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jueves, 23 de abril de 2009

Capítulo V. Atentado en la hostería.




En medio de tanta tensión, cuando algo grave parece estar a punto de ocurrir en la hostería, se abre la puerta y entra un hombre gigantesco con hábito de fraile franciscano, un hábito pardo y sucio, maloliente. Se acerca al mostrador con maneras violentas, impropias de un religioso. Abre el hábito y saca un cuchillo carnicero de tres cuartas de largo por una de ancho y lo clava en el mostrador a modo de saludo. Buttarelli da un respingo y a punto está de volcar una jarra de vino.

Buenas noches tengan vuestras mercedes. Y que Dios se apiade de vuestras almas impías por estar a esta hora en un antro de vicio y latrocinio como éste, un lugar de perversión concebido por el Diablo para llenar el infierno de almas. Pero ya lo pagaréis caro cuando llegue la hora.

Buttarelli, cuya imprudencia era su perdición, no puede contenerse a la pregunta ni siquiera a la vista del cuchillo.

¿Pues qué hacéis vos aquí, entonces?

Yo tengo permiso de Dios, sépalo vuestra merced. Me llamo fray Paravicino de Talavera, aunque las justicias me conocen por el nombre del convento: fray Manteca.

¿Fray Manteca?

Sí, fray Manteca, porque el bendito san Audencio se me apareció en sueños y me encomendó la dura tarea de limpiar la faz de la Tierra de todos los curas corruptos que infectan la Santa Madre Iglesia, que son legión. A treinta y siete he descuartizado ya con este mismo cuchillo. El primero fue el prior de mi convento. Por eso me llaman fray Manteca. Y sólo acabo de empezar. Dicen que estoy loco, pero sólo estoy iluminado por la beatífica y justiciera luz del Altísimo.

Ante semejante afirmación hasta don Mendo palidece. Al arcipreste de la Cruz le tiemblan las piernas, se apoya en un taburete y trabajosamente se sienta en él. No pierde de vista el cuchillo. Un silencio mortal reina en la taberna.

Pues en Sevilla hallaréis de sobra carnaza de la que buscáis. Aquí tenéis tajo.

A eso vengo, a matar al cardenal, que me han dicho hoy en Triana que mañana parará por esta hostería.

Un murmullo de asombro recorre la taberna. Buttarelli, con las manos en la cabeza, pregunta:

¿Y no os da miedo decir tal cosa de su eminencia? Vive Dios ¿y os quedáis tan fresco después de pronunciar tales palabras?

¿Miedo? Fray Manteca sólo teme a la lujuria, al vicio de la carne, a la avaricia, a los placeres mundanos y a las tentaciones de Satanás. Vos sí debéis tener miedo, tabernero, a las llamas del infierno, que consumirán vuestras carnes por regentar este lupanar. ¿Su eminencia? Su eminencia es el mismísimo Anticristo, que así se cueza lentamente en las peores calderas del infierno. Un fornicador, un fariseo, un corrupto, un canalla, un cerdo asqueroso hozando en los peores basureros del alma, el peor de los hijos de Belcebú, después del Papa.

Y diciendo esto blande el cuchillo y lo agita violentamente en gestos descuartizadores cortando el aire peligrosamente cerca del preste. Buttarelli se santigua cinco veces seguidas. La voz grave de predicador de fray Manteca ha impresionado a toda la clientela. Su rostro enrojecido y colérico, su enorme nariz aguileña, hinchada como la de un toro hostigado, sus ojos azules y saltones, desorbitados, girando como los de un poseso, asustan al mismísimo don Mendo. El arcipreste de la Cruz aprieta un crucifijo entre las manos hasta hacerse sangre y se santigua otras cinco veces, pálido como la cera; un charco de orines percocha las lozas del suelo bajo su taburete. Don Mendo y don Antonio, sentados frente a frente en la mesa, se miran fijamente sin decir palabra.

¡Buttareli! -gritó, don Remondo, al entrar por las puertas de la Hostería, ante la mirada atónita de todos los presentes.- quiero poner en su conocimiento que la cuenta del torero no es mía... pero, ¿qué sucede? si parecen vuestras mercedes de pura cera...

Don Remondo, mejor venga en otra ocasión, que la taberna no está para avenirse a recuerdos de tan aciaga noche.

¿Cómo dice, tabernero?

¡De aquí no sale nadie!, pase pendenciero.-gritó el fraile sin girarse del taburete.

Pero, ¿qué arapiento monje se atreve a hablarle de manera faltona al corregidor de Sevilla? jamás se ha visto tal desfachatez...


¿Tengo que tratarlo de usía tal vez? ¡que se siente he dicho! .-ordenó fray Manteca, dejando a la vista el impresionante escalpelo.

No, si tengo varios asuntos que tratar...

Tome asiento corregidor o su garganta no llega a maitines...


(Válganos la Virgen, el Niño del Corral Candelas. ¿A que tenemos la mala suerte de que el fraile lo descuartice antes de que pague sus cuentas? Siendo largo como es, no llega al fraile ni al pecho, vive Dios. ¿A que esa mole lo convierte en el muerto número treinta y ocho?)

Eh… Calmaos, calmaos, fray Paravicino… digo… fray Manteca. ¿No veis que el maestro no anda bien de la sesera, que es corto de luces, que Dios nuestro Señor no se acordó de él a la hora de repartir la inteligencia entre los cristianos? ¿Vais a descuartizar a un pobre desgraciado estando presto a llegar la bestia inmunda del cardenal, del que el demonio se acuerde?

Venid, venid aquí, Remondo, por lo que más queráis, sentaos a la mesa con nosotros, que no sabéis de la misa la media.

Válgame Dios, será lo mejor, porque me niego a separar mi gaznate del resto del cuerpo...

¿Cuándo llegará el Cardenal de la Cruz?

Igual se ha arrepentido su Eminencia y espera en vano...

