Como nadie en toda la hostería se presentaba para hacer de biombo, tuvo el pobre Casimiro a bien taparse sus vergüenzas. A Casiana tuvieron que echarla, porque ya no se controlaba. Tan humillado se encontraba que se dejaba hacer como cachorro en manos del amo. En un momento dado y viendo que las ropas se movían Santorcaz le encomendó a doña Rosario que tuviese a bien lavárselas, pero la mujer al ver removerse tanta fauna lo único que le vino a la mente fue echarlas al fuego, no fuera ser que contaminara la hostería, que por cierto bien contaminada estaba ya. En aquel momento se quedó el pobre cabrero con una mano adelante y otra atrás, además su taleguita con el dinero no aparecía por ningún sitio. El barbero sospechosamente y con la excusa de traer algún perfume se marchó quedando el pobre Casimiro como vino al mundo y de no ser por la chimenea, incluso congelado.
En la calle Santorcaz reía alegre, la bolsa del cabrero era muy suculenta y para él solito. Sin embargo, en la esquina una sombra grotesca le esperaba. Casiana le hacía gestos con el dedo, ven, ven, le decía. No, esta vez no sucedería como cuando los pavos. No se dejaría humillar. Pero para que eso no sucediera tenía que dar marcha atrás y volver a la hostería, no había otra salida. El barbero miró al cielo y vio una cosa curiosa… Los comentarios… no podía ser, qué dirían de él las voces. APM, Nirvana, Charly T, Draco, Angus, Marcos, Ro, Dora, CLsT, Linus… qué más le daba, llevaba mucho tiempo esperando una oportunidad como esta. No, las voces no le iban a hacer temblar. Quien le hacía temblar era Casiana que se estaba, por Dios que espanto, ¡levantando la falda!
- Está bien voces del otro mundo… pero que conste que yo me las busco engañando. De algo tengo que comer ¿no? Nada hoy toca ser bueno…
De ese modo Santorcaz entró de nuevo en la hostería con una recién fabricada sonrisa, como si en realidad hubiese ido por el perfume.
- Caballero… ahora voy a hacer de usted un Donjuán.
En el intervalo de tiempo que estuvo fuera, entre don Silvando y Juan el terrible, haciendo de su capa un sayo, le habían prestado algo de ropa a Casimiro. Y los demás clientes animados por tanta generosidad les imitaron, de ese modo quedó el cabrero enfundado en unos ropajes con los que parecía un hidalgo.
Santorcaz al verle tan bien puesto, estaba apunto de marcharse, total… ya apenas le necesitaba. Aún estaba a tiempo de largarse con el dinero…












