miércoles, 9 de mayo de 2012

De donde por fin la joven pierde el virgo y los demás la poca cordura que les pudiese quedar


La hostería era un campo de batalla, mientras Esteban Dolores y Filiperro se batían contra la autoridad y la gente trataba de esquivar vasos, banquetes y cachiporrazos, Pierre Pandantieu y la joven María de las Mercedes caminaban hacia las dependencias en donde un dulce tálamo les esperaba. Sin embargo, fue quien Buttarelli les esperaba en el pasillo con la mano extendida.
-          Tome señorg Buttarelli, esto porg el lecho y esto porg impedirg el paso a la guargdesa – sin prestar atención, fruto de la excitación, al dinero que le daba que no era otro que el que Esteban le había entregado.
-          ¡Eso está hecho! Señó Panduro.
Marchado el dueño de la hostería, se besaron pero no iba a resultar tan fácil la empresa ya que Salmorelli, el cual había observado la escena, llegó hasta el sitio y sacando un puñal se lo puso en el cogote al pirata.
-          Te pillé villano, así que engañando a la señorita para robarle lo más preciado de una dama…
-          ¿Yo? Nunca me atrgevería a robargle el bolso a esta dama…
-          ¿Qué bolso? ¡La honra, la virginidad, la pureza!
-          ¡Cómo si usted no prgetendiese hacer lo mismo… “caballergo”!
María de las Mercedes, contrariada, aunque feliz de verse pretendida por dos apuestos hombres de armas, suspiraba ansiosa por arrojarse a los brazos de uno de ellos. Tanto que su corazón cabalgaba sobre su pecho, y sentía calores por todo el cuerpo.
-          ¿Pergo quién demonios es usted? Crgeo que le conozco.
-          No sé si me conoce, ni me interesa, pero a partir de ahora siempre sabrá quién soy, soy ¡Salmorelli!
-          ¡Salmorelli! Mon dieu! Le diable! Oh, no, le diable non, c´est divine, ¡Salmorelli! Pues… sepa usted que está en el sitio equivocadó, a la horga equivocada.
-          ¿Yo, por qué?
-          Porgque dentrgo de una horga habrgá una tergtulia cofrgade en los Rgemedios de Utrgerga.
-          ¿Una tertulia cofrade? – exclamó Salmorelli llevándose la mano al corazón – ¿Está usted seguro? 
-          Lo jurgo porg mi honorg.
-          Pues en ese caso, - dijo guardando su daga y mirando al vacío – si tomo mi corcel casi seguro que llego a tiempo… - no dio tiempo a más y olvidándose de todo en dos zancadas se colocó en el otro extremo del corredor, justo antes de desaparecer se giró y apuntilló – ¡muchas gracias por la información, caballero!
-          No hay de qué Monsieur.
Dicho esto María de las Mercedes y Pierre se quedaron a solas y reanudaron su feroz pasión y siguieron comiéndose a besos, a besos abrieron la puerta de la habitación, a besos entraron, a besos y a tientas cayeron en la oscura cama, comenzaron a desnudarse con desesperación, hasta el sol tenía prisa por ocultarse y prescindiendo de sus servicios hombre y mujer quedaron tan sólo a un cinturón de castidad de culminar lo que habían venido a hacer.
-          No te prgeocupes amada mía, he aviergto muchas cerrgadurgas y esta no nos impedirgá culminar nuestrgo amorg – y sacando su espada con la punta se las ingenió para hacer saltar la cerradura, aunque eso sí le llevó algún tiempo, tiempo en el que su miembro viril quedó flácido del aburrimiento - .Trganquila amada mía, jamás me ha falladó, soy infalible, infalible – pero aquello no subía, volvía a besarla, la acariciaba, le humedecía l.. y nada, ella comenzando a desesperarse intentaba ayudar como podía, contestaba a sus besos, respondía a sus caricias, mordía l… y nada. No había manera, por lo que Pierre tomó aire y le suplicó que esperase un momento que iba fuera a tomar aire.
Lo cierto, es que Pierre buscaba desesperadamente a una prostituta para que con su experiencia… hinchase la moral… lo justo para regresar sin que se apagase la vela.
Mientras tanto, la pelea en la hostería había terminado, Esteban Dolores y el bueno de Feliperro habían reducido al alguacil y a sus ayudantes y los granujas allí reunidos invitaban al noble y a su criado a vino y a comida. Pero Felipe no quería nada, estaba inquieto, sospechaba que el pirata les había engañado y quería echarle el guante. De modo que se excusó y marchó en busca de las dependencias ya que le había visto perderse con la joven María de las Mercedes, por lo que comenzó a abrir puertas por todo el pasillo hasta que en una de ellas… entre la penumbra distinguió una figura femenina que le invitaba a pasar:
-          ¿Ya estás preparado cariño? ¿Estoy ansiosa? Estoy ardiendo, échame un buen… tronco…
En aquel instante, Feliperro olvidó quien era ni que había venido a hacer, se calló la boca, aprovechó la oscuridad de la habitación y echó el tranco para que nadie les molestase.
Por otro lado, la vieja guardesa creyó despistar a Buttarelli y comenzó a buscar a su ama, también habitación por habitación, sin embargo el dueño de la hostería era testarudo y la buscaba de modo que al ver la anciana al ver la sombra del hostelero anticiparle por la entrada al pasillo se colocó en una habitación y se tendió en la cama para simular que era una clienta en caso de que Buttarelli abriese la puerta. No obstante, no era Buttarelli quien avanzaba por el pasillo sino Pierre Pandantieu el cual estaba preparado, y al ver como se cerraba la puerta pensó para él que estaba confundido con la habitación y que en realidad debía ser aquella. Abrió la puerta y comenzó a hablarle a su amada, mas no era ella sino la otra la vieja quien al oírle comenzó a quitarse la ropa y a quedarse en pelotas en un pestañear, mostrando a la luz de la luna sus muslos.