¿es usted el arcipreste o el tabernero? ¡Cállese de una vez! -dijo, fray manteca, bajando del taburete y con los ojos fuera de sus orbitas.-

No creáis que no os he reconocido, arcipreste –dijo el fraile Manteca poniéndose frente a de la Cruz. Las manos en los cuadriles, el cuchillo carnicero clavado en la mesa. Vos formáis parte del séquito de cochinos corruptos del cardenal, vos sois quien le limpia las mierdas, quien le busca las meretrices, quien cuenta el oro robado a los pobres. Sois peor que los cerdos, preste, sois la mosca que se acurruca en el culo del cerdo al calor de la mierda.

El arcipreste de la Cruz creyó morirse, allí frente a aquel castillo de músculos enloquecido que voceaba en medio de la taberna. Y aumentó el charco de orines mientras el preste se escurría en el taburete, como hundiéndose lentamente en la fosa.

Vos sois de esa clase, un canalla, un servidor de Satanás, un sepulcro blanqueado, un hipócrita, y ese cerdo del cardenal otro, y el Papa la madre de todos los hipócritas, peor que la más sucia meretriz de Sodoma y Gomorra. Porque eso es el Vaticano: Sodomaaa, Gomorraaa, Babiloooniaaaaaaaa. –Gritó desesperado, levantando los brazos con el cuchillo en alto mirando a la concurrencia.

Decidme, ¿cuándo viene la hiena?

De la Cruz, acogotado en el taburete, sólo atinó a levantar los hombros, como indicando que desconocía la hora.

Bien, lo esperaremos. No os mato ahora, antes quiero que veáis morir a vuestro amo, tal vez viendo morir a Belcebú os purguéis de vuestros pecados.

Volvió a coger el cuchillo.

Sólo hay que miraros para ver la ramera que sois. Perfumada y cargada de joyas. Mirad vuestro anillo, debe valer una fortuna –y señaló con la punta del arma al Niño del Corral-, mientras este desgraciado no tiene ni qué comer. Ahí lo tenéis, con la ropa desgarrada y sucia que pareciera venir de una pelea, pálido como la cera a causa de las enfermedades y de la privación, que no parece sino que está al borde de la muerte. Y vos con un anillo.

El arcipreste de la Cruz, con las manos temblorosas, tardó algunos minutos en quitarse el grueso anillo del dedo índice y extender la mano hacia el Niño del Corral Candelas. Remondo, rápido con un rayo, en medio del pavor, fue a cogerlo, pero don Mendo fue más rápido.

Dejad que yo se lo guarde, preste, ya veis que el pobrecillo no está en sus cabales, de estarlo ¿hubiera faltado al respeto a fray Manteca al entrar en la hostería? Traed, preste, traed que yo se lo custodio, que hay mucho granuja suelto.

Al Niño del Corral se le cayeron dos lágrimas como dos huevos mientras veía el anillo cambiar de manos sin pasar por la suya.

¿Veis, rata miserable? –Gritó el fraile dirigiéndose al preste y señalando a don Mendo- ésta es la diferencia entre un hombre de Dios y uno del Diablo, que es lo que sois vos. Pero no creáis que me conmovéis con vuestro gesto. Estáis condenado a muerte como la sucia ramera del cardenal.

(Vive Dios, qué anillo. A fe mía que da para pagar lo que debe el Niño y aún sobra. Contando con que salgamos de ésta, claro)

A ver, Corregidor, corra a asomarse a la puerta y mi informa de que almas pendulean en el horizonte, y anfe con cuidado porque desde aquí lo hirvano con mi daga...

Ni un alma, fraile, no hay ni un alma en la puerta .-contestó a lo lejos don Remondo, sin dejar de temblequear sus canillas.-

Mire bien, que flaco favor se hace si me anda con engaños...

Que no hay engaños de peras al olmo, que no hay nadie, créame.

Elena, al escuchar a don Mendo que el Cardenal Cisneros viene a la hostería con la intención de matar a su hijo, huye con el niño a la venta de los Gatos, ya en la habitación el niño duerme y ella no para de dar vueltas por la habitación y por su cabeza:

-¡Vil serpiente! Te arrastras detrás del Rey, haces lo imposible por llevar almas al purgatorio y tú eres el Diablo en persona, matar a tu propio hijo, no podía imaginarme que fueras un criminal y después a quien querrás colgarle el delito, perro rabioso, toda carnada te parece poca.


Elena, rebusca entre sus ropas y se viste de hombre, esconde el pelo bajo un pañuelo negro al estilo pirata, se pone un sombrero de ala ancha que está en la habitación, se pinta barba y bigote, coge uno de los caballos que hay en la venta y se dirige velozmente hacia la hostería de Buttarrelli.



Mientras galopaba como un rayo en dirección a la hostería piensa en el Cardenal Cisneros y lo ve deformado ¡horrible! nariz larga, pelo de mazeta, ojos saltones, ojeras verdosas, labios invisibles. Cómo pudo enamorarse de un hombre tan feo y odioso que había vendido su alma al Diablo y el corazón a los perros.



¡Vaya! Esto sí es sorpresa. Muchos sicarios veo yo aquí para mi hermano. No, nadie se altere. Tengo muchas pendencias con “el cardenal”, si ha hecho carrera en la iglesia tan rápido ha sido gracias a sus cuantiosas donaciones. Dicho de otro modo. En su día tomó la herencia de nuestro padre y nos dejó en la calle. Desde entonces he tenido que arrojarme a la aventura. Su muerte no me desagrada, pero no seré yo quién la lleve a cabo. No soy Caín. Tampoco quiero estar aquí para cuando eso suceda. En cuanto a lo del niño, sabed que no renuncio a su custodia. Aunque por el momento me conformo con la situación, ya que me es favorable. ¡Ea, señores, quedad con Dios! Confío en que nos veremos. ¡Butarelli, esta la pago yo! Por cierto, don Mendo. Si alguna vez queréis batiros o tomar vino. Pasad por Coria, veréis en la dársena a un ciego tejiendo una red. Preguntadle si ha pescado alguna vez un pecio, el os llevará hasta mí.

Capítulo IV. El cardenal y su séquito.




Pero ¿cómo os vais a acurrucar sin restregón de macho estando aquí este servidor de vos y de Dios, señora?


