martes, 7 de abril de 2009

Capítulo X: La huida

¡Ay, don César! ¡Creí que nunca adivinaría mi pensamiento! Que no habéis de creer tanta sarta de mentiras que he dicho en la taberna, todo sea por salvar vuestro pellejo (y mi dignidad, claro).
¡Apresuraos! Aunque yo os lo digo y ni siquiera puedo respirar…

Tenorio y sus secuaces, no más de siete en total pero armados hasta los dientes, corrían en pos de don César y de doña Christine. Viendo éstos que les estaban por dar alcance, se introdujeron rápidamente en el bosque situado del otro lado del Camino Real. La dama ya no tenía resuello por lo que el caballero asió su mano y la ayudó a continuar la marcha. No podían darse el lujo de parar a descansar, de ello dependían sus vidas. La noche cubrió los pasos de ambos hasta que se perdieron en la espesura bastante más allá de la vista del grupete.
El otrora estupendo vestido de doña Christine se había vuelto jirones al engancharse en las zarzas, las zapatillas de seda se deshicieron dejando al descubierto los pequeños pies que lloraban diminutas gotas de sangre, pues el pedregullo y las ramas secas se les incrustaban sin remedio.
Viendo que finalmente habían perdido de vista a Tenorio y su banda, ambos se sentaron a descansar sobre un pequeño claro iluminado por la luz de la luna. Don César, cortó de su propia camisa una amplia banda de tela con la cual envolvió los pies lastimados de la dama. Rápidamente éstos comenzaron a teñirse de rojo y el caballero no pudo evitar acongojarse como nunca antes lo había hecho.
Un nudo le atenazaba la garganta mientras sus manos temblorosas a duras penas podía realizar la ligadura de los vendajes. Un halo mágico se adueño de ambos e hizo que sus miradas esquivas convergieran en un punto, sus respectivas almas…



Vive Dios, Doña Christiane, por la Santa Madre de Dios que ese reloj del difunto don Jaime tiene el poder de perturbar el alma de los que a él se acercan. Arrojadlo al río presto si en algo estimáis vuestra razón. Nunca creí en hechizos ni en sortilegios, pero Pardiez, las cosas que pasan por mi mente cuando estoy junto a vos no son naturales. Más me alarma esa pieza que los rufianes que nos siguen, a los que fácilmente podría emboscar en la oscuridad de esta espesura.

Tengo el corazón acelerado, doña Christine, la razón turbada, el seso perdido… Por Dios, cubríos con el chal, que me viene a la mente la expresión ladina y sátira del capitán Perottinni.


Levantaos, si podéis, vamos prestos a la hostería del Laurel, debéis descansar y adecentaros… O sería mejor huir… No sé… Tal vez… Deshaceos de ese reloj, por lo que más queráis, mi mente no piensa con claridad.


A vos os persigue la Inquisición por bruja y a mí por hereje, y ahora los alguaciles nos buscarán por ladrones, y don Juan para vengarse, no más. Huir, no nos queda otra. Mañana, doña Christiane, parte del puerto un galeón para las Indias. Tengo llena la bolsa y con suerte podremos comprar un pasaje. En la hostería del Laurel guardo más oro, no preguntéis de dónde salió. Pero ¿y los mil lingotes? ¿Dejar atrás tamaña fortuna? Y vos, ¿quedaréis sin resarcir, corriendo por vuestras venas sangre real? Y lo peor de todo… ¿César de Ayala, huir?


No sé, doña Christiane, venid que os tomo en brazos. Conozco un sendero que nos llevará a un hueco de las murallas. De él, a cinco calles estaremos en la hostería.


No os comprendo don César, luego de tanto afano por recuperar el reloj ¿Queréis que lo arroje a las aguas? No sé qué es lo que nubla vuestra razón pero a fe mía que no es el reloj de don Jaime, que aún lo guardo en mi bolsa envuelto en el pañuelo de seda blanco y de allí no se ha movido.

