lunes, 19 de abril de 2010

CAPITULO II "La Rima de Maese Carrasco..."



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"Tanta atención hubo acaparado la bella joven, que hasta hubo un borracho que escurrió su codo de su mesa cayendo de bruces en el suelo arrancando grandes risotadas entre la concurrencia haciéndola espabilar de golpe. Las gitanas, desde su habitual rincón, murmuraban criticando a dos carrillos, tanto a la vieja Merceditas como al única alma cándido y virginal que anidaba en esos momentos entre aquellos muros.
Al tiempo, sin apenas haber cogido sitio aún en una de las mugrientas mesas de la hostería, que Cristófano se apuraba en limpiar ante la cara de asco de sus nuevas visitantes, hizo su entrada en la taberna, Maese Carrasco, poeta insigne de la ciudad o más bien un bohemio, loco y soñador, que durante la noche se empecinaba en rondar a todas las doncellas del barrio.
De aspecto, más bien esmirriado aunque siempre aseado y bien afeitado, conquistaba con sus rimas y poemas, más bien a las madres y a las tristemente casadas que a las niñas a las que pretendía. Y hay quien decía, que descendía del mismísimo Gustavo Adolfo Bécquer, por linea consanguínea, pero en mi opinión... sus esfuerzos por construir poesía hacían más recordar a un bufón de la corte. Lo suyo era lo de meter con calzador los pareados.
- Buenas noches, ya ven que regreso sin coche. Y aunque hora de siesta retoque, no me diga señor Buttarelli, que me deja sin mear el bigote.
-Zientese, Masé Carrasco, que mi señora le pone un plato de gaspacho.-contesto, el tabernero, refregando un trapo tan sucio por la mesa de sus inquilinas, que a veces quedaba atascado en su empeño.-
- Las gracias le doy a vuestra mercé, porque muy pronto va a anochecer. Y porque veo que atendiendo está, a tan distinguidas damas, que por mi parte no he de decirle nada.-contestó, el poeta, haciendo un guiño a la mesa que ruborizó a la joven e hizo estirar las arrugas de la cara de doña Merceditas, al tiempo que sonreía.-
- Vaya, vaya... si nos visita el poeta noctambulo-dijo, saliendo de la penumbra de un rincón, don Fabrique, el tuerto. Un rufián, en tiempos perseguido por los hombres de su majestad, y que en la actualidad había lavado su imagen atendiendo a negocios de importación de seda y especias, comprando los favores del Corregidor de Sevilla. Su apodo, lo ganó al perder el ojo derecho en un duelo por asuntos de faldas-
-¿Lo conozco, Orozco? -preguntó, cambiando su semblante al ver el gesto tétrico del comerciante al mirarlo con un sólo ojo.- Lo siento, quizás no haya sido el más acertado, pero no encontraba otro pareado.-
- Ven, ven... joven poetilla, que deseo hablar a solas con vuestra mercé.-contestó, sentenciando con su gesto la única posibilidad que tenía Maese Carrasco, para actuar en otra dirección.-
- No quiero que vea vuestra mercé en mi gesto un rechazo, pero mire, mire, hay tengo ya mi gazpacho.
- Don Fabrique, que tenemos invitá hombre de Dió, no me vaya a meté usté la pata y deje al Masé comé en .-indicó, Buttarelli, conociendo las malas intenciones del comerciante, cuando comenzaba a parpadearle su único ojo más rápido que se presigna un cura loco.-Y usté, jientesé ya que la va a liá.-dijo retirando la silla, para que Maese Carrasco tomara asiento ante aquél brevaje de color cieno que hacían llamar gazpacho.-
-Si ha sentarme iba tabernero, ha tomarme con esmero, ese gazpacho puntero, que por su color me muero.-contestó, removiendo el mejunje con su cuchara.-

viernes, 16 de abril de 2010

CAPÍTULO I: "La misión de Doña Merceditas"

LG

Hacía mucho tiempo que en la hostería se respiraba una calma impresionante, hasta los parroquianos estaban aburridos y ya no les causaba gracia, ni siquiera, retozar con las gitanas. Estas a su vez, mataban el tiempo en chismorreos de alcoba, pero todo se reducía a rememorar las andanzas del Niño del Corral o del Archiduque Casimiro de las Cabrias, o en su defecto, justamente encontrarle defectos a los bestias que habitualmente paraban a emborracharse en la hostería y, que a su juicio, no valían ni una moneda de bronce en la cama.

La mujer de Buttarelli ni se molestaba en limpiar la grasa de las mesas, pues como no había visitantes y a los borrachos no les importaba, se ahorraba el trabajo sucio, dejando la taberna más sucia aún. Entre tanto, su marido, se dormitaba sobre el mesón y sin importarle si la baba que le caía de la boca, mojaba la madera mugrienta, tal vez, porque la baba de Buttarelli era tan corrosiva, que aflojaba la grasa de tres cerdos asados.

El olor agrio que flotaba en el ambiente, producía sopor a los pocos que se encontraban allí reunidos a la hora de la siesta. Cuando todo parecía que hasta las arañas pollito, se iban a tomar la de Villadiego porque no aguantaban más tanto aburrimiento, se escucharon los cascos de unos caballos que se detenían en la entrada de la posada, seguidos de unos pasos leves. Luego, los cascos, con sus respectivos caballos encima, partieron nuevamente. Los parroquianos que estaban adentro giraron las cabezas hacia la puerta con gran expectativa. ¿Quiénes diantres vendrían a molestar el ocio de este día? La pregunta se contestó a sí misma cuando en el marco de la puerta, se recortó la figura de una vieja, arrugada como un pergamino, y con una cara de tortuga mal parida, que gritó a voz en cuello:

-¡Buenas y santas tengáis todos! ¿Quién es el dueño de esta… pocil… de este magnífico lugar? –Y enseguida buscó con la mirada a su posible interlocutor. Buttarelli se dio por aludido y dirigiéndose a la vieja, que era tan fea, que hacía juego con el ambiente donde se encontraba, contestó:

-Cristófano Buttarelli, para serviros, madame. –Lo dijo con una afectación impropia en él, un poco para tomarle el pelo a la vieja, y otro poco para darse aires. -¿Qué deseáis de este humilde tabernero?-.