(Pardiez, qué hembra, qué lustre, qué carnes, cuánto arranque)


Otra cosa es la de los reales, que si por mí fuera pondría un imperio a vuestros pies, pero ha querido el demonio que haya perdido mi bolsa en la reyerta de la plazuela. Encima no llevo dinero, aunque lo tengo. Ya veis que ni la cercanía de la muerte frena a los truhanes. Y no tenéis traza vos de acurrucaros por dinero, sino por pasión, que bien se os ve. Tampoco soy hombre yo de pagar por pasiones. Y por el torero no os preocupéis, que si salimos del trance de mañana con la visita de su eminencia, pasado lo iremos a ver a la plaza. Os aseguro que en cuanto cobre, si es que el morlaco deja siquiera sus despojos, a fe mía que os pagará. Que llevaba razón don Antonio cuando decía que ni burras merecen, cuánto más hembras.

Por cierto, aunque su eminencia es muy reservado, como bien pregona su fama, tengo a mi parecer que vuestras carnes dislocarían su prudencia. Si el cardenal tuviera a bien detenerse aquí mañana a su paso para Córdoba, mostraos bien visible, vos y las damas que os acompañan. Os pagaré bien, podéis contar con ello, aunque dudo que os entre al trapo, pues viene buscando a otra persona.


(Nunca está de más sembrar el nerviosismo y el desconcierto en el ánimo del enemigo)
Aquella noche Elena no pudo dormir, su cabeza era un enjambre de abejas, por un lado el deseo insatisfecho del hombre de la mirada penetrante que le estaba quemando las entrañas y por otro el pensamiento puesto en Gonzalo el Cardenal.


Elena creía que él llegaba a la hostería de incógnito y si enviaba un correo a caballo avisando de la llegada con todo su séquito ¿qué planes podría tener para llamar la atención de esa manera?




¡Abrid la puerta! -gritó el forastero con capa, que golpeaba el viejo aldabón de la hostería.-

- ¿quan gritan de esa manera?.- preguntó, Buttarelli, arrancándose las legañas con el puño de su camisón.-

- Soy el arcipreste Juan de la Cruz, ¡Abra!

- ¿Y a qué viene tanta prisa, hombre de Dios? -volvió a preguntar el tabernero retirando la tranca de la puerta de entrada.-

- Déjese de serenatas, y prepare unas viandas que vengo con las vainas vueltas de tanto camino, ¿no recibió la misiva de la llegada de su Eminencia?

- claro que si señor preste, llegará esta noche ¿verdad?

- Soy el Arcipreste, ¡cabeza en manteca!, que preste ni preste, además sepa usted que el Cardenal está a punto de llegar, así que abrevie alma de cántaro que los cuernos del toro le apuntan.

-¿a punto de llegar? .-preguntó con la cara desencajada.-

- Lo que ha oído malandrín, ¡Apurese!...

¡Alto ahí! Que todos me oigan, al punto revelaré mi verdadera identidad y mis propósitos. Por que un hombre son sus acciones y también sus omisiones, es por eso que estoy involucrado en este tema. Mi nombre sigue siendo Antonio, y ese niño que ahí veis de nombre Alberto lleva mi sangre. Más nadie piense nada malo, pues hasta hoy no nunca había visto a Elena. Soy hermano del Cardenal y enterado de sus propósitos a por el niño vengo.

Preferí llegar como pazguato, pues así había de ver en quién confiar. Quise distanciarme de mujeres para así tener despiertos mis sentidos, os he observado a todos y sé muy bien que nadie me dejará salir con el niño por la puerta. Pero habéis de saber que sólo conmigo está a salvo. La avanzadilla que mi hermano ha mandado apenas pueden llamarse hombres, con vuestros ojos lo habéis visto. ¿Acaso creéis que el clero no guarda bien sus secretos? ¿Acaso creéis que alguien sobrevivirá? Dentro de poco llegará el Cardenal y a su partida aquí no quedará testigo. Atended bien a lo que os digo.

Si desaparezco con el niño, le enseñaré el dominio de las armas, la paciencia con las mujeres y el secreto de las letras. Nada en lo referente a lo caballero se me quedará por mostrar. Y buena hacienda le he de dar. Porque hice fortuna en el Mediterráneo despojando a piratas de lo robado. He cortado gaznates de corsarios franceses y me he manchado con sangre berebere. Y jamás, hasta esta noche, maté a español que no se lo mereciera, mas alguno dejé tullido y hoy los ves pidiendo en la puerta de las iglesias y mentideros.

Advertidos quedáis, si alguien trata de impedir que conmigo se venga lo ensartaré como a un turco, y creedme que en eso tengo experiencia. Pues yo con navaja y daga no temo a florete. Pregúntenselo sino a los dos desgraciados que flotan en el Guadalquivir.En cuanto al conde, él no es su padre. Ni parentesco les une. Tengo yo dinero para doblar la cantidad.

(Vive Dios que mi instinto ya me prevenía sobre el frailecillo. Vaya, vaya, con don Antonio… Nada menos que hermano del cardenal. Y el arcipreste, ¡cuánta soberbia! Ya me gustaría medirle la arrogancia en el callejón, a fe mía. Feo se pone el asunto, se han vuelto las tornas. Pero a lo hecho, pecho. Si al menos estuviera aquí la cuadrilla del niño… ¡Qué banderillazos daban, por la Virgen del Carmen!)

Oídme bien vos, don Antonio, o como quiera que os llaméis. Eso de ser padre lo pongo en cuestión, que no es padre quien engendra sino quien alimenta y educa a una criatura en el amor de Dios y con el beneplácito de la Santa Madre Iglesia, al menos es lo que predica su eminencia. Es padre quien reconoce serlo ante Dios y ante las justicias, no quien reclama a una criatura como si de una yegua se tratara. Y lo digo por vos y por vuestro hermano, si es que sois los dos del mismo padre.

Y no os alteréis, don Antonio, por debajo de la mesa os apuntan dos pistolas. Un mínimo movimiento y os parto el alma en dos. Y eso cuenta también para vos, preste, aunque en vos no merece la pena gastar una bala. Doña Elena, acercaos.

Doña Elena se acerca a don Mendo y éste le habla al oído sin apartar la vista de los demás.

