viernes, 30 de octubre de 2009

CAPÍTULO X: Encendiendo la chispa...

LG

Ni bien el Niño se sentó en la mesa, Isabel le dedicó su mejor sonrisa y una caída de ojos que hubiera ruborizado hasta al mismísimo demonio. Pero el maestro de los maestros, acostumbrado al asedio de las mujeres, lejos de sentirse acobardado por semejante mirada, acercó un poco más su silla a la silla de la condesa y le devolvió el desafío con los ojos.
La duquesa echó el pecho hacia adelante sirviéndole en bandeja de puntillas, aquel desayuno de lujo, y el torero no tuvo más remedio que perderse entre los melones maduros y dulzones que se le ofrecía sin remilgos.
Entre suspiros de medianoche (aunque era bien temprano en la mañana), Isabel, con su mejor vocecita de gata en celo, le dijo al torero.

Pues sí, “mi” Niño, os he enviado a buscar para concluir aquellos “negocillos” que tuvimos hace un tiempo en este mismo lugar –y le guiñó un ojo cómplice y picaresco-. No me vais a decir que ya no os acordáis de ellos… en cambio yo recuerdo hasta el último detalle de vuestra maestría bajo mis sábanas.

Dicho esto trató de sacar más pecho aún del que había sacado, de suerte tal que se le salió uno de madre y fue a parar prácticamente en las manos del torero, quien no dudó un instante en dejarlo descansar en ellas y apretándolo con un mal disimulado entusiasmo, comenzaron a subirle los colores a la cara y otras cosas en los pantalones. La duquesa disfrutaba de aquel momento como si fuera el último, y como la primera vez, ésta tampoco tuvo empacho en mostrarse ante los parroquianos que miraban gustosos, y aprovechando que los guardias que había dejado su prometido habían quedado en la puerta para evitar que otros extraños molestaran a la dama, sin saber que la dama estaba en calentorra escena con el torero, que de saberlo el duque, no digo que hubiera ardido Troya, pero sí hubiera ardido la hostería con todos adentro…

La Pitones mientras tanto hervía, pero no de lujuria como la duquesa, sino de rabia, pues ella había sido una de las amantes predilectas del Niño y ahora, una remilgada duquesa de pacotilla la humillaba delante de su clientela. La Carmela disfrutaba a más no poder con la rabia de su ahora enemiga, y lanzaba sonoras carcajadas mientras ofrecía su propia mercancía a un parroquiano joven y vigoroso, que de tan vigoroso ya le había saltado el bulto al ver la lujuriosa escena que tenía frente a sus ojos.

Cuando Vuestra Merced quiera, -dijo Isabel-, y donde quiera, que esta hembra será vuestra aunque arda en la hoguera de la Inquisición, pero no os voy a negar que prefiero arder en las vuestras…

Madre mía, apenas había amanecido y la hostería rezumaba calores sin necesidad de encender los leños, pues se había encendido la chispa que haría explotar todo por los aires, no olvidéis queridos lectores que la duquesa de Piedrabuena era una verdadera fiera de alcobas…

viernes, 23 de octubre de 2009

CAPITULO IX "Y se hizo el paseillo..."

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Rafaelillo, a modo de avanzadilla, hizo su entrada en la Hostería para sorpresa de doña Rosario que últimaba de colocar los manteles para el almuerzo y plegaba servilletas de papel de estraza a la espera de que comenzaran a llegar los comensales del mediodía.
- A ló gúeno día, doña Rosario, ¿está de cuerpo presente por ahí la Carmelilla?-preguntó el subarterno.-
- Uff! , que se trae usté con la Carmela, no me la jaga perdé er tiempo si no trae la "pastora" en er borsillo.-contestó la mujer de Buttarelli.-
- Que no jeñora Rosario, que la quieo pá urtimá un negosillo que traemos entre mano.
- ¡Carmela! , ¡Carmela! , ven a reunirte con este patán que viene a buscarte.-gritó, llamándo la atención de Isabel que con disimulo ojeaba un viejo libro, mientras rascaba su cabeza con un tenedor.- Y sepa usted que de cuerpo presente ná má están los muerto, y que esta puta esta muy, pero que muy vivita.
- Ya estoy aquí, señora, vaya tranquila que me la japaño con er muchacho.-contestó la gitana, despachándo con disimulo a su jefa,ante la atenta mirada de la "Pitones" que terminaba de bajar las escaleras en ese preciso momento.- Dime Rafalito, adonde está er torero.
- Tranquila siquilla que ya tá ar llegá.
- ¿te costó musho trabajo convenserlo?
- Que vá, ya sabe que yo poseo poder de persuasion para su persona, mire ahí llega. -contestó señalando a la puerta.- Que legansia, que pasito má bien dao, que garbo, que peinao má perfilao...
- Calle de una vé, Rafalito, que parese usté que borda pá la calle. ¿Chiquillo? , ¿que parese que anda enamorao der diestro?
- No diga má tontería que ya sabe como un servió se la gasta con las hembra, que no jay cosa en er mundo que me guste má que lá armeja con casón.-contestó el hombre de confianza del diestro para acallar las insinuaciones de la gitana.- Pero otra cosa é que valore el arte y la clase de los güeno torero.
Acto seguido, con paso pausado, como si estuviese haciendo el paseillo, se acercó el Niño del Corral a la mesa en la que aguardaban ambos, mientras a la duquesa se le caía de golpe el tenedor al suelo y sentía como un cosquilleo subía rapidamente por sus muslos hasta ponerla estartada de los nervios. La "Pitones", ajena a la jugada que le estaba jugando su hasta hace poco tiempo amiga, corrió a saludarlo.
- ¡Ayyyyyyy, mi niño! ¡Que de tiempo sin verte corason de mi jentraña!
- Para, "Pitone", que vengo a una reunión de negosio y no pueo atenderte ajora mismo.-contestó el torero.-
- ¡Ay! ¿a juna reunión de negosio dise? , pero si aquí no hay caballero alguno aguardandote?-preguntó, la gitana, echándose a su cuello para besarlo.-
- Quita mujé -contestó apartándole las manos de su cuello y retocándose el recogido de su moño.- ¿no vé que vengo a atendé er reclamo de una noble que quiere conoserme, porque é afisioná a mi toreo?
- Tú, "Pitone", no entretenga ar torero que lo espera la duquesita Isabé.-intervino, la Carmela, sacándo de quicio a su compañera.-
- Pero tú que tá creio so puta. ¿ahora que ere la celestina der barrio?-contestó, la "Pitones", dispuesta a irse para ella.-
- Seeeeeeeeee, un poquitito de carma, que lo negosio der maestro lo manejo yo-dijo Rafaelito, interponiendose entre las dos.- Y usté maestro aserquesé a la señora que la aguarda allí enfrente.-añadió señalándo con el dedo, mientras la duquesa tapaba su falso rubor con un abanico abierto sobre su rostro.-
- Pó esperarse aquí ajora vuervo, y tu no te ensele "Pitone", que como tú no jai otra pa mi -contestó el torero iniciando de nuevo el paseillo hasta la dama.-
- Y una mierda pá ti, torero, pero como me montes la cornamenta, esta que está aquí, te corta el estoque de un bocao.-dijo refunfunñando la gitana, mientras lo veía marchar.-
- Tranquilisate "Pitone", que er maestro la quié de verdá y esto es solo cuestión de parné.-dijo Rafaelito.-
- Si, eso será, pero esta guarra que se quite de mi vista porque soy capá de cometé un delito.-dijo mirando con asco a la "Carmela".-
- ¿Yo?
- Callate, Carmela, que la vamo a liá. Anda y vete de aquí.
El Niño del Corral, se puso frente a la Duquesa, y con aire torero dió un pase por chicuelina para retirar la silla que estaba junto a ella.
- Con su permiso, mi quería dama.-dijo tomándo asiento.- Si aquí me quería vé a qui me tiene pá lo que usté mande y ordene. Que vaya como me viene de güapa y de prepará a lá temprana jora que son todavía..."