-Mi nombre el Merceditas, -dijo la vieja, aunque a Buttarelli, le parecía más apropiado el nombre “Tortuguitas”, pero cerró el pico, porque su mujer, que le adivinaba el pensamiento, lo pateó por debajo del mesón- estoy buscando una habitación para mi niña, es decir, para la niña que estoy cuidando. Pues verá Vuestra Merced, mi ama me ha encomendado llevar a su hija hasta el Principado de Asturias, allí se desposará con un gentilhombre que la está esperando, gracias a un arreglo entre familias, como corresponde. De modo que debo velar por ella y por… su virginidad, es decir, debo realizar “la entrega” como corresponde. –Dicho lo cual, guiñó uno de sus ojillos inquisidores al tabernero.

-Y, decidme dónde está esa niña ¡Pardiez! No querrá Vuestra Merced que “la entrega” sufra daño alguno haciéndola esperar fuera de este… honorable lugar. ¿Verdad?

Doña Tortu… Merceditas, se dirigió a la puerta y asomando su cabeza hacia el exterior, vociferó: -Niña María de los Milagros, podéis entrar cuando gustéis, el lugar es un lujo y los parroquianos son dignos de confianza. –Al minuto, una joven hermosísima, apareció tímidamente en el vano de la puerta. Tendría unos veinte años, más o menos. Bajó los ojos con pudor, pero todos los demás ojos que había en la hostería, se posaron ávidos sobre ella. La hostería volvía a cobrar vida y esperaba ansiosa los acontecimientos que allí se desarrollarían…

domingo, 4 de abril de 2010

Protesta de Santorcaz

Muy buenas tengan vuestras mercedes, mi nombre es Juan de Santorcaz Paloma. Muchos de vuestras mercedes tendrán el gusto de conocerme por mi dominio de la tijera y la navaja de rasurar, en lo que quedo agradecido. Otros también me conocerán por la infamia que sobre mí pesa y ante la cual me rebelo. Como han podido comprobar sus altas gracias, sé muy bien que todo lo que me ocurre es seguido con gran interés y comentado en los corrillos y que sé que los demás no se dan cuenta de ello, pero Dios en su infinita gracia me ha puesto esa luz sobre los ojos y soy capaz de oír lo que por ahí se dice y así he comprendido cuan desafortunado soy. Es por esto que me quejo amargamente y protesto, acuso a un tal Manuel García como el culpable de todo mi infortunio como enhebrador de mi destino. A tan funesto sastre acuso de ser quien me consiga los trajes más desarrapados, ¿por qué no me amancebé con la duquesa? ¿O con Juana la sanguinaria? En lugar de ello he de yacer con esa… cosa. ¿Por qué mis empresas acaban en la ruina? ¿O por qué he de comer chacinas sucias y beber vino que afloja el vientre? Pues muy sencillo porque al “señor” le place. Por lo mismo que le place decir que va a publicar un libro de relatos y que está próximo a salir y que pueden verlo en http://www.elfuegodelautopia.tk/. ¡Ven! ¡ven! Esto es lo que me hace decir, damas y caballeros, a mí, un alma noble, un ser honrado, de este modo manipula mi voluntad como si fuese un dios, mas a partir de hoy abandono, no estoy dispuesto a seguir con esta farsa, que se busque otro personaje de quién reírse, porque yo me voy a limpiar y asear nada más y nada menos que al Papa, y a su curia, la fortuna me llama y en adelante haré la corte a damas de alta cama, a mujeres con estilo, con clase, hermosas y tiernas damas que buscan la experiencia y la distinción…
- Mi amooool, venga, deja de hablal tanto que t´espero desnudita pa que me comas enteritaaaa.

domingo, 21 de marzo de 2010

La primavera la sangre altera

MG

Detengamos el tiempo para jugar con él. Situemos a los personajes como piezas de un tablero de ajedrez, tenemos a Santorcaz sorprendido y dando la voz de alarma, a Casimiro que va en su busca después de agobiar al Niño del Corral, a la Pitones que mira a su Niño con una mezcla de cariño y reproche, por último tenemos a don Silbando quien devora un trozo de queso aparentemente ajeno a la escena.

No, no me olvido de Juana la Sanguinaria. La pobre mujer se ha visto sorprendida y sin pretenderlo se sitúa en el epicentro de la atención. Casimiro llega y observa a la dama con sorpresa, lo primero que siente es un gran alivio, ahora lo explica todo. En estas últimas horas su virilidad se había visto turbada y en las próximas, su mundo iba a quedar trastocado para siempre.

- ¿Pero qué dice usted?preguntó a Santorcaz.

- Cómo que qué digo, Juan el Sanguinario es una dama, acabo de verle el trasero.

- ¿Queeeeé? Que le ha visto usted el mondongo.

- Enterito y en pompeta, así para zambullirla, puedo certificar que es una mujer, además tiene unos pechos como...

- Calle, calle. Lo sabía, lo sabía – afirmó el cabrero molesto – por eso estaba yo tan barruntón, la reconocí por sus apestañas. Las mujeres las tienen más largas.