-          Oh, amada mía, oh, lusergo, si supiergas lo que trgaigo entrge las piergnas temblargías, es engorgme… y todo parga ti.
La anciana, suspiró de placer sólo de imaginarlo, bien podía ser ésta su última oportunidad en la vida, al menos de atrapar un miembro tan grande que también se mostraba reluciente… oh, Dios mío, a la luz de la luna. Y aquello fue sublime, Pierre la colmaba de besos, la acariciaba intentaba cubrir cada centímetro de su piel, ambos probaban posturas y el acto seguía y seguía, se dilataba con la pasión, vibraba con cada impulso. En la habitación de al lado la cosa no le iba a la zaga, si bien al principio la joven se quejaba un poco, después se dejaba llevar por el placer, aquello era hermoso y dulce, dulce, dulce. El vino de Buttarelli les hacía efecto en sus cabezas hasta el punto de extasiarlos y ver exactamente lo que querían ver.
-          Amado mío, besas tan suavemente que no siento ni el bigote – decía María de las Mercedes.
-          Amada mía, te mueves tan bien que pargeces una vetergana, ni siento tus morgdisquitos – decía Pierre.
Al cabo de una hora, sí, he dicho una hora, los amantes quedaron derrotados, mas fueron ellos los que supieron que tenían que marcharse y silenciosamente apenas sin vestirse salieron al pasillo. Quiso la casualidad que coincidiesen Pierre y Pandantieu allí, se mirasen sonrientes y se atreviesen a decirse algo:
-          Si vieses qué manerga de haserg el amorg.
-          Pues anda que yo…
-          Sí pergo, es que ha sido divino…
-          Pues yo en la gloria.
Les convenía a los dos no darle mucho al pico por lo que cada uno se marchó en una dirección, Pierre por la puerta de atrás y Filiperro junto a su amo.
Esteban Dolores estaba muy enfadado, los representantes de la justicia estaban amarrados y amordazados y su criado no aparecía por ninguna parte. Esteban había recibido su bautismo de fuego y muchos de los presentes querían unirse a la causa, ya que habían visto el arrojo del joven. De pronto apareció despeinado y Esteban le dio un coscorrón.
-          ¿Se puede saber dónde te metes desgraciado? Tenemos que irnos, no tardarán en aparecer más aguaciles.
-          Mi señor, perdóneme pero acabo de hacerle el amor a una joven, ha sido lo mejor que me ha pasado en la vida, ha sido genial, divino, he tocado el cielo, de verdad, ha sido en las alcobas, verá como aparece ella, es la joven que estaba ahí es hermosa y ¡ha sido mía!
-          ¿Pero qué dices desgraciado? – en aquel instante apareció la vieja despeinada y feliz, muy, muy feliz – ¡Je! Esa es tu joven, pues espero que te haya aprovechado.
A Feliperro se le desencajó el rostro, estaba seguro de haberle hecho el amor a una muchacha no a una anciana, ¡sin dientes!
-          ¡Venga! Vamos – dijo Esteban a Feliperro quien decepcionado no salía de su pesar.
Mientras Feliperro marchaba para la salida se fijó por última vez en la vieja y se dio cuenta de que Buttarelli la increpaba. Por lo que furibundo se lanzó a defenderla, cogiendo un cuchillo amenazó al dueño de la hostería.
-          ¡Posadero! Si vuelve a molestar a esta dama le degüello como a un cerdo.
-          Pe… pero, señor…
-          ¡Marche y calle! Eso sí, antes la bolsa.
Y de esta manera, Esteban Dolores cometió su primer robo, lo que no sabía que había recuperado el dinero que le había dado a Pierre a cuenta de embarcarse con él en el Epitaph.
-          Muchas gracias, caballero.
-          No es nada, hermosa dama – le dijo a la vieja – es lo mínimo que puedo hacer teniendo en cuenta lo que ha hecho por mi criado.
-          ¿Su criado?
-          Sí señora, Filiperro… - y bajando el tono – usted y él, ya sabe…
La anciana palideció, creyó haber estado con alguien muy diferente, un apuesto caballero con bigote y espada ¡y qué espada!, y no con un feo, feo, feo.
María de las Mercedes despertó y notó que no había nadie junto a ella, con la tenue luz de la luna se vistió y salió del cuarto, miró en qué dirección salir, seguro que su hombre había salido por la puerta de atrás buscando acaso la aventura y ella quería eso mismo. Fuera Pierre disfrutaba de una buena orinada detrás de unos viejos toneles tirados, soltó toda su vejiga y recibió mucho placer por ello, sin embargo cuando se daba sus últimas sacudidas vio a lo lejos a la muchacha la cual le buscaba, entonces pensó que venía a pedirle explicaciones, un noviazgo, responsabilidades, trabajar… por lo que de un manotazo se desprendió de su sombrero, su bigote postizo y su espada barata ocultándolo todo detrás de los toneles.
-          Señor, señor, ¿ha visto usted por aquí a un pirata? – preguntó ella inquieta.
-          No, mi señora – contestó él recomponiéndose – si lo hubiese visto se lo diría, palabra de Juan de Santorcaz Paloma, caballero barbero, a su servicio.
Fin

domingo, 6 de mayo de 2012

La hostería de Cristófano Buttarelli: Próximamente

La hostería de Cristófano Buttarelli: Próximamente
http://www.youtube.com/watch?v=113dg1Z4xG0&feature=related

Próximamente

Presto a desempolvar esta vieja hostería me encuentro, por lo que no se pierda, querido lector, lo que en los próximos días acontecerá en este mismo sitio. En donde la historia comenzada buscará su punto y final, y en donde no faltarán ni las risas ni las sorpresas.

domingo, 1 de enero de 2012

¡¡FELIZ 2012!!