Coged presto al niño y una bolsa de oro que guardo entre mis ropas. Id rápido a la venta de los Gatos, camino de San Jerónimo. El dueño es mi amigo. Ocultaos allí hasta mi llegada. Ummm... y os aseguro que sus cuadras tienen unos pajares estupendos, doña Elena.

Luego se dirige a don Antonio mientras doña Elena sube las escaleras:

Por cierto, don Antonio, no temo a los turcos ni a los berberiscos ni a los franceses. Estoy aquí por cuenta del conde de Ureña, que es quien me paga, y si él me autoriza podréis llevaros a la criatura. Mientras, podéis esperar ahí sentado, con las manos sobre la mesa, tal como estáis. En cuanto a los bravos amigos del cardenal, ya habéis visto lo que han hecho con ellos el Niño del Corral y los suyos. No es que el Niño sea valiente, es que sencillamente está loco, que es peor.

Y en lo tocante a mujeres, dudo que podáis enseñar a nadie, salvo a otras mujeres, tal vez punto de cruz y algunas otras materias dignas de conventos.

A fe cierta, sabe Dios, que esto no quedará así. Le exijo, don Mendo, que deponga su actitud y detenga a madre y bastardo antes de que sea demasiado tarde, no respondo de la ira de su Eminencia que está a puntito de llegar, y entonces no habrá rincón en el reino donde ahuecar el ala y su insolencia.

Pero, válgame san Cleto y san Paturcio, ¿no hay forma de que reine la paz en esta Hostería? haganmé el favor vuestras mercedes de mantener la fiesta en paz y de dar la bienvenida al señor Cardenal con los honores que merece excelsa persona, por amor de Dios, don Mendo, que desde que entró por esas puertas ayer tarde, no ha dejado de caer miseria y la desgracia en esta casa...

¿Punto de Cruz…? Serán de sutura, como los que dan los barberos. No temo a vuestras pistolas, a decir verdad, no os temo. Os he visto descargar las pistolas a un triste caballo. Triste, triste, triste. Y como vuestra voluntad es un apéndice que cuelga os habéis olvidado de cargarlas. Naipes marcados… os he visto el farol. En cambio yo, tengo apostados en las esquinas a mis hombres. ¿Hombres? Claro, no pensaría vuestra merced que yo solo me iba a enfrentar a turcos y franceses. Mi tripulación. Pero os daré tregua. Como veo que no queréis mal al niño, ni la madre tampoco, por supuesto. Os dejaré partir, cada cual su camino, quieres mujer tómala, pero no hagas que el niño se críe con ese conde al que odio tanto o más que mi propio hermano. Y una última cosa, no afiléis más vuestra lengua contra mí. Sino queréis ser mañana un pobre pedigüeño alargando la mano en la puerta de la catedral.

Yo tampoco respondo de mi cólera, preste. Y tomad nota, Buttarelli, que lo mismo chupas la sotana de un cardenal que remangas el hábito de una monja. Seguro que cuando llegue el curate le sirves vino en condiciones… y gratis.

En cuanto a si mis pistolas están cargadas o no, tendréis que averiguarlo vos, don Antonio. Por Cristo vivo os digo que ni yo mismo lo sé, pues las usé varias veces durante la reyerta. Si tan seguro estáis de que no están montadas, moved siquiera un dedo, yo también tengo curiosidad por saberlo.

¿Y estáis dispuesto a dejarme marchar? Cuánta misericordia, qué largo me lo fiáis. Que yo sepa, sois vos el que está encañonado. Ya puestos, os voy a confesar otro farol: yo tampoco vine solo. Ni el conde de Ureña es tan corto de medios ni yo soy tan ingenuo.

Buttarelli, haced algo en condiciones esta noche y servidnos vino. A don Antonio y a mí, al preste dadle agua.

¡Ahí, don Mendito! Fácil es ordenar cuando se empistola a un cristiano, mire usted que hay otras tabernas donde beber y discutir... estoy viendo que en menos que un cura loco se persigna hay palos y alboroto en la Hostería...

miércoles, 22 de abril de 2009

Capítulo IV. Los hombres del cardenal.



¡Vive Dios que algo barruntaba yo! Más caro pago yo el dolor de mi entrepierna que paga el cardenal por sus servicios. Ahora verán.

Don Mendo de las Cuevas, pistola en mano, oye galope de caballos por la plaza. Oculto en la oscuridad, ve a los jinetes. El último, trabajosamente, carga con el niño en la grupa. Acecha. Al pasar junto a él no lo piensa y dispara contra el caballo, a bocajarro. Bestia, jinete y niño caen al suelo, y antes de que los primeros caballos vuelvan grupas, don Mendo saca una navaja y degüella al hombre caído, toma al niño en brazos y corre hacia la hostería. Oye a los jinetes galopar tras él. Sólo contempla una alternativa: la confusión. De una patada abre la puerta de la taberna. El escándalo es grande, pero don Mendo grita más fuerte.

¡Agua! ¡Agua! Vive Dios, las justicias, los alguaciles del rey ¡Agua! Huid, maestro, que vienen por vos.

Y corre hacia el interior. El Niño del Corral Candelas, que en ese momento, estoque en mano, amenaza con ensartar al tal Carrincho, al que tiene acogotado contra unos barriles, se gira justo cuando los hombres del cardenal irrumpen en la hostería atropelladamente. Sabedor de que su historial es completo, al ver a los embozados suelta a Carrincho y arremete contra ellos esgrimiendo el estoque. ¡A mí la cuadrillaaa! ¡Pardiez! ¡Rafaelillooo! ¡Bigoteees! ¡Tronchadienteees! ¡A por ellos! ¡Vive Dios! ¡A mí la tunaaaaaa!

Al grito de “a mí la tuna”, la turba de juerguistas y pendencieros cae como hormigas carnívoras sobre los hombres del cardenal. Los del Niño del Corral, banderillas en mano, hacen sangre en el tumulto; los tunos, con lo que pillan a mano: jarras de vino, taburetes, lebrillos, guitarras… El del Corral, más alto que los suyos, estoquea por encima de sus cabezas a diestro y siniestro. Y en ese momento, la ronda nocturna, que ya venía por el callejón del Agua, entra en la taberna en grupo, espadas en mano. Don Mendo, desde las escaleras, con el niño en brazos, azuza la pelea.