La dama se acercó ruborizada, no sabía qué decir por lo que bajó la miraba avergonzada. Santorcaz arrobado por su belleza se echó a sus pies, le besó la ensortijada mano y le dedicó unas palabras.

- Oh, señora, tenga a bien perdonar a este triste pecador. Cuán turbado me he visto al ver pasar ante mí la belleza y no saberla reconocer…

La mujer se encontraba atónita, por primera vez en muchos años estaba siendo adulada y no sabía qué se suponía debía de hacer. Casimiro sintió un ataque de celos terrible, las flechas de amor le habían atravesado el pecho y sentía que de un modo tan repentino que por un momento creyó perder el juicio. Fue como un desfallecimiento, un ligero mareo y todo cambió, Santorcaz acariciaba la mano de su amada, se le había adelantado. A sus espaldas la gente se amontonaba atónita observando la prodigiosa metamorfosis del muchacho en diosa. Tenía que reaccionar, adelantarse al barbero e incluso al torero que lentamente se acercaba para desesperación de la Pitones. ¿Pero qué podía hacer, qué podía él decir consciente de sus carencias verbales? Estaba acongojado observando como el barbero le robaba la atención de su dama. De todos modos, nunca tuvo posibilidades, qué podía hacer un pobre cabrero para conseguir los favores de una señora así, ahora parecía un hidalgo, pero por dentro seguía siendo un bruto. En ese instante, entró en escena el torero quien también la agasajaba, para tormento de las gitanas. Poco a poco, Casimiro abandonaba, dio media vuelta y se dispuso a pagar lo que debía en la hostería y regresar al monte, con los animales. Ese era todo su universo, cerros y barrancos, arroyos y mesetas, ganado y soledad. Sin embargo, Juana le miraba de reojo, apenas le perdió un instante la vista y Casimiro había desaparecido.

Casimiro pagó a Buttarelli, dejó hasta la última moneda para Santorcaz y se dispuso a largarse, apenas sin ánimo para despedirse. Pero alguien más le observaba, don Silbando quien cruzándose en su camino le dijo:

- Casimiro, no puedes irte así, tienes que decirle adiós a ella.

- Pe… pero…

- No hay peros, adelante. Confía en mí – le dijo en un guiño.

Casimiro titubeante se volvió y desafiando a la multitud avanzó, en esos instantes Juana se veía rodeada de pretendientes quienes como moscones no la dejaban ni respirar. Al ver al cabrero avanzar a la muchacha se le iluminó el rostro. Ambos se colocaron uno en frente del otro, ahora ya parecían estar solos, como si el resto del mundo se hubiese venido abajo, como si nada existiera porque ya nada importaba.

- Señorita yo no sé hablar… - don Silbando hizo uno de sus sortilegios y las palabras que soltaba el cabrero se transformaban y llegaban a Juana de un modo distinto – a mi usted me gusta mucho es muy guapa y apesta muy bien (Amada mía, propietaria de mi tristeza y mi felicidad, quisiera ser aire para que me concedieras un suspiro) y cuando usted enseña los dientes son muy blancos y uno al lado del otro ( ser alegría para provocar una de tus sonrisas), tienes más tetas que la clarita a la que le saco tres litros de leche ( encadenaré mi corazón a tu pecho) pero tetas, tetas ( tu inmenso pecho). Por usted mando las cabras a tomar por culo, vamos que estoy por renunciar, ahora mismo voy y le digo a mi papa que se las meta por los huev… (Mi mundo ya no es mundo, mi vida ya no será la misma desde hoy, pedídmelo y lo dejo todo) yo quisiera comprometerme con usted y proponerle compromiso (pertenezco a usted como a la noche sus estrellas, como al río su orilla, como al infinito la eternidad) para acostarnos juntos todas las noches ( quisiera vivir en tus sueños para yacer junto a vos en su alcoba) y no separarme nunca de usted, porque ya no me queda nada más en el mundo que no sea o venga de usted.

Juana no oyó más, se abalanzó al cabrero y con un beso sellaron su amor. Santorcaz dio varios pasos hacia atrás y desapareció. El torero hizo un gesto de desdén y se encontró con las gitanas que lloraban de emoción.

Don Silbando pagó con una única moneda al barbero y le dijo:

- Tú sabes porqué.

Santorcaz iba a decir algo y se lo tragó, don Silbando le había visto. Era el momento justo de largarse, tomó la puerta y se encontró con que era de día y hacía calor, ya no quedaba nada de aquella fría y nevada noche de navidad. Se quedó extrañado mirando a todos lados, se llevó un dedo al bolsillo y extrajo una sortija de oro que había robado a Juana cuando le besó la mano. Rió con codicia, por fin, por fin, se dijo, por una vez parecía salirse con la suya. Qué más daba que don Silbando le hubiese dado una única moneda que no era ni del prometido oro, aquel anillo valía una fortuna. Pero alguien más le observaba, su talón de Aquiles.

- Hola mi amol, te llevo mucho tiempo´sperandote, desde navidas. Ahora es primavera y están hablando de amol. Tú y yo vamo a hasel el amol hasta sudá. Asín, asín como bestias en selo.

- Usted y yo no vamos a hacer nada, está loca, falta mucho para la primavera.

- No, no, cariñito hoy entla la primavera, o hasemo el amol o me chivo a los aguasile, que la hostería está llena.

- Estás loca, vengo de la hostería y no hay ni uno – y dicho esto retrocedió hasta la hostería en donde al abrir la puerta se topó con media docena de aguaciles bebían, reían y jugaban a los dados.

A Santorcaz se le emblanqueció el rostro, ¿qué demonios había ocurrido? ¿Qué clase de magia era aquella? Lo peor es que Casiana estaba a su espalda, reclamando un peaje para poder llevarse el anillo. El barbero se dio la vuelta y Casiana le agarró por sus partes.