lunes, 19 de octubre de 2009

CAPÍTULO VIII: La duquesa prepara el terreno…

LG

Luego del apañito de la Carmela, Rafaelillo salió de la hostería con las piernas temblando como le había prometido la gitana.
A la mañana siguiente, cuando la duquesa de Piedrabuena bajó a desayunar, ataviada esta vez con un vestido azul eléctrico, de ajustada cintura y el escote de costumbre (ya sabéis que los escotes de la duquesa eran sus armas más temibles), como decía, Isabel encontró a la comitiva ya dispuesta a partir para dar curso a los negocios de la herencia de don Alfonso. Éste, se inclinó ante la dama y luego de besar el dorso de su mano le dijo:

Mi amada Isabel, mis asuntos me llaman, estaré poco menos de un mes para resolverlos. Os dejo, como os había prometido, dos centinelas para que os resguarden de los mal habidos que pudieran merodear en esta pocilga de morondanga. Si así y todo, tenéis algún problema y necesitáis de mi presencia, mandad a uno de ellos en mi busca que acudiré presto, no permitiré bajo ningún motivo que mi futura esposa pase un mal momento en mi ausencia.

Acto seguido se acercó a la mejilla de la duquesa para darle un último beso de despedida, justo en el momento que un pequeño bichillo intruso saltaba desde su recogido peinado e iba a quedar pegado a los labios del caballero sin que éste se diera cuenta de momento (no os diré cuando más tarde comenzó a picarle la boca haciéndole enloquecer en su trayecto…).

Id con Dios don Alfonso y no os preocupéis por mí, estas buenas gentes apenas pueden razonar pero tienen un gran corazón, a no dudar. Nada me faltará y mucho menos nada me pasará, quedaré aquí recogida como monja de convento aguardando vuestra vuelta. -Dijo con zalamería.

Don Víctor se inclinó ante la dama y la saludó con honores. Luego la comitiva se puso en marcha mientras la complacida Isabel, agitaba un pañuelito de seda blanco desde la puerta de la hostería. Un rato después y ya convencida de que su caballero estaba rumbo a caminos inciertos y bien lejos, entró al salón (salón, jajajaja) y se sentó muy ufana en una mesa donde la grasa hacía de mantel, porque a estas horas tempranas, la mujer del tabernero todavía no había colocado los manteles con puntillas de boda.

Buttarelli se acercó solícito, pues los centinelas no le sacaban la vista de encima, y escanció en un tazón la leche de cabra que según él estaba recién ordeñada, nada más lejano de la realidad, puesto que estaba más cuajada que un queso y olía peor que los pies del tabernero. Isabel sin embargo hizo caso omiso a esta inmundicia que le era ofrecida, pues de sólo pensar en el Niño del Corral, la ponía en las nubes. No podía olvidar su última vez en esa misma hostería y en brazos del torero ¡válgame Dios! Los cimientos de la vieja hostería se movían del apasionado encontronazo entre dos amantes de lidia….

La duquesa estaba entre la leche cortada y el torero cuando las gitanas bajaron de sus aposentos. Evidentemente aún estaban de malas entre ellas, pues no se miraban más que a hurtadillas y nuevamente se ubicaron una bien lejos de la otra.
La Carmela exultante por el recado que le había pedido Isabel y por las noticias que le llevaba, se acercó a la dama para interiorizarla sobre su “charla” con Rafael y le dijo que estaba esperando respuesta de un momento a otro, que no se preocupara, que el Niño ya sabía de su venida a la hostería.

El pecho de Isabel subía y bajaba de la excitación que le producía saber que el torero estaba al tanto de su visita. Su respiración se volvió más acelerada y se le encendieron las mejillas de puro placer, mientras que por costumbre, llevó sus manos al monumental peinado, y enterrando sus uñas hasta el cuero cabelludo, se rascó la cabeza sin pudor alguno. Ya se vería cuando debiera soltar su cabellera bajo la tormenta que desataría el Niño del Corral Candelas…

miércoles, 14 de octubre de 2009

CAPITULO VII "La Carmela le mete las cabras en el corral al torero..."


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Andabanse ya todos encamados, cuándo por encargo de la Carmela hacía su aparición en la Hostería, Rafaelillo, el banderillero, que a través del joven Francisco había sido avisado de que debía asistir a entrevistarse con la gitana.
- ¿Que le suseé reina mora?-preguntó, Rafaelillo, al encontrase con ella, mientras doña Rosario, tosía para advertir de que era la hora de cierre.-
- No me ce azuste usté, Rafaé, que lo uniquito que quiero es consertá una sita con er torero.-contestó con los brazos en jarra.-
- Pero que me dise gitana, ¿sabe la ilusion que ma dao er aviso del mocoso ese? ¡pero si me ha aseao y cambiao la muda y pa verla! , ¿qué me disiendo, Carmela de mi jentraña?.-preguntaba embargado por la decepción el hombre de confianza del Niño del Corral.-
- lo siento mucho, Rafaé. No jera esa mi intesión, lo que sucee es que si mandaba llamar ar torero, ya sabe que no vendría. Ese no olvía y desdee que moja con la "Pinote", ni me miora a la cara.-argumentó.-
-¿Entoje?
- Entoje, que va a sé, Rafaé. Entoje lo que quiero é que lo convesa que venga mañana por la noche.
- Pero, ¿paqué?
- Dígale que lo espera una dama de arta arcunia que quiere conoserlo mejó, verá como er golfo se presenta sin rechistá.-contestó, la gitana, acariciando la cara del banderillero.-
- ¿y ya está?-preguntó con carita de cordero "degollao", mientras doña Rosario, volvía a toser.-
- Ande, briboncete, venca a pa ahí atrá que le voy a jasé un apañito que le van a tembrar pierna más que la cuerda un tambó.-contestó la gitana para contentar al subalterno y para acallar los avisos de la patrona que le tenia prohibido a esa hora subir a nadie a las alcobas.-