LG

En este singular revuelo estaba la hostería que parecía un gallinero más que una digna posada en el camino.
Y hablando de gallinero, Fray Junípero seguía haciendo guardia a la bruja, esperando el milagro de un suspiro que esta estrafalaria mujer le pudiera arrancar a su santa humanidad; Salmorelli acaparaba la vista del resto de las mujeres que allí se encontraban, las santas y las de las otras, imaginaos, que a las gitanas se les caían los calcetines de sólo mirarlo; Pierrge Pandantieu, el pirgata… er… digo el pirata francés, que se babeaba de tanto mirar a la niña María de las Mercedes y esta que oxidaba con sus calores la cerradura de su cinturón de castidad… Si le agregamos a Manolo, el Malbaído, queriendo escabullirse de lidiar los seis toros de la ganadería de Pinchafierros, y a todo el cotorrerío que por allí se llevaba a cabo, no se escuchaban ni los pensamientos. Hasta que de repente el vozarrón de la mujer de Buttarelli hizo callar a todos:

-A ver si os llamáis a sosiego y me decís qué día os parece que es hoy… -Todos se miraron entre sí sin saber qué contestar, por lo que la matrona, erguida en una sola pieza y sacando tetas (que eran como las ubres de dos vacas juntas) se plantó en medio del corrillo y anunció:

-¡¡Hoy es el primer día del Año Nuevo!! ¿No os parece que deberíamos recibirlo con una fiesta? –Miráronse todos y cada uno de aquellos parroquianos y visitantes y al unísono gritaron un “¡SÍÍÍÍÍÍÍÍ!” encantados de la vida.

Buttarelli mandó asar un cerdo, dos pavos y un cordero. Personalmente coló el vino de la casa de uno de sus toneles, pues flotaban en él algunas cosillas que se movían y que daban qué pensar, luego llenó todas las jarras que había en su casa y ordenó escanciar a todos por su cuenta (pues le pareció un buen modo de quitárselo de encima sin echarlo al río).

Todo era algarabía y buen humor, a nadie le importaba si las gitanas bailaban flamenco sobre las mesas y con las faldas levantadas hasta el ombligo, o que Salmorelli y Manolo cantaran abrazados, fruto de los vapores del vino de Buttarelli, o que la niña olvidara el candado que guardaba su ama y se fuera acompañada por el pirata francés atrás del gallinero, el mismo donde el Fray exorcizaba a la bruja para sacarle el demonio del cuerpo, cosa que hacía con magistrales movimientos de cadera. ¡Y vaya que dio resultado! La bruja, encantada perdió hasta el nombre y quedó tan mansa como el cordero asado.
¡Bendito Año Nuevo!

Ya os diremos cómo acabó la cosa, por ahora os dejamos en pleno festejo y nos vamos a festejar también nosotros. Queremos desearos:

¡FELIZ AÑO NUEVO! DE TODO CORAZÓN
QUE SEÁIS FELICES.

viernes, 29 de julio de 2011

Del pirata francés y el torero antitaurino

M.G.

De repente, de una patada la puerta de la hostería fue abierta y la luz se coló groseramente hiriendo los crápulas ojos de los parroquianos, algunos incluso dejaron escapar un ligero lamento. Una figura con capa y sombrero con pluma avanzaba firmemente, sin miedo, desafiante, calzaba unas botas de cuero que llegaban hasta la rodilla que eran la envidia de las gitanas las cuales se imaginaban a sí mismas solamente vestidas con ese calzado. Su sola presencia eclipsó a todos y las mujeres comenzaron a suspirar creyendo haber visto al hombre más apuesto del mundo. Aquel caballero posó una mano sobre su sable y con la otra acarició su grotesco bigote.

- Oh, la, la, mi nombrge es Pierrge Pandantieu, el pirgata, mi sola prgesenssia suscita agmirgassión, es norgmal, he viajadó porg los sinco margess y soy Frganssés ya lo habrgan adivinadó, he luchadó con los más ferrgoses enemigós y a todos he vensido. A las más hergmosas damas rgobé la honrga, duquesas, margquesas, ¡prginsesas! Tal es la vida de nosotros los pirgatass – súbitamente le arrancó un vaso de vino a un cliente y le dio un trago - Estáis de suergte, estoy buscando tripulación… - de pronto el trago cayó en el estómago como si fuese plomo líquido – y… maldito vino, qu´est que ce? Une merde du vin. Como venía contandó, busco a valientes, porgque con las últimas batallas hemos quedado mergmados. Para unirgse a mis hombrges tan sólo pido un módico prgesio, unas monedillas en conssepto de fianssa… pog las argmas y arggunos despergfectos que ha sufrgido mi bargco el glorgioso “L´Epitaph”. Pergo se puede considergar una pequeña invergssión, ya que tengo un tesorgo escondidó que rgobé a unos comergsiantes genoveses y pienso irg a buscarlo y compargtirglo con mis hombrges...

