malas entrañas. Y vive Dios, cuán gritan los malditos. Y las guitarras, y las panderetas, y las castañuelas, y los cantes… pero por el amor de Dios, ¿qué hacen con doña Elena de Constanza? Que la arrastran del mostrador en volandas y se la pasan unos a otros a empellones como si fuera una bota de vino. ¡Qué carnes tiene la condesa, don Antonio! ¡Qué corpiño!


Y las mozas que ha traído Buttarelli, ¿habéis visto las mozas? Seguro que las habéis visto, y antes que yo, que vos con el celibato arrastráis en la entrepierna tanta hambre como estos pendencieros en el estómago. ¿Decís vos que salpican al hablar? Y al beber y al yantar y al despotricar, que más que personas parecen las fieras que dicen lidiar. Y a doña Elena parece que le gusta el trato, vive Dios, qué damas tan casquivanas y alegres hay en la corte. Si viera esto su esposo el conde. Y mirad, mirad qué soltura en los bailes. Y vos en el convento, rezando a maitines con los frailes para que luego os muelan a palos. Remojad el gaznate y disfrutad, y no perdáis de vista al zagal, que duerme en la mesa como un bendito. Dios santo, esto ya es un lupanar. ¿A que echan la hostería abajo?


Pssssh! ¡Callarse, vuestras mercedes! ¿no escuchan esos soniquetes de panderetas y cánticos de andar nocheniergo?, Buttarelli, digale a esos estudiantes que entren, que don Mendo está ansioso por disfrutar de una inolvidable noche. Por cierto, don Antonio, deje de mirar el corpiño de Carmela que ya tiene nombre y apellidos, esa morenaza está deseosa de acompañar al maestro, aquí presente, a uno de los lechos que aguardan ahí arriba en los que las copa de cisco picón con alhucema van a ser testigos de una buena faena, jajaja .


Vamos muchachos entrad y disfrutar de esta fiesta que se ha montado en honor al Niño del Corral Cándelas, ¡Cantad, cantad! miren que pase de pecho, ¡olé!

¡Santo Dios! a usted lo quería ver yo maestro.

¡Hombre, Carrincho! (válgame san Cleto, que este tío se carga la noche) .Venga usted, amigo, ¿qué quiere usted tomar?

¿tomar, dice? a usted por el pescuezo, so aprovechao.

No se me ponga usted así, que se carga la janga Carrincho, ¿no ve, hombre, que estoy codeándome con gente bien y de alta alcurnia, y que estoy a punto de recuperar todo lo que le debo?

Casualidad, que cada vez que lo veo esté a puntito de ajustar sus cuenta conmigo.

¿Qué no me cree? mire. A ver don Antonio, ¿a que a este amigo, seguidor mío y de los mejores, no le puede faltar de ná esta noche?



(He tomado dos vinos y estoy mareada, si no salgo a tomar el fresco caigo rodando por el suelo¿ y qué pensarían los señores que miran mi corpiño con ojos de lobo?

Esta noche de luna llena tengo ganas de divertirme quiero bailar como una poseída, a ver si así olvido al Cardenal Cisneros. Al Conde de Ureña mi esposo y señor ni lo recuerdo ¡Qué desgracia la mía!)


-¿Usted por aquí don Mendo? ¿Se le ha perdido algo?

Venga aquí, novillero de tres al cuarto que por santa Olalla de Cala que lo despacho a punta de daga.

Pero, que hace hombre, ¿no ve que está llamado la atención del personal? Suélteme, hombre de Dios.


Del personal dice, insolente, el tal Antonio ni me ha mirado siquiera, y tal don Mendo a corrido a la calle a reunirse con una de estas fulanas de corpiño inquieto...


Cuide su vocabulario, Carrincho, cuide su vocabulario, porque en esta hostería solo se reune lo más granado de Sevilla y sus alrededores. Y beba hombre, beba, que la noche es larga.

Maldita sea mi estampa, está bien, llene ahí, pero por lo que más quiera no lo sume a cuenta alguna a mi nombre porque entonces lo degüello aquí mismo.


Tranquilo, Carrincho, tranquilo. ¡Buttarelli! llene aquí a este hombre, que es uno de los ganaderos más importantes del reino.

Déjese dar coba al difunto, déjese...


¡ Maestro!

¿Que te pasa, Rafaelillo? , disculpe Carrincho. Pero animal, no ves que de la ocupación hago carrera...



Déjese el artista de carrera y apresuresé en solucionar el asunto



¿De qué asunto me vines hablar, Rafaelillo, que ni el resuello recuperas?



De que va a ser, maestro, en el callejon del Agua estan las autoridades haciendo su ronda, y como esto no se disuelva, nos van a detener por alterar el orden del vecindario.



¡Venga, Rafael, con los miedos! , los miedos pá los malos toreros, que ante los pitones que me enfreto hoy no me tiemblan ni las piernas, bebe, hombre, bebe...



