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LGDetengamos el tiempo para jugar con él. Situemos a los personajes como piezas de un tablero de ajedrez, tenemos a Santorcaz sorprendido y dando la voz de alarma, a Casimiro que va en su busca después de agobiar al Niño del Corral, a la Pitones que mira a su Niño con una mezcla de cariño y reproche, por último tenemos a don Silbando quien devora un trozo de queso aparentemente ajeno a la escena.
No, no me olvido de Juana la Sanguinaria. La pobre mujer se ha visto sorprendida y sin pretenderlo se sitúa en el epicentro de la atención. Casimiro llega y observa a la dama con sorpresa, lo primero que siente es un gran alivio, ahora lo explica todo. En estas últimas horas su virilidad se había visto turbada y en las próximas, su mundo iba a quedar trastocado para siempre.
- ¿Pero qué dice usted? – preguntó a Santorcaz.
- Cómo que qué digo, Juan el Sanguinario es una dama, acabo de verle el trasero.
- ¿Queeeeé? Que le ha visto usted el mondongo.
- Enterito y en pompeta, así para zambullirla, puedo certificar que es una mujer, además tiene unos pechos como...
- Calle, calle. Lo sabía, lo sabía – afirmó el cabrero molesto – por eso estaba yo tan barruntón, la reconocí por sus apestañas. Las mujeres las tienen más largas.
La dama se acercó ruborizada, no sabía qué decir por lo que bajó la miraba avergonzada. Santorcaz arrobado por su belleza se echó a sus pies, le besó la ensortijada mano y le dedicó unas palabras.
- Oh, señora, tenga a bien perdonar a este triste pecador. Cuán turbado me he visto al ver pasar ante mí la belleza y no saberla reconocer…
La mujer se encontraba atónita, por primera vez en muchos años estaba siendo adulada y no sabía qué se suponía debía de hacer. Casimiro sintió un ataque de celos terrible, las flechas de amor le habían atravesado el pecho y sentía que de un modo tan repentino que por un momento creyó perder el juicio. Fue como un desfallecimiento, un ligero mareo y todo cambió, Santorcaz acariciaba la mano de su amada, se le había adelantado. A sus espaldas la gente se amontonaba atónita observando la prodigiosa metamorfosis del muchacho en diosa. Tenía que reaccionar, adelantarse al barbero e incluso al torero que lentamente se acercaba para desesperación de la Pitones. ¿Pero qué podía hacer, qué podía él decir consciente de sus carencias verbales? Estaba acongojado observando como el barbero le robaba la atención de su dama. De todos modos, nunca tuvo posibilidades, qué podía hacer un pobre cabrero para conseguir los favores de una señora así, ahora parecía un hidalgo, pero por dentro seguía siendo un bruto. En ese instante, entró en escena el torero quien también la agasajaba, para tormento de las gitanas. Poco a poco, Casimiro abandonaba, dio media vuelta y se dispuso a pagar lo que debía en la hostería y regresar al monte, con los animales. Ese era todo su universo, cerros y barrancos, arroyos y mesetas, ganado y soledad. Sin embargo, Juana le miraba de reojo, apenas le perdió un instante la vista y Casimiro había desaparecido.
Casimiro pagó a Buttarelli, dejó hasta la última moneda para Santorcaz y se dispuso a largarse, apenas sin ánimo para despedirse. Pero alguien más le observaba, don Silbando quien cruzándose en su camino le dijo:
- Casimiro, no puedes irte así, tienes que decirle adiós a ella.
- Pe… pero…
- No hay peros, adelante. Confía en mí – le dijo en un guiño.
Casimiro titubeante se volvió y desafiando a la multitud avanzó, en esos instantes Juana se veía rodeada de pretendientes quienes como moscones no la dejaban ni respirar. Al ver al cabrero avanzar a la muchacha se le iluminó el rostro. Ambos se colocaron uno en frente del otro, ahora ya parecían estar solos, como si el resto del mundo se hubiese venido abajo, como si nada existiera porque ya nada importaba.