- Que ricoooo, que glande, mi tesoooro. Vamos amol que el chocho me aplaude.

Pobre Santorcaz, nunca nadie pagó tanto por una sortija de latón.

domingo, 14 de marzo de 2010

CAPITULO XIII "NO ESO NO..."

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Estanto presto, el Niño del Corral en tareas de flirteo con las gitanas, tras el descalabro de la corrida celebrada esa tarde, cuando Casimiro, miró con fijeza como res brava la taleguilla del torero trianero, que bien ceñida la dejaba ver entre las fulanas de la Hostería.
(¡Hay que vé er parato que jesconde er torerillo en la entrepierna!) -pensó con los ojos fuera de órbita.-
En esto que el torero apoyo sus codos en la mesa de las gitanas para acerca su rostro a la "Pitones", mientras la Carmela toqueteaba sus piernas bajo la mesa pensando que quizas fuese ella la que aprovechase el sueldo ganado en la plaza ante la indiferencia mostrada por su compañera, cuando Casimiro, no lo pensó dos veces y se acercó por detrás propinando un disimulado estoque en las traseras del Niño, que con rapidez giró su cuerpo en redondo.
- ¡Pero que paja aquí!-exclamó espantado.-
- Lo ziento, Maestro, he tropezao con un gueso de aceituna y casi me mato.-contestó, Casimiro, orgulloso de sentir por un momento las posaderas del valiente maestro contra su portañuela.-
-¿Tropesao? , mire su mersé que má bien ma paresío ca querío endosarme la vaina.-añadió, el Niño, ante las risotadas de las gitanas.-
- Pero ¿porquién me toma vuestra mersé? Un es mú macho.
- ¿Macho? si será, ¿porque o anda bien formao o se la io la borsa der parné por un hueco der borsillo?
-No le consiento que sospeche de mi viriliá, venga a mi mesa y sanjemo er asunto.
- Mire buen hombre, mejó vayasé a su mesa y dejeme termina la faena con las señoras jaquí presente.-contestó el torero, recomponiendose aún del embite.-
- Me ofende vuestra mersé, y no pienso asestarle una negativa a mi invitasión.-contestó, Casimiro, frunciendo el ceño en señal de enfado.-
- (Vaya hombre que me van a tocá lidiá con tó los majarones que paran en la bodega).-pensó el torero, disculpándose de las gitanas para aceptar a continuación con desganas la invitación de Casimiro.
Me voy a tomá esa jarra de vino con vuestra mersé porque juno é educao, pero le vuervo a desí que su tropesón é má sospechoso que una cabra en la casa de un cabrero.
- Venga torero no se mé enfade que su való é de envidia, y no está bien que se fie de un burlaco y no de un hombre cavá como lo es un servidó
. -contestó, Casimiro, sabiendose ganador de la maniobra de atraerlo hasta su mesa, ya que para el que todo sería cuestión de emborracharlo y servirle en la bebida los mejunges comprados a Santorcaz ,. De esta manera el torero caería rendido a su grupa. Las gitanas, mientras tanto continuaban riendo a dos carrillos al saber de sobras la tendencia sibilina de la que hacía gala Casimiro en asunto de alcobas..."

domingo, 7 de marzo de 2010

CAPÍTULO XII: La sorpresa…

LG

Luego de la corrida en la que le había propinado sendos leñazos al pobre Diego Cerrojo, que encima de haber quedado calvo de abajo, luego quedó tiznado y aporreado de arriba, Casimiro volvió a sentarse en su lugar.
Como decíamos, Juan de Santorcaz comenzaba a hacer carpa de sólo mirar a su tocayo, Juan el Sanguinario, el pirata que mejor culo tenía en toda la Malasia, el Caribe y los mares del Nuevo Mundo, según su apreciación. Y he de asegurar que su apreciación ya era harto notoria.

Pero lo que aún más lo excitaba, era el hecho de que el joven, habíase agachado para atarse el cordón de su bota, que justamente se le había soltado. En eso estaba cuando se escuchó un “Riiiiiiiiiip” y el pantalón del sanguinario se abrió al medio por la fuerza que hacían sus cachetes allí apretados. Cuál no fue la sorpresa de todos cuando debajo de aquel varonil atuendo, afloraron unas primorosas bragas color de rosa.
Santorcaz babeaba encima del cabrero que, como estaba de espaldas no había visto el espectáculo, que de verlo, también hubiera corrido al barbero a fuerza de leñazos para quedarse con el mozo, moza o mariconcete…

El Sanguinario, se levantó de golpe y corrió como una exhalación, escaleras arriba, hacia sus aposentos, mientras su cara se ponía colorada como un tomate. Salió Santorcaz, con el carajo al tope, corriendo tras él, y cuando llegaron ambos, al mismo tiempo, a la puerta de la habitación, el barbero, queriendo asir al otro Juan por un brazo, erró el zarpazo y le arrancó de cuajo sombrero, bandana y… peluca. Todo resultó en apenas unos instantes, de forma tal que unos cabellos morenos, largos y rizados, afloraron como una cascada sobre los hombros de él o ella, o vaya uno a saber qué.

Pe… pe… pero ¿Qué diantres está pasando aquí –vociferó sin creer lo que veía, cuando en el forcejeo, que no cesaba, la camisa del Sanguinario se abrió de golpe y un par de bellísimos pechos le saltaron a la cara-. ¡Mare mía! ¡Qué melones! Entrad a vuestros aposentos que yo os haré guardia de honor, sin espada pero con todas las armas… -Le dijo al ex – Sanguinario, mientras las babas le mojaban su propia camisa de tanta excitación-. ¡Yo sabía que algo raro pasaba aquí! ¡Una mujer! –Gritó-. ¡El pirata es una mujer!