Os noto un tanto alterado, don Jaime, algo se cierne sobre nosotros más no puedo yo dilucidar las causas puesto que me asaltan las mismas palpitaciones que a vos… Alcanzadme el chal que ha quedado a vuestra diestra, aunque me siento acalorada por la huida presiento que debo echarlo sobre mis hombros, pues vuestra mirada me ha acertado como un dardo envenenado…

Más ahora me proponéis huir y mi corazón pugna por salir de mi pecho, don César, que nunca antes me asaltaron tamañas inquietudes ni tan turbada me he sentido en presencia de un caballero. No sé qué deciros.

Os agradezco con lo poco que queda de mi corazón el que me llevéis cargada, pues con los pies tan lastimados no podría seguir andando. Disculpad mi rubor, más nunca caballero alguno me ha tratado como vos ni me ha apuñalado con sus ojos como lo estáis haciendo ahora…

¡Adelante pues! ¡Rompamos este hechizo o no llegaremos a la hostería a tiempo!
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¡Mirad, don César! ¡El reloj se ha iluminado como por arte de magia, Vive Dios!





Pardiez, tal como lo decís, que mismamente el maldito reloj destella como las ascuas del infierno. Esto es brujería, doña Christiane, es el ánima del difunto don Jaime apresada en esa joya, el ánima de un muerto perdido que sin duda viene a por nosotros, a arrastrarnos con él a las profundidades del averno por haber robado la joya. No la miréis siquiera, dejadla en el pañuelo, que los difuntos arrebatan las almas a través de las miradas.

Ya queda poco para llegar al hueco de la muralla, miradlo, desde aquí se distingue. Y os lo repito, vive Dios, vayamos a la hostería, tomemos el dinero y escapemos a las Indias. Me parece cosa de brujería estar diciendo esto, doña Christiane, y no sé si la culpa de lo que voy a deciros será del reloj embrujado, de mi seso confundido o de mi corazón alterado, pero lo cierto es que siento que os amo. Sí, tal como lo oís, a fe mía: os amo. Escapad conmigo, doña Christiane, en llegando a la hostería, bebamos una jarra de vino y corramos prestos al puerto, pues ya no puedo dejaros partir sin más, ya seáis vos la culpable o ese reloj, el caso es que mi alma ya no la siento mía.


Qué pueden importarme ya mil lingotes de oro, la pierna incorrupta de san Agilolfo, que debe valer otra fortuna o los ingresos que me reportan las trapacerías con Buttarelli. Nada me importa ya salvo vos. Pero por la Virgen Santísima, doña Christiane, no os ruboricéis, que vuestro rubor aumenta vuestra belleza y vuestra belleza me nubla el entendimiento.

5 comentarios:

  1. Por favor continuar,no me dejeis asi,llegados a este punto de la historia me pasaria toda la noche en la hostería escuchando.

    Tengo todo el tiempo del mundo.
    Las fotos que poneis,son preciosas,hacen que me traslade en el tiempo.

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  2. La Pascua es una de las celebraciones más importantes para varios pueblos y culturas de la humanidad porque constituye una rica conjunción de ritos, cultura, creencias y leyendas del imaginario colectivo. Todas la culturas celebran la resurrección, el renacer…
    Que estas Pascuas sean una maravillosa oportunidad para una renovada percepción de tu vida… Con amor.
    María

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  3. Qué bueno y original todo esto. Una verdadera maravilla de recreación. Felicitaciones y Felices Pascuas!!!

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  4. mari: no te dejaremos así, seguiremos contando esta historia y las próximas.

    Venus: muchísimas gracias, compartimos contigo estas celebraciones.

    Alma: nos alegra que te guste este espacio y esperamos seguir compartiéndolo contigo.

    Aniña: ¡Bienvenida!

    Agradecemos a todas su paso por la hostería y les deseamos de todo corazón:

    ¡¡¡FELICES PASCUAS!!!

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