¡Agua! ¡Agua! ¡Más alguaciles! ¡A ellos, que aquí morimos!

Los de la ronda no tienen tiempo de reaccionar. Empujados por la horda que se les viene encima con toda suerte de objetos dañinos, retroceden hasta la puerta y de la puerta a la plaza, donde la luz de las candilejas proyecta sobre las piedras la sombra de los naranjos. La turba, desordenada, incontrolable ya, siguiendo el impulso de los empellones, los sigue hasta la calle, incluidos los del cardenal, que aguantan en medio del avispero recibiendo estocadas, banderillazos, puñadas… Don Mendo, desde las escaleras, aprovecha para subir a sus aposentos y encerrar al niño bajo llave. Luego baja apresuradamente y corre hasta la calle. En el mostrador se encuentra a don Antonio, con la daga en la mano, sin saber qué hacer.

Pardiez, don Antonio ¿no veis lo que pasa? Seguidme a la puerta, y por el amor de Dios, pinchad, pinchad sin contemplaciones.

En la plazuela la reyerta es generalizada. Los del cardenal, ahora con más espacio, se defienden en un círculo estrecho de la cuadrilla del Niño del Corral; los alguaciles resisten las embestidas de la tuna, cada vez más feroces. Pero a don Mendo le interesan los del cardenal y se suma a la cuadrilla del Niño. Navaja en mano, por la espalda, la clava por debajo de la quinta costilla. Es su especialidad.


-¡Hijo de mi alma! Que susto me han dado esos perros, gracias don Mendo, nunca podré pagarle lo que usted ha hecho por nosotros.

Ven Alberto que doña Tesa ha hecho sopa de ajo con huevo y algo caliente cerca del fuego te ayudará a reponerte del susto.

¡Bandidos! ¿qué buscaban? (seguramente saben quien soy y algún desalmado ha querido raptar a mi hijo para pedir rescate al Conde de Ureña mi esposo).

Don Mendo que valiente es usted, no esperaba menos de un caballero de su arrogancia.


Elena, miraba los ojos negros de don Mendo y se transportaba al pajar, aunque en la taberna había otras mujeres que acaparaban la atención del hombre que la había besado como nadie lo hubiera hecho antes, aquellos si eran labios y no la boca escurrida del Cardenal Cisneros.
Las mujeres de la hostería coqueteaban con don Mendo descaradamente mientras él se dejaba querer y atendía a todas, abrazando a unas y otras iba dando palmadas en sus traseros.
De vez en cuando, Elena notaba como le clavaba la mirada desde lejos y la penetraba como una daga.
Buttarelli, subido en un taburete entre la humareda, hacia ademanes para que la gente prestase atención a la noticia que estaba presto en anunciar.
-Señorias, damas y caballeros, la hostería se enorgullece de hacerles saber que acaba de llegar un emisario con la noticia de que mañana va a pernoctar en nuestra humilde casa el Cardenal Cisneros y su séquito.
Espero, sea un honor para todos ustedes cruzarse en el camino con su señoria, ya podrán contar a sus nietos dicha coincidencia. Esto sólo pasa una vez en la vida
.
El escandalo de aplausos y risas era de órdago ¡el Cardenal Cisneros en persona!
La cara de Elena por un momento se llenó de tristeza, ella, sólo tenia ojos para don Mendo.
Don Antonio no se encuentra en la Hostería. Parece que momentáneamente ha abandonado y a don Mendo este hecho le preocupa, por encima de mozas y Elena. Al rato aparece con la vestimenta mojada y los cabellos empapados en sudor. Advierte entonces don Mendo que en sus zapatos lleva una gota de sangre.
Válgame Dios don Mendo, ¿qué cree usted que me ha pasado? Dos tipejos me han perseguido, ni siquiera me dio tiempo a saltar de mesa en mesa. Apenas es turba se echó sobre nosotros se fijaron en mí, no sé porqué. Me acorralaron allí en aquel rincón y como no vi otra, me puede abrir paso arrojando lo mejor que supe una silla a sus pies corrí hasta la puerta de la calle y allí me eché a correr como liebre perseguida por galgos. Más vueltas que una polilla a un candil he dado yo a la plaza. Y cuando de correr los cansé volví buscando la querencia, como animalillo inocente. Al cabo, que me he dado cuenta de que he perdido la daga, ¿cómo ha sido esto posible? Quizá me pesara.
Ozú, Rafaelillo, valiente tarascada me propinaron esos alguaciles, deja que el aliento se recupere en mi alma, porque no corro tanto de aquél día de gloria en Valencia...
¿Día de gloria, dice usted maestro? si ese día casi tiene que ajusticiar al toro el alguacil con su pistolon, anda corra, corra, que como nos alcancen esos miserables no vamos a tener días para pagar en galeras la cuenta y el destrozo ocasionado en la taberna
¿Y los demás? ¿donde están?
Los demás deben estar aguardando ya en Triana a que lleguemos, pero no se entretenga, corra, corra...
¡Ay, Rafaelillo! , que una figura del toreo tenga que huir como vulgar delincuente...
Ya vendrán tiempos mejores, Maestro, que no esta hecha la miel para la boca del asno. Pero, por el alma de su madre, corra, corra, que oigo carreras tras nosotros...
¡Detenerse, malas víboras!
Se lo dije, maestro, hay viene Carrincho, y como no se me apure usted ajusta cuentas con nosotros antes de que cante el gallo.
Esta bien, mi fiel banderillero, corramos, corramos....
¡No se librareis de Carrincho! ¡No corráis, bellacos!
Mientras tanto en la Hostería todo parecía volver a su cauce tras el acontecimiento anunciado por Cristofano Buttarelli, las rameras revoloteaban en torno a los señores que quedaban recibiendo a su vez las disculpas del tabernero, y los camareros recomponían el atrezo de la hostería.
A ver don Mendo, deje de flirtear con esta lagartona recién desembarcada y ajuste sus cuentas con una hembra como yo. Ni el torero, ni su cuadrilla han hirvanado cuentas con nosotras y yo no me alcobo sin restregón de macho y bolsa con reales en mi corpiño. Así que haga el favor vuestra merce de acompañarme a la alcoba y saciar mis necesidades, ¿o es que no le gustan estas gracias que pongo en su plato...

martes, 21 de abril de 2009

Capítulo III. ¡Alegría, alegría! Que paga don Mendo.