sábado, 10 de octubre de 2009

CAPÍTULO VI: Isabel prepara el terreno…

LG

La duquesa de Piedrabuena, flanqueada por don Víctor y el noble caballero, el duque don Alfonso Antúnez y Antúnez, de Valladolid, había cambiado su cara por completo luego del trato hecho con la Carmela, pues ahora lucía una sonrisa de oreja a oreja y los caballeros que la acompañaban no alcanzaban a saber el motivo, ni lo alcanzarían a saber por el momento…

Decidme don Víctor ¿Cuándo debéis marcharos por vuestros negocios? Bueno sería que yo lo supiera, de forma que avisada, pudiera echar mano de algún entretenimiento… campesino durante vuestra ausencia, tal vez podría hacer labores de bordado... –dijo la duquesa en tono risueño pero convincente-. Y vos mi señor –dirigiéndose al duque Alfonso con mal disimulada zalamería-, no olvidéis que es necesario que arregléis el asunto de vuestra herencia para que nos podamos desposar lo antes posible. Creo que es tanta mi ansiedad para que llegue ese día que os pido humildemente que sea mañana mismo que partáis a por los títulos de propiedad que os pertenecen…

Don Víctor y el duque intercambiaron una mirada de fastidio. Era cierto que la duquesa de Piedrabuena se desposaría con él, pero era un mero contrato matrimonial que beneficiaría a ambos: a don Alfonso, porque a través de este matrimonio accedería a la fortuna familiar que su tío le legara, previa cláusula de que debía casarse para hacerse cargo de ella; a la duquesa, porque con singular “carrera” en cuanto a hombres se refería, añoraba poseer la fortuna del duque y vivir en palacio, aunque tenía bien en claro que su futuro esposo, como no podía ser de otra manera, llevaría la cornamenta de cien venados, aunque esto a ella no le quitaba el sueño en absoluto.

Mi señora –dijo Antúnez y Antúnez-, hemos decidido con don Víctor, salir al amanecer, es lo más rápido que podremos hacer. Pero no os preocupéis, os dejaré escolta de dos hombres para que no seáis molestada en nuestra ausencia.

No creo que sea necesario, don Alfonso –le replicó acercándose a su oído y acariciándole castamente el brazo-, estas gentes son de buen corazón y no hay de qué preocuparse, id pues con Dios y dejadme en mis labores de invierno que podré superar vuestra ausencia dedicándome a ellas…

¡No se hable más del asunto! –Dijo imperativamente el duque, que no confiaba en absoluto en Isabel, tal el nombre de la duquesa-. Os dejaré una escolta como es menester a la futura esposa de un noble.

Isabel sintió que le hervía la sangre en las venas pero hizo un esfuerzo por esbozar una sonrisa de complacencia. Ya habría tiempo de desquitarse del cerdo de don Alfonso ¡Habráse visto tamaña ofensa! ¡A ella, a la deseada por los hombres de toda la corte! Se juró que apagaría sus fuegos ni bien la comitiva subiera a sus caballos… pues al día siguiente vendría el famoso Niño del Corral Candelas, su amante más apasionado. Además, pensó que burlar a la guardia que le dejaba su prometido, sería más excitante y lujurioso aún…

miércoles, 7 de octubre de 2009

CAPITULO V "Buscadme al torero por tierras y cielos..."



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La Duquesa, mirando las desorbitadas cuencas de los ojos del resto de comensales, dió un tiron con ambas manos de los encajes blancos que adornaban su escote y les indicó que podía comenzar a comer.
La sopa de liebre y los torreznos sumergidos en ella, hacían sospechar a don Victor sobre la procedencia de aquella dura carne, mientras otro de los caballeros se mofaba de él sugiriendole que más bien parecía gato aquello que estaban comiendo, mientras que el caballero que encabezaba la expedición rechazaba el plato y solicitaba simplemente a Buttarelli, un par de huevos fritos para contentar su hambriento estómago.
La Duquesa de Piedrabuena, inquieta, no dejaba de mirar hacia la puerta esperando la entrada del torero a la vez que mordisqueaba compulsivamente unos rabanitos que doña Rosario había aliñado con pimientos y pepinillos. Cansada de finjir sentirse bien acompañada por aquellos nobles y caballeros, se lanzó en busca de la Carmela, que con mirada de despecho aguardaba en una de las mesas del rincón puesta en pié y apoyando su pie sobre una silla, dejando ver el muslo izquierdo al tener remangada la falda para conquistar clientela.
Al verse arrollada por la dama en cuestión, la Carmela, contestó con prontitud al dicirle que se equivocaba si buscaba favores hacia ella, ya que era muy hembra. La Duquesa, no tuvo por menos que reirse a carcajadas en sus narices replicándole que antes se moriría en un convento que compartir catre con otra mujer.
- Pó no sé de que se rie vuestra mersé, ¿entonse que é lo quiere conmigo? - preguntó, mientras la "Pitones" se ponía de puntillas intentando descubrir desde la otra esquina que se traían entre manos aquella mujeres.-
La Duquesa, buscó en su refajo y sacó un par de monedas de oro que rapidamente la gitana arrancó de sus manos.
- Ahora si que sé lo que busca la dama, si va llevá rasón la "Pitone". ¿a que lo que quiere é una sita con er torero de Triana?-volvió a preguntarle la Carmela, acercándose a su oido.-
La Duquesa, asintió, pidiendo discreción a la fulana argumentando que sentía admiración por el diestro, y que el caballero que la acompañaba era muy celoso y no podía entender que sintiera solo admiración por otro hombre.
- Yá, no se ofenda la señora pero también yo é sentío asmirasión por mushos hombre en mi vía.-explicó.- y conmigo vuestra mersé no tiene que tené cuidao, ¿si jubiese hablao con el pendón que hay allí enfrente? otro gallo cantaría, pero aquí la Carmela -añadió señalandose con ambas manos.- é de lo má discreta que hay en la tierra. Así que ande tranquila que yo localiso ar moso lo ante posible.
A continuación, y tras haber negociado de nuevo a cambio de otras dos monedas una cita con el Niño del Corral cuando los caballeros abandonasen la hostería, la Duquesa volvió a la mesa en la que ya estaban sirviendo los postres. Unas exquisitas gachas en las que el pan frito flotaba en los platos...

martes, 6 de octubre de 2009

CAPITULO IV "Del escalofrío que la duquesa siente por el torero..."