Gran error por parte del barbero el haber dado la alarma. Porque al escuchar "¡Una mujer!", Casimiro, el archiduque de las Cabrias, se venía corriendo como un toro para embestir lo primero redondo y acolchado que encontrara en el camino, aún no se sabía si eran las posaderas del ex – Juan o del "todavía" Juan de Santorcaz.

domingo, 28 de febrero de 2010

Capítulo XI El Archiduque

Casimiro que había llegado a Sevilla con el ánimo de encontrar novia, había perdido el norte y no sabía si lo que quería era novia o un agujero con piernas, ya que jamás en su vida había visto tanto estímulo junto, ni siquiera en la romería de su pueblo. En esos momentos en los que Casimiro ya iba directo a clavar el estoque al torero así como si tal cosa y todos estaban sobresaltados, justo cuando la alborada comenzaba a lanzar sus primeros estertores sobre las nubladas ventanas de la hostería y nadie esperaba ningún sorpresa del exterior, se abrió la chirriante puerta y una figura no muy grande se recortó. De este modo, todos, como buenos actores que eran, recuperaron la compostura y siguieron con su tarea no fuera a ser que quien se presentaba fuese un inquisidor o la autoridad. Pero no, para sorpresa de todos y justo cuando entró un paso las luces mostraron su rostro, era Diego Cerrojo, el comerciante.

Para hacer memoria recordaré quien era este singular personaje, e incluso haré más, daré unas breves notas biográficas de este hombre de negocios.

Diego Cerrojo era un hidalgo, gracias a un favor paterno pudo heredar una basta finca que mal vendió al otro día para embarcarse a las Indias. Convencido de que iba ha amasar una gran fortuna tuvo a bien comprar un poco de todo lo exótico que conoció. Trayendo con él al antiguo continente, entre otras cosas, papas podridas, monos, esmeraldas, tomates amarillos y pavos. Como sabemos, y si no lo sabemos lo recuerdo, Santorcaz engañó a Diego quedándose con sus pavos. Por lo que el comerciante venía empapado en rencor y dispuesto a vengarse.

El barbero al verle agachó su cabeza y continuó en su labor de acicalar al cabrero quien, como todos observaba con curiosidad al recién llegado.

- ¡Canalla! Te encontré, eres un miserable, me dijiste que con el ungüento mi picha crecería, que era una receta de los Incas para hincarse. ¡Ah, sinvergüenza! Y mi picha no creció no, sino que gracias a sus pócimas hoy no tengo un solo pelo en mis partes nobles.

- ¿A mí me lo dice?preguntó Casimiro.

- No, a usted no, buen caballero, sino al canalla que anda piojeando por su cabeza.

- No le haga usted caso, es un loco que… nos ha confundido.¡Oiga usted – gritó Santorcaz señalando a Diegoun poco de respeto pues este señor a quien acicalo es nada más y nada menos que el… Archiduque de Calabria!

- Eso, eso yo soy el Casiduque de las Cabrias!

- ¡Canalla! A mí no me engañas otra vez, ¡el alguacil!, que se haga justicia con el ladrón.

Al decir ladrón media hostería se encogió, ¡un alguacil!, era como mencionar la soga en la casa del ahorcado. Buttarelli palideció, muchos de los allí presentes querían marcharse.

- Lo dicho, es un loco, ni caso, déjelo usted hablar y no le haga caso.

- Mire usted que no quiero pendencias, que no me conoce usted a mí dijo Casimiro quien a su modo de ver las cosas se veía interpelado.

- No, no me refiero a usted, sino al piojoso que le anda hurgando, ganándose su confianza para robarle. No, no me refiero a usted, ya que usted se ve que es de alta cama hijo de gran alcurnia de rancio abolengo…

No dijo más, el cabrero de un salto cogió un leño de la chimenea a modo de cayado y comenzó a atacar a Diego Cerrojo que gritaba y maldecía. De ese modo el comerciante salió disparado por la puerta con Casimiro atizándole en la espalda. A los allí presentes sólo les faltó aplaudir.

Apenas pasaron unos dos minutos cuando Casimiro reapareció triunfante enseñando su dentadura en una cómica sonrisa.

- El “hioputa” sin yo meterme con él va y me dice que mi madre es una alcurnia y mi padre un rancio no se qué. Ea, pos se acabó el cuento, por ahí anda que ha cruzado el Guadalquivir a nado. Y eso que no tengo mi honda, que si no llega hasta Grazalema corriendo.

Santorcaz oyendo esto pudo al fin volver a coger una de las viandas y masticar tranquilo. Sin darse cuenta volvió el rostro y miró a Juan el Sanguinario… pero qué demonios… su entrepierna se le revelaba y el abultamiento le cogía pellizcos. Ese tal Juan el Sanguinario era precioso…

- ¡Butarelli! Traiga un poco de vino a riesgo de cagarme vivo… que el entendimiento se me está nublando o levantando.

El barbero necesitaba un poco de caldo para rebajar su… “entendimiento”.

lunes, 22 de febrero de 2010

NANA PARA ÁLVARO - ¡BIENVENIDO!


Despierta, niño, despierta
que te alumbra la blanca luna,
Sevilla se vistió de fiesta
y en su regazo te acuna.

Álvaro te llamarán las flores,
Álvaro, repetirán los ecos,
tus padres destellarán amores,
también te cubrirán de besos.

De noche despertarás estrellas
con el brillo de tu mirada,
benditas sean las dos centellas
que cruzan tus alboradas…

Benditos sean los cielos,
esos cielos de cristal,
Álvaro, niñito, pisarás el suelo
con la fuerza de un vendaval.