En ese instante echó un ojo a María de los Milagros y se quedó prendado, también vio al inquisidor y ambos se intercambiaron miradas de desprecio, observó al poeta que a su vez lo miraba con cara de curiosidad y por último a Manolo que le miraba intrigado. El resto de los feligreses esperaban que abriese la boca de nuevo ya que les parecía un tipo muy curioso, alguno incluso había contado su dinero y ya se preguntaba sí le aceptaría en su tripulación.

- ¿Usted y yo no nos conocemos?preguntó Manolo.

- Imposible caballergo, jamás se me hubiese olvidadó su enorgme cabessa. ¡En cambio! A usted bella joven sí la conozco, la he visto muchas noches en mis sueños, sí señora mía, yo condusco L´Epitaph, usted guía mi corgasón.

La joven era una manzana roja, no sabía dónde mirar. Ahora estaba segura de que esta noche de un modo u otro perdería el virgo, sí se lo regalaría al más ardiente.

- Oiga, me presento caballero, soy Esteban Dolores y este es mi… amigo Felipe Romero. Queremos formar parte de su tripulación, nos gustará luchar contra los poderosos para dárselo a los pobres, seremos bandoleros del mar.

- Pero señor, que yo no sé nadar – dijo Filiperro mirando el escote de María de los Milagros.

- ¡Mon Dieu! Aquí dos hombrges inteligentes, sí señorg.

- Y yo no soy muy bueno peleando, más bien jamás pasé de una simple discusión…

- ¡Calla, Felipe! No ves que la aventura ha acudido a por nosotros, esto es lo que estaba buscando.

- Bueno, espergen un momento que estoy hablandó con una señorgita y ahorga mismo les atiendo.

- ¡Señor este hombre es un pervertido! Nos quiere tender…

- Calla animal, no ves que lo único que quiere es hablar…

- Sí, eso dicen todos, luego cuando te lo hacen se van tan contentos.

Mientras tanto Manolo no dejaba de pensar, miraba su atuendo y trataba de lograr una explicación a tan pintoresco ataviar. Poco a poco, recordó que estaba en la panadería y que estaba haciendo molletes, de pronto se vio en la hostería… ¡La Hostería! ¡No podía ser! De qué modo, cuantas veces había escrito y leído las aventuras de aquel lugar y ahora allí se veía, miraba al francés y entonces, sólo entonces supo quien era…

- ¡Ahí está ese es! – gritaron unos recién llegados – prendedle.

Manolo se vio sujeto por dos tipos calvos y fornidos, y sin saber qué demonios querían de él.

- ¡Pardiez! Tal parece que quería vuestra merced escurrir el bulto – dijo un tipo barbudo salido del tumulto.

- ¡Yoooo! ¡Soltadme! ¡No sé de qué me habláis!

- ¿No? Acaso no sois vos Manuel García más conocido en el mundo taurino como Malbaío.

- Eso, eso jefe – decía un tipo bajito con cara de ratón – ¿acaso no lo es?

- Sí que soy Manuel García, pero yo nunca he toreado ni a una gallina, es más soy antiturino, an-ti-tau-ri-no.

- Pues entonces estaré equivocado… oh, qué mala suerte, resulta que tengo un contrato firmado por usted en el que se compromete a lidiar seis toros seis de la ganadería de Pinchafierros, toros muy bravos conocidos por los enviudadores, ¡contrato que por otra parte esta pagado en su mitad y la otra mitad al final de la faena!

- ¡Eso, eso jefe! ¡Al final de la faena!

- Miren ustedes, buenos señores, que se confuuuunden que yo no soy ese tal que a mí me dan miedo las cabras… además yo estaba tan tranquilo haciendo molletes…

- ¡Yo sí que le voy a abrir como a un mollete!

- ¡Eso, eso jefe como a un mollete!

- ¡Quieres callarte ya Padilla!

- ¡Eso, eso jefe callarte ya, callarte ya! ¿Qué pasa ese también se llama Padilla, jefe?

- ¡Vamos, llevémosle a la plaza o torea vivo o torea muerto!

Dicho esto Manolo enmudeció, casi a rastras se lo llevaron de la hostería.

Entre tanto, aprovechando cada segundo el Francés había sacado unas monedas a Esteban Dolores a cambio de admitirle y también había estrechado lazos con María de las Mercedes la cual a estas alturas tenía el cinturón de castidad un poco humedecido. Pierre comenzó a declamar en francés y ella suspiraba:

- Frère Jacques, Frère Jacques, Dormez-vous? Dormez-vous? Sonnez les matines. Sonnez les matines. Ding, ding, dong. Ding, ding, dong.

- ¡Oh ! Señor Panduro, es usted tan romántico.

- Me arrgastra hasta sus pies mademoiselle, es usted hergmossa como la luna llena de Escossia, ni tierrga natal.

- ¡Ohh! Es usted un caballero muy apuesto señor Panduro, pero yo soy una muchacha muy decente…

- No lo dudo, mademoiselle pergo no quiero sino amargla, he visto muchas mujerges y ninguna como vos, vuestrgas pestañas son sepillos y vuestrgos ojos… eh.. pomos…

- ¿Pomos?

- No, no, perglas, perlas asules y blancas… Oh, mademoiselle, si usted se viniese conmigo os hargía la rgeina del osseano, vuestrgo nombrge se conosergía porg todo el mundo, la rgeina pirgata, oh lo estoy viendo.

En ese instante a María de las Mercedes se le encendió un candil en la frente se giró y miró a los ojos a Pierre.

- ¿De verdad?

- Que me muerga si miento, que se abra la tierra y me trgague, que vengan la justissia a prgendergme.

- Pues, ¡ea! A la mierda el virgo, qué ya está bien.