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Nadie podía presagiar en su entorno que el retorno de la Duquesa de Piedrabuena a aquella Hostería, llegando incluso a convencer a su caballero, se escondía tras la calenturienta sensación que la dama sentía al acercarse al torero que en ella conoció. Escudada en los negocios y asuntos de herencias que guiaba a aquella comitiva hasta Sevilla, la Duquesa, quería aprovechar la ocasión para asistir en persona, en tan sólo unos días, a la vuelta a los carteles del "Niño del Corral Candelas". Amén a este sentimiento libidinoso que la encandiló en su última visita se encargó de convencer al caballero de que no podrían encontrar alojamiento en otro mejor lugar que aquél que cojía cerca del coso taurino.
El caballero y don Victor, ajenos a la afición taurina de la dama y que ellos no secundaban en absoluto, accedieron a conceder dicho capricho ya que iban a estar en la ciudad aproximadamente unos treinta días y tenían que contentar sus deseos para librarla de tan tediosos asuntos.
Mientras tanto, y recelosas, las gitanas intentaban hilvanar aquella extraña visita de la dama que tanto rascaba su cabeza en su anterior visita.
- ¡Ay, Carmela de mi vía! que esta mujé viene a lo que viene.-comentó la "Pitones", junto a la barra de la taberna.-
- Venga mujé, ¿Qué está pensando ahora? -contestó la Carmela.-
- ¿Qué e musha la casualidá de que aparesca a tré día de la vuerta a lo ruedo de mi niño?
- no ere tú larga ni , no tendrá cosa mejó la dama que hase que acuí a ver torea ar gitano ese.
- Que no Carmela, y no hablé con tanto despresio de el, que yo sé que tú no me perdona avía el jaberte quitao ar novio, pero que mi niño tira musho.-contestó, la "Pitones".-
- Oyé tú que tu a tu niño lo dejé tirao yo, ¿A onde va tú con tanta prepotensia?-añadió la Carmela, colocando sus manos en el cuadril.-
- ¡Oyé, que me disiendo! , mira que yo no recojo sobra de naide ¡eh! , que er niño se fijó en mí por argo ¿o que té cre tú, espabilá? no vale na mi cuerpo y hasere en el catre.
- Mira no te pe ponga farruca que la uniquita que le sacó la corría entera ar trianero fué una serviora, que lo dejé sequito. ¡Seí! niña ¡Seí! pa que te entere de una . -contestó, la Carmela, dando un paso adelante y echándo su aliento sobre ella.-
- ¡Sheeeeeeeeeeeee! , ni mijita que remoño aquí mismo-dijo la "Pitones", dándole un empujón.-
- ¡Oye! ¿pero qué e lo que pasa? ¿que modale son esos? , ¿no veí que taís llamando la atensión de invitao?-preguntó, doña Rosario, reprimiendo a las dos.-
- Está que e una espabilaisima...-contestó, la Carmela.-
- Que yo soy una espabilaisima, yo me cago en la mare que te parió a mil pare de vese...- dijo la "Pitones", echándose sobre ella.- ¡Y tu una verdulera!
- ¡Cómo sigai jasí o jecho de aquí y no vorveí a trabajá! ¡Sabei enteraó!-gritó la dueña, mientras Buttarelli, canturreaba y colocaba su orondo cuerpo delante de aquella escena para no llamar la atención.-
Ambas, se dieron la espalda, cruzando sus dedos en forma de cruz sobre sus labios, y se fueron a colocar por separado en las esquinas más distantes de la Hostería, para tener ni que dirigirse la mirada...

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LG


Estando las gitanas sacándose los ojos por sus hazañas con el Niño del Corral Candelas, los caballeros se habían sentado todos a una gran mesa armada por Buttarelli que había juntado cuatro pequeñas mesas mugrientas a las que cubrió con un fino mantel de puntillas, confeccionado por la Rosario con su propio vestido de bodas, ya que no le entraba ni por la cabeza ni por los pies de tanto que había engordado, decidió en un rapto de lucidez, deshacerlo para darle forma de mantel, según ella creía, elegante. El resultado no podía ser más gracioso, pues parte de la falda seguía fruncida como si nada por más que se afanó la mujer en querer estirarlo, de modo que la mesa estaba “vestida” de boda y sólo le faltaba el miriñaque, que bueno es decirlo, hacía más de quince años que yacía en la parte de atrás de la hostería y era usado como corral para los pavos, a pesar de que el óxido lo había carcomido casi por completo.

Los caballeros no habían perdido detalle de la pelea de las gitanas por más que el tabernero se afanó en taparlo, y veían en la situación una mezcla de divertimento y preocupación, pues sabían que a pesar de resultar entretenido ver a las putas discutir entre ellas, también se podría convertir en un verdadero dolor de cabeza. El caballero que venía con la duquesa de Piedrabuena, fue el primero en hablar…

-Don Víctor, siempre he confiado en vuestro buen criterio, pero creo que esta vez habéis errado el camino de lado a lado. No veo modo de dejar a la duquesa sola en esta miserable pocilga mientras nosotros negociamos la herencia de Valladolid. No creo que ella se digne a quedarse aquí entre estas… ¿cómo os diría? Buenas gentes, para no entrar en detalles… ¿Os encargaréis vos mismo de hablar con la duquesa? Pues para mí es un fastidio, ya sabéis lo molesta que se pone cuando algo no sale como ella quiere y ya me estoy palpitando que querrá irse ya mismo de aquí.

No había terminado de decir las últimas palabras, cuando la duquesa venía bajando de las alcobas con una sonrisa tan radiante que se mordía las orejas. Se había cambiado el polvoriento vestido de viaje por otro de color verde rabioso con puntillas blancas, lo único que siempre conservaba a pesar de cambiar de ropa, eran esos escotes inmensos que casi le llegaban al ombligo y a través de los cuales, asomaban como melones maduros unos pechos descomunales. Llevaba el peinado tan recogido y alto como en la primera oportunidad que estuvo en la hostería, cosa que hacía intuir que el tónico que alguna vez le había untado Santorcaz, el barbero, en su cabeza, no había dado resultado.

Mi señora… -Balbuceó don Víctor, esperando de la Duquesa un ataque de ira-. No he podido dar con un hospedaje más acorde a vuestra dignidad y como bien sabéis, deberéis esperar a que terminemos las negociaciones antes de marcharos, si vuestra merced así lo quiere podr… -pero no pudo terminar de justificarse pues la duquesa lo calló con un gesto displicente de su mano-.

