domingo 1 de enero de 2012

¡¡FELIZ 2012!!

LG

En este singular revuelo estaba la hostería que parecía un gallinero más que una digna posada en el camino.
Y hablando de gallinero, Fray Junípero seguía haciendo guardia a la bruja, esperando el milagro de un suspiro que esta estrafalaria mujer le pudiera arrancar a su santa humanidad; Salmorelli acaparaba la vista del resto de las mujeres que allí se encontraban, las santas y las de las otras, imaginaos, que a las gitanas se les caían los calcetines de sólo mirarlo; Pierrge Pandantieu, el pirgata… er… digo el pirata francés, que se babeaba de tanto mirar a la niña María de las Mercedes y esta que oxidaba con sus calores la cerradura de su cinturón de castidad… Si le agregamos a Manolo, el Malbaído, queriendo escabullirse de lidiar los seis toros de la ganadería de Pinchafierros, y a todo el cotorrerío que por allí se llevaba a cabo, no se escuchaban ni los pensamientos. Hasta que de repente el vozarrón de la mujer de Buttarelli hizo callar a todos:

-A ver si os llamáis a sosiego y me decís qué día os parece que es hoy… -Todos se miraron entre sí sin saber qué contestar, por lo que la matrona, erguida en una sola pieza y sacando tetas (que eran como las ubres de dos vacas juntas) se plantó en medio del corrillo y anunció:

-¡¡Hoy es el primer día del Año Nuevo!! ¿No os parece que deberíamos recibirlo con una fiesta? –Miráronse todos y cada uno de aquellos parroquianos y visitantes y al unísono gritaron un “¡SÍÍÍÍÍÍÍÍ!” encantados de la vida.

Buttarelli mandó asar un cerdo, dos pavos y un cordero. Personalmente coló el vino de la casa de uno de sus toneles, pues flotaban en él algunas cosillas que se movían y que daban qué pensar, luego llenó todas las jarras que había en su casa y ordenó escanciar a todos por su cuenta (pues le pareció un buen modo de quitárselo de encima sin echarlo al río).

Todo era algarabía y buen humor, a nadie le importaba si las gitanas bailaban flamenco sobre las mesas y con las faldas levantadas hasta el ombligo, o que Salmorelli y Manolo cantaran abrazados, fruto de los vapores del vino de Buttarelli, o que la niña olvidara el candado que guardaba su ama y se fuera acompañada por el pirata francés atrás del gallinero, el mismo donde el Fray exorcizaba a la bruja para sacarle el demonio del cuerpo, cosa que hacía con magistrales movimientos de cadera. ¡Y vaya que dio resultado! La bruja, encantada perdió hasta el nombre y quedó tan mansa como el cordero asado.
¡Bendito Año Nuevo!

Ya os diremos cómo acabó la cosa, por ahora os dejamos en pleno festejo y nos vamos a festejar también nosotros. Queremos desearos:

¡FELIZ AÑO NUEVO! DE TODO CORAZÓN
QUE SEÁIS FELICES.

viernes 29 de julio de 2011

Del pirata francés y el torero antitaurino

M.G.

De repente, de una patada la puerta de la hostería fue abierta y la luz se coló groseramente hiriendo los crápulas ojos de los parroquianos, algunos incluso dejaron escapar un ligero lamento. Una figura con capa y sombrero con pluma avanzaba firmemente, sin miedo, desafiante, calzaba unas botas de cuero que llegaban hasta la rodilla que eran la envidia de las gitanas las cuales se imaginaban a sí mismas solamente vestidas con ese calzado. Su sola presencia eclipsó a todos y las mujeres comenzaron a suspirar creyendo haber visto al hombre más apuesto del mundo. Aquel caballero posó una mano sobre su sable y con la otra acarició su grotesco bigote.

- Oh, la, la, mi nombrge es Pierrge Pandantieu, el pirgata, mi sola prgesenssia suscita agmirgassión, es norgmal, he viajadó porg los sinco margess y soy Frganssés ya lo habrgan adivinadó, he luchadó con los más ferrgoses enemigós y a todos he vensido. A las más hergmosas damas rgobé la honrga, duquesas, margquesas, ¡prginsesas! Tal es la vida de nosotros los pirgatass – súbitamente le arrancó un vaso de vino a un cliente y le dio un trago - Estáis de suergte, estoy buscando tripulación… - de pronto el trago cayó en el estómago como si fuese plomo líquido – y… maldito vino, qu´est que ce? Une merde du vin. Como venía contandó, busco a valientes, porgque con las últimas batallas hemos quedado mergmados. Para unirgse a mis hombrges tan sólo pido un módico prgesio, unas monedillas en conssepto de fianssa… pog las argmas y arggunos despergfectos que ha sufrgido mi bargco el glorgioso “L´Epitaph”. Pergo se puede considergar una pequeña invergssión, ya que tengo un tesorgo escondidó que rgobé a unos comergsiantes genoveses y pienso irg a buscarlo y compargtirglo con mis hombrges...

En ese instante echó un ojo a María de los Milagros y se quedó prendado, también vio al inquisidor y ambos se intercambiaron miradas de desprecio, observó al poeta que a su vez lo miraba con cara de curiosidad y por último a Manolo que le miraba intrigado. El resto de los feligreses esperaban que abriese la boca de nuevo ya que les parecía un tipo muy curioso, alguno incluso había contado su dinero y ya se preguntaba sí le aceptaría en su tripulación.

- ¿Usted y yo no nos conocemos?preguntó Manolo.

- Imposible caballergo, jamás se me hubiese olvidadó su enorgme cabessa. ¡En cambio! A usted bella joven sí la conozco, la he visto muchas noches en mis sueños, sí señora mía, yo condusco L´Epitaph, usted guía mi corgasón.

La joven era una manzana roja, no sabía dónde mirar. Ahora estaba segura de que esta noche de un modo u otro perdería el virgo, sí se lo regalaría al más ardiente.

- Oiga, me presento caballero, soy Esteban Dolores y este es mi… amigo Felipe Romero. Queremos formar parte de su tripulación, nos gustará luchar contra los poderosos para dárselo a los pobres, seremos bandoleros del mar.

- Pero señor, que yo no sé nadar – dijo Filiperro mirando el escote de María de los Milagros.

- ¡Mon Dieu! Aquí dos hombrges inteligentes, sí señorg.

- Y yo no soy muy bueno peleando, más bien jamás pasé de una simple discusión…

- ¡Calla, Felipe! No ves que la aventura ha acudido a por nosotros, esto es lo que estaba buscando.

- Bueno, espergen un momento que estoy hablandó con una señorgita y ahorga mismo les atiendo.

- ¡Señor este hombre es un pervertido! Nos quiere tender…

- Calla animal, no ves que lo único que quiere es hablar…

- Sí, eso dicen todos, luego cuando te lo hacen se van tan contentos.