A fe mía, mi buen Don Mendo, que lo único que debería pagar usted a estos bárbaros es el viaje del barquero Caronte. Mírelos como comen y beben con la boca abierta. Mozas piden, cuando ni burra merecen. También le ruego que no hable así de Elena, que si usted tiene bajos instintos, a mí con el celibato, se me vuelven subterráneos. Mire, mire como beben, mire aquel banderillero como le chorrea el vino por el cogote. O aquel otro, más entrado en pringues que en carnes, mire como salpica al hablar.Y ese Niño del Corral con esa nariz no le queda sino resfriarse. Señor Don Mendo, estamos asistiendo a un milagro invertido, pues ante nuestros ojos vemos como una limpia hostería se torna una sucia pocilga. Mire, mire…


Cuán ciertas son vuestras palabras, don Antonio, va a salirle caro al conde el empeño de salvar al chico, que no piense usted que esta juerga la pagará mi bolsa. Cómo comen y beben, pardiez, si parecen lobos de los bosques atacando en manada las viandas de las bandejas. Mirad al torero cómo muerde las longanizas, ni las mastica… y qué dientes. ¿Las narices, dice vuestra merced? ¿Habéis visto los dientes? Ahora tengo por cierto que éstos no son hombres del cardenal, que aquéllos no arrastran hambre, tan sólo malas entrañas. Y vive Dios, cuán gritan los malditos. Y las guitarras, y las panderetas, y las castañuelas, y los cantes… pero por el amor de Dios, ¿qué hacen con doña Elena de Constanza? Que la arrastran del mostrador en volandas y se la pasan unos a otros a empellones como si fuera una bota de vino. ¡Qué carnes tiene la condesa, don Antonio! ¡Qué corpiño!


Y las mozas que ha traído Buttarelli, ¿habéis visto las mozas? Seguro que las habéis visto, y antes que yo, que vos con el celibato arrastráis en la entrepierna tanta hambre como estos pendencieros en el estómago. ¿Decís vos que salpican al hablar? Y al beber y al yantar y al despotricar, que más que personas parecen las fieras que dicen lidiar. Y a doña Elena parece que le gusta el trato, vive Dios, qué damas tan casquivanas y alegres hay en la corte. Si viera esto su esposo el conde. Y mirad, mirad qué soltura en los bailes. Y vos en el convento, rezando a maitines con los frailes para que luego os muelan a palos. Remojad el gaznate y disfrutad, y no perdáis de vista al zagal, que duerme en la mesa como un bendito. Dios santo, esto ya es un lupanar. ¿A que echan la hostería abajo?


Pssssh! ¡Callarse, vuestras mercedes! ¿no escuchan esos soniquetes de panderetas y cánticos de andar nocheniergo?, Buttarelli, digale a esos estudiantes que entren, que don Mendo está ansioso por disfrutar de una inolvidable noche. Por cierto, don Antonio, deje de mirar el corpiño de Carmela que ya tiene nombre y apellidos, esa morenaza está deseosa de acompañar al maestro, aquí presente, a uno de los lechos que aguardan ahí arriba en los que las copa de cisco picón con alhucema van a ser testigos de una buena faena, jajaja .


Vamos muchachos entrad y disfrutar de esta fiesta que se ha montado en honor al Niño del Corral Cándelas, ¡Cantad, cantad! miren que pase de pecho, ¡olé!

¡Santo Dios! a usted lo quería ver yo maestro.

¡Hombre, Carrincho! (válgame san Cleto, que este tío se carga la noche) .Venga usted, amigo, ¿qué quiere usted tomar?

¿tomar, dice? a usted por el pescuezo, so aprovechao.

No se me ponga usted así, que se carga la janga Carrincho, ¿no ve, hombre, que estoy codeándome con gente bien y de alta alcurnia, y que estoy a punto de recuperar todo lo que le debo?

Casualidad, que cada vez que lo veo esté a puntito de ajustar sus cuenta conmigo.

¿Qué no me cree? mire. A ver don Antonio, ¿a que a este amigo, seguidor mío y de los mejores, no le puede faltar de ná esta noche?



(He tomado dos vinos y estoy mareada, si no salgo a tomar el fresco caigo rodando por el suelo¿ y qué pensarían los señores que miran mi corpiño con ojos de lobo?

Esta noche de luna llena tengo ganas de divertirme quiero bailar como una poseída, a ver si así olvido al Cardenal Cisneros. Al Conde de Ureña mi esposo y señor ni lo recuerdo ¡Qué desgracia la mía!)


-¿Usted por aquí don Mendo? ¿Se le ha perdido algo?

Venga aquí, novillero de tres al cuarto que por santa Olalla de Cala que lo despacho a punta de daga.

Pero, que hace hombre, ¿no ve que está llamado la atención del personal? Suélteme, hombre de Dios.


Del personal dice, insolente, el tal Antonio ni me ha mirado siquiera, y tal don Mendo a corrido a la calle a reunirse con una de estas fulanas de corpiño inquieto...


Cuide su vocabulario, Carrincho, cuide su vocabulario, porque en esta hostería solo se reune lo más granado de Sevilla y sus alrededores. Y beba hombre, beba, que la noche es larga.

Maldita sea mi estampa, está bien, llene ahí, pero por lo que más quiera no lo sume a cuenta alguna a mi nombre porque entonces lo degüello aquí mismo.


Tranquilo, Carrincho, tranquilo. ¡Buttarelli! llene aquí a este hombre, que es uno de los ganaderos más importantes del reino.

Déjese dar coba al difunto, déjese...


¡ Maestro!

¿Que te pasa, Rafaelillo? , disculpe Carrincho. Pero animal, no ves que de la ocupación hago carrera...



Déjese el artista de carrera y apresuresé en solucionar el asunto



¿De qué asunto me vines hablar, Rafaelillo, que ni el resuello recuperas?