No os preocupéis don Víctor, no podríais haber encontrado aposentos más adecuados. –Dijo mientras los caballeros reunidos en la mesa no podían dar crédito a sus palabras-. Este lugar es francamente adorable, con ese aire tan campesino, esa comida tan exquisita, estos parroquianos tan gentiles y la cantidad de visitantes tan… tan… -y al no encontrar las palabras que definieran a quien ella estaba esperando, es decir al Niño del Corral Candelas, a falta de palabras, decía, un rojo rabioso le cubrió las empolvadas mejillas y agitó los melones dentro del escote…

Todos los presentes quedaron mirándola boquiabiertos sin dar crédito a lo que escuchaban, la duquesa de Piedrabuena no sólo estaba contenta, hasta parecía que estaba excitada…

lunes, 5 de octubre de 2009

CAPÍTULO III: Los nuevos visitantes y una sorpresa...

LG

En los días siguientes, el trajín se apoderó de la hostería. La Rosario daba órdenes como un general en la guerra, las mozas no daban abasto en colocar las mejores mantas en las camas, los mejores cortinados y los mejores adornos para embellecer las alcobas, claro que lo que para la mujer del tabernero era “lo mejor”, ya veremos que para los futuros hospedados no resultaban más que trapos gastados… ¡Y ni qué hablar de las viandas que se afanaba por preparar ella misma! El guisado horrible de siempre, Rosario pensaba que lo había mejorado a fuerza de agregarle un poco más de especias, entre los que la pimienta señoreaba a más no poder, con lo cual, picaba de tal modo que no se le sentía gusto porque adormecía la lengua. Verdad es que el caldo, ahora era de gallina aunque para decir las cosas como realmente fueron, los pobres bichos eran tan viejos que ni las plumas se les podía arrancar de tan duras que estaban… en fin, que lo único que salvaba la situación eran unos cerdos asados que se habían comenzado a dorar sobre las brasas desde la mañana temprano.


Había llegado el gran día. Don Víctor, finalmente había optado por quedarse a supervisar todos los preparativos, con lo cual había enviado al joven Francisco a llevar las nuevas a la comitiva que estaba al caer, dejaba entrever un nerviosismo patente, pues sabía que su señor no estaría a gusto en aquella pocilga adornada como la adornaran.

La Rosario había hecho vestir a las putas de gran gala, con vestidos nuevos y abalorios de vidrio barato, y se las veía pavoneándose de aquí para allá como parte de una corte fantasma. Finalmente, se escucharon ruidos de cascos de caballos y de un carro, que atronaban esos caminos solitarios y aburridos de la comarca. Los parroquianos quedaron atentos sin salir a husmear como otras veces, pues el hombre de negro imponía su figura y su autoridad sin que nadie se lo impidiera. Buttarelli y la Rosario, se engalanaron con sus ropas de fiesta, que no eran otra cosa que las mismas de siempre pero con un poco menos de grasa y apenitas un poco menos de olor, y se asomaron a la puerta para recibir a los visitantes.

Diez caballeros de capa y espada, impecables y dignos se apearon de sus corceles finamente ataviados. Bien en la puerta de la hostería paró el carro cubierto, que engalanado como una verdadera carroza, llevaba finos cortinados de seda en sus ventanillas. Don Víctor se apresuró a abrir la postezuela y un gentilhombre con escudo de armas en la empuñadura de su espada descendió seriamente mirando a su alrededor y frunciendo las narices al ver la calidad miserable del lugar.

Don Víctor, pensé que habíais encontrado una posada acorde a mi dignidad, pero veo con desagrado que me hacéis venir a la pocilga de las pocilgas. –Dijo sin importarle el color rojo morado de la cara de Buttarelli, ni los ojos de la Rosario que despedían llamaradas de odio contenido y que no decía nada sólo porque aún recordaba la comisión que le había prometido la Pitones.

Acto seguido don Víctor se acercó al carromato y tendiendo su mano derecha ayudó a bajar a la “dama” que allí se encontraba presta a poner pie en tierra…
Con un vestido de terciopelo rojo y un generoso escote, un peinado impresionante y un abanico de seda que le tapaba el rostro púdicamente, aceptó la mado de don Víctor descendiendo del carromato y se encaminó hacia el interior de la posada seguida del caballero. Al pasar delante de Buttarelli y su mujer, cerró el abanico y dedicándoles la mejor sonrisa, les saludó con un gesto de la cabeza. Cuál no fue la sorpresa del matrimonio de posaderos, cuando vieron aquellos ojos, aquella boca y principalmente aquellos pelos. Pues la sangre se les agolpó en las mejillas de sólo pensar lo que pasaría en los días subsiguientes, es que la “dama” tenía un nombre que ambos conocían muy bien y era nada más ni nada menos… que la duquesa de Piedrabuena…

Los Buttarelli se santiguaron a su paso… habían vuelto los piojos de alcurnia…

viernes, 2 de octubre de 2009

CAPÍTULO II: Del incidente con el forastero y otras cuestiones...

LG

Luego de las aclaraciones del caso, tanto el mensajero como Buttarelli parecían satisfechos con el resultado, uno porque obtendría una buena ganancia y el otro porque no se había movido un ápice en sus peticiones por más que Buttarelli creyera que se había salido con la suya.
El caso es que el hombre de negro se quedó esa noche a pernoctar en la posada, pues la nieve y la hora no permitían su regreso hasta el día siguiente. Antes de ser conducido a una de las alcobas de la planta alta, se dispuso a cenar el aguachento guiso que se servía día por medio y que miraba con suma desconfianza pensando que aún podía contener el dedo de Buttarelli, y de no ser el dedo, sólo Dios sabía qué cosas eran las que flotaban en la superficie.

¡Posadero! –Gritó con desagrado al ver el repelente cuenco chorreado de grasa vieja y pegada por todos sus costados-. ¿No pensaréis que voy a comer esta inmundicia propia de cerdos? Traedme un pavo asado y el mejor vino que tengáis en vuestra bodega, que ya habéis sido pagado de antemano.

Buttarelli se apresuró a disculparse diciéndole que el mejor y más grande pavo que tenía había muerto de muerte sospechosa en un enfrentamiento con la Santa Inquisión y que los otros eran tan pequeños que no merecían acabar en el cuenco antes de su adultez, por lo que rogó a su “reverencia”, que aceptase la bazofia al menos por esa noche, que al día siguiente ya dispondrían las cosas como él las había pedido.