Mientras tanto Manolo no dejaba de pensar, miraba su atuendo y trataba de lograr una explicación a tan pintoresco ataviar. Poco a poco, recordó que estaba en la panadería y que estaba haciendo molletes, de pronto se vio en la hostería… ¡La Hostería! ¡No podía ser! De qué modo, cuantas veces había escrito y leído las aventuras de aquel lugar y ahora allí se veía, miraba al francés y entonces, sólo entonces supo quien era…

- ¡Ahí está ese es! – gritaron unos recién llegados – prendedle.

Manolo se vio sujeto por dos tipos calvos y fornidos, y sin saber qué demonios querían de él.

- ¡Pardiez! Tal parece que quería vuestra merced escurrir el bulto – dijo un tipo barbudo salido del tumulto.

- ¡Yoooo! ¡Soltadme! ¡No sé de qué me habláis!

- ¿No? Acaso no sois vos Manuel García más conocido en el mundo taurino como Malbaío.

- Eso, eso jefe – decía un tipo bajito con cara de ratón – ¿acaso no lo es?

- Sí que soy Manuel García, pero yo nunca he toreado ni a una gallina, es más soy antiturino, an-ti-tau-ri-no.

- Pues entonces estaré equivocado… oh, qué mala suerte, resulta que tengo un contrato firmado por usted en el que se compromete a lidiar seis toros seis de la ganadería de Pinchafierros, toros muy bravos conocidos por los enviudadores, ¡contrato que por otra parte esta pagado en su mitad y la otra mitad al final de la faena!

- ¡Eso, eso jefe! ¡Al final de la faena!

- Miren ustedes, buenos señores, que se confuuuunden que yo no soy ese tal que a mí me dan miedo las cabras… además yo estaba tan tranquilo haciendo molletes…

- ¡Yo sí que le voy a abrir como a un mollete!

- ¡Eso, eso jefe como a un mollete!

- ¡Quieres callarte ya Padilla!

- ¡Eso, eso jefe callarte ya, callarte ya! ¿Qué pasa ese también se llama Padilla, jefe?

- ¡Vamos, llevémosle a la plaza o torea vivo o torea muerto!

Dicho esto Manolo enmudeció, casi a rastras se lo llevaron de la hostería.

Entre tanto, aprovechando cada segundo el Francés había sacado unas monedas a Esteban Dolores a cambio de admitirle y también había estrechado lazos con María de las Mercedes la cual a estas alturas tenía el cinturón de castidad un poco humedecido. Pierre comenzó a declamar en francés y ella suspiraba:

- Frère Jacques, Frère Jacques, Dormez-vous? Dormez-vous? Sonnez les matines. Sonnez les matines. Ding, ding, dong. Ding, ding, dong.

- ¡Oh ! Señor Panduro, es usted tan romántico.

- Me arrgastra hasta sus pies mademoiselle, es usted hergmossa como la luna llena de Escossia, ni tierrga natal.

- ¡Ohh! Es usted un caballero muy apuesto señor Panduro, pero yo soy una muchacha muy decente…

- No lo dudo, mademoiselle pergo no quiero sino amargla, he visto muchas mujerges y ninguna como vos, vuestrgas pestañas son sepillos y vuestrgos ojos… eh.. pomos…

- ¿Pomos?

- No, no, perglas, perlas asules y blancas… Oh, mademoiselle, si usted se viniese conmigo os hargía la rgeina del osseano, vuestrgo nombrge se conosergía porg todo el mundo, la rgeina pirgata, oh lo estoy viendo.

En ese instante a María de las Mercedes se le encendió un candil en la frente se giró y miró a los ojos a Pierre.

- ¿De verdad?

- Que me muerga si miento, que se abra la tierra y me trgague, que vengan la justissia a prgendergme.

- Pues, ¡ea! A la mierda el virgo, qué ya está bien.

Sin embargo, justo cuando la cosa se ponía enorme, se oyó un escándalo proveniente de la calle, el ruido invadió la Hostería y de entre la gente apareció la guardesa de la virginidad de María de las Mercedes acompañada de dos alguaciles.

- Ese, ese es el pirata que ronda a mi ama.

- ¡Tente preso canalla! gritó uno de ellos.

Pierre, quien llevaba pálido unos instantes debido a que la sangre se le había bajado a cierta parte, tragó saliva. Ahora no sabía qué decir, no se dio cuenta de que su mano había ido al sable dando a entender que iba a presentar batalla, no obstante, no llegó a moverse ya que Esteban Dolores se interpuso entre él y la justicia, sacando una navaja.

- Quien pretenda llevarse a mi capitán probará el acero toledano.

- Y quien ataque a mi amo se llevará un garrotazo en todos los morros, de madera de los acebuches de los cerros de Ventura.

domingo 17 de julio de 2011

CAPÍTULO X: CON EL TROVADOR Y SALMORELLI, EL MANOLO SE QUEDA DE BUTTARELLI

LG

Y estando Salmorelli sosteniendo a Gardenia con una mano, y con la otra, a punto de darle una estocada final en medio de la trompa desinflada de la bruja (¿os he dicho que en aquellos años, se aplicaban rellenos de bosta en lugar de botox? Que letra de más o de menos no le hace, salvo el olor que despedía…) cuando su vista se quedó prendada de la belleza de María de los Milagros, quien asustada, se mantenía detrás de su nodriza.

Mientras tanto, Gardenia se mostraba tal cual era, con su asquerosa estampa de michelines hediondos, pues el golpe que había recibido del Inquisidor había menguado la bosta de sus rellenos que ahora se desparramaba sobre el piso de la taberna de Buttarelli como si fueran las caballerizas del Manolo.
Y hablando del Manolo (que justo es decirlo, era tan buen torero como el Niño del Corral Candelas) en ese preciso momento entraba con gracia y garbo apartando a la guardia de la Inquisición, pero dándose de bruces con semejante escena, se paró en seco, y sacando un pañuelillo de seda, se tapó la nariz ante el nauseabundo olor que desprendía la bruja.
Acto seguido, Salmorelli, dio la orden de que encerraran a la impía en el gallinero de Buttarelli, eso sí, antes les dio la libertad a los plumíferos, pues no es de cristianos torturar a los pobres animalillos.

-¡Que Dios me ampare! Semejante bruja no cuenta ni en los lupanares –recitó Maese Carrasco en un rapto de lírica triunfal.

-Pues que nos ampare a todos, esta taberna quedó hecha un estercolero –sentenció el Manolo, que traía la capa roja sobre su hombro y el sombrero en la mano-. En buena hora he caído por estos lares…

-Lares, lares… ¿verdad que son muy particulares? –Largó el trovador, mientras todos lo miraban con ganas de zamparle un par de hostias.

Fray Junípero, en tanto, se ofreció para hacer guardia en el gallinero hasta el amanecer, pensando que tal vez la bruja tuviera ciertas urgencias, a pesar de que el fraile tenía muy poco de farola. Es que no se le quitaba de la cabeza, de ninguna… manera.

Pero volvamos a la escena principal. Acomodándose la ropa, el Inquisidor recobró su apostura, y dirigiéndose a María de los Milagros, que aún seguía con sus piernas de paréntesis, esperando que alguien tuviera el placer de ponerle una “coma”, hizo una reverencia caballerosa y le dijo:
-Bella señora… Salmorelli, para servirla –y depositó un beso en la lánguida mano de la niña.