De que va a ser, maestro, en el callejon del Agua estan las autoridades haciendo su ronda, y como esto no se disuelva, nos van a detener por alterar el orden del vecindario.



¡Venga, Rafael, con los miedos! , los miedos pá los malos toreros, que ante los pitones que me enfreto hoy no me tiemblan ni las piernas, bebe, hombre, bebe...



Aún no he perdido nada, señora, pero podría perder la bolsa, la cordura y hasta el pellejo, vive Dios. La tuna, ¿habéis visto la tuna? Lo que faltaba. Ah, qué fresca está la noche. Pero apetece ver la luna y despejarse de tanto tumulto. Por cierto, ¿no os parece que vais demasiado descubierta, señora? No lo digo por el relente, que se ve que sois bien fogosa, sino por la gente que para por esta hostería. ¿Habéis visto la cara del tal Carrincho, el que reclama la deuda al torero? A fe mía que si no salgo pronto me toca a mí pagarla. Qué personaje. Por cierto que vos parecéis distinta, más distinguida, con más nobleza, como si vuestra cuna fuera otra. (Ummm… Vive Dios que esta mujer despierta mis sentidos, violenta mis carnes y desata mis pasiones más dormidas, o mejor dicho, adormecidas. Cómo comprendo al cardenal. Cuánta lujuria desprende la dama. Qué carnes y qué redondeces, por la Virgen Santísima)

Permitidme vuestra merced que os cubra con mi capa, mi ánimo se intranquiliza sólo de pensar que el frío os agreda. Venid, mi capa no es muy amplia pero cabemos los dos, venid, señora, no tengáis cuitas mientras estéis con don Mendo de las Cuevas. Así estamos mejor. ¡Pardiez, que debéis ser bien joven a pesar de vuestras ropas! Vuestras carnes son bien prietas, señora. ¿No estaríamos mejor en la cuadra de Buttarelli, tumbados a lo largo en uno de sus pajares, lejos del mundanal escándalo de esta hostería, reposando de tanta juerga en la semioscuridad de tan tranquilo lugar, señora?



(Que el Diablo condene al torero y a su maldita cuadrilla, y al Carrincho y a todos los pendencieros borrachos que paran en esta hostería. A que se salen a la calle a pelear y me desbaratan los planes?)



Venid, señora, apresuraos, hacedme caso, que ya presto empiezan las puñaladas.




-Don Mendo, le Juro por la Virgen del Sagrario que en ese pajar me gustaría enterrarme entre sus brazos y revolcarme en esas pajas, pero nó eésta noche que tengo el corazón fuera de mis carnes y usted podría encontrarse con una mujer de hielo.

¡Ay don Mendo! Si usted supiera de mis cuitas quizás entendiera mis palabras.

Quizás en otro momento aceptaré gustosa la propuesta, perdoneme necesito retirarme estoy mareada, no ve como tiemblo, no se si es por el frió o el contacto de sus brazos que me dan escalofríos.

Don Mendo atrajo a Elena contra su pecho y apresurose a besarla con frenesí, los labios de Elena se dejaron llevar por la boca jugosa del hombre de la mirada penetrante.

De pronto, el ruido del galope de jinetes asaltaron la noche, gritos y la voz de un niño llamando a su madre.

-¡Mamaaa! ¡Mamaaa!

Albertoooo! Don Mendo es mi hijo, se lo llevan, corramos por Dios, corramos a buscarle.

¡Albertooo!

lunes, 20 de abril de 2009

Capítulo II. Entrando en confianzas.




Don Antonio, ¿veis a ése que acaba de entrar con posturas de torerillo? ¿El que dice ser el Niño del Corral Candelas? Tranquilamente podría ser uno de los hombres del cardenal. Cualquiera de los que aquí están podría serlo, tal vez vos mismo, aunque no lo creo. Ese Niño del Corral Candelas no me da buena espina, tiene pinta de ser de los que gastan charrasca. Vos, seguid vigilando a la dama y al niño, yo me encargo del Niño del Corral, voy a ver si le sonsaco algo.

Por cierto, que tampoco me da buena espina la señora. Una mujer que se va a la cama con un cardenal debe ser peligrosa, ya sabemos cómo las gasta la Iglesia. Y cómo las gasta el cardenal. Según el esposo de la dama, su eminencia ha contratado mercenarios para eliminar a la criatura. A la criatura y a quien se cruce en su camino. Mala gente, don Antonio. Asesinos sin escrúpulos. ¿Vais armado? No, claro, si llevarais un arma la habríais vendido para alimentaros. Tomad una daga, y llegado el caso, usadla, no os dé miedo.


Mendo de las Cuevas se levanta de la mesa distraídamente y se acerca al mostrador, donde el Niño del Corral Candelas charla con Buttarelli.

¡Olé el arte de los toreros buenos, sí señor! Yo tuve la suerte de tocarle las palmas a este gran artista en Navarra. ¿Y Costillares? Costillares es un maletilla al lado de este maestro, Buttarelli, que te lo digo yo, que de toros entiendo lo mío. Saca el mejor vino que tengas en las bodegas y los mejores chorizos, que hoy tengo la suerte de brindar con el Niño del Corral, qué suerte la mía. ¡A la salud de vuestra merced, artista!



Elena, ha pedido a Buttarelli que le dé trabajo en la hostería, así piensa que puede pasar desapercibida, ignora la conspiración que hay en favor y en contra de ella a su alrededor.



-Gueno día don Mendo, aquí tienen el vino que ha pedio zu zeñoria y el choriso, zi quieren uztede comé argo má, en la cocina hay un pucherito que quita el zentio ¡amos!

Por cierto ¿uzte e andaluz? ¡No ze le nota mucho el azento !amos! (de donde será éste condenao morenazo que está como un cañon).

Y uzté torero no le da pena matá a ezo animale, que doló maz grainde, matá a eza pobre beztia, zi ya ze que uztede me van a coger tírria por decí eza coza, aquí en andalucia ez un arte, y digo yo, porque uztedes no torean al torero.