Aún no he perdido nada, señora, pero podría perder la bolsa, la cordura y hasta el pellejo, vive Dios. La tuna, ¿habéis visto la tuna? Lo que faltaba. Ah, qué fresca está la noche. Pero apetece ver la luna y despejarse de tanto tumulto. Por cierto, ¿no os parece que vais demasiado descubierta, señora? No lo digo por el relente, que se ve que sois bien fogosa, sino por la gente que para por esta hostería. ¿Habéis visto la cara del tal Carrincho, el que reclama la deuda al torero? A fe mía que si no salgo pronto me toca a mí pagarla. Qué personaje. Por cierto que vos parecéis distinta, más distinguida, con más nobleza, como si vuestra cuna fuera otra. (Ummm… Vive Dios que esta mujer despierta mis sentidos, violenta mis carnes y desata mis pasiones más dormidas, o mejor dicho, adormecidas. Cómo comprendo al cardenal. Cuánta lujuria desprende la dama. Qué carnes y qué redondeces, por la Virgen Santísima)

Permitidme vuestra merced que os cubra con mi capa, mi ánimo se intranquiliza sólo de pensar que el frío os agreda. Venid, mi capa no es muy amplia pero cabemos los dos, venid, señora, no tengáis cuitas mientras estéis con don Mendo de las Cuevas. Así estamos mejor. ¡Pardiez, que debéis ser bien joven a pesar de vuestras ropas! Vuestras carnes son bien prietas, señora. ¿No estaríamos mejor en la cuadra de Buttarelli, tumbados a lo largo en uno de sus pajares, lejos del mundanal escándalo de esta hostería, reposando de tanta juerga en la semioscuridad de tan tranquilo lugar, señora?



(Que el Diablo condene al torero y a su maldita cuadrilla, y al Carrincho y a todos los pendencieros borrachos que paran en esta hostería. A que se salen a la calle a pelear y me desbaratan los planes?)



Venid, señora, apresuraos, hacedme caso, que ya presto empiezan las puñaladas.




-Don Mendo, le Juro por la Virgen del Sagrario que en ese pajar me gustaría enterrarme entre sus brazos y revolcarme en esas pajas, pero nó eésta noche que tengo el corazón fuera de mis carnes y usted podría encontrarse con una mujer de hielo.

¡Ay don Mendo! Si usted supiera de mis cuitas quizás entendiera mis palabras.

Quizás en otro momento aceptaré gustosa la propuesta, perdoneme necesito retirarme estoy mareada, no ve como tiemblo, no se si es por el frió o el contacto de sus brazos que me dan escalofríos.

Don Mendo atrajo a Elena contra su pecho y apresurose a besarla con frenesí, los labios de Elena se dejaron llevar por la boca jugosa del hombre de la mirada penetrante.

De pronto, el ruido del galope de jinetes asaltaron la noche, gritos y la voz de un niño llamando a su madre.

-¡Mamaaa! ¡Mamaaa!

Albertoooo! Don Mendo es mi hijo, se lo llevan, corramos por Dios, corramos a buscarle.

¡Albertooo!

lunes, 20 de abril de 2009

Dos corazones y un secreto


Acercaos don Alfonso, tomad mi mano y con ella mi alma, que no hay bien más preciado sobre la tierra que vuestro amor. Haced vuestros mis labios y mi cuerpo todo que ya clama a gritos por vos, incapaz de resistirse un ápice a tan gentil caballero.
Más no os olvidéis que nuestro amor está sellado por el secreto a causa de este reino infame, que de sólo descubrirse, seremos dos en una tumba.
Mil intrigas se urden en castillo, mi señor, que no se quedará el infante don Juan Miguel sin su presa.
Más ¡Ay de mí! Que el destino del reino me empuja sin remedio a sus brazos viles y lujuriosos sin que mi corazón se atreva siquiera a imaginarme entre ellos. No seré yo, mi bienamado don Alfonso, quien alimente los fantasmas de tan ruin cortesano. No lo seré ni aún si me fuera la vida en ello, que muerta prefiero estar que sucumbir a sus apetitos.
Sólo vuestro amor me alienta y tensa mi lira con las dulces melodías de la vida. Esta vida que es vuestra porque yo os la he ofrecido, esta vida que ya no me pertenece y que pongo en vuestras manos y en vuestro corazón.
Mi señor, ¡Os pertenezco! ¡Tomadme! ¡Pues ardo en vuestra hoguera!

Capítulo II. Entrando en confianzas.




Don Antonio, ¿veis a ése que acaba de entrar con posturas de torerillo? ¿El que dice ser el Niño del Corral Candelas? Tranquilamente podría ser uno de los hombres del cardenal. Cualquiera de los que aquí están podría serlo, tal vez vos mismo, aunque no lo creo. Ese Niño del Corral Candelas no me da buena espina, tiene pinta de ser de los que gastan charrasca. Vos, seguid vigilando a la dama y al niño, yo me encargo del Niño del Corral, voy a ver si le sonsaco algo.