Pero no os contaré de los acontecimientos posteriores, que esos serán la continuación de esta historia. Y agarraos que vienen curvas, porque las gitanas no desistirán tan rápido de perder a Salmorelli (aunque os digo algo, la Carmela le ha echao el ojo al Manolo… ¡Ay, el Manolo!

P.D.: Olvidé deciros que la imagen pertenece al gallinero de Buttarelli, allí donde Salmorelli mandó guardar a la bruja y donde no han quedado ni los gorriones.

lunes 11 de abril de 2011

CAPÍTULO IX: LA HOSTERÍA DE SORPRESA EN SORPRESA

LG

Estaban en ese silencio expectante cuando la puerta de la taberna se abrió de par en par para dar entrada a una mujer de edad indefinida, con aires de gran señorona, embadurnado su rostro con varias capas de pintura, presumiblemente compradas en Egipto (de esas que se usan para adornar a las momias). La barbilla en alto y la nariz apuntando hacia arriba daban cuenta de que la fulana derrochaba soberbia por los cuatro costados. Y esos costados eran bien amplios y carnosos, según el fraile podía comprobar con los ojos que se le metían en los michelines de la visitante.

-Buenas noches, caballeros –dijo la recién llegada, sin fijarse siquiera en las mujeres que había en la posada y con un rictus de maldad en la comisura de la boca-. Quiero una habitación en esta pocil… ejem… posada, pues debo hacer noche hasta primeras horas de la mañana. –Y mientras hablaba, clavó sus ojos de hiena en la figura angelical de María de los Milagros, quien estaba un poco incómoda, pues los herrajes de su cinturón de castidad le rozaban sus partes y ya no sabía cómo tenerse en pie, pues parecía que recién había bajado del caballo y el calambre le tenía las piernas separadas como paréntesis en un texto.

Todos miraron a la mujer, que iba vestida como para la boda real. Doña Merceditas, recelosa, tomó a su protegida de la mano y la llevó, escaleras arriba hacia sus aposentos.

-Qué pedazo de mujer, tanta carne es de no creer –recitó el poeta en el colmo del desborde lírico, mientras Fray Junípero se santiguaba para apartar los pensamientos libidinosos que se le agolpaban en su calva cabeza y más abajo también, pues la sotana ya había comenzado a levantarse como carpa de circo.

En esto estaban cuando un ruido ensordecedor de caballería, atronó desde las afueras de la taberna. No dio tiempo a que nadie saliera a ver qué pasaba, pues enseguida se escuchó que los caballos se habían detenido y sus jinetes se apeaban.
Una vez más, se abrió la puerta, esta vez con un estruendo feroz, pues quien la había abierto lo había hecho con tanto ímpetu que la madera rebotó dos veces contra las paredes. En el vano de la puerta apareció un hombretón descomunal: alto, fornido, tan buen mozo que no se podía creer, era uno de esos hombres que te hacen caer los calcetines y hasta las bragas -¡Mare mía!-. Estaba ataviado con ropas de inquisidor y en su pecho se distinguía la insignia de la Santa Casa. Cuatro guardias lo flanqueaban.

-¡¡Salmorelli!! -Exclamó Fray Junípero, sin dar crédito a sus ojos-. Pero Salmorelli, apenas le miró. Sus ojos eran ascuas encendidas cuando se posaron en la mujer que momentos antes se había presentado en la hostería.

-¡¡Bruja impía!! –Gritó el inquisidor-. Y tomándola por los cabellos le hizo besar el suelo con su morro, y ¡oh, sorpresa! Al voltearse, todos vieron horrorizados cómo la otrora tersa y gorda cara de la mujer se había transformado en pura arruga y sus labios se habían desinflado como por arte de magia.

-¡Gardenia! –Dijo, Fray Junípero persignándose, mientras todos los que estaban en la hostería lo imitaban. Las putas estaban entre aterrorizadas por la escena y babeándose por la poderosa y viril estampa de Salmorelli.
Ante semejante jaleo, María de los Milagros bajó corriendo las escaleras hacia la sala y se dio de bruces con los ojos del inquisidor, que al verla, cambiaron la ira que los embargaba por una mirada de intenso arrobo.

Mientras tanto, Gardenia se debatía entre las garras de Salmorelli echando espuma por la boca, y desagradables ruidos por otro orificio más pequeño pero más hediondo.
Todo se paralizó en la hostería. Lo mejor vendría después…

lunes 14 de marzo de 2011

CAPÍTULO VIII: FRAY JUNÍPERO Y UN ESBOZO DE GARDENIA (OJO, SÓLO UN ESBOZO)

LG

Miráronse todos sin saber qué contestar, pues temían la reacción del fraile, no fuera cosa que se pusiera a perseguir las cabras que en el corral tenía Buttarelli y las pasara a degüello a todas en su afán por acogotar a la bruja Gardenia.

-Ehhhhh, verá Padre, si supiéramos como dice vuestra merced que es la tal bruja, quizás le pudiéramos ayudar. Además, en esta honorable casa –dijo el tabernero santiguándose, y las putas lo imitaron-, no se permite la entrada de esas renegadas de Dios, pues el diablo llevan en el cuerpo y mediante la falsedad engañan.

-Veo que vosotros sois todos hijos del Señor, y así lo dejaré sentado para que la Santa Inquisición, sepa lo santa que es vuestra casa, pues si Salmorelli, "El Gran Inquisidor", llegara a saber que aquí está Gardenia, pues metería fuego hasta al mismísimo infierno con tal de acabar con ella..., Pero… ¡Huelo a bruja! ¡Huelo a bruja! –Gritaba el fraile como poseído.

-Dígame vuestra merced ¿y cómo huelen las brujas? Así le ayudaremos a buscarlas –aventuró Buttarelli con tal de que el cura cerrara el pico.

-“Las brujas”, nada, mi señor, he dicho “la bruja”, que en su maldad vale por mil y en su hedor apesta a bosta rancia. Ahora que os dije como huele, os diré cómo es, o por lo menos cómo la he visto yo, porque con las brujas nunca se sabe, cambian su aspecto según les convenga engañar a uno o a otro. Prosigo pues. Gardenia es del tamaño de un tonel de vino, por lo alto, por lo ancho y por los aros que la contienen. Su pelo, casi blanco, a fuerza de ser desteñido por su magia negra, enmarca una cara redonda como la luna de Valencia, pero a despecho de esta, Gardenia se ha inflado los labios y alisado sus arrugas ¿no pensaréis
que era una jovenzuela, verdad? Aunque ella se lo cree a pies juntillas. Dejadme continuar, no os arrepentiréis, pues en esto os va la vida. –Fray Junípero hizo un alto en tan fantástica descripción para tomar vino y aliento, luego prosiguió-. Tiene por piernas dos farolas, tal de robustas, y su cu…, ejem… sus posaderas, aplastarían a un elefante, sé lo que os digo porque lo he visto con mis propios ojos y palpado con mis propias manos…

El tabernero, su mujer, las putas, doña Merceditas y la niña virgen, abrían los ojos como platos ante tamaña descripción. Maese Carrasco apuntó:

-Jamás he de ser cómplice de semejante esperpento, yo os lo juro Padre, antes me jalo por dentro… -ante semejante torrente poético, los parroquianos que estaban en la taberna, no sabían quién estaba más desquiciado, si el trovador o el fraile, pero por las dudas callaron la boca y se dispusieron a seguir escuchando… no fuera cosa de que Gardenia apareciera nuevamente…

viernes 21 de enero de 2011

CAPITULO VII “Del loco Inquisidor al desden de Maese Carrasco”

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Por mor del triste destino, Fray Junípero, “El Incansable”, loco de atar tras recorrerse decenas de conventos y de pasar como ayudante de varios afamados inquisidores, siendo siempre despachado por su falta de cordura, vino a caer en aquella fatídica noche a las puertas de la hostería.