Despierta, niño, despierta
que te alumbra la blanca luna,
Sevilla se vistió de fiesta
y en su regazo te acuna.

Con todo el cariño de tía Lili

viernes, 19 de febrero de 2010

"CAPITULO X De la gracia a la desgracia..."

"S"

En pleno desconcierto y dimes y direstes en lo concerniente al sexo, entraron dos mozos de cuadra portando un abultado paquete para entregar a Butarelli.
- ¿Y a uztede quién los manda?
- Traemos un envío para entregar...
-Para entregá a un servió.-contestó irrumpiendo en la hostería el mismisimo Niño del Corral.-
-(hay Dios Santo, er que fartaba).-pensó Buttarelli.-
- No lo pueo creé, ¡Si é mi niño!-exclamó la "Pitones".-
- ¡Ché, aonde vas tú! , ¿ya sa tor viao que se fué con la piojosa? -replicó la Carmela.-
- ¡Ay! barbero, ¿quién é ese gacho?-preguntó, llevándose la mano a la boca y moviendo la cabeza Casimiro.-
- ¿Pero que pasa aquí? ¿naide se alegra de verme?-preguntó el torero, dando una propina a los emisarios del paquete.- ¡Criztofano, llena aquí! , que vengo a triunfá en la plaza de toro de Utrera
- Po yo voy a verlo...-dijo de nuevo, la "Pitones".-
- ni se tocurra, que tarranco la mata de ahí abajo.-contestó, increpandola la "Carmela".-
- Barbero, barbero, a ece me lo encamo hoy mismo sin rechistar. Y que se vaya por ahí el sanguilonento de los cojones...
El murmullo, fue creciendo en la taberna al tiempo que el torero se acercaba parsimoniosamente hacia la mesa de las gitanas. (Le arrea un guantazo seguro), pensaban los más asiduos. (con que elegancia anda el torero), pensaba el alquimista. Y poco a poco se plantó frente a ellas, ante la atenta mirada de doña Rosario, que como un rayo salía de la cocina para presenciar el choque.
- Que guapas que están mí gitana. ¿como andáis calamidade?
- ¡Ché!, naita de calamidade, que er señorito se pasa de rosqueta...-contestó, la "Carmela".-
- No guardarme rencó, ¿que curpa tengo yo de enamorarme de una duquesa?...-contestó el trianero.-
- ¿Enamorarte de una duquesa? será de una piojosa con urdele-contestó, la "Pitones".-
- Hay "Pitone" mía, no te me ensele que no me gusta verte sufrí...
- Que la dejé en...
- Caya, "Carmela", que soy mú grandesita pá saberme defendé.
- Cá quí no hay ofensa ninguna, que os invito a sená, y ya está enterrao el jacha de guerra.-contestó el torero.-
-¡É usté torero de verdá! -exclamó, Casimiro, acercándose a la mesa.-
- Er Niño der Corral, pá servirlo señó.
-(ayyyyyyyyyyyy, pá servirme dise, ayyy que me lo como, me lo como, me lo como)-rugió para sus adentros, Casimiro.-..."

sábado, 6 de febrero de 2010

CAPÍTULO IX: De las urgencias del Casimiro y otras cuestiones raras…

LG

Así es, y no les han mentido señores, Santorcaz había dejado al Casimiro, casi hecho un duque, pues no le quedaba ni pizca del aspecto bruto que había traído consigo, salvo su sesera que se asemejaba a la de un mosquito de tan minúscula que era.

Efectivamente, cada vez que abría la boca, hasta los bichos salían espantados, es que el pobre se había criado entre cabras y no sabía desenvolverse entre la gente. Y hablando de cabras y a fuerza de decir verdad, hacía ya semanas que el Casimiro no veía ni una cabra sabrosona, de esas que vivía enamorado, de modo que ya las estaba echando de menos y sentía la necesidad entre las piernas. Cómo habrá sido que hasta se había entusiasmado con Juan, el Sanguinario, pues cada vez que lo veía, montaba una carpa de padre y señor nuestro.


Y en esos pensamientos libidinosos y mariconcetes estaba, cuando la Pitones bajó corriendo, como alma que lleva el diablo, las escaleras que daban a los aposentos de altos donde había espiado por la cerradura, al pirata Juan.
La Carmela la vio venir derechito hacia ella, y de la intriga fue a su encuentro, reuniéndose en el centro del salón.

Pero qué ej lo que te ha pasao mi niña, parece que has visto un fastasma de cómo traej la cara. –La Pitones la tomó de un brazo y arrastrándola hacia un rincón, le hizo señas de que bajara la voz.

Calla mujé, que nadies debe enterarse de esto, joé… Lo he visto al mozalbete, en cueritos… ¡Aaaaaaay, virgencita santa! Que nunca he visto nada igual, y mira, Carmela, que he visto culoj de todos los tamaños y todos los colores… pero a fe mía que nunca he visto uno tan perfectamente redondo como el que vi, además, además… -Y acercándose al oído de la Carmela le cuchicheó algo que hizo que la gitana ahogara un grito de estupor.

Que no puede sé, niña, no es posible… -Pero de golpe debió cerrar el pico, porque el Sanguinario, bien acicalado y con sus ropas impecables, bajaba a tomar su cena, ajeno a los chismorreos de las gitanas.