Por cierto, que tampoco me da buena espina la señora. Una mujer que se va a la cama con un cardenal debe ser peligrosa, ya sabemos cómo las gasta la Iglesia. Y cómo las gasta el cardenal. Según el esposo de la dama, su eminencia ha contratado mercenarios para eliminar a la criatura. A la criatura y a quien se cruce en su camino. Mala gente, don Antonio. Asesinos sin escrúpulos. ¿Vais armado? No, claro, si llevarais un arma la habríais vendido para alimentaros. Tomad una daga, y llegado el caso, usadla, no os dé miedo.


Mendo de las Cuevas se levanta de la mesa distraídamente y se acerca al mostrador, donde el Niño del Corral Candelas charla con Buttarelli.

¡Olé el arte de los toreros buenos, sí señor! Yo tuve la suerte de tocarle las palmas a este gran artista en Navarra. ¿Y Costillares? Costillares es un maletilla al lado de este maestro, Buttarelli, que te lo digo yo, que de toros entiendo lo mío. Saca el mejor vino que tengas en las bodegas y los mejores chorizos, que hoy tengo la suerte de brindar con el Niño del Corral, qué suerte la mía. ¡A la salud de vuestra merced, artista!



Elena, ha pedido a Buttarelli que le dé trabajo en la hostería, así piensa que puede pasar desapercibida, ignora la conspiración que hay en favor y en contra de ella a su alrededor.



-Gueno día don Mendo, aquí tienen el vino que ha pedio zu zeñoria y el choriso, zi quieren uztede comé argo má, en la cocina hay un pucherito que quita el zentio ¡amos!

Por cierto ¿uzte e andaluz? ¡No ze le nota mucho el azento !amos! (de donde será éste condenao morenazo que está como un cañon).

Y uzté torero no le da pena matá a ezo animale, que doló maz grainde, matá a eza pobre beztia, zi ya ze que uztede me van a coger tírria por decí eza coza, aquí en andalucia ez un arte, y digo yo, porque uztedes no torean al torero.

¡Vargame Dió y la Zantizima Virgen! Yo juro por miz muertos que zi yo puiera en Andalucia no ze mataban más bichos de ezos con cuernos. Ezo e un zacrilegio miren uztede y ezo que eza palabra yo no la conoizco ziquiera, porque yo me crié en er campo con mucha vaca y caballo y juro que no ze leer ni ezcribir, ni entiendo de ninguna otra coza que trabajá.

(¡Toma ya el galgo! por si creen saber algo sobre mí con esta entrevista los he dejado Caos, los ojos de don Mendo me escudriñan y me siento desnuda ante su mirada penetrante y el torero con cuerpo de sardina tiene unos labios generosos donde una se perdería, se ven buenos mozos por ésta hostería, lo que se están perdiendo mis amigas de la corte Carmen y Martina que de aburridas con maridos gordos que ya ni furulan, necesitan ser amantes de criados y jardineros. Cuando les cuente lo que hay por aquí se les pondrán los dientes largos, como si las viera me dirán: ¿Mujer por qué no nos avisaste? creerán ellas que aquí las palomas mensajeras están a la orden del día).



¿Sospechar de mí Don Mendo? Me reiría si humor me quedase en el cuerpo. Sí ya me da temor de esta daga. Seguro que acabaré cortándome un dedo. Yo vigilaré. Pero si la cosa mala se torna, no espere de mí otra cosa que el saltar de mesa en mesa como gallina perseguida por zorra. Y no me apura reconocerlo pues prefiero ser honrado y cobarde, que mentiroso e igualmente cobarde. Pero os prometo que si ese Niño del Corral, (por cierto, de nariz superlativa), se moviera en toda la hostería reinaría el desconcierto, pues ni una mujer pariendo se atrevería a dar más gritos que este triste pecador.




(Pardiez, ¿será el vino? ¿Pues no tengo el barrunto de que doña Elena me mira con lascivia y deseo? Y qué buena moza, y qué carnes más prietas. Vive Dios que tiene buen gusto el cardenal, aunque no conozco cura que no lo tenga. Y vestida de posadera, con ese corpiño ajustado… pardiez, mejor pensar en otra cosa)

Gracias, señora, por el vino. Y por cierto, los toros de lidia, como los canallas, están nacidos para darles muerte, si bien es verdad que los toros también para comerlos. Y aquí tenéis a un maestro hecho y derecho, un mataor de primera que rebosa arte por los poros, sí señora, que yo lo ye visto torear y los vellos se ponen de punta. Servidle vino, si os place, que para eso estamos, para hacer honor a tan ilustre figura del toreo.


(Vive Dios, qué corpiño, madre míaaaaaaaa)


Gracias a vuestras mercedes, por tanto elogio y piropo. Brindo por ustedes y por que tengan la ocasión de verme lidiar muy pronto por uno de los cosos de por aquí abajo.

Ahora os pido, buen tabernero, que repartáis una convidá pá to el que guste compartir barra con el Niño del Corral Cándelas, y si hay en la Hostería alguna buena moza que desea que le susurre al oído como se briega con una fiera de quinientos kilos, aquí estoy yo deseando de darle las oportunas explicaciones. ¡llena Buttarelli!