Absolutamente nadie le conocía en casa de Buttarelli, por lo que todos se temieron lo peor de lo peor al verlo entrar con su hábito dominico, carcomido por la mugre y la chinche.

- ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! –Gritaba enardecido, ante el temblor lógico que invadió a desalmados, gentes de mal vivir y a las fulanas allí presentes.- ¡Aquí está la bruja! ¡Aquí está la bruja! ¡La presiento! –vociferaba sin tregua, hasta que el bueno de Cristófano, corrió a ofrecerle mesa y sosiego.-
- Padre, por el amor de Dios, pase y entre calor. ¿quiere algo de comer? ¿beber?...-y hasta a punto estuvo de ofrecerle putas, sin no se muerde la lengua el tabernero, con tal de tranquilizarlo.-
- Está aquí hermano, está aquí, la husmeo, la presiento…-dijo, el fraile, mordiéndose los labios y con los ojos fueras de sus órbitas, mientras todas las presentes intentaban ocultarse a su loca mirada.-
- ¿De quien nos habla? ¿A quien busca, hombre de Dios? –preguntaba en su desasosiego, Cristófano.-
- ¡A la bruja Gardenia! Esa que por doquier peca y embruja…
- Cálmese, tome un caldito y respire en calma…
- No debo parar hasta llevarla a la hoguera… Esa bruja, arrastrará de todos ustedes.
- ¿Pero no ve vuestra merced que no hay ninguna Gandena , aquí? Esta casa es muy religiosa.
- No, Gandena, no. Gardenia, se llama la bruja.
En estas, que Maese Carrasco, armado de valor y descubriendo el desequilibrio del fraile, se puso en pie y se dirigió a él con su peculiar forma de contar las cosas.

- Hay padre que en su desesperación no habla…no ve que quizá ya se transformó en cabra. La bruja Gardenia, quizás huyera, más si pudiera, escapar hubiera.
- ¿Y quien es usted para aseverar semejante cosa? ¿Cómplice de la bruja tal vez? –preguntó, el fraile, vertiendo su ira hacia el poeta.- ¡Arrodíllese!
- Calma, padre…no soy un pecador, sino un simple trovador que nuestra señora alabo con fervor…
- No caiga en el error de pensar que Maese Carrasco es cómplice de bruja alguna. Es un buen hombre se lo puedo asegurar.-intervino el tabernero.-
- No me convencéis, tabernero. Aquí hay gato encerrado y hasta que no descubra quienes sois los culpables no cejaré en mi empeño.-aseveró, fray Junípero.- ¿Y deciis que Gardenia se convirtió en cabra?

sábado 1 de enero de 2011

¡FELICIDADES!


Levantad vuestras copas y brindad con nosotros, los parroquianos de la taberna, por los buenos augurios para que el año del Señor dos mil once sea pletórico de dicha, amor, alegrías y encuentros en este lugar y en el lugar donde estéis. Porque es allí donde vosotros llegáis, amigos, que engalanáis los espacios y el corazón de quienes os rodean.

¡Salud! ¡Buttarelli os invita!

¡FELICIDADES!


sábado 6 de noviembre de 2010

CAPÍTULO VI: EL PLAN SE PONE EN MARCHA

LG

Ni bien Esteban Dolores y su igual, Feliperro, entraron en la taberna, todas las cabezas se voltearon para mirarlos, pues hacía tiempo que no venían forasteros a recalar en este sitio. Al contrario que su ex sirviente, mal entrazado, con cara de bobo y para colmo con un hilillo de baba que le caía por la comisura del labio, Esteban era bien parecido y lucía gallarda figura.
Era un hombretón de espaldas anchas, moreno, de barbilla cuadrada y hoyuelos en las mejillas, que le daba un aire entre de niño y de diablillo. Llevaba el pelo largo y atado en una coleta, mediante un lazo negro de terciopelo. Su aspecto era… por lo menos elegante.

Las gitanas le dieron descanso a sus uñas, que ya tenían gastadas de tanto rasque, y con los ojos clavados en el mozo, ensayaron su mejor sonrisa. No era habitual que un espécimen de tamaña naturaleza pasara por este antro.

Mira Carmela –dijo la Pitones-, si hasta lleva todos los dientes puestos, mi alma, igualito a mi Niño del Corral Candelas. Pocos son los que se ríen y lucen tamaña dentadura, a la mayoría se le escapan los garbanzos del guiso entre los espacios donde debieran tener los dientes. Anda pues, que este hombretón es mío, ni se te ocurra acercarte, prima… -La Carmela frunció el ceño a sabiendas de que si no le hacía caso, la que quedaría sin dientes sería ella, de los golpes que daría la otra, de modo que no le hizo asco de acercarse prestamente a Feliperro, que no importaba la pinta sino llenar el corpiño de monedas.

Ante tanta algarabía, también se volteó la niña María de los Milagros, y en ese instante sus cándidos ojos toparon con los no tan cándidos de Esteban, ya que a este le saltaban chispas de sólo imaginarse a la doncella entre sus brazos.
María de los Milagros quedó tan absorta ante Esteban, que hasta se olvidó de los piojos que no le daban tregua, y dedicándole una caída de ojos de esas que derriten hasta al hielo, bajó la cabeza con el pudor de una dama.
Para qué contar su efecto en Esteban, los calores se le agolparon en la cara y en otras partes, de tal manera que hubo de contenerse para que Merceditas, el ama, que estaba allí cerca no lo sacara a patadas en el trasero. Por eso mismo se apuró a acercarse a la vieja, y ensayando su mejor y más simpática sonrisa le dijo:

Vuestra Merced ha enviado por este servidor, soy Esteban Dolores, el boticario de la comarca, a sus pies señora. El padre de la doncella me ha destinado a quitar los… los… ejem… los visitantes de su hija, con premura. He de comunicarle que mi asistente traerá las lociones para tal menester en el día de mañana, pues hubimos de encargarlas a Oriente, que aquellas pócimas son más potentes que las nuestras. Espero que Vuestra Merced, llegado el caso, contribuya franqueándome el paso a las habitaciones de la niña… no olvidéis que su padre es vuestro amo. –Y dicho esto, hizo una reverencia a Merceditas, para luego tomar la mano de la doncella y estamparle un beso húmedo y provocativo, hecho lo cual se sentó a una mesa junto a Feliperro y clamó a viva voz:

¡¡Tabernero!! Traed el mejor vino de la casa para estos sedientos hombres… y que no falte un plato de guiso, que el camino ha sido largo. –Luego, dirigiéndose a Feliperro en voz baja le dijo-: Mi querido amigo, debéis de conseguir algo lo más parecido a un ungüento o loción que podáis, no importa que no lo sea, mas sí que lo parezca. Para mañana tengo planes…

Mientras esto ocurría, la Pitones ya enfilaba, moviendo las caderas hacia la mesa que ocupaba el visitante y frotándose las manos mientras pensaba en el festín que se daría en un rato. Se movía con un ritmo extraño, parecía un baile africano, pero no... era el picor no la dejaba en paz.