- Señorita yo no sé hablar… - don Silbando hizo uno de sus sortilegios y las palabras que soltaba el cabrero se transformaban y llegaban a Juana de un modo distinto – a mi usted me gusta mucho es muy guapa y apesta muy bien (Amada mía, propietaria de mi tristeza y mi felicidad, quisiera ser aire para que me concedieras un suspiro) y cuando usted enseña los dientes son muy blancos y uno al lado del otro ( ser alegría para provocar una de tus sonrisas), tienes más tetas que la clarita a la que le saco tres litros de leche ( encadenaré mi corazón a tu pecho) pero tetas, tetas ( tu inmenso pecho). Por usted mando las cabras a tomar por culo, vamos que estoy por renunciar, ahora mismo voy y le digo a mi papa que se las meta por los huev… (Mi mundo ya no es mundo, mi vida ya no será la misma desde hoy, pedídmelo y lo dejo todo) yo quisiera comprometerme con usted y proponerle compromiso (pertenezco a usted como a la noche sus estrellas, como al río su orilla, como al infinito la eternidad) para acostarnos juntos todas las noches ( quisiera vivir en tus sueños para yacer junto a vos en su alcoba) y no separarme nunca de usted, porque ya no me queda nada más en el mundo que no sea o venga de usted.
Juana no oyó más, se abalanzó al cabrero y con un beso sellaron su amor. Santorcaz dio varios pasos hacia atrás y desapareció. El torero hizo un gesto de desdén y se encontró con las gitanas que lloraban de emoción.
Don Silbando pagó con una única moneda al barbero y le dijo:
- Tú sabes porqué.
Santorcaz iba a decir algo y se lo tragó, don Silbando le había visto. Era el momento justo de largarse, tomó la puerta y se encontró con que era de día y hacía calor, ya no quedaba nada de aquella fría y nevada noche de navidad. Se quedó extrañado mirando a todos lados, se llevó un dedo al bolsillo y extrajo una sortija de oro que había robado a Juana cuando le besó la mano. Rió con codicia, por fin, por fin, se dijo, por una vez parecía salirse con la suya. Qué más daba que don Silbando le hubiese dado una única moneda que no era ni del prometido oro, aquel anillo valía una fortuna. Pero alguien más le observaba, su talón de Aquiles.
- Hola mi amol, te llevo mucho tiempo´sperandote, desde navidas. Ahora es primavera y están hablando de amol. Tú y yo vamo a hasel el amol hasta sudá. Asín, asín como bestias en selo.
- Usted y yo no vamos a hacer nada, está loca, falta mucho para la primavera.
- No, no, cariñito hoy entla la primavera, o hasemo el amol o me chivo a los aguasile, que la hostería está llena.
- Estás loca, vengo de la hostería y no hay ni uno – y dicho esto retrocedió hasta la hostería en donde al abrir la puerta se topó con media docena de aguaciles bebían, reían y jugaban a los dados.
A Santorcaz se le emblanqueció el rostro, ¿qué demonios había ocurrido? ¿Qué clase de magia era aquella? Lo peor es que Casiana estaba a su espalda, reclamando un peaje para poder llevarse el anillo. El barbero se dio la vuelta y Casiana le agarró por sus partes.
- Que ricoooo, que glande, mi tesoooro. Vamos amol que el chocho me aplaude.
Pobre Santorcaz, nunca nadie pagó tanto por una sortija de latón.
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LGCasimiro que había llegado a Sevilla con el ánimo de encontrar novia, había perdido el norte y no sabía si lo que quería era novia o un agujero con piernas, ya que jamás en su vida había visto tanto estímulo junto, ni siquiera en la romería de su pueblo. En esos momentos en los que Casimiro ya iba directo a clavar el estoque al torero así como si tal cosa y todos estaban sobresaltados, justo cuando la alborada comenzaba a lanzar sus primeros estertores sobre las nubladas ventanas de la hostería y nadie esperaba ningún sorpresa del exterior, se abrió la chirriante puerta y una figura no muy grande se recortó. De este modo, todos, como buenos actores que eran, recuperaron la compostura y siguieron con su tarea no fuera a ser que quien se presentaba fuese un inquisidor o la autoridad. Pero no, para sorpresa de todos y justo cuando entró un paso las luces mostraron su rostro, era Diego Cerrojo, el comerciante.