Sin embargo, justo cuando la cosa se ponía enorme, se oyó un escándalo proveniente de la calle, el ruido invadió la Hostería y de entre la gente apareció la guardesa de la virginidad de María de las Mercedes acompañada de dos alguaciles.

- Ese, ese es el pirata que ronda a mi ama.

- ¡Tente preso canalla! gritó uno de ellos.

Pierre, quien llevaba pálido unos instantes debido a que la sangre se le había bajado a cierta parte, tragó saliva. Ahora no sabía qué decir, no se dio cuenta de que su mano había ido al sable dando a entender que iba a presentar batalla, no obstante, no llegó a moverse ya que Esteban Dolores se interpuso entre él y la justicia, sacando una navaja.

- Quien pretenda llevarse a mi capitán probará el acero toledano.

- Y quien ataque a mi amo se llevará un garrotazo en todos los morros, de madera de los acebuches de los cerros de Ventura.

domingo, 17 de julio de 2011

CAPÍTULO X: CON EL TROVADOR Y SALMORELLI, EL MANOLO SE QUEDA DE BUTTARELLI

LG

Y estando Salmorelli sosteniendo a Gardenia con una mano, y con la otra, a punto de darle una estocada final en medio de la trompa desinflada de la bruja (¿os he dicho que en aquellos años, se aplicaban rellenos de bosta en lugar de botox? Que letra de más o de menos no le hace, salvo el olor que despedía…) cuando su vista se quedó prendada de la belleza de María de los Milagros, quien asustada, se mantenía detrás de su nodriza.

Mientras tanto, Gardenia se mostraba tal cual era, con su asquerosa estampa de michelines hediondos, pues el golpe que había recibido del Inquisidor había menguado la bosta de sus rellenos que ahora se desparramaba sobre el piso de la taberna de Buttarelli como si fueran las caballerizas del Manolo.
Y hablando del Manolo (que justo es decirlo, era tan buen torero como el Niño del Corral Candelas) en ese preciso momento entraba con gracia y garbo apartando a la guardia de la Inquisición, pero dándose de bruces con semejante escena, se paró en seco, y sacando un pañuelillo de seda, se tapó la nariz ante el nauseabundo olor que desprendía la bruja.
Acto seguido, Salmorelli, dio la orden de que encerraran a la impía en el gallinero de Buttarelli, eso sí, antes les dio la libertad a los plumíferos, pues no es de cristianos torturar a los pobres animalillos.

-¡Que Dios me ampare! Semejante bruja no cuenta ni en los lupanares –recitó Maese Carrasco en un rapto de lírica triunfal.

-Pues que nos ampare a todos, esta taberna quedó hecha un estercolero –sentenció el Manolo, que traía la capa roja sobre su hombro y el sombrero en la mano-. En buena hora he caído por estos lares…

-Lares, lares… ¿verdad que son muy particulares? –Largó el trovador, mientras todos lo miraban con ganas de zamparle un par de hostias.

Fray Junípero, en tanto, se ofreció para hacer guardia en el gallinero hasta el amanecer, pensando que tal vez la bruja tuviera ciertas urgencias, a pesar de que el fraile tenía muy poco de farola. Es que no se le quitaba de la cabeza, de ninguna… manera.

Pero volvamos a la escena principal. Acomodándose la ropa, el Inquisidor recobró su apostura, y dirigiéndose a María de los Milagros, que aún seguía con sus piernas de paréntesis, esperando que alguien tuviera el placer de ponerle una “coma”, hizo una reverencia caballerosa y le dijo:
-Bella señora… Salmorelli, para servirla –y depositó un beso en la lánguida mano de la niña.

Pero no os contaré de los acontecimientos posteriores, que esos serán la continuación de esta historia. Y agarraos que vienen curvas, porque las gitanas no desistirán tan rápido de perder a Salmorelli (aunque os digo algo, la Carmela le ha echao el ojo al Manolo… ¡Ay, el Manolo!

P.D.: Olvidé deciros que la imagen pertenece al gallinero de Buttarelli, allí donde Salmorelli mandó guardar a la bruja y donde no han quedado ni los gorriones.

lunes, 11 de abril de 2011

CAPÍTULO IX: LA HOSTERÍA DE SORPRESA EN SORPRESA

LG

Estaban en ese silencio expectante cuando la puerta de la taberna se abrió de par en par para dar entrada a una mujer de edad indefinida, con aires de gran señorona, embadurnado su rostro con varias capas de pintura, presumiblemente compradas en Egipto (de esas que se usan para adornar a las momias). La barbilla en alto y la nariz apuntando hacia arriba daban cuenta de que la fulana derrochaba soberbia por los cuatro costados. Y esos costados eran bien amplios y carnosos, según el fraile podía comprobar con los ojos que se le metían en los michelines de la visitante.

-Buenas noches, caballeros –dijo la recién llegada, sin fijarse siquiera en las mujeres que había en la posada y con un rictus de maldad en la comisura de la boca-. Quiero una habitación en esta pocil… ejem… posada, pues debo hacer noche hasta primeras horas de la mañana. –Y mientras hablaba, clavó sus ojos de hiena en la figura angelical de María de los Milagros, quien estaba un poco incómoda, pues los herrajes de su cinturón de castidad le rozaban sus partes y ya no sabía cómo tenerse en pie, pues parecía que recién había bajado del caballo y el calambre le tenía las piernas separadas como paréntesis en un texto.

Todos miraron a la mujer, que iba vestida como para la boda real. Doña Merceditas, recelosa, tomó a su protegida de la mano y la llevó, escaleras arriba hacia sus aposentos.