Podéis llamarme don Víctor, pues para que lo sepáis y no volváis a preguntar de aquí en más, estáis hablando con don Víctor Augusto Torrente y Yáñez, de Aranjuez, servidor de la casa real y mensajero del rey…

Buttarelli quedó sin palabra, sobrecogido por tanta dignidad que traía encima el hombre vestido de negro, tal es así, que en ese preciso momento en que le estaba escanciando el vino, en su apabullamiento derramó el contenido de la jarra sobre las partes de don Víctor, de tal suerte que la Pitones y la Carmela que siempre estaban atentas a las partes de los forasteros, corrieron prestas para “escurrir” los pantalones del visitante antes de que el tabernero reaccionara.

Menudo revuelo se armó. Don Víctor chorreando el agrio vino por sus asentaderas y demás partes de las que se encuentran de la cintura hacia abajo y en medio de las piernas, atinó sólo a abrirlas para que el líquido pasara de largo, pero para ese entonces lo único que pasó de largo por debajo de su cintura, fueron las manos de la Pitones, que no sabían de dignidad ni de nobleza.

Buttarelli seguía en estado de parálisis mental, de tal modo que seguía con los ojos desorbitados y la boca abierta sin poder reaccionar. El resto de los parroquianos habían hecho silencio pensando lo peor, salvo la Carmela que reía a carcajadas festejando la gracia de su compañera y regocijándose en los días que vendrían en compañía de estas gentes nuevas, suponiendo erróneamente que todos los que allí llegaran serían hombres...

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-¡Cristófano! , ¡Cristófano! , ¡ven acá pa cá! -gritó su mujer sacando la cabeza casi a apresión por la ventanilla que comunicaba la cocina con la barra de la hostería.-

- Díme, Rosario, -dijo el gordinflon de Buttarelli, corriendo a su llamada.-

- ¿Qué susee por ahí afuera con tanto revuelo?

- Ná, Rosario, estas gitanas que nos van a buscá cuarquié dia una ruina.

- ¡Pitoné! , ¡Carmela! ¡vení pacá!

Las gitanas siempre prestas a la llamada de su casera, a la que temían más que a un recaudador, corrieron que se las pelaban ante los gritos que les estaba pegando.

- ¿Qué le pasa a la reina de la hostería con tanto griterío? -preguntó la "Pitones", con la zalamería.-

- No me venga con con pelaillas ni manotazos por er lomo, y muy atenta a lo que les digo.-contestó, Rosario, dando una patada a la puerta y plantandose con las manos en los cuadriles ante ellas.-

- No ze ponga jasí, mujé, que no ha pasao ná. -intervino la Carmela.-

- Ni no me ponga jasí, ni ná de ná. Como me eztropeen ustede el negosio der tio de negro, vais a tener que vendé la raja de despeñaperro pá riba. ¿o jabeis enterao?

- Que no paza ná chiquilla, que ar del luto lo tengo osnibulao... -contestó la "Pitones", cruzando su mantocillo por sus brazos en jarra y contoneando su cintura.- Ademá, que no vea la propina que se va a llevá usté, señora Rosario de mi corasón, con lo que le vamo a sacá a la comitiva que viene en camino.-añadió.-

- Bueno, pero tené cuidao, tené cuidao-dijo algo más comprensiva ante la comisión que estaba en juego.- ¡y tú, Cristófano que mirá! ¡Atiende a lo señoré de una vé!

- Pero, mujé, si er guiso que le ja puesto no se lo comen ni los perro...

- ¿Qué mi guiso no se lo comé ni lo perro? ¡Ayyyyyyyyyyy, que me cago en la mare que te parió a tí, ar tio de negro y a ló muertooo deeee!

- Tranquila, Rosario, que no é pá tanto, mujé. Que será que er tio no tiene paladá o vete a sabé, porque é lo que yo digo ¿si tu guisa mejó que lo angele der sielo?

- Güeno, pó le corto uno peaso de queso y a mea y adormí que ya no son jora de vení con remirgo...


martes, 29 de septiembre de 2009

CAPÍTULO I: El enigma del mensajero...

LG
Estaba por fin la hostería en relativa calma, y digo en relativa, porque eran inevitables las escaramuzas que allí se armaban por culpa del oficio de las gitanas, pues bastaba que llegara un viajero a descansar unos pocos días para que las zorras se le echasen encima como jauría hambrienta, tal es así
que ya ni siquiera eran motivo de charla.

Buttarelli mientras tanto, que se quedaba con una abultada parte de las ganancias, no hacía más que engordar como el pavo ese que alguna vez mató aquél pintor de fama y que luego huyó con la otrora doncella.
Era de ver la forma en que los juglares cantaban la historia de pueblo en pueblo con el beneplácito de Buttarelli que veía promocionada su posada.


El caso es que cierta noche, en que el frío hacía ver fantasmas en la nieve, un viajero encapotado se dio en llegar a la hostería. Estaba el hombre vestido de negro de cabo a rabo con una vestimenta de abrigo bien gruesa para evitar el congelamiento en los caminos, llevaba cubierta la cabeza y sendos guantes de igual color. De su hombro colgaba un morral marrón con signos de mucho uso y cubierto de nieve.

Luego de apearse de su caballo, que venía casi reventado el pobre, se lo encomendó al mozo de caballerizas y se dirigió hasta la sala donde ardía un fuego acogedor. Cuando abrió la puerta, entró con él una ráfaga de viento y nieve que hizo que todos los parroquianos se dieran vuelta para ver quién venía en esa noche de perros donde no asomaba el morro ni el mismo demonio…

La figura negra resaltaba como un hechizo de medianoche al resplandor de los leños crepitantes. Todos habían quedado a la espera de que el forastero hablara… y el forastero habló…

¡Posadero! ¡Venid hombre! Traigo un mensaje de gentes de honor… -Y sacándose los guantes, abrió el morral sacando un pergamino lacrado con un sello que Buttarelli no alcanzaba a ver bien-. Mi Señor y su comitiva pasarán a pernoctar por esta posada dos días a partir de mañana. Se le requiere al posadero que tenga preparadas “todas” las alcobas de que se dispone en esta hostería, que se acondicione cada una con su mejor gala y que se vayan preparando a partir de ahora, los mejores manjares de Castilla, qué digo, de España toda… Además no podréis hacer preguntas a nadie de los que vinieren, so pena de cortaros la lengua por ello, y nada de escuchar tras las puertas, o se os amputarán las orejas… Que aquí en más, esta… hummmm… posada, será el destino de mi Señor por el término de treinta días, y para esto, os envía esta bolsa de oro, ahora cerrad la boca y os conviene aceptar el trato… -Dijo depositando bruscamente una bolsa repleta de monedas sobre el sucio mostrador.