Sí, señor, los planes saltaban a la vista, lo que no se sabía era la marimorena que se armaría a causa de ellos. La hostería volvía a estallar…

lunes 11 de octubre de 2010

CAPÍTULO V: LA OPORTUNIDAD

LG

Pasó entonces que de tanto tiempo que la hostería había estado cerrada, los piojos que tenían las gitanas se habían trenzado en sus cabelleras, reproduciéndose de tal forma que buscaron otros escondrijos con tanta pelambre como tenía la cabeza. El caso es que en la hostería había más piojos y liendres que parroquianos bebiendo vino.

Era de ver a todos rascándose a cuatro manos, que parecían que bailaban flamenco y que tocaban las castañuelas.

-¡Ay, mi Dió! Prestamé tu uña pue, que no me aguanto el picor –le dijo la Pitones a la Carmela-, aunque preferiría a mi Niño del Corral…

En estas circunstancias Buttarelli recordó al pillo de Santorcaz, el barbero, quien le había quitado los molestos bichos (entre otras cosas) a la duquesa de Piedrabuena, y a pesar de que por allí no era bien recibido, pensaba el tabernero mandarlo a buscar para ver si con sus ungüentos podían hacer desaparecer aquella nube de piojos, que de tan necesitados que estaban, ya se cruzaban con las pulgas de la bodega.
María de los Milagros, no escapaba a la plaga, por lo que su ama, doña Merceditas (a quien ni los piojos se le acercaban de tan fea que era), decidió enviar un recado por el chaval de los mandados, hasta la casa donde residían los padres de la niña, informándole de los acontecimientos. Tuvo tan mala suerte el niño, que habiéndose empacado su burro, a poco de comenzar la marcha, al bajarse para tratar de hacerlo caminar, perdió el recado entre la hierba. A poco, el Uvamiel, que así se llamaba el asno, retomó su marcha y con él, el chaval, sin saber que el recado quedaba en el camino.

Y como las cosas siempre suceden por algo, atinaron a pasar por el lugar, Esteban Dolores y su igual Feliperro, quienes ya habían avistado, a lo lejos, la hostería de Buttarelli. Habiendo visto el papel entre la hierba, agachóse el ex sirviente a recogerlo, y entregándoselo a su ex amo, éste leyó:

“Mi Señor:
Vuestra hija está a buen recaudo en un sitio, que si bien no es merecedor de su hidalguía, bien resguarda el tesoro que aún se encuentra bajo sus vestidos. El caso es que este lugar, llamado “La hostería de Cristófano Buttarelli”, luego de permanecer cerrado un prolongado tiempo, se ha plagado de piojos, liendres y garrapatas, amén de otros insectos que si no chupan la sangre, muerden. Pues os pido que nos enviéis lo antes posible, algún boticario con lociones y ungüentos para deshacernos de los molestos visitantes, pues no podré ofrecer a vuestra hija en matrimonio con sus partes saturadas de bichos.
No perdáis más tiempo, el cinturón de castidad que lleva María, ya está tan oxidado por la espera que casi no entra la llave en su candado…

A Vuestro servicio, mi Señor.
El ama Merceditas”.


A Esteban Dolores se le agrandaron lo ojos como platos ante tamaña oportunidad: pues vio que podía matar dos pájaros de un tiro, por un lado enamorar a la joven María de los Milagros, haciéndose pasar por un enviado del padre de ella y hacerse con el botín que aún guardaba celosamente bajo su falda; y por el otro, lograr el propósito que lo había llevado hasta allí. Se frotó las manos ante esta situación que los hados le presentaban, y pidiéndole discreción a Filiperro, entraron a la hostería…

miércoles 23 de junio de 2010

CAPÍTULO IV: En donde acontece el acto más largo, de acuerdo a la longitud de cierta ausencia.