-Qué pedazo de mujer, tanta carne es de no creer –recitó el poeta en el colmo del desborde lírico, mientras Fray Junípero se santiguaba para apartar los pensamientos libidinosos que se le agolpaban en su calva cabeza y más abajo también, pues la sotana ya había comenzado a levantarse como carpa de circo.

En esto estaban cuando un ruido ensordecedor de caballería, atronó desde las afueras de la taberna. No dio tiempo a que nadie saliera a ver qué pasaba, pues enseguida se escuchó que los caballos se habían detenido y sus jinetes se apeaban.
Una vez más, se abrió la puerta, esta vez con un estruendo feroz, pues quien la había abierto lo había hecho con tanto ímpetu que la madera rebotó dos veces contra las paredes. En el vano de la puerta apareció un hombretón descomunal: alto, fornido, tan buen mozo que no se podía creer, era uno de esos hombres que te hacen caer los calcetines y hasta las bragas -¡Mare mía!-. Estaba ataviado con ropas de inquisidor y en su pecho se distinguía la insignia de la Santa Casa. Cuatro guardias lo flanqueaban.

-¡¡Salmorelli!! -Exclamó Fray Junípero, sin dar crédito a sus ojos-. Pero Salmorelli, apenas le miró. Sus ojos eran ascuas encendidas cuando se posaron en la mujer que momentos antes se había presentado en la hostería.

-¡¡Bruja impía!! –Gritó el inquisidor-. Y tomándola por los cabellos le hizo besar el suelo con su morro, y ¡oh, sorpresa! Al voltearse, todos vieron horrorizados cómo la otrora tersa y gorda cara de la mujer se había transformado en pura arruga y sus labios se habían desinflado como por arte de magia.

-¡Gardenia! –Dijo, Fray Junípero persignándose, mientras todos los que estaban en la hostería lo imitaban. Las putas estaban entre aterrorizadas por la escena y babeándose por la poderosa y viril estampa de Salmorelli.
Ante semejante jaleo, María de los Milagros bajó corriendo las escaleras hacia la sala y se dio de bruces con los ojos del inquisidor, que al verla, cambiaron la ira que los embargaba por una mirada de intenso arrobo.

Mientras tanto, Gardenia se debatía entre las garras de Salmorelli echando espuma por la boca, y desagradables ruidos por otro orificio más pequeño pero más hediondo.
Todo se paralizó en la hostería. Lo mejor vendría después…

lunes, 14 de marzo de 2011

CAPÍTULO VIII: FRAY JUNÍPERO Y UN ESBOZO DE GARDENIA (OJO, SÓLO UN ESBOZO)

LG

Miráronse todos sin saber qué contestar, pues temían la reacción del fraile, no fuera cosa que se pusiera a perseguir las cabras que en el corral tenía Buttarelli y las pasara a degüello a todas en su afán por acogotar a la bruja Gardenia.

-Ehhhhh, verá Padre, si supiéramos como dice vuestra merced que es la tal bruja, quizás le pudiéramos ayudar. Además, en esta honorable casa –dijo el tabernero santiguándose, y las putas lo imitaron-, no se permite la entrada de esas renegadas de Dios, pues el diablo llevan en el cuerpo y mediante la falsedad engañan.

-Veo que vosotros sois todos hijos del Señor, y así lo dejaré sentado para que la Santa Inquisición, sepa lo santa que es vuestra casa, pues si Salmorelli, "El Gran Inquisidor", llegara a saber que aquí está Gardenia, pues metería fuego hasta al mismísimo infierno con tal de acabar con ella..., Pero… ¡Huelo a bruja! ¡Huelo a bruja! –Gritaba el fraile como poseído.

-Dígame vuestra merced ¿y cómo huelen las brujas? Así le ayudaremos a buscarlas –aventuró Buttarelli con tal de que el cura cerrara el pico.

-“Las brujas”, nada, mi señor, he dicho “la bruja”, que en su maldad vale por mil y en su hedor apesta a bosta rancia. Ahora que os dije como huele, os diré cómo es, o por lo menos cómo la he visto yo, porque con las brujas nunca se sabe, cambian su aspecto según les convenga engañar a uno o a otro. Prosigo pues. Gardenia es del tamaño de un tonel de vino, por lo alto, por lo ancho y por los aros que la contienen. Su pelo, casi blanco, a fuerza de ser desteñido por su magia negra, enmarca una cara redonda como la luna de Valencia, pero a despecho de esta, Gardenia se ha inflado los labios y alisado sus arrugas ¿no pensaréis
que era una jovenzuela, verdad? Aunque ella se lo cree a pies juntillas. Dejadme continuar, no os arrepentiréis, pues en esto os va la vida. –Fray Junípero hizo un alto en tan fantástica descripción para tomar vino y aliento, luego prosiguió-. Tiene por piernas dos farolas, tal de robustas, y su cu…, ejem… sus posaderas, aplastarían a un elefante, sé lo que os digo porque lo he visto con mis propios ojos y palpado con mis propias manos…

El tabernero, su mujer, las putas, doña Merceditas y la niña virgen, abrían los ojos como platos ante tamaña descripción. Maese Carrasco apuntó:

-Jamás he de ser cómplice de semejante esperpento, yo os lo juro Padre, antes me jalo por dentro… -ante semejante torrente poético, los parroquianos que estaban en la taberna, no sabían quién estaba más desquiciado, si el trovador o el fraile, pero por las dudas callaron la boca y se dispusieron a seguir escuchando… no fuera cosa de que Gardenia apareciera nuevamente…

viernes, 21 de enero de 2011

CAPITULO VII “Del loco Inquisidor al desden de Maese Carrasco”

"S"






Por mor del triste destino, Fray Junípero, “El Incansable”, loco de atar tras recorrerse decenas de conventos y de pasar como ayudante de varios afamados inquisidores, siendo siempre despachado por su falta de cordura, vino a caer en aquella fatídica noche a las puertas de la hostería.