Ni bien pasó delante del Casimiro, lo miró de hito en hito sin reconocer al bruto que había visto unas horas antes. Y el Casimiro… al Casimiro se le cayeron las babas sobre el plato de Santorcaz que aún seguía comiendo chorizos con pelo y ahora también estaban adornados con barba inerte, pues la mirada de Juan se le antojaba más excitante que las de las cabras que conocía, con lo cual, su pantalón creció varios talles sin que pudiera, ni quisiera, evitarlo, sí señor. Luego se dirigió al barbero, con quien había cogido confianza merced a sus artes y le dijo:

Mire usté don Santatorcaza, este niñato me hace saltar el ganso más aún que la Eleonora, la cabra más guapa con la que me ido pal monte. ¿Qué le digo pa clavarle la lanza? Digamé usté que es tan sabioso, que no me aguanto más, hombre…

El barbero abrió los ojos de manera descomunal, tal la sorpresa que se llevó, pues sabía que el Casimiro era bruto como un arado, pero nunca pensó que fuera mariconazo confeso…

lunes, 25 de enero de 2010

CAPÍTULO VIII: Del trato entre don Servando y Santorcaz… y del "ojo en la cerradura"...

LG

Consciente de que su actitud pasaba, cuanto menos de sospechosa, Juan el Sanguinario bajó la cabeza y subió prestamente a sus aposentos sin decir más palabra. Mientras tanto, don Servando, que observaba todo desde su mesa con gran divertimento, llamó a Santorcaz con la mano en alto, y al acercarse, con tono confidencial le dijo:

Barbero, venid un momento. Veo que miráis con ganas la bolsa del cabrero, os puedo asegurar que si hacéis de él un don Juan como aseguráis, sacaré de vuestras orejas más oro del que él lleva en su morral. –Diciendo esto, hizo un pase mágico y sacando una moneda de la oreja de Santorcaz, se la entregó en mano sin que el truhán pudiera decir ni pío del asombro que lo acosaba.- El pacto es el siguiente: si lográis el cometido, seréis rico, si no lo lográis… ¡Ah, si no lo lográis! Tal vez os convierta en sapo. –Y soltó una sonora carcajada que retumbó en todo el salón.

A Santorcaz se le iluminaron los ojos de codicia y sin pensarlo dos veces, replicó:

No dude excelentísimo señor que así lo haré, aunque deba trincarme a la Casiana de por vida, y válgame Dios que es castigo como para purgar en el infierno, pues no hay navaja que rasure sus bigotes sin desafilarse, y ni hablar de los gatos que tiene en los sobacos… huelen peor que una paella de mariscos en mal estado. –Bajando aún más la voz, le dijo en tono de confidencia-. Del “otro gato”, no quiera que le hable, don Servando, que su señoría es demasiado señorioso pa decirle lo que tiene entre las piernas… ¡Pardiez! –Y sellando el pacto con un apretón de manos, se dirigió muy ufano hacia su tocayo bien dispuesto a comenzar la tarea.

Entretanto, las gitanas se habían quedado picadas por la curiosidad con la imagen del Sanguinario y sus dichos. La Pitones, haciendo de tripas corazón, y por no tener con quien hablar, se acercó a la Carmela bien mansita:

¿Haj visto tú al mozalbete? ¡Qué diantres le ha picao! Aquí hay gato encerrao, y te lo digo yo, por mi Niño del Corral que destaparé esta olla. –Y poniendo los dedos en cruz, se los besó en juramento-. Luego se dirigió hasta la puerta de la alcoba de Juan el Sanguinario, y poniéndose culo pa´rriba se dispuso a fisgonear por el agujero de la cerradura. Juan se estaba quitando la ropa y lo que vio la gitana la dejó sin habla…- Lo sabía, lo sabía, -dijo para sus adentros-, no hay diosito que a mí me engañe… -Y se dispuso a no perderse detalle de los atributos que veía...


MG

Tal vez no se le diese tan mal la noche a Santorcaz. Animado por la moneda a punto estuvo de pedir vino a Buttarelli, pero recordó el capítulo del empuje de los higos chumbos y se abstuvo. Lo que sí requirió fue unas viandas con las que entró en calor y recuperó su buen humor. Espoleado por el ánimo metió mano a Casimiro quien ya no sabía muy bien a qué había venido a Sevilla. Comenzó a abrir y cerrar sus tijeras y pasearlas por el pelo del cabrero como un hada de metal que batiese sus alas sobre una flor. Comenzó a mover tijeras y cabeza, a buscar ángulos, perspectivas. Mientras los demás fingían no mirar.

- ¿Sabe usted caballero?

- Yo no tengo caballo, mire usted.

- Es un hablar… a mí el joven ese… el Sanguinario o como se llame no me da ningún miedo. Sepa usted que yo estuve en la batalla de Lepanto contra los inglaterreses de Inglaterra, y en la de Salamina contra los turqueses de Turquía, e incluso con los franquistas de Francia en la batalla naval de… en la batalla del Sahara. Y siempre salí victorioso… mas uno es hombre de paz. De haber sido un maleducado de buena fe hubiese atravesado a ese polluelo. Otra cosa he de advertirle… no se fíe del personal, todos ambicionan lo que usted tiene. Además, en un sitio como este sólo hay envidiosos y todos, todos, le envidian a usted por su porte y su elegancia.

- ¿Yooo?

- A usted, como le digo. Una vez que termine nos iremos de aquí para no volver más.

De este modo Santorcaz iba ganándose la confianza del pobre Casimiro, quien movía la cabeza a un lado u otro según los dictados del barbero que hablaba hasta por la tijera. De vez en cuando cogía algún trozo de chorizo y se lo llevaba al buche, naturalmente contaminado de pelos. En un determinado momento sacó sus perfumes traídos de “las selvas de Arabia” y empapó al cabrero hasta impregnar con su perfume toda la hostería. Juan se detuvo, le examinó, le quedaba el trabajo más importante: la barba. Sacó su navaja, afilada como la lengua de una suegra. Pero Santorcaz no consideraba a su navaja como un instrumento de corte, sino como un buril con el que dar forma a un nuevo rostro. Recortar los pelos que durante tanto tiempo se habían enredado como una hiedra salvaje, para dejarlos como un seto ornamental, la perilla de bachiller, el bigote de un hidalgo, la barba de un escribano. Nada en él podía hacer sospechar su noble oficio de ganadero, tenía que parecer un grande, un noble, el indiano que llegó de las américas, el extranjero que zarpará mañana al nuevo mundo. Santorcaz era un dios y Casimiro su Adán particular.