M.G.
Mientras la hostería se llenaba con vírgenes, poetas y brujas, no muy lejos de allí apareció el hombre llamado Diego Cerrojo quien iba cegado con la venganza y dando a la hostería de Cristófano Butarelli el apellido de responsable de sus desdichas, resolvió en largo juramento quemar el antro hasta dejarlo en un puñado de cenizas. Y como la idea se le hacía cada vez más atractiva, se alegraba y se animaba cada vez más y hablando para él iba por la calle, como loco en tormenta barruntando el desastre.
- Todos reían sí, reían mi desventura, mas yo, Diego Cerrojo, soy hombre pequeño pero grande en valor y nadie se ríe del hijo de mi madre sin hacer llorar a la propia. Porque nadie se mea encima de mí…
Y diciendo estas palabras las entonó tan altas que vino a asustar a un mulo marrón atado a una argolla y cuyas orejas le servían de toldo a los ojos, la pobre bestia sin saber qué se le venía encima y tuvo a bien soltar una coz por si acaso golpeando al desdichado de Diego Cerrojo. El dueño del animal que andaba en su casa haciéndole un negocio a su esposa oyó el testarazo y se asomó, se encontró a Diego tendido y al comprobar que no tenía pulso, supo en el instante lo que pudo haber pasado, suplicó al cielo porque Diego respirase, mas no había ningún signo de vida. Asustado miró a los lados por si alguien le hubiese visto. Entonces tuvo la brillante idea de subirlo al mulo y hacer como quien transporta un borracho hasta sacarlo de Sevilla y buscarle un “buen destino” siempre lejos de su culpa. Le montó y le paseaba, y si se topaban con alguien por la calle el mulero hablaba en altas voces maldiciendo el vino y a los borrachos. Las gentes reían o murmuraban, mas a nadie se le ocurría tomar el pulso de don Diego. Al cabo de un rato se dio cuenta de que por donde quiera que caminaba aparecía un aguacil, o un cura, o alguien que le hacía tomar la dirección que él no quería viéndose convertida la ciudad en un inmenso laberinto de paredes como barrancos. En uno de esos rodeos vino a darse de cara con el Guadalquivir mostrando sus mansas aguas como un enorme carril en movimiento, y se le ocurrió bajar el difunto de un mulo para echarlo en un carro aunque de agua fuese. Se cercioró de que no había nadie y con gran prisa dejó a Diego a merced de las aguas, para después desaparecer en medio de las callejuelas de la ciudad.
Diego se hundió para segundos después emerger, primero boca abajo, después boca arriba y comenzar poco a poco un lento paseo por el río. Dos pescadores que habían echado las redes notaron que algo se les venía encima, al principio creyeron que era una rama o un trozo de biga, algo que había de romperle la red, después al verlo más de cerca y la cara se les tornó blanca.
- Aurelio, que hemos pescado un hombre.
- Ca, suéltalo que nosotros no somos el Cristo, que este pedazo de carne sólo habrá de procurarnos problemas.
- Pero, ¿y si está vivo?
- Si ese está vivo yo no soy hombre. Suelta, suelta y que se vaya con Dios.
- Pues nada Aurelio, sea.
Diego siguió la corriente, lejano a su voluntad continuaba un camino que le retiraba de cualquier destino. Como ajena a sus propósitos llegó a su cabeza una cigüeña que creyó que era un buen lugar para posarse, el ave estaba muy flaca llevaba varios días volando desde África y buscaba algo que comer, seca y mareada apenas se percató de donde se había ubicado, aunque cuando daleó la cabeza y vio el feo rostro de Diego salió volando espantada.
No muy lejos de allí una muchacha miraba el Guadalquivir desde un puente, un joven bachiller experto en seducciones le recitaba poemas de amor. A lo que la joven respondía con silencio, abrumada posaba sus manos blancas sobre las oscuras piedras del puente, luchando por no girarse y perderse para siempre.
- ¿No es verdad ángel de amor que en esta apartada orilla más clara la luna brilla y hasta el aire se respira mejor? – le decía el bachiller parafraseando a Zorrilla.
- Ay, qué significa eso – decía la joven la cual disfrutaba con aquella verborrea sin saber qué se le estaba comunicando.
- Que… en fin. estooo… que tu belleza es tal que se refleja en las aguas del río haciendo palidecer a la mismísima luna.
- ¿Sí? – dijo extasiada, apunto de ceder, casi sin querer bajó la mirada como queriendo descubrirse entre el agua, sin embargo lo que encontró fue la cara pálida de Diego.
La joven gritó de tal manera que espantó a cuatro gorriones. El bachiller por fin la vio volverse, mas para zamparle una bofetada y verla alejarse como una chiquilla mal criada a la que no le han dado el capricho solicitado.
- ¿Pero qué he dicho? – preguntó sorprendido el bachiller.
Diego seguía su deambular, al capricho de la corriente. A veces se unía a un poco de espuma, otra vez chocaba con un palo que parecía acercarse para curiosear para seguir su propio camino. Diego se giraba, se hundía para emerger con cierta gracia. De vez en cuando un pez se acercaba para intentar llevarse algo a la boca, para alejarse decepcionado desapareciendo en medio de las opacas aguas.
Juan de Dios Martínez, el herrero de manos recias, llevaba varios días sin poder obrar. Tenía el vientre duro y le dolía una barbaridad, su esposa le había dado todo tipo de bebedizos y seguía igual. De todos modos la mujer seguía insistiendo y más por que se callase que por convencimiento propio Juan de Dios se acercó a las eneas y comenzó a apretar. Entonces vio pasar un bulto en la lejanía, se subió los pantalones y trepó a un árbol, sí era un cadáver, acababa de ver un cadáver flotando y venía directo a la orilla. Juan de Dios esperó a que llegase y una vez cerca meneó la cabeza, estaba tan cerca de su herrería que tan sólo podía traerle problemas, por lo que cortó una caña y lo alejó hasta devolverlo al cauce. Esperó hasta verlo desaparecer, entonces se giró y encontró a su esposa lívida, la pobre se había llevado tal susto que se había orinado encima.
Diego, en este juego loco de azar, iba buscando la orilla, el río se había hartado de jugar con el cuerpo y ya le estorbaba, lo condujo hasta dejarlo varado. Por allí, cerca de Sevilla pasaban Esteban Dolores y su criado Felipe Romero, este último demasiado arropado para el clima estival que disfrutaban. Esteban Dolores soñaba con ser un bandolero y trataba de argumentar sobre el éxito de su empresa. Felipe, cuya simpleza le limitaba la capacidad de comprensión sólo acertaba a afirmar. En un momento dado se acercó a la orilla para orinar y sin saberlo lo hizo sobre la cara de Diego Cerrojo quien por una carambola del destino al calorcillo del líquido abrió los ojos. Felipe ni siquiera le había visto tenía la vista fija en donde quiera que su amo estuviese hablando. Esteban paseaba con las manos a la espalda, argumentaba una y otra vez.
- …sí, robar al quien tiene para dárselo quien no tiene. Hacer que el pueblo tome su propio destino, como la república romana. Ya que te enseñé a leer deberías leer a Rouseau, a Voltaire, a Montesquieu. Ellos lo ven bastante claro, saben que las naciones las constituyen los ciudadanos, no los reyes, ni los curas, ni los nobles, el destino de los pueblos…
- ¿A Montes quien a dicho usted, señor?
Felipe terminaba su tarea sin mirar siquiera a donde quiera que estaba orinando, de modo que apenas se percató de que Diego estaba allí con los ojos abiertos y viéndole el miembro y el chorrito cayéndole en la cara.
- Pos mire usted señor yo, la verdad es que no conozco a esos señores… ¿los invitó el ama alguna vez a almorzar?
- No, Esteban, no hace falta que les conozca, sino que los lea. Mas ahora, nuestra empresa es encontrar una cuadrilla y echarnos al monte, iremos en contra del poder establecido…
- Y en el monte qué, mire usted mi señor que allí sólo hay garrapatas.