(Pardiez que es fresco este Niño del Corral, que lo invito yo a él y él invita por mi cuenta a toda la taberna. “Repartid una convidá pa to el que guste”, dice. E inocente en apariencia, que ha llamado a Buttarelli “buen tabernero”. Buttarelli no lo es, hasta los santos del cielo lo saben, pero doña Elena… vaya con la amante del cardenal. Si sigue aquí una semana hará rico a este rufián)

Don Antonio, venid aquí si os place, que vais a conocer a un artista del toreo. Por cierto, del Corral, disculpad la indiscreción, ¿cuál es el motivo de que honréis este antro con vuestra presencia? ¿Os ha recomendado alguien la hostería del Laurel?

¿Recomendado, decís? , no hay plaza en la que haya derramado mi saber y maestría, en la que no se hable en sus patios de cuadrillas de otra cosa. Dicen que son mágicas sus noches y que acuden aquí las mejores doncellas de la comarca. Y aquí, sabe Dios que estoy para glorificar aún más la fama del bendito antro laureado que regente este tabernero regordete con tan poco salero. ¡Buttarelli! llena que andan loco por invitarme. ¡Miren los señores que natural! , ¡ oleeee! , ¡Buttarelli! ¿donde están las hembras que te han encargado? , que la noche sea mágica y que triunfe en esta plaza de primera en compañía de buena cuadrilla, jajaja

Qué barbaridad, ¡vive Dios, qué arte! ¡Qué equilibrio en la muleta! ¡Cuánta gracia, salero y temple burlando al morlaco! Pero, del Corral, no es indiscreción, pero a fe mía que un talento del toreo como vos debería venir acompañado de cuadrilla, al menos de un sustancioso equipaje, a mi parecer. ¿Dónde está vuestra cuadrilla, del Corral? Que me muero de ganas por servirles vino y partirles queso y darles chorizos. ¿No os parece, don Antonio?

(A fe mía que ahora va a querer que corra yo también con el gasto de las hembras. Bien cara va a costarle al señor conde la vida de este zagal. Pero lo importante es que este pájaro enseñe el plumero, si es que lo tiene, que no termino de fiarme mucho de este artista)

(Albricias no puedo dormir, me desvelo, tengo la sangre envenenada de deseo, cuando aparezca el Cardenal Cisneros, aquí mismo cae en este camastro como un tórtolo, qué sabrá él lo que es dormir junto a un cortesano insoportable, bien me decía: "Elena, no pierdas a tu esposo hija mía" ¡que humillación! escucharle decir: "Elena yo te adoro, mi pasión por ti no tiene limites" Mentiroso, hijo de serpiente, ¿qué has hecho de mí que no puedo pensar en nadie más? Sé lo que has hecho, bien lo sé, hacerme el amor como ninguno y el precio es éste, verme arrastrada por tu pasión, fugada de mi castillo, sirviendo como una campesina en la hostería, esquivando las manos de los mozos en el trasero cuando les sirvo el vino, todo esto lo soporto por vos mi señor Cardenal y si tuviera que pedir limosna lo haría, desgracia grande la mía no poner mis ojos en otro).

domingo, 19 de abril de 2009

Contestación de don Alfonso a Isolda

Mi Señora, no digáis tal cosa que mi corazón se escuece a los rayos del sol que destilan vuestros ojos. No he de beber vuestras lágrimas porque no permitiré que afloren desde el manantial cristalino que se esconde entre vuestras pupilas.
Más sí he de beber vuestros besos, ambrosía que ni los dioses conocen. Dulces brevas del alma vuestra que en mi boca se hacen miel y canto.
¡Sí, Isolda! ¡Os amo, mi Señora y mi Vida! No debéis suplicar por lo que mi corazón grita a los cuatro vientos, no dejéis que vuestro amor por este humilde caballero os nuble la razón. Pues antes moriría ahogado en el caudaloso mar de la incertidumbre que veros presa de la súplica traicionera.
A vos os digo mi amada Isolda que no existen los avernos estando a vuestro lado, los huracanes cambian de rumbo y las marejadas me elevan hacia lo eterno.
¡Os amo con la pasión de un volcán!
Vuestras son las estrellas y mis labios que os besan perdiéndose en el tierno remanso de vuestra boca.

sábado, 18 de abril de 2009

Monólogos de Isolda

¿Es que no veis el sol, caballero, que mis mejillas arroba ante vuestra presencia y valor?
¿O creéis acaso que vuestra espada sólo acalla los ecos de una garganta cortada?
¡No! Yo os digo mi señor que si este sol dejara de brillar, el rojo de sus rayos vivirían por siempre en mis mejillas solamente por nombraros…
¡Levantaos! ¡Vive Dios! No hinquéis en tierra vuestra rodilla, porque al veros yo hincaré las dos.
Decidme os lo pido, la palabra santa, la que trueque el abismo de mi vida en pos de los sueños que por vos atesoro.
¡No calléis! Las barbacanas se poblarán de saeteros pero mi alma os traerá hacia mí con las límpidas alas de la vida.
¡No calléis! ¡Decidme que me amáis! Y se alzarán los puentes levadizos dándoos paso al castillo de mi gloria.
Bebed de mis lágrimas si queréis, pero también bebed de mis besos…