De más está decir, que todos quedaron de una pieza. Buttarelli sólo tenía ojos para ver la bolsa llena de dinero, las gitanas tenían ojos para ver la bolsa y para adivinar los atributos que la negra y extraña figura traía bajo sus atuendos. Los parroquianos comenzaron a cuchichear tratando de adivinar quién era aquél mensajero y quién su Señor…
La hostería, una vez más, se había convertido en un avispero.

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- ¡A benga usté pá cá! que no está to disho-dijo, el tabernero, al hombre de negro para que supiera que era el dueño y que tampoco podía comprarlo todo con el oro. Pero por si acaso no soltaba el bolsón ni "quemao".- Quiero que jepa vuestra mersé, que yo tambien pongo mis condijiones en esta contratasión. punto juno; no se debe presioná a la cosinera con ló menú der día, je de avertile que la cosinera é mi mujé y má vale respetá su desisión.-dijo, contando con los dedos de su mano derecha, a la que por cierto faltaba uno de los apéndices por ser rebanado con un cuchillo chuletero de peso considerable al cortar un cabrito.- - punto jegundo; Cuenta la hostería con una jerie de dama de lo má reputao, nunca mejó disho, a las que cobro arquilé anuá y me je imposible jecharla por un mé. Que tampoco dan ruío la musachas y puen satifacé la nesesidade má basica der personá que saloje aquí.-añadió, soltando su segundo dedo al aire, mientras las gitanas movían sus cabezas como señal de aprobación.- Punto terjero; no doy cabía en mis arcoba a perseguio por la justisia ni por la santa inquisision, como ententerá er visitante este punto é de lo má logico y fasi de entendé. Así que sobran replica.-dijo, mientras el forastero mostraba paciencia ante tal alarde de poderío absurdo, como el que se contentaba el posadero, sabiendo de sobras que no había vuelta atrás y el trato estaba hecho desde el punto y hora que éste tomo el saco de monedas en sus manos.- Y quinto y jurtimo...
- Querrá desí, cuarto, Buttarelli-dijo la Carmela, corrigiendo a su patrón.-
-Querría desí lo que je disho, niña, y no me corrija que te doy de baja en la nomina y te vá a trabajá debajo er puente, ¡Coñi!.-contestó, ofendido, Buttarelli. -Así que vuervo a repetí, quinto punto, por que el cuarto se fué con er deo al guiso.-añadió, riendo su propio chiste, ante la ausencia de sentido del humor que poseía y mostraba el hombre de negro.- Pó no se ria, que tampoco pasa ná. Bueno a lo que iva, que pá un mé se me antoja poco el oro que trae la borsa.-dijo, pegandose el farol.-
Ante aquel último punto el mensajero, intento saltar rapidamente para argumentar al tabernero que se iba a quedar con sus hostería y todas sus clausulas, y que ya buscaría algún otro hospedaje que de veras comprendiese el importante negocio que venía proponiendo en un invierno tan duro, y en el que la gente no pensaba utlizar mucho hospedaje si no le era del todo necesario. Pero, más pronto se engulló sus propias palabras, viento el rostro imperturbable del contratador, y como si de un resorte se tratara, contestó ante el posible intento de ruptura de la negociación.
- ¡Ayyyyy! que má entendio mal vuestra mersé. Lo que jé querío desirle es que esta son las cuestione que les planteo a tor er mundo, pero en er caso de vuestro señó, no jai poblema ninguno. Asepto er trato.
Y así con una desdibujada sonrisa el mensajero estrechó la mano de Buttarelli, aceptando cortesmente que fuese su señora quién propusiese los menus del día y que aquellas señoritas continuaran viviendo en sus alcobas sin más problemas.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

OCTAVO ACTO: LA HUIDA...


LG

Estaba Leonor más desorientada que don Miguel, pues aún no sabía a ciencia cierta la forma en que escaparían de la hostería, pues ella no olvidaba al resto de la comitiva que aún quedaba pernoctando en las caballerizas y estaba segura que de ser sorprendida in fraganti con el pintor, sería la muerte de ambos.

Zambruno abrió cautelosamente la puerta de la alcoba asomándose por una hendija para cerciorarse de que era Francisco el que había tocado a la puerta. Efectivamente, cuando vio al niño con el pavo agarrado del cogote, lo hizo pasar presuroso, no fuera que los centinelas pudieran zafar rápidamente de las gitanas y lo pescara desprevenido.

Aún llevaba el chaval el saco en dónde había estado el pavo, que luego de haberlo corrido por toda la hostería, dio en recogerlo por si nuevamente debía usarlo y fue muy atinada su acción puesto que el saco en cuestión sería la jugada maestra aunque ni el niño, ni Leonor lo supieran todavía.

Luego de hacerse del pavo y del saco, el pintor dio unas monedas de plata a Francisco en pago por los servicios prestados y lo despidió prestamente con la condición expresa de no contar a nadie, absolutamente a nadie, lo que había hecho, asegurándole que cumpliría la promesa de salvar a Leonor.

Una vez que el niño se hubo marchado, Zambruno finalmente descubrió su plan: amarraría al pavo de forma que no pudiera moverse demasiado, es decir, lo enrollaría con varias sábanas para que no se soltara. Estas sábanas las amarraría a su vez al lecho donde había hecho suya a Leonor y luego lo taparía con los cobertores, de manera tal, que pareciera que allí aún dormía la joven.

Luego, y ante la sorpresa de Leonor, le dijo que se metiera ella misma en el saco y que se arrebujara en él lo más que podía, ya que de esta forma pensaba sacarla de la hostería y por lo tanto salvarla del Santo Oficio. La joven se quejó, aunque sin demasiada vehemencia:

Por todos los Cielos don Miguel, no sé si he de aguantar demasiado tiempo metida en el saco, que cuando me veo encerrada, mi garganta se cierra y en mi pecho no entra el aire…

Zambruno le explicó que no había otro modo de escapar, era eso o la hoguera, además de recordarle que él mismo había puesto su vida como prenda ante la Santa Inquisición… Ante estas palabras, Leonor no dijo ni pío y metiéndose en el saco ayudada por el pintor, que luego lo tomó por la boca y lo echó a sus espaldas, para emprender la gran aventura…

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"S"

