LGA tiempo había entrado Casimiro Cuevas, pues Juan el Sanguinario había transformado su rosada cara de niño en una cereza madura, de tan rojo que se había puesto por las palabras de Santorcaz… ¡Qué osadía! Decirle justamente a él que olía de los sobacos, a él, el pirata entre los piratas, el que por menos de eso había matado…
Sólo un instante se distrajo Juan de su ofensor, fue cuando Casimiro entró a pura ventosidad, luego, recomponiéndose, se dirigió al barbero con estas palabras:
Espero que Vuestra Merced, se retracte de palabras tan necias y burdas, que un caballero de los mares como soy, lejos está de oler de los sobacos, pues he traído de las Indias los perfumes más exquisitos a punta de espada y de sangre sólo por haceros agradable vuestra estancia a mi lado, caballero… Y no oséis tocar mi recogido cabello so pena de quedaros con un muñón donde tuvisteis las manos…
En otras circunstancias Santorcaz hubiera armado la de Dios es Cristo, pero con tanto nuevo forastero tenía para elegir, por lo que no le prestó la más mínima atención al niñato y se abocó a seguir la bolsa de oro que traía Casimiro, como al descuido.
Despechado aún más por haber sido ignorado, Juan el Sanguinario se apuró por interponerse entre Santorcaz y Cuevas, pero al momento, la ventosidad condensada que emanaba le hizo fruncir la nariz y echarse para atrás.
¡Por mil demonios! ¡Barbero! ¡Ofrecedle a este cerdo vuestras pócimas para el hedor! Que si va por otro ventisquero nos ahoga a todos juntos… -Si bien la voz no lo acompañaba, pues para hablar con franqueza sonaba bastante afeminada, el tono en que Juan se había expresado arrancó las carcajadas de toda la concurrencia además de su simpatía. Las gitanas rieron a la par de los borrachos y don Servando de Pilpozo hizo menear su abultada panza de tan tentado que estaba.
Envalentonado con el apoyo recibido, Juan el Sanguinario se plantó nuevamente frente a Casimiro, intentando nuevos aplausos:
Vuestra Merced dice llamarse Casimiro Cuevas, pero yo “casi miro” en toda la taberna y no veo “cuevas” en ninguna parte… -Lo que había comenzado como unas risas de momento se convirtieron en una gozada para la concurrencia. Lejos de enfadarse, el bueno de Cuevas rió junto a los demás. También a él le caía simpático aquel mozalbete…
Santorcaz se asustó tanto que el pelo se le puso de pie como si fuese una cacatúa. Aquel joven, por momentos y dado su actual estado nervioso, se le antojaba muchacha. Sea como fuere de ningún modo le podría robar alguno de sus anillos de oro. Lo cual le apesadumbró, aunque aún tenía dos posibilidades los dos barbudos. Observó un poco y detenidamente, don Silbando parecía hombre cabal y en cuanto a Casimiro más bien parecía tonto tirando a bobo, o tal vez bobo tirando a tonto. Tenía que volver a replantearse su estrategia, agasajar al recién llegado en vez de descubrirle sus faltas, no fuera a ser que se contagiase y así quedara sin pan en una noche tan fría.
- Caballero, caballero, observo que usted es un recién llegado a esta ciudad. Gaste usted cuidado pues su aspecto, noble caballero engaña a las almas de noble corazón. Mas no se aflija pues ha venido usted a caer en buenas manos, mi nombre es Juan de Santorcaz cirujano barbero. ¿Dígame qué le trae por estas orillas?
Casimiro aún no sabía si estaba hablando con él con el tal Caballero, pero dado que no era bizco sin duda le estaba mirando, miró a su alrededor y no vio a nadie, se quedó con la boca abierta esperando que siguiese hablando, total no tenía otra cosa que hacer.
- Sin duda no me ha entendido, puede que venga de lejanas tierras, no me extrañaría pues su barba parece la de los pueblos del norte no me extrañaría que fuese usted vikingo, o quizá asirio…
- No mire usted, yo soy cabrero para servirle a usted y a Dios. Mire usted.
- Oh, noble caballero…
- Mire usted, ¿eso de caballero no será para ofender? Por que si es así le doy con la chivata en la cabeza y le asoman los sesos por la nariz.
- Oh, no, caballero significa noble hombre – dijo Santorcaz a punto de perder la paciencia.
- Aaaaah, ya.
- Bueno y ¿qué le trae por Sevilla?
- Pos buscar una moza que mira cómo la tengo para la edad que tengo... ahora que me ha dicho mi papa que estoy en edad de empujar... ya sabe usted, mire usted.
- Tal parece que Dios le ha depositado en mis manos, pues lo primero es hacerle atractivo, afeitarle un poco, un corte de pelo y un buen aseo. Estoy seguro que cambiaremos la piltrafa que está usted hecho en la envidia de la nobleza, las damas se lo disputarán como…
- ¿Un queso curado?
- Como un queso curado.
- ¿Con pan?
- Un queso curado con pan.
- ¿Con pan y vino?
- Un queso curado con pan y vino.
- ¿Y si a la señorita no le gusta el vino?
Santorcaz llegó a pensar que el tipo no es que fuera tonto sino que además le estaba contagiando. Entonces vio a Casiana y se le ocurrió algo, Casiana que no perdía ojo estaba rozando el éxtasis y se imaginaba en dónde podía ponerse la barba.
- Mire don Casimiro, ve aquella moza, yo creo que usted le gusta.
- ¡Ah! No está mal la moza, pero tiene mas pelo en la barba que yo. El ganado es más atractivo que ella, como me presente en la sierra con eso mi papa me apedrea, mire usted. Vamos, sin ofender, que sólo un desesperado pacería con una cosa así y eso que no está mal la moza. Pero mire usted, yo me voy a sincerar, que yo no quiero a una cualquiera, allá veo mozas muy saladicas y seguro son la mar de decentes, esas son las que quiero. Así que arrégleme para que yo me arrime.
Al fin se abrió la faltriquera, Santorcaz creyó que no lo conseguiría. Lo que sí se le antojó complicado era hacer de aquella piltrafa un hombre. En todo caso, haría buena pareja con la Pitones...