jueves, 16 de abril de 2009

Capítulo I: Los nuevos visitantes



Hasta esta hostería han conducido mis pasos, mi nombre Antonio Sotavento de Altavela. Arzobispo de los desventurados. Si alguien pudiese leer mis pensamientos, si ese milagro se obrara, sabría bien quién soy. Tal vez así alguien se apiadaría. ¿Y quién soy me pregunto? Acaso queda algo de mí en este traje de hombre. Sé lo que fui: el hijo pequeño de un mayorazgo. O sea, nada. Porque a mi hermano mayor le dieron tierras y casa, a mi hermana un buen marido, viejo, pero bueno. Al otro que me sigue un molino y una yunta. Y sin embargo, a mí querían que me acogiese a un convento, dándome a entender que de nada que haya de preocupar a un hombre, y su entrepierna, habría de faltarme.

Pero nunca quise jugar con esos naipes porque acaso supe que estaban marcados, y porque tengo mal perder. Y por eso preparé mi hatillo creyendo encontrar en el mundo la aventura. ¡Ay! Aventura. No salí de Córdoba cuando vinieron dos alguaciles a mi encuentro y sin mediar palabra me dieron tantos palos que cuando pude verme parecía una muñeca engordada con trapos. Engrilletado y sediento de explicaciones. Mas cuando pude tenderme en mi jergón, no sin miles de quejas, me vi sembrado de chinches que echaban raíces hasta en mi pensamiento. Y durante un mes estuve allí, hasta que la justicia, que es tan ciega que vino a tropezones, quiso liberarme. Pidiéndome cien perdones que no vinieron a devolverme la muela perdida.

He estado buscando trabajo, pero en ningún lugar me dan, acaso será por mi frente tan blanca o por lo bien que se ajusta el pellejo a mi esqueleto. Pero gracias a Dios, hasta hoy día no se me ha pasado ni por el filo de mis pensamientos el regresar a mi casa. Mis pies como por encanto me han conducido a esta hostería porque aquí quizá encuentre algún capataz u hombre que se apiade y me de algo de trabajo porque quiero embarcarme a las Indias con el propósito de hacer allí fortuna y demostrarle a mi padre lo digno que soy o… morir de fiebres.

He pedido un poco de vino y algunos duelos y quebrantos, que hace días que no como y con el agua de las fuentes me mantengo. Por suerte, nadie sabe quién soy y ni qué pienso. Doy gracias a Dios por esa gracia, porque por no tener no tengo ni con qué pagar y sospecho que nadie se va a apiadar de mí.

Pero por Dios, don Antonio, ¿cómo puede mantenerse un cuerpo sólo con el agua de las fuentes? Si nuestro Señor hubiera dispuesto eso para sus criaturas, no habría creado la comida, ni los vinos, ni los otros placeres de la carne, los que vos llamáis de la entrepierna, vive Dios.

Buttarelli, preparad un pollino asado y algo de vino para nosotros, y buen pan. Venid, viajero, sentaos a mi mesa, no os preocupéis por el pago, yo me hago cargo, y comed, comed y contad, que os veo estragado y flaco, blanco como la leche y huesudo como el rucho de un gañán.

¿Decís que queríais embarcaros para las Indias? Yo he estado allí dos veces ya, y dos veces he vuelto, no os aconsejo el Nuevo Mundo… a menos que os persigan las justicias, en cuyo caso…

Pero vos y yo tenemos algo en común, por lo que entiendo, y es el mal perder. Ahí os doy la razón. Yo tengo mal perder y muy buen ganar, como cualquier hijo de cristiano. Y hablando de ganancias, si buscáis trabajo yo puedo ofreceros algo que quizás pueda interesaros, don Antonio, aunque os veo triste y poco decidido, no sé…


Ah, ya está aquí Buttarelli con el pollino. Vive Dios, qué buena cara tiene. Comed, comed y no os preocupéis, puede que cuando estéis más repuesto me aventure a proponeros el trabajo del que os hablo, don Antonio. Por cierto, podéis llamarme Mendo, Mendo de las Cuevas.