- ¡Perdonad! -esgrimió, Zambruno, dejando el saco a mitad del pasillo con el consiguiente golpe para Leonor.-
- ¡Quién janda ! -gritaba, Buttarelli, en el comedor.- (Santita mare de Dió, quién ja hecho este estropisio) -pensó al ver las jarras destrozadas junto a una de las mesas.- ¡Guardias! ¡Guardias!
El pintor, horrorizado por el reclamo que ejercía el tabernero sobre los hombres del Inquisidor, retrocedió con el saco hasta su habitación con la mente perdida ante aquél contratiempo. Al tiempo, que cerraba su puerta se abría la de la "Pitones" y la "Carmela" de donde salían subiéndose aún los pantalones los hombres del fraile mientras las gitanas, temerosas de no haber concluido con su parte del trato para terminar de cobrar lo estipulado con el pintor, intentaban sujetarlos casi desnudas sin demasiado éxito.
Zambruno, entonces, dejó salir a Leonor del incómodo bolsón y antes de que esta pudiera preguntar que iban hacer se asomó al balcón con la única esperanza de que Francisco aún andase por las caballerizas.
-¡Francisco! ¡Francisco! -gritaba en voz baja.-
La confusión y el desorden se desató en un abrir y cerrar de ojos alrededor de todo el entorno a la Hostería, a la vez que Buttarelli, en la puerta y a pleno pulmón continuaba llamando a los alguaciles, que se daban patatas en sus traseros por las escaleras para que no se descubriese el abandono que habían realizado a su puesto de vigilancia. Los mozos y escuderos de las caballerizas, corrieron a auxiliar al tabernero, al mismo tiempo que Francisco volvía hacia la fachada en la que con el rostro completamente desencajado el pintor esperaba encontrarlo.
- Francisco, por amor de Dios, ¿donde te has metido?
Y antes de que el joven pudiese explicarse, ya había enlazado el pintor varias sábanas para que Leonor pudiese bajar por el enrejado y consiguiera huir junto a el para montar en los caballos que les aguardaban en el callejón del agua. De nada sirvieron los intentos de la dama para que Zambruno le acompañase, y de nada sirvieron los deseos del joven para conseguir el mismo propósito.
- Hacedme caso, Leonor, no puedo acompañaros. -dijo suspirando.- Si huyo junto a usted nos darían alcance en menos de unas horas, indique así pues al muchacho un lugar seguro donde llevarla y algún día, si Dios lo permite, me reuniré de nuevo con usted.
Y así, con la dificultad propia de una dama de alta alcurnia para marinear por una fachada, Leonor, consiguió pisar tierra y huir junto al joven Francisco, ante el follón que se había armado en la hostería. Zambruno, sin tiempo demasiado para trazar un mejor plan, se encomendó a todos los santos y en menos que canta un gallo sacó un lienzo y plasmó a trazos los rasgos del pavo. A continuación, con los ojos más bien cerrados por el miedo y sin evitar llevarse más de un picotazo, retorció el gaznate del ave hasta conseguir matarlo y amarrarlo a la soga que había servido para el cautiverio de Leonor, mientras los alguaciles aporreaban la puerta insistentemente.
- ¿Qué sucedió? ¿porqué tardó tanto en abrir? - recriminó el gordito, que momentos antes había disfrutado con la gitana al abrir el pintor la puerta.-
- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Brujería, brujería! -gritaba, Zambruno, recordando su paso fugaz por la compañía de teatreros de su pueblo.-
- Pero tranquilicesé, y la chica ¿donde está la bruja?-preguntó el alguacil, apartándolo de la puerta y contemplando la escena surrealista del pavo atado sobre el camastro.-
Inmediatamente, mientras Buttarelli, aplacaba al pintor con un mejunje con tila y manzanilla, los alguaciles mandaron a llamar a Fray Facundo, para ponerlo al tanto de lo acontecido en su ausencia. Pasaron pocos minutos, para que el Inquisidor hiciese su aparición en carruaje en la Hostería.
- ¡En el nombre de Dios! ¿qué ha sucedido en este infame lugar? -gritaba el fraile.-
A ver, pintor, ¡Hable! ¡hable si no quiere ser quemado en la hoguera!
- Su dignidad .-dijo sollozando.-
- Déjese de lloriqueos de mujerzuela y ¡Hable! ¿donde está la bruja?-preguntó, dando un puñetazo sobre una de las mesas asustando a toda la concurrencia.- ¿Y ustedes que mira? ¡alguaciles! ¡echen a este gentío y dejenmé a solas con el pintor!
- Fray Facundo, ha sido horrible, ¡horrible! -volvió a insistir, Zambruno.- Ya tenía casi conclusa mi obra y le dije a la bruja que mi trabajo había terminado...
-¡Pardiez! ¿y que sucedió?-preguntó, intrigado el inquisidor mientras se hurgaba la nariz.-
¿Que, qué sucedió, dice vuestra merced? , entonces sentí un mareo y vi como mi lienzo desfiguraba la pintura realizada de la bruja y se convertía en la imagen de un ave...
-¿En un ave, dice vuestra merced?
- Si padre en un pavo concretamente, así que refregué mis ojos creyendo estar delirando y al mirar hacia el lugar en el que se encontraba maniatada la bruja hallé un pavo...
- ¿Un pavo?
- Si, su dignidad, un pavo. Golpeando el atril del lienzo, pensé en avisar presurosamente a sus hombres, y fue entonces...
- ¡Fue entonces, qué! -interrumpió el fraile al borde del colapso.-
- Fue entonces cuando me atacó el ave y tuve que defenderme hasta conseguir arrancarle la vida. ¡Miré usted como estoy de picotazos! -gritó, mostrándole sus brazos.- ¡Brujería, fray Facundo, Brujería!
- No lo puedo creer, Zambruno, no lo puedo creer...
- Pues suba vuestra merced y compruebelo con sus propios ojos-contestó el pintor, interpretando un preciso tembleque que asustaba y contagiaba al fraile.- ¿Pero sabe lo que siento?
-Digame usted, Zambruno, ¿aún hay más?
- No padre, ¿pero como se puede juzgar ahora a una bruja convertida en pavo y que para colmo está muerto? ¿Como podremos hacer justicia ante esta bruja maldita? , porque sepa vuestra merced que yo testificaré donde haga falta. Faltaría más.
El fraile, completamente desarmado y sin saber que replicarle al pintor, optó por justificar el juicio con la muerte del pavo, y además ante el tribunal se enardeció de contar con el testimonio de todo un ejemplo a seguir, como lo era Zambruno, por haber luchado, arriesgando su propia vida, en contra del maligno hasta vencerle en una de sus formas más despreciable. ¡Un pavo! , gritó para menospreciar la suerte que había corrido la dama para pasar a la otra vida.
No obstante, finalizado el juicio, reclamó al pintor el cuadro prometido para regalar al prior, y este se comprometió a enviárselo lo antes posible una vez que se recuperase del impacto que había supuesto para él toda aquella terrorífica historia.
Días después, y atendiendo a una dirección que el joven Francisco le entregó a su regreso, se reunió con su amada Leonor en tierras manchegas para continuar camino hacia Aragón, donde serían recibidos y bendecidos en loor de multitudes.