Para hacer memoria recordaré quien era este singular personaje, e incluso haré más, daré unas breves notas biográficas de este hombre de negocios.
Diego Cerrojo era un hidalgo, gracias a un favor paterno pudo heredar una basta finca que mal vendió al otro día para embarcarse a las Indias. Convencido de que iba ha amasar una gran fortuna tuvo a bien comprar un poco de todo lo exótico que conoció. Trayendo con él al antiguo continente, entre otras cosas, papas podridas, monos, esmeraldas, tomates amarillos y pavos. Como sabemos, y si no lo sabemos lo recuerdo, Santorcaz engañó a Diego quedándose con sus pavos. Por lo que el comerciante venía empapado en rencor y dispuesto a vengarse.
El barbero al verle agachó su cabeza y continuó en su labor de acicalar al cabrero quien, como todos observaba con curiosidad al recién llegado.
- ¡Canalla! Te encontré, eres un miserable, me dijiste que con el ungüento mi picha crecería, que era una receta de los Incas para hincarse. ¡Ah, sinvergüenza! Y mi picha no creció no, sino que gracias a sus pócimas hoy no tengo un solo pelo en mis partes nobles.
- ¿A mí me lo dice? – preguntó Casimiro.
- No, a usted no, buen caballero, sino al canalla que anda piojeando por su cabeza.
- No le haga usted caso, es un loco que… nos ha confundido.¡Oiga usted – gritó Santorcaz señalando a Diego – un poco de respeto pues este señor a quien acicalo es nada más y nada menos que el… Archiduque de Calabria!
- Eso, eso yo soy el Casiduque de las Cabrias!
- ¡Canalla! A mí no me engañas otra vez, ¡el alguacil!, que se haga justicia con el ladrón.
Al decir ladrón media hostería se encogió, ¡un alguacil!, era como mencionar la soga en la casa del ahorcado. Buttarelli palideció, muchos de los allí presentes querían marcharse.
- Lo dicho, es un loco, ni caso, déjelo usted hablar y no le haga caso.
- Mire usted que no quiero pendencias, que no me conoce usted a mí – dijo Casimiro quien a su modo de ver las cosas se veía interpelado.
- No, no me refiero a usted, sino al piojoso que le anda hurgando, ganándose su confianza para robarle. No, no me refiero a usted, ya que usted se ve que es de alta cama hijo de gran alcurnia de rancio abolengo…
No dijo más, el cabrero de un salto cogió un leño de la chimenea a modo de cayado y comenzó a atacar a Diego Cerrojo que gritaba y maldecía. De ese modo el comerciante salió disparado por la puerta con Casimiro atizándole en la espalda. A los allí presentes sólo les faltó aplaudir.
Apenas pasaron unos dos minutos cuando Casimiro reapareció triunfante enseñando su dentadura en una cómica sonrisa.
- El “hioputa” sin yo meterme con él va y me dice que mi madre es una alcurnia y mi padre un rancio no se qué. Ea, pos se acabó el cuento, por ahí anda que ha cruzado el Guadalquivir a nado. Y eso que no tengo mi honda, que si no llega hasta Grazalema corriendo.
Santorcaz oyendo esto pudo al fin volver a coger una de las viandas y masticar tranquilo. Sin darse cuenta volvió el rostro y miró a Juan el Sanguinario… pero qué demonios… su entrepierna se le revelaba y el abultamiento le cogía pellizcos. Ese tal Juan el Sanguinario era precioso…
- ¡Butarelli! Traiga un poco de vino a riesgo de cagarme vivo… que el entendimiento se me está nublando o levantando.
El barbero necesitaba un poco de caldo para rebajar su… “entendimiento”.

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LG
LGTal vez no se le diese tan mal la noche a Santorcaz. Animado por la moneda a punto estuvo de pedir vino a Buttarelli, pero recordó el capítulo del empuje de los higos chumbos y se abstuvo. Lo que sí requirió fue unas viandas con las que entró en calor y recuperó su buen humor. Espoleado por el ánimo metió mano a Casimiro quien ya no sabía muy bien a qué había venido a Sevilla. Comenzó a abrir y cerrar sus tijeras y pasearlas por el pelo del cabrero como un hada de metal que batiese sus alas sobre una flor. Comenzó a mover tijeras y cabeza, a buscar ángulos, perspectivas. Mientras los demás fingían no mirar.