Permitidme que os cuente, noble caballero. Pues aunque pobre, aún guardo mis modales. Eso por eso que usted no ve como arremeto como una fiera a este pollino, que no es otra cosa que gloria bendita, Dios me perdone la expresión. Ya que tan hondo cae esta carne que pareciera piedra en pozo vacío, pozo vacío que no ve cómo llenarse. He de advertirle que aunque joven y dispuesto para trabajo, no sé hacer nada, pues así lo dispuso mi crianza y salvando algún cántico religioso y alguna meliflua canción, poco sé hacer salvo perseguir a las mozas. Pero de esto último me guardo mucho, pues he hecho promesa de guardar celibato hasta no verme con una hacienda capaz de competir con mi hermano mayor, al cual quiero mucho tanto como con él rivalizo. Y mis propósitos no son otros, que ganar lo suficiente para embarcarme a las Indias y marchar a la tierra de los patagones. Y hacer allí todo lo posible para conseguir mi fortuna.Sé que en esto, con buen criterio, usted verá cuesta empinada o barranco insalvable. Pero yo, que ahora me sacio y como y bebo y sonrío, veo mis propósitos muchos más cercanos. En tanto que entré en esta hostería con dos pies en la tumba y ahora camino hacia una nueva vida. ¡Proponga, proponga! Que yo haré todo lo que se me pida, pues si bien le he dicho que no sé hacer trabajo alguno, también todo lo quiero aprender.Señor Don Mendo, permítame la sutileza, confianza o como tenga usted a bien llamarle. Pues en donde veía molinos ahora veo gigantes y en donde debiera ver un padre con su hijo veo dama en su sonrisa compartiéndola con su crío. ¡Oh, Dios mío, qué golpes no me dieron los cordobeses que han nublado mis sentidos!

La carne siempre cae honda cuando hondo es el vacío, don Antonio, pero no os preocupéis por comer. Comed, comed.

Buttarelliiiiiiiiii, traed otro pollino, vive Dios.


¿Y decís que habéis hecho celibato? Por la Virgen Santísima, ¿a quién se le ocurre, buen hombre, semejante disparate? La carne está hecha para la carne y el espíritu para el espíritu, confundir ambas cosas es un craso error; pero en fin, allá vos, a mí desde luego, nunca se me ocurriría tal despropósito.


Pero a lo que vamos. Os veo triste y con necesidades. También os veo buen hombre, de buen corazón, aunque no sé si con el coraje suficiente. Veréis. Decís que pretendéis reunir hacienda, cosa difícil en los tiempos que corren. Pero podríais reunirla, y grande, si hacéis caso de mis consejos.


¿Veis la dama que ocupa aquella mesa, la que va con el zagal? Bien, os voy a contar una historia. Ella es la esposa de un importante personaje de la corte, disculpad que no os dé su nombre, y el niño es hijo de otro importante personaje, muy cercano a su alteza, demasiado cercano y demasiado poderoso, pero no es el hijo del esposo de ella. Quiero decir, como ya habréis entendido, que el hijo que acompaña a la dama es ilegítimo. ¿Quién es su padre natural, preguntaréis? Sólo voy a deciros que también hizo como vos voto de castidad. Ya sabréis el hombre. Un personaje muy cercano a Su Majestad y de su máxima confianza que haya hecho voto de castidad, ya podéis imaginar quién es. ¿Me entendéis? Bien.


El caso es que su padre natural, el cardenal, hablemos ya claramente, quiere eliminar al niño, por razones obvias, como comprenderéis, pues la dama ha salido díscola en todos los aspectos. Pero su padre adoptivo, por decirlo de alguna manera, quien conoce toda la historia, quiere salvaguardar la vida del niño a toda costa. ¿Por qué? Sencillamente porque carece de heredero, vaya, que no sirve para engendrar, y si el niño muere, gran parte de su fortuna iría a parar directamente a la Iglesia, o lo que es lo mismo, al cardenal, al mismo que le ha causado la afrenta.
Este distinguido señor me ha encargado proteger la vida de ese niño. Os advierto que su madre es desconocedora de todo, pues ama con todas sus fuerzas al cardenal y no quiere estar con su marido, qué le vamos a hacer, cosas de mujeres, don Antonio.


El cardenal ha encargado el trabajo de eliminar al niño a unos sujetos sin escrúpulos que acaban de llegar de las Indias y que, mediando oro, se han ganado la confianza del cardenal, ya sabéis cómo son los curas, vos que casi lo habéis sido.
¿Qué pinta vuestra merced en todo esto? Por desgracia estoy solo. La fuga de la madre y el hijo se produjo anoche mismo y aún ando, digamos, reclutando gente. Si vos me ayudáis en esta empresa no os arrepentiréis. Si oro tiene el cardenal, más tiene la persona de quien os hablo. ¿Qué debéis hacer? Muy sencillo: vigilad a la dama, ganaos su confianza y no la perdáis de vista en esta hostería. Yo tampoco la perderé. Si el niño sale con vida de ésta y puede regresar sano y salvo con su padre, os aseguro que no os faltará ni hacienda ni los favores del rey. Pensadlo.
Buttarelliiiiiiii… ¿Viene o no viene ese pollino?



miércoles, 15 de abril de 2009

AVISO

Cristófano Buttarelli, dueño de la Hostería del Laurel,
anuncia a su clientela que en breve acaecerán en este local
sucesos de ver y no creer. Se espera la llegada a puerto
de varias naos procedentes de las Indias, así como de otros
lugares del orbe conocido, y de muchos viajeros
de distinto pelaje y condición que contarán historias increíbles.
Esta hostería estará abierta al público las 24 horas del día.
El beber, el yantar, el dormir y el charlar son únicos en este sitio.
Entren y dejen su historia sobre la mesa, por ello no se cobra
.

Lamentos por la partida de mi Capitán - Liliana G.