Mientras tanto otras tantas cosas poblaban la imaginación del cabrero, al principio comenzó a imaginar batallas y creyó que las guerras eran como cuando se peleó con el Eustaquio que comenzaron a tirarse boñigas de borrico y terminaron con pelotes de granito. Continuó pensando en toda la gente de la hostería, y creyendo que querían robarle el queso de su morral. Para terminar oliendo ese líquido con el que el barbero le bautizaba una y otra vez. Pensó si no sería cosa de amanerados y creyó que sí, que se estaba volviendo algo mariconcete porque le atraía el tal Juan el Sanguinario. Notaba como una bobería que le ponía eso que ya sabemos, alegre. Tanto o más que la butifarra que devoraba Santorcaz. Lo cierto, es que había venido hasta Sevilla para encontrar moza, si se presentaba en la sierra con un chavalote su padre lo correría a patadas con toda la razón del mundo. Aunque lo peor era que no sabía qué decirle a una dama, la tal Pitones se le antojaba jugosa, ¿pero qué podía decirle? Miró al barbero, quizá sus consejos serían acertados.

- Mire usted, yo no sé que decirle a las mozas… - dijo al fin.

Santorcaz, se detuvo, le faltaba muy poco para acabar su obra y cobrar el dinero de don Silbando, pero ahora tenía la oportunidad de ganarse aún más la confianza del cabrero.

- Se empieza diciendo algo bonito, como…

- ¿Eso es lo que usted le dijo a la Casiana?

- No, noble caballero. A la Casiana le vale con un rebuzno o en su defecto con varios eructos. Como le decía, usted debe decirle algo que suene bello, pruebe con esto: “¿No es verdad ángel de amor que en esta apartada orilla más clara la luna brilla y hasta el aire se respira mejor?”

- ¿Cómo, cómo? ¿Ángel mamón aparta las rodillas que esta está que me brilla y vas a respirar mejor?

En ese instante Santorcaz terminó con la navaja, le había quedado un trabajo impecable había hecho su obra maestra, su David, su Capilla Sixtina, su Pirámide Maya, su Alhambra… Casimiro era un ser hermoso, elegante, olía como la cama de un príncipe… sólo tenía un defectillo: sabía hablar.

sábado, 9 de enero de 2010

CAPÍTULO VII: De la transformación del cabrero y otras cuestiones...

LG

Quédose el cabrero sorprendido de sí mismo como lo estaba la concurrencia con su cambio. No era mal parecido que digamos y si las artes de Santorcaz culminaban la tarea tusando el abundante pelo y la hirsuta barba, quizás hasta se podría decir que hasta fuerza buen mozo. Pero parecía que el barbero lo único que quería era largarse con los dinerillos de Casimiro, cosa que no hacía por no encontrarse con el demonio de la Casiana que lo esperaba con los brazos abiertos y sus atributos en pie de guerra, pues las faldas en alto sólo significan una cosa en cualquier idioma.

Percatándose de las intenciones de Santorcaz, Juan de Ratatuille, el Sanguinario, que se había despojado de su capa para dársela al cabrero, se dirigió sin preámbulos al barbero tratando de que éste depusiera su actitud:

Escuchad barbero –le dijo-, olvidaos ese saco que escondéis sin éxito entre vuestras ropas y tal vez podáis salvar el pellejo, caso contrario os serán amputados los dedos de la mano que lleva el talego. Que aquí somos todos malandrines por lo visto, pero tenemos códigos de honor. -Y dirigiéndose a Casimiro, continuó.- Y vos Casi Has Mirado, atended vuestras cosas, pues no respondo por lo que os puede suceder de puro confiado que sois. ¡Abrid los ojos, vive Dios!

Juan el Sanguinario había comenzado a ponerse rojo de la ira, su esmirriado cuerpo temblaba y no se decidía a desenvainar la espada para amenazar a Santorcaz, que dándose por aludido, entregó el saco con el dinero a Casimiro en mano propia, prometiendo que ahora que la fauna autóctona que llevaba encima, había perecido ahogada por el baño, escanciaría sobre él sus perfumados tónicos, los mismos que había conseguido de mercaderes árabes y tan dudosos como él.

Satisfecho con el resultado, Juan, recompuso su aniñado rostro y sacando pecho, gritó:

Mientras el Sanguinario esté dentro de esta pocilga maloliente, no habrá robos entre los parroquianos, ni desprecio a estas damas sin que deban vérselas con mi espada.

Oleeeeee, mi arma, así debe hablá un hijo de la mar. Cuando quieraj aprendé laj arte del amó, no tiene má que decirle a ejta servidoa.-Dijo la Carmela meneando el trasero y acercándose al mozo con intenciones de tantear terreno.

La Pitones se puso a la defensiva, y quedó atenta. ¿Por qué ella tendría que conformar al cabrero y a la gorda de la Carmela le tocaba el niño aquél, bien tiernito y seguramente muy apasionado, como todo hombre de su edad. Sí, la Pitones andaba necesitando un “machazo” con todas la de la ley… pero pensándolo bien, ahora que el cabrero había cambiado la estampa…

Juan el Sanguinario volvió a ponerse granate de la vergüenza… ¿Pero que diantres le pasaba a ese mozalbete?