- ¿Sabe usted caballero?
- Yo no tengo caballo, mire usted.
- Es un hablar… a mí el joven ese… el Sanguinario o como se llame no me da ningún miedo. Sepa usted que yo estuve en la batalla de Lepanto contra los inglaterreses de Inglaterra, y en la de Salamina contra los turqueses de Turquía, e incluso con los franquistas de Francia en la batalla naval de… en la batalla del Sahara. Y siempre salí victorioso… mas uno es hombre de paz. De haber sido un maleducado de buena fe hubiese atravesado a ese polluelo. Otra cosa he de advertirle… no se fíe del personal, todos ambicionan lo que usted tiene. Además, en un sitio como este sólo hay envidiosos y todos, todos, le envidian a usted por su porte y su elegancia.
- ¿Yooo?
- A usted, como le digo. Una vez que termine nos iremos de aquí para no volver más.
De este modo Santorcaz iba ganándose la confianza del pobre Casimiro, quien movía la cabeza a un lado u otro según los dictados del barbero que hablaba hasta por la tijera. De vez en cuando cogía algún trozo de chorizo y se lo llevaba al buche, naturalmente contaminado de pelos. En un determinado momento sacó sus perfumes traídos de “las selvas de Arabia” y empapó al cabrero hasta impregnar con su perfume toda la hostería. Juan se detuvo, le examinó, le quedaba el trabajo más importante: la barba. Sacó su navaja, afilada como la lengua de una suegra. Pero Santorcaz no consideraba a su navaja como un instrumento de corte, sino como un buril con el que dar forma a un nuevo rostro. Recortar los pelos que durante tanto tiempo se habían enredado como una hiedra salvaje, para dejarlos como un seto ornamental, la perilla de bachiller, el bigote de un hidalgo, la barba de un escribano. Nada en él podía hacer sospechar su noble oficio de ganadero, tenía que parecer un grande, un noble, el indiano que llegó de las américas, el extranjero que zarpará mañana al nuevo mundo. Santorcaz era un dios y Casimiro su Adán particular.
Mientras tanto otras tantas cosas poblaban la imaginación del cabrero, al principio comenzó a imaginar batallas y creyó que las guerras eran como cuando se peleó con el Eustaquio que comenzaron a tirarse boñigas de borrico y terminaron con pelotes de granito. Continuó pensando en toda la gente de la hostería, y creyendo que querían robarle el queso de su morral. Para terminar oliendo ese líquido con el que el barbero le bautizaba una y otra vez. Pensó si no sería cosa de amanerados y creyó que sí, que se estaba volviendo algo mariconcete porque le atraía el tal Juan el Sanguinario. Notaba como una bobería que le ponía eso que ya sabemos, alegre. Tanto o más que la butifarra que devoraba Santorcaz. Lo cierto, es que había venido hasta Sevilla para encontrar moza, si se presentaba en la sierra con un chavalote su padre lo correría a patadas con toda la razón del mundo. Aunque lo peor era que no sabía qué decirle a una dama, la tal Pitones se le antojaba jugosa, ¿pero qué podía decirle? Miró al barbero, quizá sus consejos serían acertados.
- Mire usted, yo no sé que decirle a las mozas… - dijo al fin.
Santorcaz, se detuvo, le faltaba muy poco para acabar su obra y cobrar el dinero de don Silbando, pero ahora tenía la oportunidad de ganarse aún más la confianza del cabrero.
- Se empieza diciendo algo bonito, como…
- ¿Eso es lo que usted le dijo a
- No, noble caballero. A
- ¿Cómo, cómo? ¿Ángel mamón aparta las rodillas que esta está que me brilla y vas a respirar mejor?
En ese instante Santorcaz terminó con la navaja, le había quedado un trabajo impecable había hecho su obra maestra, su David, su Capilla Sixtina, su Pirámide Maya, su Alhambra… Casimiro era un ser hermoso, elegante, olía como la cama de un príncipe… sólo tenía un defectillo: sabía hablar.
LG