Tristes lloran las campanas. Ding Dong, Ding Dong,
están llorando las campanas porque he perdido
a mi Señor.
El Capitán Escarlata se ha ido por esos campos de Dios
tan igual a las campanas, tan igual he quedado yo.
Dónde os habéis ido caballero que habéis apagado mi sol,
dónde os habéis ido con mi luna, compañera del dolor.
De los Viejos Tercios del Rey os habéis llevado el color,
más me dejasteis indefensa sola y triste en el albor
de nuevos días tan amargos como el mismo amargor.
Yo os había entregado como prenda, mi amor,
mi escudo os habéis llevado más no me he ido yo
que en castillo he quedado vertiendo lágrimas por vos.
Las barbacanas vacías lamentan tu ausencia Señor,
el foso se ha secado, de las almenas brota un clamor
que os llama en mi nombre a viva voz:
¡Capitán Escarlata os habéis ido más no habéis perdido
mi amor!
Y en el fondo de mi alma, allí donde os guardo a vos
también tañen las campanas acompañando mi dolor.
Os buscaré en las estrellas, os buscaré en cada rincón,
no dejaré de buscaros hasta encontraros…
¡Vive Dios!

martes, 14 de abril de 2009

Capítulo XIII: Rumbo a las Indias


¡Allí don César! Ya veo la arboladura del San Vicente.
¡No desfallezcáis capitán Perottinni! Poco trecho nos separan de nuestra libertad. ¡Corred por nuestras vidas!

Con un último y descomunal esfuerzo el trío llega exhausto a la planchada de la nao donde es socorrido por el capitán Fuste y sus hombres. Perottinni cae desmayado y es rápidamente depositado sobre un camastro para ser atendido.

Don César, quien ya no puede sostener el peso de su amada merced a la agobiadora carrera, la baja suavemente como quien manipula un cristal presto a romperse y con un dulce y tierno beso le susurra al oído esas palabras mágicas que sólo un hombre enamorado puede decirle a su mujer…

Ya hemos llegado, Vive Dios, la Virgen de los Mareantes ha estado con nosotros. Y vos, Fuste, ¿os acordáis de Perottinni, Luiggi Perottinni, el de arcabuceros? Pues es ése que está en la camilla. Y no busquéis más la dentadura incorrupta del capitán Menéndez, aquella que buscaba todo el tercio, él la tenía. Cuidadlo y dadle buen caldo cuando despierte, y por todos los santos del cielo, no consintáis que se acerque a esta dama. Partid cuanto antes, Fuste, que nos sigue el Santo Oficio.

Fuste, descompuesto, mirando a todos lados, sube a la nao y la emprende a voces con los marineros, que se afanan en soltar cabos y levar anclas. La mañana sevillana es celeste como el recuerdo de la playa en el sueño de Christiane, que yace dormida en otra camilla, sobre cubierta. Poco a poco, tan lentamente como sopla el viento en el puerto, tan trabajosamente como las lanchas ayudan al San Vicente a zarpar, a golpe de remos, la nao se pone en marcha, entre las voces de los marineros y la bullanga de la gente que se agolpa en el puerto despidiendo a los viajeros. La marinería, en los empalletados o subida a las jarcias, agita pañuelos y clama a la Virgen rogando un buen viaje.

Desde popa, abriéndose paso entre la muchedumbre, Fuste ve llegar a la procesión con el Cristo que estaba prevista en la despedida. No es momento para procesiones ni hisopos de curas. Por el otro lado, de una forma más precipitada y violenta, ve también a un grupo de hombres que se abre paso a empujones. Al ver sus capas negras lo tiene claro: la Inquisición. Y apremia a los marineros, muchos de los cuales están buscados por diversas causas y ponen todo su esfuerzo en salir de allí cuanto antes. Perottinni, abatido en la camilla por el cansancio y los golpes, nublada todavía la razón por la reyerta y el vino de la noche anterior, de nuevo la emprende a gritos: ¡Mi espada, voto a bríos! ¡Mis pistolas! ¡Vivan los tercios…!

Pero ya es tarde para la Inquisición y para la venganza de Luiggi Perottinni. El barco ha zarpado rumbo a las Indias, a un mundo nuevo lleno de esperanzas y de peligros. Atrás queda la torre donde estuvo encerrada doña Christiane, el pueblo donde quisieron quemarla por bruja y su estirpe de sangre azul como el cielo, el pasado oscuro de don César de Ayala, los tercios, los mil lingotes de oro, la inquisición y la pierna incorrupta de san Agilolfo. Una puerta infinita como el océano se abre a los que apuestan por el amor y por la vida, por olvidar el pasado y galopar sobre el caballo de la libertad por las infinitas praderas del Nuevo Mundo.