Absolutamente nadie le conocía en casa de Buttarelli, por lo que todos se temieron lo peor de lo peor al verlo entrar con su hábito dominico, carcomido por la mugre y la chinche.

- ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! –Gritaba enardecido, ante el temblor lógico que invadió a desalmados, gentes de mal vivir y a las fulanas allí presentes.- ¡Aquí está la bruja! ¡Aquí está la bruja! ¡La presiento! –vociferaba sin tregua, hasta que el bueno de Cristófano, corrió a ofrecerle mesa y sosiego.-
- Padre, por el amor de Dios, pase y entre calor. ¿quiere algo de comer? ¿beber?...-y hasta a punto estuvo de ofrecerle putas, sin no se muerde la lengua el tabernero, con tal de tranquilizarlo.-
- Está aquí hermano, está aquí, la husmeo, la presiento…-dijo, el fraile, mordiéndose los labios y con los ojos fueras de sus órbitas, mientras todas las presentes intentaban ocultarse a su loca mirada.-
- ¿De quien nos habla? ¿A quien busca, hombre de Dios? –preguntaba en su desasosiego, Cristófano.-
- ¡A la bruja Gardenia! Esa que por doquier peca y embruja…
- Cálmese, tome un caldito y respire en calma…
- No debo parar hasta llevarla a la hoguera… Esa bruja, arrastrará de todos ustedes.
- ¿Pero no ve vuestra merced que no hay ninguna Gandena , aquí? Esta casa es muy religiosa.
- No, Gandena, no. Gardenia, se llama la bruja.
En estas, que Maese Carrasco, armado de valor y descubriendo el desequilibrio del fraile, se puso en pie y se dirigió a él con su peculiar forma de contar las cosas.

- Hay padre que en su desesperación no habla…no ve que quizá ya se transformó en cabra. La bruja Gardenia, quizás huyera, más si pudiera, escapar hubiera.
- ¿Y quien es usted para aseverar semejante cosa? ¿Cómplice de la bruja tal vez? –preguntó, el fraile, vertiendo su ira hacia el poeta.- ¡Arrodíllese!
- Calma, padre…no soy un pecador, sino un simple trovador que nuestra señora alabo con fervor…
- No caiga en el error de pensar que Maese Carrasco es cómplice de bruja alguna. Es un buen hombre se lo puedo asegurar.-intervino el tabernero.-
- No me convencéis, tabernero. Aquí hay gato encerrado y hasta que no descubra quienes sois los culpables no cejaré en mi empeño.-aseveró, fray Junípero.- ¿Y deciis que Gardenia se convirtió en cabra?

sábado, 1 de enero de 2011

¡FELICIDADES!


Levantad vuestras copas y brindad con nosotros, los parroquianos de la taberna, por los buenos augurios para que el año del Señor dos mil once sea pletórico de dicha, amor, alegrías y encuentros en este lugar y en el lugar donde estéis. Porque es allí donde vosotros llegáis, amigos, que engalanáis los espacios y el corazón de quienes os rodean.

¡Salud! ¡Buttarelli os invita!

¡FELICIDADES!


sábado, 6 de noviembre de 2010

CAPÍTULO VI: EL PLAN SE PONE EN MARCHA

LG

Ni bien Esteban Dolores y su igual, Feliperro, entraron en la taberna, todas las cabezas se voltearon para mirarlos, pues hacía tiempo que no venían forasteros a recalar en este sitio. Al contrario que su ex sirviente, mal entrazado, con cara de bobo y para colmo con un hilillo de baba que le caía por la comisura del labio, Esteban era bien parecido y lucía gallarda figura.
Era un hombretón de espaldas anchas, moreno, de barbilla cuadrada y hoyuelos en las mejillas, que le daba un aire entre de niño y de diablillo. Llevaba el pelo largo y atado en una coleta, mediante un lazo negro de terciopelo. Su aspecto era… por lo menos elegante.

Las gitanas le dieron descanso a sus uñas, que ya tenían gastadas de tanto rasque, y con los ojos clavados en el mozo, ensayaron su mejor sonrisa. No era habitual que un espécimen de tamaña naturaleza pasara por este antro.

Mira Carmela –dijo la Pitones-, si hasta lleva todos los dientes puestos, mi alma, igualito a mi Niño del Corral Candelas. Pocos son los que se ríen y lucen tamaña dentadura, a la mayoría se le escapan los garbanzos del guiso entre los espacios donde debieran tener los dientes. Anda pues, que este hombretón es mío, ni se te ocurra acercarte, prima… -La Carmela frunció el ceño a sabiendas de que si no le hacía caso, la que quedaría sin dientes sería ella, de los golpes que daría la otra, de modo que no le hizo asco de acercarse prestamente a Feliperro, que no importaba la pinta sino llenar el corpiño de monedas.

