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jueves, 30 de abril de 2009

Don Alfonso, el amante

Isolda, cubrid vuestra desnudez con el calor de mis labios que han quedado prisioneros en los contornos de vuestro cuerpo.

Dejadme una vez más ser el hechicero que os quita el aliento en cada jadeo de amoroso placer y os lleva sin pensarlo al éxtasis de la gloria.


Dejadme acariciaros hasta que mis dedos pierdan el tacto de tanto repasar las lujuriosas curvas que me ofrecéis sin reparos, que soy caballero mi bienamada, pero sobre todo soy un hombre sediento de amor desenfrenado.

Vuestros gritos de placer son como el estruendo de las olas al romper contra la roca, son el canto embriagador de la sirena que me atrae hacia los abismos negros de sensaciones inimaginables.
¡Sois mía, Señora! ¡Sois mi musa y mi vida!

¡Cielos, no dejéis al ingrato sol asomar en el alba! ¡Que esta noche sea eterna, como eterno será mi amor por Isolda!
¡Cielos, perpetuad la noche, no descolguéis la luna!

sábado, 25 de abril de 2009

Romance de Isolda a don Alfonso


Así don Alfonso, mi señor, que me hubisteis amado
sobre el lecho impoluto de una virgen robado,
junto a la castidad perdida, tesoro que os he entregado
por el amor que os profeso y por el amor que os he dado.
¡Válgame Dios, señor, que mi alma habéis mudado!
¡Válgame el cielo que con su sol nos ha alumbrado!
Que si morir debiera en este día templado
moriría feliz en vuestros brazos por haberme entregado
a caballero que mi corazón en su gloria ha atrapado
mensajero de la mía gloria que en ella me habéis dejado.
No conocí hombre que en mi morada hubiera entrado
ni lides en amores que conociera mi pobre enfado,
más don Alfonso, rey de mi alma, os habéis quedado
con mi corazón sediento que espera cual un tornado
vuestros besos y vuestras caricias ¡Mi bienamado!
Las intrigas que se urden detrás de los cortinados
no son sino fantasmas volviendo del pasado,
no son más que un trago de viejo vino agriado
en boca del infante infame que yo he despreciado.
Ahora que la vida es vuestra espada y mi cayado,
ahora que mis sueños fueron por bien soñados
y en la boca del deseo han quedado aprisionados,
ahora he dejado de ser doncella sólo para ser luna
en vuestro cielo estrellado.

miércoles, 22 de abril de 2009

Plegaria de don Alfonso a los cielos

¡Oh, qué dulce saben vuestros besos húmedos! ¡La levedad de vuestro cuerpo se hace miel en mi boca!

Vuestra piel es terciopelo acariciando mis manos y mis manos son mariposas aleteando entre la calidez de un campo poblado con las flores de mi pasión que ya se hace hoguera...

¡Oh, bienaventurados sean los cielos que me han colmado con la dádiva de teneros entre mis brazos! Perpetuad este momento de gloria que atesoraré hasta el día de mi eterno descanso.

Haced que el jadear de mi señora junto a este pecho palpitante se inmortalice para siempre en el reino sublime de nuestro amor y de él nazcan los frutos almibarados que nos alimenten en el desierto de las intrigas que se urden a nuestras espaldas.

¡Cielos, atended mi súplica!

¡Cielos, no abandonéis a este servidor! Os prometo que haré honor a este momento y defenderé a Isolda con la fuerza de cien leones, que no habrá Infante don Juan Miguel ni esbirros que le sigan y que se interpongan entre ambos, que no pagaren con su sangre la afrenta de traicionarnos.

Desde hoy esta torre donde yace Isolda junto a mí, entre finos mantos de lino, será el altar que veneraré en silencio…

¡Cielos! ¡Mi espada pongo por testigo y mi alma por honor!

lunes, 20 de abril de 2009

Dos corazones y un secreto


Acercaos don Alfonso, tomad mi mano y con ella mi alma, que no hay bien más preciado sobre la tierra que vuestro amor. Haced vuestros mis labios y mi cuerpo todo que ya clama a gritos por vos, incapaz de resistirse un ápice a tan gentil caballero.
Más no os olvidéis que nuestro amor está sellado por el secreto a causa de este reino infame, que de sólo descubrirse, seremos dos en una tumba.
Mil intrigas se urden en castillo, mi señor, que no se quedará el infante don Juan Miguel sin su presa.
Más ¡Ay de mí! Que el destino del reino me empuja sin remedio a sus brazos viles y lujuriosos sin que mi corazón se atreva siquiera a imaginarme entre ellos. No seré yo, mi bienamado don Alfonso, quien alimente los fantasmas de tan ruin cortesano. No lo seré ni aún si me fuera la vida en ello, que muerta prefiero estar que sucumbir a sus apetitos.
Sólo vuestro amor me alienta y tensa mi lira con las dulces melodías de la vida. Esta vida que es vuestra porque yo os la he ofrecido, esta vida que ya no me pertenece y que pongo en vuestras manos y en vuestro corazón.
Mi señor, ¡Os pertenezco! ¡Tomadme! ¡Pues ardo en vuestra hoguera!

domingo, 19 de abril de 2009

Contestación de don Alfonso a Isolda

Mi Señora, no digáis tal cosa que mi corazón se escuece a los rayos del sol que destilan vuestros ojos. No he de beber vuestras lágrimas porque no permitiré que afloren desde el manantial cristalino que se esconde entre vuestras pupilas.
Más sí he de beber vuestros besos, ambrosía que ni los dioses conocen. Dulces brevas del alma vuestra que en mi boca se hacen miel y canto.
¡Sí, Isolda! ¡Os amo, mi Señora y mi Vida! No debéis suplicar por lo que mi corazón grita a los cuatro vientos, no dejéis que vuestro amor por este humilde caballero os nuble la razón. Pues antes moriría ahogado en el caudaloso mar de la incertidumbre que veros presa de la súplica traicionera.
A vos os digo mi amada Isolda que no existen los avernos estando a vuestro lado, los huracanes cambian de rumbo y las marejadas me elevan hacia lo eterno.
¡Os amo con la pasión de un volcán!
Vuestras son las estrellas y mis labios que os besan perdiéndose en el tierno remanso de vuestra boca.

sábado, 18 de abril de 2009

Monólogos de Isolda

¿Es que no veis el sol, caballero, que mis mejillas arroba ante vuestra presencia y valor?
¿O creéis acaso que vuestra espada sólo acalla los ecos de una garganta cortada?
¡No! Yo os digo mi señor que si este sol dejara de brillar, el rojo de sus rayos vivirían por siempre en mis mejillas solamente por nombraros…
¡Levantaos! ¡Vive Dios! No hinquéis en tierra vuestra rodilla, porque al veros yo hincaré las dos.
Decidme os lo pido, la palabra santa, la que trueque el abismo de mi vida en pos de los sueños que por vos atesoro.
¡No calléis! Las barbacanas se poblarán de saeteros pero mi alma os traerá hacia mí con las límpidas alas de la vida.
¡No calléis! ¡Decidme que me amáis! Y se alzarán los puentes levadizos dándoos paso al castillo de mi gloria.
Bebed de mis lágrimas si queréis, pero también bebed de mis besos…