lunes, 13 de abril de 2009

Capítulo XII: Al encuentro de la nao



Ja, ja, ja, par de pardillos! que pretenden ustedes con eso de los poderes sobrenaturales o paranormales o no sé que leches y de más sandeces de gran calibre, que pensaban que iban a librarse de Luiggi Perottinni, jajaja, insensatos no hay quién pueda con el poder que el diablo ejerce dentro de mí interior. Y digo a vuestras mercedes que he tenido todo el tiempo del mundo, desde aquella mala borrachera de mal vino por cierto, y les invito a que busquen bien en el interior de vuestros bolsillos y demás enseres, ¿A que no está?, jajaja, diantres, y mira que creía que el único que confiaba en mí era el bueno de don Cesar, pero, vosotros infelices criaturas de teatro barato me habéis subestimado y no me creían merecedor del botín, ¡pero almas de cántaro! si no he hecho otra cosa en mi vida que apropiarme de los bienes ajenos ¿de verdad creían que iba a marcharse de rositas una inmundicia humana, como yo?. Andad prestos y buscad, buscad, Que el venerado reloj tiene otro dueño, jajaja. Y no me sigáis porque puede ser que haya vuelto a cambiar de manos, no sé, en este mundo de víboras todo es posible, jajaja.




En la oscuridad del bosque, tras el hueco de la muralla, doña Christianne y don César se funden en un largo abrazo, pero cuando Ayala toma la bolsa que le tiende la dama, comprueba que está vacía.

Doña Christianne, me temo que hemos perdido el reloj. En la reyerta lo hemos perdido, a fe mía. La bolsa está vacía.

Pero don César oye voces y se acerca al hueco de la muralla. Desde él se ve la callejuela por donde han venido corriendo.

Vive Dios, doña Christiane, si el que está en la esquina es Perottinni. No perdimos el reloj en la reyerta, fueron doña Mariana y el forastero quienes os lo arrebataron y, ¡por la Virgen de los Mareantes! Parece que Perottinni se lo ha quitado a doña Mariana a punta de espada. Este Perottinni… en oliendo el oro. Qué más da, tenemos la bolsa llena y el San Vicente partirá pronto. La que se ha formado en la hostería, doña Christianne, os dije que ese Tenorio era peligroso, y doña Mariana de Altascumbres, por Dios, ¿la habéis oído?

Tras decirle que huyera con nosotros me ha llamado mujeriego, personajillo, promiscuo, pendenciero, egoísta y no sé cuántas cosas más. Hasta mano negra me ha llamado, pardiez, que será porque las cubro con estos guantes de cuero para amortiguar los estoques. Pero no os turbéis por el cansancio, dejad que os tome en brazos, hay que proseguir, debemos llegar a puerto a buena hora.

A través del hueco, en la distancia, a lo lejos, se oyen voces por la callejuela. Ayala ve a Perottinni a través del agujero. Ha sacado una pistola y dispara, parece que todavía alguien los sigue. Con doña Christianne en brazos, apura el paso hacia la espesura. A lo lejos, pero cada vez más cerca, oye al capitán de los tercios que sigue en sus trece. ¡Bellacos! ¡Miserables! ¡Vivan los tercios! ¡El alma os parto, canallas! Como si se batiera en retirada en medio de la reyerta, camino del hueco. Pero de improviso, don César se detiene en seco antes de seguir el camino.

Permitidme, doña Christianne, que os robe un beso bajo esta luna maravillosa de Sevilla.


El iluso de Perottinni se cree que pudo robar el reloj a MariAna, su embriaguez le hace ver doble como en tantas ocasiones, la maldad no tiene limites, pero es incapaz de tocar a MariAna y a Marco que han utilizado a estos rufianes para recuperar el tan ansiado y preciado reloj.

Hijos del santo demonio, atreverse a dejar maltrecho a un rufián como yo, pero que corran, que corran. Esos ilusos se han llevado la dentadura de mi difunto capitan que en gloria este envuelta en tela de terciopelo, jajaja, pero ¿ahora quién se mueve de aquí, ¡malditos hijos de la mancebía!

¡Dios santo! La dentadura incorrupta del capitán Menéndez. ¡Perottinni la tenía!

Por amor de Dios, don Cesar! socorramé y lleveme a algún lugar donde conversar, sepa vuestra merced que el conde Zapañesco me ha pagado bien el encargo del dichoso reloj y quizás podamos entablar negocios.

Seguidme presto, Perottinni, y que la Virgen nos acompañe, seguidme por esta trocha. No puedo cubriros porque llevo a una dama en brazos, pero podéis usar mis pistolas si nos siguen los alguaciles. ¿Os acordáis del capitán Fuste, también de arcabuceros? Pues él pilota el San Vicente, que parte hoy mismo para las Indias. Olvidaos del conde y escapad, ahora que podéis. Vamos, corred, seguidme, pardiez.

Venga lo que sea! pero hay que retirarse antes de que nos devuelvan las muelas podridas del capitan Menendez acompañadas de unas dagas para nuestros cuellos, por cierto, suerte la suya que mantiene las fuerzas intactas para pasear a tan exquisita dama en brazos, ¡quién pudiera! , y no que me veo aquí maltrechado y humillado por esos cualquieras a los que juro que tendré venganza segura en muy poco espacio de tiempo con ellos. ¿estamos muy lejos del san Vicente? ¿tendrán buen caldo en sus bodegas, verdad?