- ¡Te equivocas! En el proscrito reside el corazón del pueblo libre… y quiero advertirte que de ahora en adelante no me llames señor, ni amo, en adelante somos iguales…
- No sé yo si el ama estará de acuerdo.
- ¡No quiero oír ni hablar de mi madre!
- Pero si ella es la que…
- ¡Ni hablar, ¿de acuerdo?!
- Sí señor.
- ¡Y no me llames señor!
Diego resucitaba, se hundió para emerger algo más limpio, se dio la vuelta y gateo entre el fango hasta alcanzar la tierra seca, allí cayó exhausto y aterido de frío. Con mucho esfuerzo y temblando consiguió levantarse, comenzó a caminar y vio un buen sitio, no muy lejano, en donde entrar en calor.
Juan de Dios Martinez, el herrero de manos recias, se reía de su esposa, mira que orinarse por ver a un muerto flotando.
- Si hubieses visto los campos de Flandes, sembraditos de cadáveres, españoles y flamencos, católicos y lo que quiera que fuesen los otros, JAJAJA – reía sin misericordia, al tiempo que subía y bajaba el fuelle simulando cierto acto amoroso y con el cual excitaba al fuego. De repente le dio un retortijón, nada que no podía obrar…
En ese instante Diego Cerrojo, temblón, apareció en la puerta. Al principio la luz recortaba su silueta y Juan de Dios no le reconoció mas en cuanto avanzó con esos caminares de muerto viviente al herrero se le encaló el rostro, ¡Flandes! En Flandes los muertos estaban muertos y no se movían, Diego vino a posarse suavemente junto al horno, recuperando el calor y la vida. De pronto la esposa de Juan de Dios comenzó a reír, eran carcajadas aún más exageradas que las de su marido; un bulto tiraba del pantalón de Juan de Dios hacia abajo, además allí olía mal, muy mal y ella no había sido.
Mientras tanto Esteban Dolores y su criado, perdón su igual, Felipe Romero, más conocido por todos como Feliperro, seguían adentrándose en Sevilla siempre sin abandonar la referencia del río. De pronto en su camino se cruzó una culebra de un metro y Esteban gritó como una niña, Feliperro la tomó y la convirtió en látigo. El animal murió al instante, como vio que su amo aún seguía asustado tuvo a bien tirarla en el río en donde una cigüeña escuálida la tragó en menos tiempo del que se dice.
- Pos no sé qué decirle señor, si le da miedo de una serpiente cómo se va usted a enfrentar al poder ese.
- Es distinto Felipe, tu ignorancia te nubla el entendimiento. Deberías saber que lo que tengo es una manía hereditaria.
- ¿Cómo los cortijos mi señor?
- ¡No, Felipe, no, a los cortijos renuncio, a esto no puedo renunciar, además te he dicho que no me llames señor!
Qué captura, Dios mío, qué captura, Aurelio y su compadre habían pescado un esturión que pesaba lo menos “dos arrobas”. Tantos días sin coger una pieza en condiciones y al fin un pez con el que presumir en la cofradía de los pescadores. Los compadres se reían y cantaban, buscaban el embarcadero para enseñárselo a quien quiera que estuviese por allí. Lo subastarían, mas antes había que darlo a valer y pasarlo por una romana que diese con el peso. Su marca constaría en la pared de la cofradía durante años, Aurelio pensó que era su día de suerte. Por fin iría a la hostería a buscar muchachas con las que revolcarse toda la noche. ¡Oh!, como se iba a poner el sable, brillante como la cabeza de un santo.
- Aurelio, estoy deseando hacerlo dineros.
- ¡Ca! Y yo compadre, subastado, que corra la voz por toda Sevilla, que se enteren los nobles, los hidalgos y quien quiera que tenga plata, si no lo vendo bien vendido no soy hombre.
Cuando llegaron al puerto la gente se arremolinaba para ver la captura, no podían creerlo, era el pez más grande que habían visto. Un niño tocó la panza del animal y de la cola brotaron unas motitas negras, el chaval las cogió y se las llevó a la boca. Hizo un gesto de asco y se fue espantado por una colleja arreada por Aurelio quien además amedrentó a todos los niños que curioseaban.
- ¡Y el niño guarro, comiéndose la mierda del pez! ¡Anda y ve y cómete una… !
- ¡Os lo compro! – dijo un caballero indiano
- No se vende todavía, vamos a hacer una subasta.
- Os doy cien reales de a ocho.
A los pescadores se le encendieron candilejas en los ojos, pero al instante sembraron a avaricia y les floreció en las sonrisas. Si este tipo les daba cien reales es que valdría diez veces eso.
- Lo siento, no está a la venta, de momento, lo subastamos esta tarde. Cuando todo el mundo pueda verlo.
- Lo siento señores yo sólo pago la frescura.
- Lo siento yo, este pescado se come incluso una semana después de pescarlo. Y eso lo digo yo que soy pescador y entiendo de pescado o no soy hombre.
El caballero indiano se marchó y los compadres se lamieron los bigotes, qué negocio, Dios qué negocio. Saltaban de alegría y bailaban. Cogieron su pieza entre los dos como quienes transportan una viga y comenzaron su paseo por las callejuelas. Daban voces para que la gente se asomase y en efecto llevaban un amplio séquito, y la gente aplaudía como si en realidad pasase el mismísimo rey por sus calles. En un momento dado Aurelio extasiado dejó la pieza a su amigo y comenzó a bailar. Una hora después en toda Sevilla sabían que subastarían la pieza en la cofradía por la tarde.
- ¡Mira, la hostería de Cristófano! – dijo Aurelio.
- ¡Deja! Allí no entro que es una pocilga y las putas pegan bichos.
- Pos a mí me da igual esta noche la pongo en remojo, jejejeje, compadre, en remojo, cojo a una y le hago ¡toma! jejejeje – reía mostrando su sonrisa mitad desdentada, mitad mohosa.
Al decir ¡toma! asustó a un mulo marrón amarrado a una argolla y cuyas ojeras le servían de toldo, que comenzó a cocear, de tal manera que el pobre Aurelio se giró con tan mala suerte que se le cascó la hombría. Aurelio aullaba, su compadre se desentendió del pescado e intentó ayudarle. Ambos corrían en busca de un médico y con los nervios dejaron al esturión secarse al sol. Cinco minutos después el pez era transportado en procesión por varios niños uno de los cuales aseguraba que la mierda del bicho dejaba un buen regusto.
Un buen rato antes Esteban Dolores y su amigo Feliperro, caminaban sin rumbo por Sevilla. Esteban seguía buscando gente dispuesta a echarse al monte y combatir la desigualdad social. Feliperro era más simple, quería comer, dormir y andando con suerte mojar un poco. Ambos era muy diferentes Felipe era delgado y alto, mientras su amo era ancho y cabezón, no obstante se afeitaba y se arreglaba de tal modo que conseguía ennoblecer sus facciones, todo lo contrario que su criado a quién los pelos le vestían los brazos y le subían por el cogote hermanándose con los de la barba, por cierto, pringosa y sucia. ¡Ah! Si estuviera por aquí Santorcaz… El caso es que amo y criado discutían, Feliperro tenía demasiada ropa para la época en la que estaban y Esteban quería que se la quitase.
- Por nada del mundo mi señor, que con el sudorcito encuentro el frescor.
- Bobadas, cualquiera que te vea dirá que estás loco.
- ¿Y quién no está loco?
En ese momento pasó delante de ellos una bella señorita llorando desconsolada y diciendo
“soy fea, soy fea” para después pasar un bachiller susurrando casi para sí “¿pero qué he dicho? ¿Qué he dicho?”
- Ve señor, todo el mundo está loco, usted quiere que lea a un tal ruso, a un tal vuelta aires y al montes no sé quién, a ver si eso no es de locos, su madre que lea la biblia, que a mí me da mucho miedo, y…
- ¡Calla! Mira eso… - dijo señalando un antro al parecer concurrido - es perfecto.
- A ver, la Hos-te-rí-a de Cris-tó-fa- fa-no Bu-t-ta-re-lli. La hostelería de Cristofafano butetareyi.
- Debe estar sembrado de granujas. Es perfecto para nuestros propósitos.
- Por mí señor será perfecto estando sembrado de morcillas, chorizos y tocino…más me gusta esto que irme al monte por que lo diga el tal Montes Quien.
- ¡Entremos! ¡Y no me vuelvas a llamar señor!