Ante tanta algarabía, también se volteó la niña María de los Milagros, y en ese instante sus cándidos ojos toparon con los no tan cándidos de Esteban, ya que a este le saltaban chispas de sólo imaginarse a la doncella entre sus brazos.
María de los Milagros quedó tan absorta ante Esteban, que hasta se olvidó de los piojos que no le daban tregua, y dedicándole una caída de ojos de esas que derriten hasta al hielo, bajó la cabeza con el pudor de una dama.
Para qué contar su efecto en Esteban, los calores se le agolparon en la cara y en otras partes, de tal manera que hubo de contenerse para que Merceditas, el ama, que estaba allí cerca no lo sacara a patadas en el trasero. Por eso mismo se apuró a acercarse a la vieja, y ensayando su mejor y más simpática sonrisa le dijo:

Vuestra Merced ha enviado por este servidor, soy Esteban Dolores, el boticario de la comarca, a sus pies señora. El padre de la doncella me ha destinado a quitar los… los… ejem… los visitantes de su hija, con premura. He de comunicarle que mi asistente traerá las lociones para tal menester en el día de mañana, pues hubimos de encargarlas a Oriente, que aquellas pócimas son más potentes que las nuestras. Espero que Vuestra Merced, llegado el caso, contribuya franqueándome el paso a las habitaciones de la niña… no olvidéis que su padre es vuestro amo. –Y dicho esto, hizo una reverencia a Merceditas, para luego tomar la mano de la doncella y estamparle un beso húmedo y provocativo, hecho lo cual se sentó a una mesa junto a Feliperro y clamó a viva voz:

¡¡Tabernero!! Traed el mejor vino de la casa para estos sedientos hombres… y que no falte un plato de guiso, que el camino ha sido largo. –Luego, dirigiéndose a Feliperro en voz baja le dijo-: Mi querido amigo, debéis de conseguir algo lo más parecido a un ungüento o loción que podáis, no importa que no lo sea, mas sí que lo parezca. Para mañana tengo planes…

Mientras esto ocurría, la Pitones ya enfilaba, moviendo las caderas hacia la mesa que ocupaba el visitante y frotándose las manos mientras pensaba en el festín que se daría en un rato. Se movía con un ritmo extraño, parecía un baile africano, pero no... era el picor no la dejaba en paz.


Sí, señor, los planes saltaban a la vista, lo que no se sabía era la marimorena que se armaría a causa de ellos. La hostería volvía a estallar…

lunes, 11 de octubre de 2010

CAPÍTULO V: LA OPORTUNIDAD

LG

Pasó entonces que de tanto tiempo que la hostería había estado cerrada, los piojos que tenían las gitanas se habían trenzado en sus cabelleras, reproduciéndose de tal forma que buscaron otros escondrijos con tanta pelambre como tenía la cabeza. El caso es que en la hostería había más piojos y liendres que parroquianos bebiendo vino.

Era de ver a todos rascándose a cuatro manos, que parecían que bailaban flamenco y que tocaban las castañuelas.

-¡Ay, mi Dió! Prestamé tu uña pue, que no me aguanto el picor –le dijo la Pitones a la Carmela-, aunque preferiría a mi Niño del Corral…

En estas circunstancias Buttarelli recordó al pillo de Santorcaz, el barbero, quien le había quitado los molestos bichos (entre otras cosas) a la duquesa de Piedrabuena, y a pesar de que por allí no era bien recibido, pensaba el tabernero mandarlo a buscar para ver si con sus ungüentos podían hacer desaparecer aquella nube de piojos, que de tan necesitados que estaban, ya se cruzaban con las pulgas de la bodega.
María de los Milagros, no escapaba a la plaga, por lo que su ama, doña Merceditas (a quien ni los piojos se le acercaban de tan fea que era), decidió enviar un recado por el chaval de los mandados, hasta la casa donde residían los padres de la niña, informándole de los acontecimientos. Tuvo tan mala suerte el niño, que habiéndose empacado su burro, a poco de comenzar la marcha, al bajarse para tratar de hacerlo caminar, perdió el recado entre la hierba. A poco, el Uvamiel, que así se llamaba el asno, retomó su marcha y con él, el chaval, sin saber que el recado quedaba en el camino.

Y como las cosas siempre suceden por algo, atinaron a pasar por el lugar, Esteban Dolores y su igual Feliperro, quienes ya habían avistado, a lo lejos, la hostería de Buttarelli. Habiendo visto el papel entre la hierba, agachóse el ex sirviente a recogerlo, y entregándoselo a su ex amo, éste leyó:

“Mi Señor:
Vuestra hija está a buen recaudo en un sitio, que si bien no es merecedor de su hidalguía, bien resguarda el tesoro que aún se encuentra bajo sus vestidos. El caso es que este lugar, llamado “La hostería de Cristófano Buttarelli”, luego de permanecer cerrado un prolongado tiempo, se ha plagado de piojos, liendres y garrapatas, amén de otros insectos que si no chupan la sangre, muerden. Pues os pido que nos enviéis lo antes posible, algún boticario con lociones y ungüentos para deshacernos de los molestos visitantes, pues no podré ofrecer a vuestra hija en matrimonio con sus partes saturadas de bichos.
No perdáis más tiempo, el cinturón de castidad que lleva María, ya está tan oxidado por la espera que casi no entra la llave en su candado…

A Vuestro servicio, mi Señor.
El ama Merceditas”.


A Esteban Dolores se le agrandaron lo ojos como platos ante tamaña oportunidad: pues vio que podía matar dos pájaros de un tiro, por un lado enamorar a la joven María de los Milagros, haciéndose pasar por un enviado del padre de ella y hacerse con el botín que aún guardaba celosamente bajo su falda; y por el otro, lograr el propósito que lo había llevado hasta allí. Se frotó las manos ante esta situación que los hados le presentaban, y pidiéndole discreción a Filiperro, entraron a la hostería…