¡Vargame Dió y la Zantizima Virgen! Yo juro por miz muertos que zi yo puiera en Andalucia no ze mataban más bichos de ezos con cuernos. Ezo e un zacrilegio miren uztede y ezo que eza palabra yo no la conoizco ziquiera, porque yo me crié en er campo con mucha vaca y caballo y juro que no ze leer ni ezcribir, ni entiendo de ninguna otra coza que trabajá.

(¡Toma ya el galgo! por si creen saber algo sobre mí con esta entrevista los he dejado Caos, los ojos de don Mendo me escudriñan y me siento desnuda ante su mirada penetrante y el torero con cuerpo de sardina tiene unos labios generosos donde una se perdería, se ven buenos mozos por ésta hostería, lo que se están perdiendo mis amigas de la corte Carmen y Martina que de aburridas con maridos gordos que ya ni furulan, necesitan ser amantes de criados y jardineros. Cuando les cuente lo que hay por aquí se les pondrán los dientes largos, como si las viera me dirán: ¿Mujer por qué no nos avisaste? creerán ellas que aquí las palomas mensajeras están a la orden del día).



¿Sospechar de mí Don Mendo? Me reiría si humor me quedase en el cuerpo. Sí ya me da temor de esta daga. Seguro que acabaré cortándome un dedo. Yo vigilaré. Pero si la cosa mala se torna, no espere de mí otra cosa que el saltar de mesa en mesa como gallina perseguida por zorra. Y no me apura reconocerlo pues prefiero ser honrado y cobarde, que mentiroso e igualmente cobarde. Pero os prometo que si ese Niño del Corral, (por cierto, de nariz superlativa), se moviera en toda la hostería reinaría el desconcierto, pues ni una mujer pariendo se atrevería a dar más gritos que este triste pecador.




(Pardiez, ¿será el vino? ¿Pues no tengo el barrunto de que doña Elena me mira con lascivia y deseo? Y qué buena moza, y qué carnes más prietas. Vive Dios que tiene buen gusto el cardenal, aunque no conozco cura que no lo tenga. Y vestida de posadera, con ese corpiño ajustado… pardiez, mejor pensar en otra cosa)

Gracias, señora, por el vino. Y por cierto, los toros de lidia, como los canallas, están nacidos para darles muerte, si bien es verdad que los toros también para comerlos. Y aquí tenéis a un maestro hecho y derecho, un mataor de primera que rebosa arte por los poros, sí señora, que yo lo ye visto torear y los vellos se ponen de punta. Servidle vino, si os place, que para eso estamos, para hacer honor a tan ilustre figura del toreo.


(Vive Dios, qué corpiño, madre míaaaaaaaa)


Gracias a vuestras mercedes, por tanto elogio y piropo. Brindo por ustedes y por que tengan la ocasión de verme lidiar muy pronto por uno de los cosos de por aquí abajo.

Ahora os pido, buen tabernero, que repartáis una convidá pá to el que guste compartir barra con el Niño del Corral Cándelas, y si hay en la Hostería alguna buena moza que desea que le susurre al oído como se briega con una fiera de quinientos kilos, aquí estoy yo deseando de darle las oportunas explicaciones. ¡llena Buttarelli!


(Pardiez que es fresco este Niño del Corral, que lo invito yo a él y él invita por mi cuenta a toda la taberna. “Repartid una convidá pa to el que guste”, dice. E inocente en apariencia, que ha llamado a Buttarelli “buen tabernero”. Buttarelli no lo es, hasta los santos del cielo lo saben, pero doña Elena… vaya con la amante del cardenal. Si sigue aquí una semana hará rico a este rufián)

Don Antonio, venid aquí si os place, que vais a conocer a un artista del toreo. Por cierto, del Corral, disculpad la indiscreción, ¿cuál es el motivo de que honréis este antro con vuestra presencia? ¿Os ha recomendado alguien la hostería del Laurel?

¿Recomendado, decís? , no hay plaza en la que haya derramado mi saber y maestría, en la que no se hable en sus patios de cuadrillas de otra cosa. Dicen que son mágicas sus noches y que acuden aquí las mejores doncellas de la comarca. Y aquí, sabe Dios que estoy para glorificar aún más la fama del bendito antro laureado que regente este tabernero regordete con tan poco salero. ¡Buttarelli! llena que andan loco por invitarme. ¡Miren los señores que natural! , ¡ oleeee! , ¡Buttarelli! ¿donde están las hembras que te han encargado? , que la noche sea mágica y que triunfe en esta plaza de primera en compañía de buena cuadrilla, jajaja

Qué barbaridad, ¡vive Dios, qué arte! ¡Qué equilibrio en la muleta! ¡Cuánta gracia, salero y temple burlando al morlaco! Pero, del Corral, no es indiscreción, pero a fe mía que un talento del toreo como vos debería venir acompañado de cuadrilla, al menos de un sustancioso equipaje, a mi parecer. ¿Dónde está vuestra cuadrilla, del Corral? Que me muero de ganas por servirles vino y partirles queso y darles chorizos. ¿No os parece, don Antonio?

(A fe mía que ahora va a querer que corra yo también con el gasto de las hembras. Bien cara va a costarle al señor conde la vida de este zagal. Pero lo importante es que este pájaro enseñe el plumero, si es que lo tiene, que no termino de fiarme mucho de este artista)

(Albricias no puedo dormir, me desvelo, tengo la sangre envenenada de deseo, cuando aparezca el Cardenal Cisneros, aquí mismo cae en este camastro como un tórtolo, qué sabrá él lo que es dormir junto a un cortesano insoportable, bien me decía: "Elena, no pierdas a tu esposo hija mía" ¡que humillación! escucharle decir: "Elena yo te adoro, mi pasión por ti no tiene limites" Mentiroso, hijo de serpiente, ¿qué has hecho de mí que no puedo pensar en nadie más? Sé lo que has hecho, bien lo sé, hacerme el amor como ninguno y el precio es éste, verme arrastrada por tu pasión, fugada de mi castillo, sirviendo como una campesina en la hostería, esquivando las manos de los mozos en el trasero cuando les sirvo el vino, todo esto lo soporto por vos mi señor Cardenal y si tuviera que pedir limosna lo haría, desgracia grande la mía no poner mis ojos en otro).