martes 15 de junio de 2010

CAPÍTULO III: ¡VAYA EMBRUJO!

LG

Verdad era que luego de que Maese Carrasco hubo probado el menjunje de Buttarelli, el tiempo se detuvo de improviso en toda la hostería, de modo tal que como en el cuento de “La bella durmiente”, comenzaron a crecer las zarzas dentro del establecimiento de marras, quedando todo en el mismo lugar y momento en que estaba sucediendo.


Es así que por arte de birlibirloque, el tabernero quedó rascándose el trasero (puff, las rimas de Maese Carrasco, parecen contagiosas), durante tantísimos años, que donde debía tener el pellejo quedóle un gran agujero rebosante de unos gusanillos que criábanse gordos y saludables.

A don Fabrique ya le había crecido el ojo que le faltaba; las gitanas hedían bajo las faldas como el mismísimo buque pesquero que atracaba en puerto una vez cada seis meses, por lo que las plantas que a su alrededor crecían, se quemaban sin remedio por los gases letales que de allí se desprendían. Eso sin contar que cada tanto, algún gato vagabundo, cruzaba a campo traviesa atraído por el tufillo y al llegar al lugar, quedaban patitiesos sin remedio.

La mujer de Buttarelli había quedado cocinando uno de sus guisados “especiales”, de modo que la marmita que usaba, con el paso del tiempo, quedó más negra que una tribu africana toda junta en el mismo lugar. La niña María de los Milagros habíase conservado virgen, pero no por su voluntad sino porque “nadie se movía”. La única alma que se desplazaba entre tanta inmovilidad era doña Merceditas, que frotándose las manos, como cualquier bruja que se precie, había logrado que la niña no se pudiera casar con el gentilhombre que su familia le había asignado por esposo. Éste, cansado de esperar por la niña, desposóse con una duquesa, que a la sazón se decía, guardaba entre sus cabellos una nutrida nube de piojos. Pero esto nunca llegó a comprobarse, claro.

El hecho es que, doña Tortuguita, la bruja, deshizo el hechizo ni bien el noble pretendiente se hubo casado con la otra, de modo que María de los Milagros, seguía siendo tan pura como había nacido. Es que doña Merceditas le tenía reservado un candidato especial…

Roto el embrujo, comenzaron todos a desperezarse de su largo letargo. La mujer de Buttarelli debió untar el trasero de su marido con aceite de bacalao de tan paspao que estaba, luego de quitarle los gusanillos; Maese Carrasco chorreando menjunje recitó:

-Benditos lo ojos que te ven, niña del harén. –Aunque nadie parecía comprender la brillantez de semejante verso.

Así, poco a poco, la hostería volvió a cobrar vida, y con ella todos sus personajes. Y hablando de personajes, también se le taparía la boca a cierta doña Mary que andaba vociferando:

-¡Dónde estáis todos! -Que la tal ya se ponía loquilla. Ni hablar de la parroquiana apm que venía día a día para ver qué se cocía en la hostería de Buttarelli, y se iba, inevitablemente desilusionada.


Y ahora, no os vayáis, que las puertas están abiertas nuevamene y se puede esperar cualquier cosa… ¡Pardiez!

lunes 19 de abril de 2010

CAPITULO II "La Rima de Maese Carrasco..."



"S"

"Tanta atención hubo acaparado la bella joven, que hasta hubo un borracho que escurrió su codo de su mesa cayendo de bruces en el suelo arrancando grandes risotadas entre la concurrencia haciéndola espabilar de golpe. Las gitanas, desde su habitual rincón, murmuraban criticando a dos carrillos, tanto a la vieja Merceditas como al única alma cándido y virginal que anidaba en esos momentos entre aquellos muros.
Al tiempo, sin apenas haber cogido sitio aún en una de las mugrientas mesas de la hostería, que Cristófano se apuraba en limpiar ante la cara de asco de sus nuevas visitantes, hizo su entrada en la taberna, Maese Carrasco, poeta insigne de la ciudad o más bien un bohemio, loco y soñador, que durante la noche se empecinaba en rondar a todas las doncellas del barrio.
De aspecto, más bien esmirriado aunque siempre aseado y bien afeitado, conquistaba con sus rimas y poemas, más bien a las madres y a las tristemente casadas que a las niñas a las que pretendía. Y hay quien decía, que descendía del mismísimo Gustavo Adolfo Bécquer, por linea consanguínea, pero en mi opinión... sus esfuerzos por construir poesía hacían más recordar a un bufón de la corte. Lo suyo era lo de meter con calzador los pareados.
- Buenas noches, ya ven que regreso sin coche. Y aunque hora de siesta retoque, no me diga señor Buttarelli, que me deja sin mear el bigote.
-Zientese, Masé Carrasco, que mi señora le pone un plato de gaspacho.-contesto, el tabernero, refregando un trapo tan sucio por la mesa de sus inquilinas, que a veces quedaba atascado en su empeño.-
- Las gracias le doy a vuestra mercé, porque muy pronto va a anochecer. Y porque veo que atendiendo está, a tan distinguidas damas, que por mi parte no he de decirle nada.-contestó, el poeta, haciendo un guiño a la mesa que ruborizó a la joven e hizo estirar las arrugas de la cara de doña Merceditas, al tiempo que sonreía.-
- Vaya, vaya... si nos visita el poeta noctambulo-dijo, saliendo de la penumbra de un rincón, don Fabrique, el tuerto. Un rufián, en tiempos perseguido por los hombres de su majestad, y que en la actualidad había lavado su imagen atendiendo a negocios de importación de seda y especias, comprando los favores del Corregidor de Sevilla. Su apodo, lo ganó al perder el ojo derecho en un duelo por asuntos de faldas-
-¿Lo conozco, Orozco? -preguntó, cambiando su semblante al ver el gesto tétrico del comerciante al mirarlo con un sólo ojo.- Lo siento, quizás no haya sido el más acertado, pero no encontraba otro pareado.-
- Ven, ven... joven poetilla, que deseo hablar a solas con vuestra mercé.-contestó, sentenciando con su gesto la única posibilidad que tenía Maese Carrasco, para actuar en otra dirección.-
- No quiero que vea vuestra mercé en mi gesto un rechazo, pero mire, mire, hay tengo ya mi gazpacho.
- Don Fabrique, que tenemos invitá hombre de Dió, no me vaya a meté usté la pata y deje al Masé comé en .-indicó, Buttarelli, conociendo las malas intenciones del comerciante, cuando comenzaba a parpadearle su único ojo más rápido que se presigna un cura loco.-Y usté, jientesé ya que la va a liá.-dijo retirando la silla, para que Maese Carrasco tomara asiento ante aquél brevaje de color cieno que hacían llamar gazpacho.-
-Si ha sentarme iba tabernero, ha tomarme con esmero, ese gazpacho puntero, que por su color me muero.-contestó, removiendo el mejunje con su cuchara.-